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 Tus escritos: El miedo en el Opus Dei.- janabenito

010. Testimonios
janabenito :

 El miedo en el Opus Dei

Janabenito, 16/04/2012

 

Hoy quisiera hablar del miedo, no del que “nos meten” con amenazas sobre la perdición de nuestras almas y cosas por el estilo, miedo, el que cada uno es capaz de sentir por dentro cuando está dentro.

 

            No voy a generalizar porque lógicamente, dentro no hablé de un sentimiento tan profundo con nadie, fuera he tenido muy pocos contactos con ex socios y en los escritos quitando a María del Carmen Tapia no he leído que nadie los describiera, yo a otro nivel sé lo que sintió.

 

Si alguien me preguntara que es para mí la felicidad, contestaría sin dudarlo: la felicidad es la ausencia de miedo, otros contestarían quizás todos esos tópicos utópicos de amarse y dejarse amar, servir a los demás, conformarse con lo que tiene, etc...



En algún otro escrito dije que el opus morirá de muerte natural. Creo que el miedo se ha vuelto contra la obra, el miedo de muchos a terminar sus días dentro pero vacíos, a continuar viviendo vidas que ya han perdido su inicial sentido... esto ha superado al miedo a comenzar una nueva vida y enfrentarse a las maldiciones de la obra respecto a sus ex -fieles. El miedo mismo que supuesta y aparentemente le tiene la Iglesia.

           

           Cuando conocí a Escrivá y a del Portillo, comenzó mi calvario, ahora con el paso del tiempo y conociendo lo que he conocido a través de Opuslibros, sé que fue entonces.

 

            Llevada por mi “buen espíritu” y dispuesta a ser salvajemente sincera, («Si hablamos, no pasa nada» de Escrivá, Meditación El licor de la sabiduría, junio 1972), expuse la decepción que sentí por Escrivá cuando lo conocí, me pareció un hombre blando y del Portillo el que realmente llevaba el cotarro, la simbiosis entre los dos algo desconcertante, y D. Javier un muñeco de trapo. Me lucí con tanta sinceridad, además no pude entender ni contagiarme de la euforia que todo el mundo a mí alrededor parecía sentir. Este sentimiento no varió nunca cuando volví en otras ocasiones a estar con ellos.

 

Finito, en el mismo comienzo se terminó mi vida de numeraria eficaz en la obra y comenzó el castigo y por consiguiente el miedo.

 

Me faltaba "buen espíritu" en todo, desde mi forma de expresarme hasta el color de mi pelo, pero nunca se concretaba en algo con lo que yo pudiera luchar y mejorar.

 

Las correcciones fraternas eran tan generales, absurdas y abundantes que cuando escuchaba un… “¿tienes un minuto? comenzaba a sudar. Si en las tertulias hablaba me faltaba criterio, o no dejaba hablar a otras; si callaba, no participaba, si andaba rápido era señal de que andaba sin prestar atención, me faltaba presencia de Dios, si andaba lento ¿pretendía cargar a otras con mi trabajo? Recuerdo el tema de mi pelo, jamás lo llevé suelto, siempre llevaba una trenza, no pude nunca entender qué le pasaba pero llegué a sentirme una Jezabel y me lo corté a lo chico y entonces, era poco femenina. Que si no miras el cuadro de la Virgen al entrar, que si cómo besas la cruz de palo. Esto último solo, daría para otro escrito.

 

Las visitas de la de san Miguel me producían terror, siempre tenía que hablar conmigo, recuerdo sus ojos pequeños y siempre cucados y aún me entra taquicardia, pero nunca me concretó qué hacía mal o en qué tenía que poner mi lucha.

 

Ahora viene el miedo. Yo estaba tan aterrorizada que cuando veía a dos directoras hablar, con o sin motivo pensaba que hablaban de mi y que pronto me caería una bronca. Notaba que me registraban el armario, pregunte el porqué y solo faltó que me llamaran loca. En cuanto a las relaciones con las del centro, todo era increíble. Recuerdo que en una ocasión le propuse a una rezar el rosario por el jardín, me contestó, textual: “ya sabía yo que vendrías”. Evidentemente fue un no y al rato la corrección fraterna, parece ser que yo quería saber qué estaba haciendo en ese momento (preparaba el círculo), llevada por la envidia que sentía al no serme a mí encargado nunca por mis faltas de unidad y de criterio. Esas correcciones que versaban sobre cosas que sentías o pensabas me paralizaban, porque a mi la mayor parte de las veces ni me pasaban por la cabeza.

 

Llegue a tener miedo a hablar, miedo a callar, deseos de forzar el armario de la directora y saber si había algo sobre de mí. Me obsesione, cuando en realidad soy una persona absolutamente descomplicada.

 

Pensaba que los cambios de centro me traerían otras actitudes, y yo podría cambiar y mejorar mis aptitudes, pero seguramente mis “informes” viajaban conmigo y eran los mismos perros con distintos collares.

 

En una de las administraciones en las que estuve, instalaron la “Gestoría”, era una almacén. Se compraba al por mayor y se abastecía a los centros por un precio menor al del mercado. Se instaló en los sótanos, de día era un sitio inhóspito, frío y feo, pero cuando cerraban era de película de miedo.

           

            Pues recuerdo que cuando necesitaba un rato de paz y dado que allí no bajaba nadie, bajaba, y me decía: ánimo, un miedo supera otro miedo. Me sentaba en el suelo en un rincón y allí me quedaba hasta que se me tranquilizara el ánimo y cogiera fuerzas para enfrentarme otra vez a la muy amable vida de familia, mientras me preguntaba ¿por qué no soy buena?,¿por qué me falta criterio?, ¿por qué no puedo querer al padre?, ¿qué le falla a mi alma o a mi cabeza?, ¿por qué tengo tan mal espíritu?, ¿Cuál es el espíritu?, qué soledad, ¡Cuánto hubiera agradecido saber en qué consistía mi mal espíritu! («nadie puede sentirse solo» ni «nadie puede padecer la amargura de la indiferencia» (de Escrivá,Carta, 11-III-1940. n. 7)

 

Así pasaron mis días hasta que la de los ojos pequeños vino a anunciarme la nueva voluntad de Dios: después de 15 años no tenía vocación, tenía que irme. («Tienes vocación y la tendrás siempre, aseguraba nuestro Padre. Nunca dudes de esta verdad, porque se recibe una vez y después no se pierde, don Alvaro, Carta, 19-III-1992)

 

Yo no recuerdo haberme propuesto en esos momentos no separarme de Dios, ni reorganizar mi vida, solo recuerdo y lo sigo recordando cada día de mi vida no permitir jamás que nadie me “acongoje” como lo hicieron en esa obra de Dios en la que jamás encontré ni rastro de Él, excepto en el oratorio, porque nunca vi caridad, ni amor, ni respeto a las personas que a fin de cuentas estábamos hechas a imagen y semejanza de Dios.

           

           Crearon desconfianza, el clásico: “encomienda a fulanita que…” y ¡hala! abierto el campo de la imaginación de la “encomendadora”.

 

Impidieron el cariño, sin el que no es posible vivir. A mí me daba tanto miedo pasarme en este campo que prefería ser árida a manifestar cualquier afecto. Anularon mi personalidad, mi inteligencia, sacaron lo peor de mi. («Os he dicho innumerables veces que nadie pierde su personalidad al venir a la Obra; que la diversidad, el sano pluralismo, es manifestación de buen espíritu. Pues haced por vuestra cuenta, que nadie os lo impedirá» (de nuestro Padre, Meditación El licor de la sabiduría, junio 1972),

 

Y ciertamente conocí personas muy buenas, pero miraban hacia otro lado, nadie me tendió una mano para sacarme del horror en el que estaba viviendo, y digo horror porque no lo hay mayor que vivir en la ignorancia, se pone en marcha la imaginación, sacas todo de contexto, qué sé yo, a tantos errores te conduce el miedo.

 

A mí jamás se me dirigió para acercarme a Dios, se hizo para dirigirme a la puerta de salida esperando año tras año que diera el paso yo. Una vez convencidas de que no lo haría lo dieron por mi. ¡Que Dios los perdone, porque yo no los puedo perdonar!

 

Si el día del juicio se les pone en una balanza el miedo y el amor que han sembrado y las consecuencias de esta siembra, que Dios los proteja.

 

Y ahora, que no aparezca por aquí el iluminado de turno como ha pasado en alguna ocasión después de un escrito mío, diciendo ”¡qué amargada está esta señora!, porque sí estoy "amargada", todo lo "amargada" que se puede estar con tus hijos sanos, tus 11 nietos alguno ya en estado de rebeldía sin causa, al que si le tengo que decir ¡vago! se lo digo, no mando a sus primos a encomendarle, (por cierto me gustaría hablar con la Real Academia y ver de eliminar esa voz), un marido orgulloso de haberse casado con una pelirroja con todas sus consecuencias, aunque se pase la vida tratando de entenderme, un trabajo del que me jubilo en dos meses y todos y cada uno de sus días me ha hecho feliz y en el que además soy muy buena, una madre muy mayor que ahora dice que ya no me quiere, unos hermanos y sobrinos que están locos por mi, unos amigos y compañeros que trabajarían en domingo sin cobrar si yo lo necesitara, estoy tan "amargada" porque mi vida es de lo más ordinaria, tanto que es REAL.

 

Un abrazo a todos, esto lo he escrito para que “dentro” sepan que se puede vivir sin miedo, que no sin dificultades, dolor, penas, alegrías, en fin la vida misma.

 

Julia.




Publicado el Lunes, 16 abril 2012



 
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