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 Libros silenciados: Laboriosidad y profesión.- Gervasio

125. Iglesia y Opus Dei
Gervasio :

Laboriosidad y profesión

Autor: Gervasio

 

            La laboriosidad es virtud apreciada y bien valorada desde la Antigüedad. Sirve para designar a una abeja melífera llamada Apis laboriosa. El macho de la abeja, en cambio, tiene fama de zángano. Me parece que en la clasificación escolástica de las virtudes la laboriosidad aparece encuadrada formando parte de la fortaleza. No fue desde luego el Opus Dei el que la inventó; pero sí fue y lo sigue siendo defensor de la laboriosidad. Es virtud más propia de la cultura —por no decir espiritualidad— del puritanismo protestante que del hidalgo español. En el Opus Dei se nos enseñaba y se enseña a ser laboriosos.

 

            Cuestión distinta de la laboriosidad es la de tener una profesión, entendiendo por tal, para no desviarme del Diccionario de la Academia, empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución. Ser ama de casa no es desempeñar una profesión, aunque se trate de un ama de casa muy hacendosa. Quien está en el paro —sea ama de casa o licenciado en ciencias químicas— puede ser o no laborioso, pero carece de profesión. En fin, que deseo resaltar que ser laborioso y tener o carecer de una profesión son cosas distintas...



            En el primer artículo del Reglamento del Opus Dei, por el que es aprobado en 1941 como Pía Unión, leemos: La Obra de Dios —Opus Dei— es una Asociación ca­tólica de hombres y de mujeres, que, viviendo en medio del mundo, buscan su perfección cristiana, por la santificación del trabajo ordinario. Persuadidos de que el hombre ha sido creado "ut operaretur" (Gen. II, 15), los socios del Opus Dei se obligan a no dejar su trabajo profesional u otra actividad equivalente, aunque tengan una gran posición económica o social. Creo percibir en esta caracterización del Opus Dei cierta confusión entre “laboriosidad” y desempeñar una “profesión”. Lo del “ut operaretur” me parece que se refiere a la “exigencia de ser laborioso”, en el bien entendido de que en modo alguno pretendo hacer exégesis bíblica, sino aclarar el pensamiento del redactor de ese reglamento. El hombre no ha sido creado para zanganear. Pero, como ya dije, se puede carecer de profesión sin ser un zángano. Tal sucede con los estudiantes, que carecen de profesión, pero muchos de ellos se preparan con esfuerzo para obtener una cualificación profesional.

 

Me parece que fue el redactor la más famosa regla monástica, San Benito, el que adoptó como lema el ora et labora. Los benedictinos y muchos otros seres humanos y hasta animales —como la abeja y la hormiga; no así la cigarra que se pasa en verano cantando y sin trabajar— son laboriosos; pero no todos tienen un “empleo, facultad u oficio remunerados”. El cristiano tiene el deber ser laborioso. Cuestión distinta es que sea obligatorio para el cristiano tener una profesión. Por desgracia muchos, aunque desean tenerla, no la encuentran y han de acogerse al paro.

 

          En la mencionada caracterización del Opus Dei se exigen, a mi modo de ver, dos cosas distintas: ejercer una profesión y ser laborioso. Lo de la laboriosidad —ya dije— no es innovación del Opus Dei. El Opus Dei no ha descubierto la laboriosidad como virtud. El Opus Dei añade a la laboriosidad el que a sus socios les corresponde ejercer las diversas profesiones seculares que existen, especialmente las llamadas profesiones liberales, consideradas camino de santidad: santificar la profesión, santificarse uno mismo con la profesión, santificar a los demás con la profesión.

 

        El valor santificador y apostólico de ciertas profesiones fue descubierto hace ya tiempo por personas que, como consecuencia de ese descubrimiento, fundaron órdenes y congregaciones religiosas. En la mayoría de los casos, sus miembros se dedican profesional y vocacionalmente a la enseñanza. Cabe destacar a Angela de Merici, que en el siglo XVI funda la Compañía de Santa Úrsula, llamada coloquialmente las ursulinas, los salesianos, las llamadas “teresianas señoritas” del Padre Poveda, y otros muchos institutos seculares, órdenes y congregaciones, como jesuitas, teatinos, dominicos, etc., que, aunque no consagrados exclusivamente a la enseñanza, han creado una red de colegios e incluso de Universidades en diversos países. En España las confesiones religiosas dedicadas a la enseñanza están agrupadas en la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza: FERE. Las religiosas dedicadas a hospitales están agrupadas en la FERS, Federación Española de Religiosas Sanitarias. En la Edad Media se crearon muchas órdenes militares, también con finalidades salvíficas, como las órdenes del Temple, de Santiago, Montesa, etc. Han ido decayendo hasta desaparecer. Son hoy, en cambio, muchas las dedicadas a actividades humanitarias y de beneficencia. Santa Teresa de Calcuta fundó las Misioneras de la Caridad y recibió el premio Nobel de la paz en 1979 en reconocimiento de su tarea.

 

Pero no todas las profesiones y actividades pueden ser desempeñadas por religiosos. Y aquí es donde aparece el tema de los laicos, de la llamada teología del laicado y de los movimientos laicales. El Código de Derecho Canónico vigente en vida de Escrivá, prohíbe a los clérigos y religiosos el ejercicio de profesiones tales como la medicina, la judicatura, la milicia, la banca y algunas otras. Tras mucha lucha llegó a haber sacerdotes obreros. También se prohíbe a los clérigos y religiosos el ejercicio de actividades tales como el comercio, la política, la acción sindical, la caza mayor, etc. Todas esas profesiones y actividades, en cambio, pueden ser desempeñadas por laicos. A los clérigos y religiosos —lo mismo que a los numerarios y agregados del Opus Dei—se les prohíbe igualmente el matrimonio, así como la asistencia a espectáculos, bailes y fiestas.

 

Esa carencia de idoneidad de clérigos y religiosos para el desempeño de determinadas profesiones y para llevar a cabo determinadas actividades, hizo nacer en el siglo XIX muchas iniciativas eclesiales que tienen como protagonista a los laicos. En 1871 se funda en Barcelona el “Apostolado por medio de la Prensa”, con la finalidad de proporcionar sanas lecturas a todo el mundo e impedir la circulación de las perniciosas. Da origen a una editorial que lleva el nombre de Apostolado de la Prensa SA, que publicó miles y miles de libros. Tiene elementos comunes con el llamado a. o. p. (apostolado de la opinión pública) propio del Opus Dei. También se crea la Asociación Nacional de Propagandista: ACNdP, cuyo ideal religioso — leemos en la Wikipedia—es la propagación de la fe católica y al apostolado, formando e instando a minorías selectas destinadas a dirigir la vida pública de la sociedad y la acción social y política de los católicos, entre los que ejercerían un papel aglutinante; interpretando en clave de dirigentes y dirigidos los conceptos evangélicos de "levadura" y "masa”. En palabras de su fundador y primer presidente, el cardenal Herrera Oria (1886-1968), “en un sentido social, la levadura son las minorías. La multitud es la masa (…) Toda idea nueva, para triunfar socialmente, tiene que encarnarse en minorías o grupos selectos”. Crea en 1944 la Editorial católica y la Biblioteca de Autores Cristianos, que dio inmenso impulso a la cultura católica.

 

Son muchas las iniciativas destinadas a los laicos que surgen a lo lago del siglo XIX. Hasta se crean bancos católicos: los montepíos o montes de piedad, cuyos comienzos se remontan al siglo XVI. El origen del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba se encuentra en el Monte de Piedad del Señor Medina, entidad fundada por el archidiácono José Medina y Corella como Monte de Piedad el 1 de septiembre de 1864, siendo clasificada como institución benéfico social de carácter particular por Real Orden de 25 de enero de 1866.

 

          Es en ese ambiente en el que Escrivá funda su particular institución laical —por llamarla de alguna manera— que denominará Opus Dei. Su rasgo distintivo parece encontrarse en su carácter oculto. Como dice el artículo 8, n. 2 del Reglamento de 1941 en el apartado “RégimenTodos los trabajos apostólicos de los socios del Opus Dei (la Obra no actúa: como si no existiera) se ejercitarán inmediatamente a través de las actividades oficiales públicas, o mediante asociaciones legales que oportunamente constituirán los socios, adaptándose siempre a las circunstancias de los tiempos y lugares, sin uniformidad.

 

      — Lo mío es ocultarme y desaparecer. ¡Que sólo Jesús se luzca!, decía su fundador.

 

     En el artículo 33, se lee que los directores de estas Asociaciones dependen directamente del Consejero (el actual Consiliario, también llamado vicario), y, a propuesta del Consejero con el parecer unánime del Defensor, podrá el Padre nombrarles miembros extraordinarios de la Comisión o de la Asesoría Técnica respectiva. Todos los socios del Opus Dei que forman parte de las Asociaciones auxiliares, están obligados a votar, para los cargos directivos de estas Asociaciones, a las personas que designe el Consejero que procederá a la designación de acuerdo con el Defensor, oída la Comisión Territorial. Los responsables tienen que disimular y ocultar, en la medida de lo posible, su conexión Opus Dei y negar que esas sociedades auxiliares están, en realidad, gobernadas por el vicario del Opus Dei. Durante una larga temporada se nos impuso como intención especial negar tal realidad. ¡Mentir se convirtió en intención especial! ¡Que sólo Jesús se luzca!

 

          El 7 de agosto de 1931 escribe Pedro Rodríguez, en la Santa Misa, al alzar la Sagrada Hostia después de la consagración eucarística, las palabras de San Juan, cap. 12, v. 32 quedaron grabadas a fuego en el alma de Josemaría Escrivá de Balaguer. Vinieron «a mi pensamiento —escribió aquella misma tarde— con fuerza y claridad extraordinarias». Las "oyó" en el tenor latino de la Vulgata: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Tenía entonces 29 años y todavía no hacía tres que había fundado el Opus Dei. Fue la de aquella mañana una experiencia mística de su espíritu, semejante a otras que se habían dado —y se seguirían dando— en la vida del Siervo de Dios. Me refiero a la irrupción de lo divino en su alma bajo la forma de loquela o locutio divina. A un primer movimiento de temor ante la Majestad de Dios, siguió la paz del "Ne timeas!", soy Yo. «Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas» (Omnia traham ad meipsum, escrito en 1-V-2007).

 

Pedro Rodríguez cita también una rememoración hecha por Escrivá de este suceso en 1963: «... cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía ¡nada! —no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo—, pensaba: ¿tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? (...). Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32). Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!».

 

Sin negar que haya meditado el omnia traham ad meipsum en la quietud de una iglesia madrileña el 7 de agosto de 1931, o bien diciendo misa, Sanjosemaría emprendió un modo, a mi parecer equivocado, de procurar el reinado de Dios en las almas, probablemente porque no asimiló bien el magisterio de Pío XI, (1922-1939), el papa de su sacerdocio, cuando aún no había perdido la inocencia, que instauró la festividad de Cristo Rey. Traté ese tema en Venga a nosotros tu reino. El caso es que el deseo de poner al Señor en las entrañas de todas las actividades de la tierra le llevó a adoptar, como acabamos de ver, los modos de hacer propios de lo que él denominaba “esas malditas sociedades secretas” (Camino 833), a la par que negaba que en el Opus Dei hubiese esa trastienda que se dio en llamar “masonería blanca”.

 

Se consideraba destinado a hacer cosas grandes: ¿tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Él era el borriquillo que portaba a Jesús en triunfo por las calles de Jerusalén. En la simplicidad de sus planteamientos acerca del reinado de Dios sobre la tierra —aparte de Pedro Rodríguez— parece acompañarlo también don Álvaro. Me he topado a ese respecto con una cita muy significativa de esa mentalidad: El mismo fundador —escribió don Álvaro— admitía tener un carácter fuerte —un “caratteraccio” decía en italiano—, comentando que «el Señor, con su gracia, había querido servirse también de aquel defecto para enseñarle a no ceder cuando la defensa de los derechos de Dios exigen no ceder». (Cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 96 ; Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei.Tomo I, Capítulo 2, Nota 61).

 

¡Qué simplicidad revela hablar de los “derechos de Dios”!, como si Dios fuese sujeto de derechos o de deberes. Como si estuviese necesitado de ser defendido por los hombres en general o por Escrivá en particular. Pero Escrivá defendía —o eso le parecía a él— sus derechos y luchaba por “los intereses de Cristo”. Realmente eran los suyos. Existen derechos del hombre, derechos la Iglesia, muchos y diversos según cada momento y circunstancias, derechos de los sacerdotes católicos, conculcados —con mayor o menor razón— en épocas de anticlericalismo, derechos de los cristianos en época de persecución, derechos de los no cristianos y derechos de los ateos y no cristianos. Combatir a quienes pisotean esos derechos es tarea laudable y meritoria. No hay que confundirla con ese reinado de Dios en nuestra alma, que pedimos en el padrenuestro.

 

En la llamada santificación del trabajo profesional propia de los del Opus Dei no se percibe afán de servir y ayudar al prójimo o de defender los derechos humanos. Se percibe sólo afán para agradar al padre, se trabaja para los superiores del Opus Dei; no para las personas; ni siquiera para las personas del Opus Dei. Pongamos el ejemplo de la banca. Los montepíos —quizá no hayan logrado bien su cometido— fueron una iniciativa encaminada a evitar la existencia de víctimas de la usura y a la financiación de actividades benéficas. Con finalidad parecida, más recientemente han aparecido, para sacar de la pobreza a determinadas gentes, los microcréditos y otras iniciativas. Las actividades bancarias del Opus Dei nunca han dado cauce a inquietudes de este tipo. Se encaminan a beneficiar al propio Opus Dei. Y lo mismo sucede con las restantes actividades y con la dedicación profesional de sus socios. El caso más llamativo es el de las numerarias auxiliares —que tienen el servicio doméstico como profesión— a las que sólo se permite trabajar para el Opus Dei. Únicamente en casos muy contados y excepcionales —como cuando Escrivá prestó algunas sirvientas a su hermano Santiago— cabe saltarse la regla.

 

No es ya que procurar el advenimiento del reino de Dios sobre la tierra no consiste en “luchar por los derechos de Dios”, o favorecer de determinadas instituciones —ser partidista—, por santas que sean o pretendan serlo, sino que el esfuerzo que ello supone corrompe la virtud de la laboriosidad, en la medida en que se encamina a finalidades poco justas y/o caritativas. Puede ser laboriosidad egoísta, como la del avaro. Eso de trabajar sólo para el Opus Dei y dar dinero sólo al Opus Dei y hacer proselitismo sólo para el Opus Dei no me resulta demasiado claro ni como virtud ni como camino de santidad.

 

Gervasio




Publicado el Lunes, 30 enero 2012



 
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