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 Tus escritos: Profundizando en las mentiras y falacias de ¿san? Josemaría.- Giovanna Reale

125. Iglesia y Opus Dei
giovanna :

Profundizando en las mentiras y falacias de ¿san? Josemaría Escrivá

 

Giovanna Reale, 12 de marzo de 2012

 

 

Muy bueno ha sido el análisis comparativo que Doserra (07/03/2012) ha realizado entre los Reglamentos del Opus Dei como Pía Unión (1941) y dos pasajes del libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer (1968), ya que ha quedado claro que monseñor Escrivá mintió en las declaraciones de 1968 con sus intentos de negar el secretismo del Opus Dei.

 

El argumento empleado por el fundador del Opus para rebatir las denuncias de secretismo es un típico argumento ad hominem: desacreditar al acusador en el plano moral o personal, dejando así el contenido de la acusación fuera del análisis. Escrivá desautorizó a los organizadores de una campaña supuestamente calumniosa contra el Opus (aunque en realidad no calumniaban, sino que denunciaban la verdad), porque el iniciador de tal campaña había sido, en palabras de Escrivá, un religioso español que luego dejó su orden y la Iglesia, contrajo matrimonio civil, y ahora es pastor protestante” (Conversaciones, n. 64)”...



No voy aquí a discutir si es moralmente (in)correcto salirse de la Iglesia católica para hacerse protestante ni tampoco si es moralmente (in)correcto abandonar una Comunidad protestante o la Iglesia anglicana para ingresar en la Iglesia católica, pues esta cuestión nos desviaría del objeto de mi comunicación. Deseo centrarme en el argumento ad hominem cuando es alegado como prueba de la falsedad de una acusación o de un testimonio.

 

Los argumentos ad hominem –así se enseña en los tratados clásicos de Lógica– no son nunca pruebas suficientes de la tesis que se pretende defender o rebatir, sino más bien sofismas o falacias que desvían la atención del objeto de debate: “puesto que el acusador es mala persona, no vale la pena perder el tiempo en escucharlo”. Por ello, este tipo de argumentación, que de suyo no es probatorio ni concluyente, nunca se emplea en trabajos científicos, policiales o jurídicos, ya que, saliéndose por la tangente o echando balones fuera, descentra la atención del asunto que se ha de investigar. Sí es frecuente en muchas conversaciones cotidianas, tertulias poco serias, chismorreos, cotilleos y habladurías. Por eso, a primer golpe de vista, parece impropio que Escrivá haya utilizado ese argumento, de tan escaso nivel humano, en su libro Conversaciones de 1968. Ahora bien, si nos adentramos en la mentalidad de un clérigo como fue Escrivá, llegaremos a comprender por qué lo utilizó.

 

Algunos clérigos, a partir de su experiencia como confesores y directores espirituales, alardean de conocer mejor que nadie la interioridad del corazón humano, las grandezas y miserias escondidas en los entresijos de nuestro comportamiento, la complejidad moral de nuestra psicología, las auténticas motivaciones, muchas veces morbosas, de nuestra actuación, etcétera. Por eso, hay círculos clericales en los que se piensa que el ministro del sacramento de la penitencia se las sabe todas acerca de la condición humana y está en perfectas condiciones de desconfiar de las apariencias con que muchas personas enmascaramos en sociedad lo que en nuestra íntima realidad somos. Pues bien, este es el contexto clerical en el que las palabras arriba citadas de Escrivá adquieren cierto valor a pesar de ser un falaz argumento ad hominem: una persona compleja e inmoral, que lanzó una campaña contra el Opus Dei, no merece credibilidad alguna; esa campaña es expresión de su perversidad.

 

Este fue el mismo modo de proceder que Álvaro del Portillo y Javier Echevarría emplearon para desautorizar, durante el proceso de beatificación de Josemaría Escrivá, a quienes, como Miguel Fisac, presentaron alegatos y pruebas contra la supuesta santidad del fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo y Javier Echevarría, que descalificaron a esos testigos aduciendo su comportamiento inmoral o su compleja psicología, fueron escuchados por la Congregación vaticana de la Causa de los Santos, la cual no hizo el más mínimo caso a aquellos testimonios después de prestar atención a los informes presentados por Portillo y Echevarría que denigraban la credibilidad de tales testigos. Como se puede comprobar, estoy en lo cierto cuando afirmo que en el mundillo clerical, a diferencia de los ámbitos científicos, policiales y jurídicos de la sociedad civil, el argumento ad hominem es tenido muy en cuenta y es positivamente ponderado: los pecadores carentes del don de sabiduría del Espíritu Santo no sirven de testigos, pues su complejidad psicológica hace que no sintonicen con el buen sentir de la Iglesia y también provoca que, en vez de apreciar la santidad del candidato a la beatificación, la distorsionen viendo sólo sus defectos o imaginándoselos; por tanto, esos pecadores quedan desautorizados de raíz a la hora de testimoniar en un proceso de beatificación.

 

En mi modesta opinión, asistimos aquí a uno de los aspectos más nefastos e incluso perniciosos de la mentalidad clerical. Ese tipo de clérigos –no sabios, sino sabihondos–, no siendo conscientes de la cerrazón mental en la que están inmersos, tienen para colmo la arrogancia de erigirse en jueces clarividentes de las conciencias ajenas. Bien pensada, esta penosa sabihondez es consecuencia de un mal uso que a veces los jerarcas de la Iglesia católica han hecho, a lo largo de los siglos, del sacramento de la penitencia; me voy a explayar un poco en este punto.

 

En el plano eclesial y teológico, el sacramento de la confesión –y, en general, toda la praxis penitencial cristiana– persigue la sanación del alma, el crecimiento de la santificación personal y la reconciliación con Dios y entre los hombres; es, reconozcámoslo, un sacramento que, cuando se administra bien –como lo hizo, por ejemplo, el santo Cura de Ars–, produce frutos sanantes, educativos, humanizantes y santificadores. Pero esto no ha impedido que la costumbre, tantas veces extendida a lo largo de la historia, de la confesión auricular y secreta, aun habiéndose respetado el sigilo sacramental por parte de los confesores, haya venido muy bien para que los jerarcas de la Iglesia se hayan aprovechado de ese sacramento con el fin de controlar, en el plano sociológico, las conciencias de los creyentes. Este es el mal uso del sacramento de la confesión por parte de la jerarquía eclesiástica a la que antes me he referido: los obispos y los curas han utilizado a veces la praxis penitencial no para servir al pueblo de Dios, sino para someterlo a su poder mediante controles de conciencia. En este caldo de cultivo se han cocido las mentes de tantos clérigos que emplean el argumento ad hominem con gran soltura en su praxis de gobierno y en su visión de la vida; es más, esos clérigos lo tienen en cuenta incluso en las relaciones humanas que ellos cotidianamente mantienen entre sí y con los demás.

 

¿Cuándo impulsará la autoridad de la Iglesia católica una seria reforma para despojarse de estos lastres obsoletos que la empobrecen y perjudican de manera tan ridícula? ¿No se da cuenta de que, mientras se mantenga en sus trece, sale ella perdiendo? ¿En qué cabeza cabe que, a estas alturas de la historia, todavía se haga uso del denigratorio argumento ad hominem en algunos procesos de beatificación o canonización, como en el de ¿san? Josemaría?

 

Giovanna Reale




Publicado el Lunes, 12 marzo 2012



 
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