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 Tus escritos: Pecando en familia.- supOmal

030. Adolescentes y jóvenes
supOmal :

De un tiempo a esta parte, de hecho desde que descubrí este maravilloso sitio de opuslibros, no he parado de darle vueltas a la idea de hacer una reflexión retrospectiva en esta ágora pública de lo que fueron mis faltas particulares e íntimas, pecados, todo era pecado, durante mi pertenencia al Opus Dei como socio numerario. Más allá incluso de los recuerdos anecdóticos, que he intentado narrar en anteriores escritos, quiero con sana intención y objetivo de finiquitar el proceso de recuperación de la memoria poner al descubierto la que era entonces mi frágil conciencia adolescente, sin descartar ahora cierta dosis de ironía. Período aquel que fue algo más cercano a un trauma psíquico-infantil que a una experiencia religiosa...



Creo necesario evidenciar y denunciar algunos yugos que ataron y atenazaron mi pobre ser, propiciaron mi precoz entrada a un falso y teatral mundo de adultos, manipularon mi inmaduro cuerpo y alma en nombre de una artificiosa santidad altamente contaminada, agresiva y corrosiva. Como ya relaté (27/02/2012, supOmal), la euforia adolescente que me provocaron un par de copas de brandy y la alegre tos del humo de un Ducados en una tertulia de mi primera convivencia, fueron la ignición del despertar a una inquietante “vocación”. Sólo eran 15 años y no sabía más, era tiempo de aprender y no de decidir. Apenas despertaba del sueño de la infancia; parodiando a Serrat. Un amor a primera vista?: me acuso de enamorarme divinamente de un proyecto muy humano con medios materiales distorsionadores de la realidad y de la conciencia. ¡Inocente!.

Me acuso de haber obviado y anulado mi curiosidad natural a cambio de sentirme importante. De haber apagado mi sed innata de conocer la vida real de acuerdo a mi edad con afirmaciones de gente que me prometían felicidad si los seguía y obedecía ciegamente. ¡Gandul!. Me acuso de haber sido un engreído por pensar y creer que yo era un ser escogido y superior a los demás (aún predicándonos que éramos normales). ¡Arrogante y Orgulloso!. Me acuso de asumir que, siguiendo todas las consignas y riendo las gracias de mis superiores, no tendría problema en aprobar las asignaturas del colegio corporativo dónde cursaba mi bachillerato. ¡Tramposo!. Me acuso de haber querido llamar la atención y ser alguien considerado en aquel ambiente, dando a entender que yo e incluso mi familia podríamos aportar muchas cosas a la institución. ¡Pretencioso!. Me acuso de no haber sabido distinguir entre infancia e infantilismo adulto. ¡Imprudente!. Y me acuso de haber estado despreciando burlescamente al resto de la humanidad, incluso y sobretodo católicos, por no pensar como yo, es decir, de acuerdo al espíritu que mamé en la inquisitoria institución. Y mientras fui miembro y después durante largos años, víctima todavía de la deformación adquirida. ¡Malparido!. Me acuso que haber querido ser discípulo de Jesucristo pero me llevaron al Gólgota para hacer de Cirineo: o llevas la cruz o te condenas; a base de latigazos estatutarios y...

De mis otros pecados, de los que fui entonces realmente consciente y atentaban contra algún mandamiento de la ley de Dios, ya me acusé y arrepentí en confesión, dando cuenta de las debidas penitencias. Muchos no los recuerdo, pero estoy convencido de que están escritos en alguna (o muchas) hojas de papel archivadas en un fichero bien clasificado en el sótano de alguna delegación del Opus Dei, si es que no lo han desplazado a algún otro lugar. Y en honor a la verdad, recordar también algunos muchos otros pecados que esparcí por tantos confesionarios de distintas parroquias de la ciudad donde estudié la carrera viviendo en el centro de estudios y años posteriores. Pecados que eran entendidos y comprendidos por mis confesores accidentales, de donde salía feliz, sanado y triunfante, nada indiferente en contraposición a las confesiones de “mi casa”. De ello no me arrepiento, al contrario. Quizás es lo que salvó mi mente, mi fe y de caer deteriorado o preso de ansiolíticos o “tranquimazines”.

Me acuso finalmente de haber sido más fiel a mi religión Católica que a la religión artificiosa que dañó mi autoestima, adormeció mi personalidad, automatizó mi raciocinio, sedó mi voluntad; pero que finalmente y gracias a Dios sirvió para madurar de golpe y dormir muy deprisa para no perderme ni un segundo más de la maravillosa realidad de la vida normal que se me ponía delante: la vida de verdad, la que empezó cuando abandoné la delictiva pesadilla llamada Opus Dei.

La necesidad de limpiar y ventilar parte de una pequeña historia personal no sé si ayuda a financiar emocionalmente la catarsis de otros ex, pero descargar culpas con ánimo de compartir obscenidades espirituales me parece necesario, casi imprescindible y especialmente de justicia, aunque los del Opus siempre pensarán que ellos no tienen nada que ver con eso, siquiera estaban de paso en mi vida, quizás ni yo en la suya. Es su depurada técnica perversa para limpiar el rastro de tanto dolor inocente derramado como consecuencia de su fraude vocacional y desviada acción divina.

Saludos a tod@s,

supOmal




Publicado el Viernes, 01 junio 2012



 
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