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 Tus escritos: El Opus, el sexo y yo.- Solidante

010. Testimonios
solidante :

A mí me pitaron una tarde en que un numerario sevillano me cogió en mi casa, asegurándose que no estaban mis padres, y me hizo pergeñar una carta al Padre. Yo no caí en la trascendencia del acto, luego fui a mi centro y otro compañero supernumerario me dijo: ¿o sea que has pitado? Unos días más adelante, el cura en una charla me dice: “ya sabes de niñas, nada…”, me quedé medio helado y algo sobrecogido, era el comienzo de mi disidencia en la institución. Hoy, ya mayor, viviendo lo que he vivido, como todos, no puedo entender como esa gente podía hacer a chicos de diecisiete años, que era mi edad, y aun a menores, a renunciar a un aspecto tan íntimo y esencial como la vivencia de la sexualidad, característica fijada por Dios en la persona humana. ¿No es esto un crimen? Aquel numerario que me pitó se portó, ahora lo entiendo -a lo que han contribuido las lecturas de esta página-, como si debiera ejecutar una campaña del tipo “a por los quinientos”, de la que se hacía eco de su implementación y su fracaso estas páginas libres de Opuslibros. Recuerdo que por aquellos tiempos leí una entrevista de Escrivá en la “Gaceta Universitaria”en la que decía: “para una persona normal, el sexo constituye un asunto de cuarta o quinta categoría”. Cómo late tras esta idea la herejía cátara, que tan cerca a las tierras de la cuna del fundador floreció en su momento, con su odio al cuerpo, a la procreación etc. Evidentemente, Escrivá tenía aquellas ideas, el sexo es una necesidad para la especie, no para la persona, el matrimonio es para la clase de tropa, y para generar numerarios. Así  hojeé en una revista de aquellas internas, una cosa que rezaba así: una supernumeraria decía, meciendo a su hijo bebé como una víctima de holocausto: “va para numerario...”



Nos dijo un numerario mayorcísimo, los que nos hablaban en el curso anual: “el numerario no se fija en ninguna mujer, el supernumerario en ninguna menos una”. Aquel supernumerario del Aralar, asturiano, sumamente elegante, me comentaba faenas que la vocación hacía en desdichados supernumerarios. Éstos habían acercado a sus novias a la obra con intenciones conocidas, y va y resulta que salta una vocación de numerarias. Hala, y se reía el numerario, mi reportador. Yo fui testigo de una faena de estas. Un compañero mío, en medicina, madrileño, muy simpático, empieza a relacionarse con una chica, monísima, se decía que era pariente de un alto personaje de la institución. Morena y minifaldera, un sueño, comienza a salir con mi compañero. Pero, ay, al tiempo aparece la chica en el campus vestida de numeraria, pues por muy seculares que sean, se notaba una numeraria bien a las claras. Aquellas faldas a lo “Bonnie” de Bonnie and Clide, medias modernas, aquellas de colores y gruesas, y el tono general inconfundible. Un año, las autoridades de la Universidad de Navarra encajan un gol incomprensible, viene al campus un montón de estudiantes americanos/as, entre los mismos bastantes muchachas de dudosa virtud, al menos para los cánones de la época y lugar, lo que creo que no ha debido cambiar en la institución. Aquellas se emplearon a fondo creando situaciones bien curiosas, como alguna enfermedad galante. Pues bien estas americanas se reían de nuestras numerarias nacionales a mandíbula batiente. Con todo la ópera hizo de la necesidad virtud y sacó alguna numeraria de aquel grupo de perdidas, metidas de matute en el sacratísimo campus. Sobre las numerarias, recuerdo en mi infancia el rechazo que me produjo, desde luego instintivo, pues yo era un niño integrista por mor de la educación retrógrada de los jesuitas de antes del concilio, las fotos de numerarias que aparecían en el folleto de la universidad. Una numeraria aparecía en el patio interior al aire libre del edificio central, al lado del pozo con arco y brocal, y con unas faldas escocesas que hoy cubrirían una tienda de campaña, lo que me suscitó un rechazo que no olvidé en mucho tiempo.

Sobre las costumbres sexuales, se producían situaciones medio hilarantes. Un numerario todavía joven, profesor, debía recibir en su despacho al alumnado. Cuando la vez tocaba a una compañera, instaba a que dejara la puerta abierta. Una alumna algo rebotada, me dijo: “no creerá que le voy a meter mano…”. Ciertamente, aquí no había fisuras ni deslizamientos: rigurosamente se vivía aquello de “entre santa y santo, pared de cal y canto”. Me parece que el odio al sexo hacía su labor. En aquel entonces se contaba un chiste, muy difundido, en el que un posible aspirante a pasar el trago que hemos pasado todos aquí, es llevado a un centro, al ver el lujo dice: “si esto es la pobreza, qué será la castidad…”. Pero aquí no se veía hipocresía, no había deslizamientos. Recuerdo la bronca de un espécimen ante mi curiosidad por el Doc. Freud. Hoy reconozco las tonterías que dijo aquel “sabio”, pero entonces se me conminó a creer que aquel hombre era un obseso sexual, esa era su enfermedad. Otra vez, expresé en forma tal vez algo suelta la belleza de las amistades femeninas de un supernumerario, éste me dice serio (yo me había liberado de la obra de marras): "eres un degenerado…” No había grietas ni fugas en este tema sexual. O tal vez sí: en mis tiempos de aspirante, o adscrito, no sé, los sábados iba al cine al Aralar, después de las consabidas meditaciones, charlas, salves y demás historias. En las películas, que eran como una válvula de escape en el opresivo ambiente, me llegué a enamorar en mi interior de María Schell (El Puente), de Romy Schneider (el Cardenal), de Audrey Hepburn (Sola en la oscuridad), de Elke Sommer, etc. Algo es algo. No, el Opus ha sido inflexible con el sexo, de manera que la mujer era desconocida, tampoco se hablaba de ella, ni para bien ni para mal. Eso sí, aquel numerario hondureño nos dijo que podríamos tratar a la Virgen como una amante, en el buen sentido de la palabra, sacando esto del anecdotario de la “Glorias de María”. Pero claro, en el Opus se pasaban de listos todo lo que podían y más, y además eran muy seculares. Recuerdo que cuando aquel numerario sevillano me pitó, yo prácticamente inerme balbuceé una reacción y dije si la pureza sería muy importante. Aquel listillo y malvado hizo un gesto de no entender, que volvió a repetir, hasta que pareció caer del guindo en un gesto como diciendo vaya pazguato eres y me dice: Ah, la castidad, y a continuación hace un gesto displicente como diciendo, psch, bueno, sí… Muy secular, el muy c…… Ahora, gracias a los magníficos artículos que nos pone Agustina, me entero que en el Reglamento de la Pía Unión, de los cuarenta, se hablaba de "pureza" a todo tren. Qué pedantes más impresentables.

Mención aparte merece la homosexualidad. Rechazo la sarta de sandeces freudianas, si acaso me quedo sólo con la idea de si se reprime una proyección humana pues la energía saldrá por otra parte o vía. Debo decir que no he visto efusiones homosexuales en la obra dicen de Dios. Pero sí tengo una anécdota personal que referiré sin indicar nada sobre el protagonista. El caso es que un numerario me llevó a su cuarto, con perfume hasta las cejas, y allí dos veces intentó abrazarme y besarme. Yo resistí, pero por lo que sea, no conté nada de aquello a nadie. Pero al poco, un personaje me viene y me dice que aquel estaba a punto de ser expulsado del Opus Dei. Ostentando cierto cargo fue fulminantemente trasladado a otra casa de la cosa. Esta historieta tiene hoy para mí más importancia en lo que tiene de manipulación de conciencias, pues creo que aquel hombre debió contar su tentación y de ahí fue explotada, para conocimiento por mi parte por la mediación de los directores. Fuera de eso, un cura de cierto relieve me confesó una vez que si sentía una atracción por otros chicos era absolutamente normal y no debía preocuparme. Yo no había sentido esa inclinación, por lo que quién sabe qué cuentos habrían salido a través de esa red de confidencias, charlas, confesiones, correcciones fraternas, etc., algo nauseabundo.

Cuando salí d de la obra, en la que en puridad nunca había entrado, localicé a un numerario panameño, que había salido ya antes, y directamente me dice que nada más marcharse se había ido a los servicios de la prostitución –él lo dijo de otra manera- y así se había quitado de todo lo que le habían echado encima en el Opus. Esto siempre me ha maravillado, en diversas ocasiones, personajes conocidos dentro, al cabo de los años me los he encontrado hablando abiertamente de lo que aquel numerario me dijo una vez: “la juventud ahora no quiere más que copular”. Qué tropa, Dios mío, qué extraña contemplación del sexo, que es sano, saludable, placentero, dado por Dios con el fin de sobrellevar la vida, haciéndonos hombres y mujeres para nuestra complementación y apego alborozado a la vida.

Saludos a todos

Solidante




Publicado el Miércoles, 14 marzo 2012



 
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