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 Libros silenciados: Opus Fake: la raíz de la patología.- E.B.E.

090. Espiritualidad y ascética
ebe :

Opus Fake: la raíz de la patología
E.B.E.

Fake: [feɪk], falso, falsificado

Una de las cosas que llama la atención del Opus Dei es el esfuerzo que invierte en aparentar lo que no es. Enorme esfuerzo, inconmensurable esfuerzo, titánico esfuerzo, a tal punto que se llega a confundir con perfección y santidad. Y en verdad, es patología, sencillamente.

Dicha patología la transmite y contagia a todos sus miembros. Éstos se esfuerzan –por ejemplo- en aparentar que no son religiosos, con una violencia psicológica cercana al punto de vivir en medio de una esquizofrenia inadvertida, pensando de una forma (laicos) y actuando de otra (religiosos) sin distinguir la diferencia, es decir, el abismo entre ambos universos.

Es enorme el esfuerzo que el Opus Dei invierte en no decir la verdad sin llegar a mentir explícitamente –es descollante, pero no es santo ni es heroico-, obteniendo el mismo resultado que si hubiera mentido abiertamente. Es enorme la energía que el Opus Dei destina para aparentar transparencia y honestidad, cuando por otro lado gasta otro tanto en ocultar y tapar una extraordinaria cantidad de evidencias. El esfuerzo es enorme como el que habrán hecho los autores del Iter jurídico para lograr un relato coherente, sin contar con las fuentes. O el que ahora está haciendo el actual Vicario General del Opus Dei por negar rotundamente que él tenga algo que ver con los daños del Opus Dei que él mismo en gran medida dirige y dirigirá plenamente en un futuro muy cercano. No quiere ser relacionado con el Opus Dei oculto sino con el Opus Dei ficticio. Quiere seguir fingiendo, conforme al “espíritu patológico” del Opus Dei. Es coherente, pero no inocente. Lo que en definitiva solicita Monseñor es que Opuslibros disocie su figura como gran teólogo, como consultor de la S.C. para la Doctrina de la Fe, etc., respecto de su responsabilidad frente al Opus Dei y los daños cometidos por esta organización. Eso me suena conocido. En el Opus Dei son maestros en disociar y ahora quiere que Opuslibros haga lo mismo, se someta a la misma patología –superada aquí, gracias a todo un ejercicio de discernimiento- y, en definitiva, Opuslibros contribuya también a falsificar la historia...



Como dos caras de una misma moneda: parecen opuestas pero son complementarias. La cara oculta es en realidad la cara honesta: lo que oculta es lo que más le representa, lo que más le identifica. El resto es falsedad, esfuerzo por aparentar, que aunque sea titánico no es santo. Escrivá confundía su ardor por aparentar con el heroísmo de la santidad. Se confundía a sí mismo y confundía a otros. Confusión que no es inocente, desde luego. Frente a la patología uno elige, curarse o beneficiarse de ella, generalmente perjudicando a otros: “ya que la tengo la aprovecho, le saco rédito a la patología”.

El esfuerzo no tiene nada que ver con la santidad. Tal vez si con el ir al gimnasio. La santidad, en todo caso, tiene que ver con la naturaleza noble de las personas y su desarrollo posterior hasta niveles insospechados. No es necesario para ello ir al gimnasio ni doblarse interiormente de dolor a causa de las propias neurosis por llevar a cabo esfuerzos alocados. Escrivá no perseguía la santidad, más bien anhelaba falsificarla a la perfección. Perfección que nada tiene que ver con la santidad ni con ser perfectos en el sentido evangélico. Viene a colación lo que hace un tiempo decía Jacinto Choza respecto de Escrivá:

«Había una gran clave de legitimación de sus posiciones ante sí mismo y ante los demás, que era el sufrimiento. La discrepancia de la realidad respecto de las expectativas que uno tiene es la causa fundamental de la decepción, la tristeza, la ira y el sufrimiento. Dado que las expectativas religiosas de Escrivá estaban compulsivamente espoleadas por su seguridad de conciencia, su hermetismo, su carácter colérico, su elitismo aristocrático y su absolutismo, el sufrimiento se elevaba hasta cotas muy altas, legitimando más aún sus pretensiones. El sufrimiento garantiza que uno no quiere nada para sí, y que, por tanto, uno entrega su vida de un modo desinteresado por una causa que, además, no es de uno, sino de Dios mismo. La identificación con Cristo en la cruz puede resultar ahora completa, y eso confirma más aún la legitimidad de lo que se pretende y se hace, ante uno mismo y ante los demás» (La inocencia de los dirigentes del Opus Dei).

El Opus Dei se esfuerza en cuidar todas las formas, de manera tal que la apariencia mute en realidad. Cuida cada detalle de lo jurídico, de lo legal, de lo moral, de lo económico, cada detalle de los procedimientos adecuados para aparentar santidad. Los directores se esfuerzan indescriptiblemente en salvar sus conciencias frente a sí mismos, porque necesitan creer en el esfuerzo que hacen por aparentar santidad, por creerse legitimados frente a Dios. Pero el intento no cuaja. Y no cuaja porque es imposible convertir la mentira en verdad, por más esfuerzo que se haga, por más gimnasia que se practique, por más acrobacias que se logren. Escrivá se esforzaba en hacer sobrenatural su Opus Dei de tal manera que resultaba creíble en un primer momento, pero ya luego no. Porque no se puede ir contra la naturaleza: si algo no es sobrenatural, pues entonces no hay modo de fingirlo con tal perfección que se convierta en lo que nunca fue. Por momentos se torna creíble, pero luego ya no: se descubre tal cual es. Honestidad es lo que escasea en el Opus Dei. Teatralidad y seducción es lo que abunda.

El Opus Dei fue creíble por el esfuerzo inconmensurable que hizo en ser creíble, en cuidar cada detalle de la representación teatral. Fue creíble mientras pudo sostener la escena, sostener la tensión, el misterio, mientras todo era promesa y posibilidad. Pero a todo esfuerzo le sigue el descanso, el relajamiento, aunque más no sea por instantes. Y fue ahí entonces donde se descubrió la flaqueza, los cimientos desnudos de un edificio en llamas. El Opus Dei como producto de la desesperación, de la huida, de la negación, del vacío: detrás de la apariencia, la nada. Y junto a la nada, la vileza, la traición, la venganza, el rencor, el rejalgar. Como si fuera del público la culpa por la obra malograda, por el grito que no sale, por la voz desafinada. Hubo mucho esfuerzo, pero fue insuficiente para hacer realidad el deseo desesperado. Escrivá logró ser canonizado, pero aun así caerá de todas formas, su lugar no está asegurado. Ha hecho un gran esfuerzo por llegar, pero no ha sido suficiente como para borrar las huellas de la ignominia, misión que por lo visto tienen por delante, eliminando las evidencias de todo escrito interno que los comprometa, recurriendo a un tribunal mercantil para ello. Qué bajeza la de recurrir al dinero para obtener salvación, pues toda argumentación mercantil es eso: buscar la salvación moral en argumentos monetarios.

Escrivá decía «nadie da lo que no tiene» (“Meditaciones” II, pág. 513), en una de sus tantas alocuciones que le llevaron a ganar el Oscar de la santidad, aunque nunca dejó de ser el actor que tenía adentro para convertirse en un santo real. Como siempre, tenía una clara conciencia de lo que a continuación cometería, por cómo previamente lo había negado. En otra oportunidad se preguntaba: «¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!?» (“Meditaciones” V, p. 157). Tal vez sea una casualidad el que empleara la palabra “engaño” –esfuerzo siempre insuficiente- aunque también podría haber planteado la cuestión de otra forma. Sin embargo eligió la palabra adecuada a lo que el Opus Dei resultó ser, más allá de todo esfuerzo por actuar en contrario.

El Opus Dei está atravesado por los problemas personales que Escrivá había desarrollado dentro de sí. Escrivá era portador de una esquizofrenia o disociación asombrosa: proporcional al esfuerzo gigantesco por aparentar lo que no se es, patología con la cual está atravesada toda su organización. No es casual que el Opus Dei siempre se esfuerce por explicar “lo que no es” para –a continuación- dar a entender que “entonces es lo contrario”. Qué lógica deductiva tan extraña.

«Hasta ahora hemos necesitado —¡no era un capricho!— singularizarnos ininterrumpidamente (...) a fuerza de explicar una y otra vez lo que no éramos para que no se nos identificara con los religiosos» (Entrevista de 1982).

Se esfuerza por negar que “no somos religiosos” con tal fuerza que pretende convencer que “por lo tanto somos laicos”. El esfuerzo por negar es tan grande como el esfuerzo por aparentar. Esfuerzo titánico, descomunal, apoteósico. Pero finalmente no convence, se torna insuficiente. Y entonces se esfuerza más, con una intensidad cercana a lo hercúleo: como abismales son sus amenazas escatológicas para quienes no desean seguir entrenándose en el gimnasio del Opus Dei. Y a ese esfuerzo por aparentar lo llama santidad: a ese esforzarse lo llama heroísmo. Pero para cuando la obra ha terminado, el público ya se ha retirado y no quedan aplausos. Ha sido todo un fracaso.

Por eso es necesario deshacerse anticipadamente del público indeseable, que no aplaude y que tal vez más tarde abuchee la obra en su totalidad. Sacarse a los indeseables de manera disimulada. Otro gran acto, otra gran representación. Una farsa sin descanso.

Pero hay un punto en que todo ese esfuerzo no alcanza, como quien se esfuerza por estirar un resorte pero no llega suficientemente como ser enganchado del otro extremo: es el mecanismo de los extensores que usan muchos gimnastas para sacar músculo. La diferencia es que aquí no se afloja nunca, siempre en tensión, siempre estirando el resorte sin lograrlo enganchar en su extremo opuesto, para conectar así lo falso con lo verdadero sin solución de continuidad.

El Opus Dei vive en esa tensión permanente, que no afloja, pero tampoco lo logra. Esfuerzo por aparentar que se llega pero no lo consigue. Aparentar que se es algo, pero que no llega a serlo completamente. Siempre falta algo, siempre resulta insatisfactorio dicho esfuerzo. Pero el intento no desiste. No creo que sea casual la insistencia de Escrivá en la idea de lucha y de luchar (desde luego, tomado de la ascética tradicional): el aparentar es una batalla que no termina nunca, porque la victoria está siempre lejos de alcanzarse. «La batalla de la formación no termina nunca», decía Escrivá, y sin embargo se repetían todo el tiempo las mismas ideas. ¿Qué batalla era esa entonces? La de aparentar hasta el cansancio, hasta la obediencia ciega, hasta quedar exprimido como un limón, hasta la pérdida de la propia conciencia y del sentido con el cual se ingresó alguna vez al Opus Dei.

E.B.E.




Publicado el Lunes, 30 abril 2012



 
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