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 Tus escritos: Viaje a la dimensión desconocida.- BenedictoIII

010. Testimonios
BenedictoIII :

Como decíamos ayer, no creo que mi aportación sea especialmente grande a esta página, así como tampoco creo que lo que diga no será ya de todos conocido y comentado. Tal vez, creo, lo hago por la simple necesidad de catarsis que ha ido aumentando a lo largo de estos años.

Es un auténtico esfuerzo titánico no sólo recordar y expresar todo lo vivido, sino también seleccionar y depurar cuanto sé para que aquellos que pertenecen a la secta, leen esta página y sirven a quien no debe ser nombrado, no puedan a penas ver quién soy o qué relación tengo o tuve con ellos...



Mi encuentro con la secta fue fortuito. Cuando contaba con pocos años, mi familia, que en ramas lejanas pertenece, y en ramas cercanas no, hablaba de vez en cuando sobre este tema y este grupo. En una ocasión le pregunté a mis padres cómo se metía uno en un sitio tan elitista y selecto en el que todos eran miembros tan maravillosos y se respiraba ese "snobismo" estético estilo sociedad americana en los años 20, al mismo tiempo que todos creían en Dios (o eso pensaba) y mis padres me lo dijeron: "ellos te escogen, nadie entra voluntariamente". Ese estilo elitista y secreto me sedujo desde pequeño. Yo nunca quise entrar, sino ser seleccionado, un pecado de vanagloria que se fundamenta simplemente en el hecho de ser especial, y por el que pecaron gran parte de la clase política después de muerto Franco hasta los años 90... Pero como buen ciego no sabía por dónde me movía.

Al llegar a la Universidad, ni me buscaron ni los busqué, de manera fortuita nos encontramos por casualidad pero, en ese afán que les entró en la última época, y aún persiste, de llenar sus clubes como fuera, ya no había un patrón de selección tan elevado como el que habían tenido en los 60 o 70, sino que estaban bajo mínimos. De hecho yo llegué a un club por primera vez de manos de un skin (sí, os lo garantizo) que creyéndose que iba a verse con un amigo del PP me llevó de la mano porque no conocía bien el barrio donde habían quedado y prefería ir acompañado a perderse. No volvería yo a tener otro encuentro, gracias a que ambos salimos bastante escaldados de aquella ratonera; pero meses después ocurrió, nuevamente sin buscarlo, pero sí hubo cebo y anzuelo.

Resulta que me invitan a pagar un viaje al UNIV, que es algo muy gracioso, de no ser porque lo organiza una secta. Un montón de jóvenes van a pasar una semana santa en Roma, pero la mitad del tiempo está ocupado en actividades poco claras y la otra mitad te lo dirigen hasta límites insospechados (siendo todos mayores de edad, por cierto). Y así fue que desde el primer momento me invadió una extraña sensación de mal estar de la que me costó salir. Recuerdo ese constante acercarse a tu persona simplemente para introducirte ideas que ellos consideraban necesarias para tu salvación, y por mucho que creyeses otra cosa, la verdad era la de ellos (en otro momento hablaré sobre la salvación y sobre sus errores teológicos, que son parecidos o los mismos que los de los fariseos).

No he dejado en mi vida de tener buena relación con sacerdotes, con los que he hablado de fútbol, de chicas, de coches, de Dios, de vida, de trabajo, de estudios, de física y metafísica, de biología y teología... Tengo muy buenos amigos curas y nunca había sentido lo que experimenté aquella tarde. Había un cura, es del común de los Univ, en un asiento del autobús, al que todos teníamos que hablar en una especie de confesionario de gran hermano (digo este ejemplo porque es el único confesionario que conozco que sea obligado) y contarle todo lo que él quería oír. Me quedé en blanco cuando me dijeron que me tocaba, "ya hablamos antes- y era cierto- durante la comida" expuse, pero todos me decían que había que hablar en el autobús. Pues allí que voy a hablar sobre mi visión de la teología, del Concilio, del cambio de fase, de cómo se vivía en España la fe y de la oposición entre sectores eclesiales (pensaba, a ver si por aquí me entero de por qué se quieren enfrentar a toda la Iglesia que no sean ellos). Pues el señor cura, como si hubiera escuchado a un ruso hablar en otro idioma, se pasó media hora hablándome del "padre", que todavía no había oído yo esta herejía de llamar a alguien "el padre", sabiendo que Cristo lo prohíbe... Menudo pastelón, no había por dónde cogerla. Todo el tiempo intentando que pasase este rato y al final me vuelvo y digo.... "ufff, ya sé lo que voy a hablar yo con este hombre".

Pasa el tiempo en el mismo cubículo de doce ruedas y había que hacer la meditación, con ese tole-tole hereje (sí, sí, hereje) que llama a Cristo creador y padre (donatismo) o que llama a San José padre y Señor (bi-teísmo, o acaso negación del Evangelio "no llaméis a nadie Padre... no llaméis a nadie Señor). Lo curioso es que en principio eso se reza ante el sagrario, por eso se dice "estás ahí", pero en el autobús también se dijo... Menuda concepción de la transustanciación y la manifestación de la presencia real, que automáticamente se reza ello en cualquier lugar.

El viaje fue como fue, procurando por todos los modos que los autómatas no terminasen haciendo conmigo uno de los suyos, aunque la cosa sería más complicada de lo que pensé en un primer momento. Sí me quedaré con la figura de ese sacerdote, al que rechazaba, y por el que he terminado sintiendo una grandísima pena. Resulta que en varias ocasiones se le comentaban, delante mía o estando yo dentro de la conversación, temas siempre socorridos en la sociedad de entonces. Uno de ellos, por poner un ejemplo "tengo un amigo que dice que cree mucho en Dios, pero no cree en los curas". Me llamaba mucho la atención su capacidad de diálogo, porque bien se puede debatir y llegar donde uno quiera este tema, entre otras cosas porque hasta el mismo catecismo de la Iglesia enseña que la Iglesia no es un artículo de fe. Se cree en la Iglesia, como lugar en el que están los creyentes, pero la Iglesia no es Dios, por lo que no es parte de este credo, sino lugar donde se vive. Parecía como si el muchacho cura tuviese el típico libro penitencial, cuando la penitencia era tarifada, que a cada frase del mundo respondía con una sin pensar a penas: "es imposible creer en Cristo y no creer en la Iglesia"... y se acabó el diálogo.

Lo gracioso de su mentalidad es cómo uno observa que todo lo que dicen no es nada de lo que hacen. Recuerdo una tarde en la plaza de España, ese lugar en que todos se sientan sin hacer nada a ver pasar el tiempo. Estábamos allí y yo, como joven, viendo a ellas moverse por la fuente y riéndose. Me sentía culpable, el único que está aquí mirando chicas como un adolescente que acabase de conocer el otro sexo. Pasados cinco minutos el director espiritual hace un comentario al sacerdote y dos chicos sobre un chaval que iba vestido como chica, y parecía tal. Tiene gracia, había estado todo el tiempo haciendo lo mismo que yo, pero su pose estoica- asceta aparentaba lo contrario sin ser cierto...

Muchas más cosas diría, pero se me ha ido el tiempo. Lamentablemente tengo demasiado trabajo y mucho por contar. No sé si ha aportado algo, pero me he sonreído en mi silla pensando y recordando todo lo vivido el año que viajé a aquella dimensión desconocida.

BENEDICTO III




Publicado el Lunes, 12 marzo 2012



 
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