Bienvenido a Opuslibros
Inicio - Buscar - Envíos - Temas - Enlaces - Tu cuenta - Libros silenciados - Documentos Internos

     Opuslibros
¡Gracias a Dios, nos fuimos
Ir a la web 'clásica'

· FAQ
· Quienes somos
· La trampa de la vocación
· Contacta con nosotros si...
· Si quieres ayudar económicamente...

     Ayuda a Opuslibros

Si quieres colaborar económicamente para el mantenimiento de Opuslibros, puedes hacerlo

desde aquí


     Principal
· Home
· Archivo por fecha
· Buscar
· Enlaces Web
· Envíos (para publicar)
· Login/Logout
· Reportar problemas técnicos
· Ver por Temas

     Gente Online
Están conectados 47 usuarios anónimos y 1 usuarios registrados.

Eres un usuario anónimo. Puedes registrarte aquí

     Login
Nickname

Password

Registrate aquí. De forma anónima puedes leerlo todo. Para enviar escritos o correos para publicar, debes registrarte con un apodo, con tus iniciales o con tu nombre.

     Webs amigas

Opus-Info

Desde el Opus Dei al mundo real

ODAN (USA)

Blog de Ana Azanza

Blog de Maripaz

OpusLibre-Français

OpusFrei-Deutsch


     Sindicar contenido
RSS
direcci?n RSS

A?adir a Mi Yahoo!

A?adir a Google

¿Qué es RSS?


 Tus escritos: El anonimato en OpusLibros.- Carocha

140. Sobre esta web
carocha :

Queridos amigos,

 

Existen, en mi opinión, muchos motivos para sentir vergüenza profunda por haber vivido en el ambiente del Opus Dei, como “numerario”, como “agregado”, como “supernumerario”. El motivo principal, en mi opinión, es el engaño. No el engaño propio, cuya vergüenza es posible superar, sino el reconocimiento de la fragilidad de las figuras fundamentales de autoridad y de amor que debieron protegernos: la familia, la Iglesia.

 

Mis padres fueron y son padres realmente excepcionales, pero a finales de los años setenta pasaron por dificultades tremendas. Fueron tiempos muy difíciles en Portugal, y la atención que mis padres podían dedicarnos era toda la que podían dedicarnos, pero no era la suficiente...



Esto lo veo ahora que soy madre de hijos recién salidos de la adolescencia. No es vergüenza propia, es vergüenza por otros: el reconocimiento de que quienes amábamos y deberían habernos protegido contra la barbarie, no supieron ni pudieron hacerlo. Una pesadilla para muchas familias. De niños, pasamos a ser niños-soldados en un momento. Teníamos que enfrentarnos con fuerzas para las que no teníamos referencias ni defensas: el Partido Comunista, el Opus Dei.

 

El Partido Comunista era lo que era, con su folklore propio, y sólo entraba quien quería. La dificultad estaba en entender y refutar, con 14 o 15 años, los contenidos marxistas de asignaturas que conservaban sus nombres pacíficos de antes: Literatura, Historia… cosas muy amables. Comencé a odiar la escuela porque no iba allí a estudiar con profesores atentos y admirables: iba a la guerra. Recuerdo las humillaciones infligidas a los profesores, y recuerdo haber vivido con miedo durante años y años: un miedo semejante al miedo que de niña sentía por la bruja de Blancanieves, un sentimiento muy primitivo y terrible.

 

El Opus Dei entró entonces en escena. El Opus Dei tenía muy mala reputación en Portugal como resultado de la payasada del modo de vida y del impensable crimen de robo y fuga rocambolesca protagonizados por Gregorio “Goyo” Ortega Pardo. Pero los tiempos eran otros en 1974 y muchos padres de adolescentes vieron la “formación” y las “actividades” de los clubes del Opus Dei como una solución para contrarrestar el ambiente comunistoide generalizado. El Opus Dei como parásito de la Historia: oportunismo, golpes de mano, hambre de resultados. Y dinero, mucho dinero.

 

En el Opus Dei nos reclutaron sin que nadie se opusiera, porque la Iglesia pactó y sigue pactando criminalmente con el Opus Dei, que era y es de su entera responsabilidad. Cómo si la Iglesia fuera una institución humana y reciente. Honrosa excepción fue la del cardenal Basil Hume, OSB (1923-1999) arzobispo de Westminster. En Gran-Bretaña, una vez más.

 

Hay muchas más razones para no desvelar la identidad en OpusLibros. La gente es muy distinta, los países son muy distintos, las circunstancias familiares y los temperamentos también.

 

Dar la cara es una expresión que no me gusta especialmente, porque no me gusta dar lo que, mal o bien, me define. Hay un punto de equilibrio interior, distinto para cada persona, que no puedo ni quiero exponer en sitios que no me definen -como OpusLibros- , por ejemplo. Sería repetir el error trágico de la vida en el Opus Dei, a mi modo de ver: soy veterana de una guerra personal sangrante en el Opus Dei, que no quiero repetir. La denuncia al Vaticano, que muchos hemos firmado, con identificación completa, dirección, etc., ¿estará desaparecida? ¿Milagrosamente desaparecida?

 

A propósito de todo esto, me gustaría transcribir aquí un artículo que me parece interesante, sobre la legitimidad del anonimato de quienes escriben a los editores de los media, en Estados Unidos, denunciando situaciones injustas. Se trata exactamente del mismo asunto que nos ocupa a nosotros, pero la matriz jurídica es anglo-sajona, y por eso los razonamientos y las conclusiones son distintos y tal vez interesantes para los que vivimos en ambientes jurídicos diferentes de aquél.

 

Hay gente feliz que vive en países donde no hace falta “entregar” la vida para que le sea hecha justicia. Países con otras historias, otras tradiciones. Ése era el mundo interior de John Newman: la conciencia antes de todo, por encima de todo, porque la conciencia es la misma Justicia. “Entregar” la vida, “entregar” la conciencia – puntos centrales y prácticamente únicos de la paupérrima “espiritualidad” del Opus Dei -, significa, pues, en el Opus Dei, amar por interpuesta persona, un absurdo sin defensa posible.

 

Hay gente feliz, sí: es la incomparable brisa suave de la gracia, o, por otras palabras, desde otro punto de vista, es la civilización.

 

Un fuerte abrazo,

Carocha

 

In response: original

En respuesta

 

No permitir los comentarios anónimos on-line subvierte el papel de los media como forum de debate.

 

- Bill Reader , Profesor, E.W. Scripps School of Journalism, University of Ohio

 

Un editor de Boston recibió reclamaciones sobre el potencial abuso del anonimato de los comentarios de los lectores, que publicaba. Anunció entonces que colegiría los nombres reales de los autores de esos comentarios, y que los publicaría si necesario. Editores de distintos periódicos anunciaron que harían lo mismo.

 

Los detractores de esta decisión rápidamente la clasificaron como “un esquema despótico del gobierno”, un intento de “nuestra aristocrática clase superior” para silenciar la voz de los ciudadanos comunes. Al final, el Editor, Benjamin Russell, abandonó su plan y siguió publicando comentarios no firmados, muchos de los cuales acalorados y violentos, en su Massachussets Centinel.

 

Era el año 1767 (...) Y el asunto del debate llevaría a la aprobación de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

 

Pienso mucho en Benjamin Russell estos días. Muchos periodistas, conocidos y menos conocidos, se sienten molestos por los comentarios irrespetuosos que algunos lectores (pero no la mayoría) envían a forums on-line. Defienden que los comentarios anónimos deberían ser descartados sin más, y ésa es probablemente la opinión dominante entre los periodistas profesionales.

 

Yo entiendo y en larga medida comparto las preocupaciones con los comentarios abusivos. De hecho, compartía esa opinión hace algunos años, recién salido de la Escuela de Periodismo. Yo trabajaba entonces en un periódico que tenía un forum por teléfono que recibía llamadas anónimas. Yo y muchos de mis compañeros lo considerábamos repugnante. Algunos años más tarde, decidí estudiar el asunto como mi tesis de master. Me sumergí en la literatura con la esperanza de poder mostrar que los artífices de la Primera Enmienda no toleraban los comentarios anónimos. Pero entonces leí sobre el Massachussets Centinel y relatos semejantes de la misma época.

 

Cuánto más investigaba la historia de los media americanos, tanto más me convencía de que el desdén que nuestra profesión siente por los comentarios anónimos está construido sobre un mito. El anonimato no es anatema de la democracia americana; de hecho, el discurso anónimo es exactamente lo que los autores de la Primera Enmienda tenían en mente. En un nivel filosófico, el anonimato permite que las opiniones sean consideradas por sus mismos méritos, independientemente de quienes las afirman; en un nivel práctico, confiere a la gente un modo de discrepar de la autoridad establecida sin peligro de agresión física y/o de prisión.

 

A lo largo de la Historia, los periódicos americanos respetaron esos principios, publicando comentarios anónimos o bajo pseudónimos. Las políticas que imponían la obligatoriedad de firmar los comentarios se volvieron comunes apenas en los años 1950 y 1960. Los editores defendían que tal requisito haría mejorar la calidad de las cartas al editor. El editor de The Masthead escribió, en 1968, que ello ciertamente impediría “la gente violenta e irrespetuosa de llenar la columna, y de atemorizar otros participantes”.

 

Irónicamente, fueron esas mismas políticas las que alejaron a la gente. Una investigación nacional conducida por la Universidad de Ohio en 2003 concluyó que, entre la gente que no había nunca escrito cartas al editor, más de la tercera parte de las mujeres y casi la mitad de los no-blancos afirmaron que las escribirían si sus nombres no fueran publicados. La misma opinión fue expresada por largos porcentajes de la población urbana, gente con rendimientos anuales inferiores a $25 000, y adultos entre los 18 y los 44 años de edad. Estas son voces que posiblemente hayan sido silenciadas por la obligatoriedad de firmar las cartas dirigidas al editor. Creo que serán silenciadas de nuevo si la industria adopta la actual campaña para prohibir también los comentarios anónimos on-line.

 

En una era en la que el Supremo Tribunal de Estados Unidos decidió que la Primera Enmienda no es aplicable a los funcionarios públicos que denuncian los errores de sus superiores, y en que la gente puede perder su trabajo por hacer comentarios que otros puedan considerar “irrespetuosos”, la gente real con opiniones serias necesita el anonimato para ejercitar sus derechos democráticos más básicos: discrepar, criticar, defender y mantener controversias. Si los periodistas intentaran silenciar la gente violenta e inconsecuente, suprimiendo los comentarios anónimos on-line, lo que harán también será silenciar los pobres, los vulnerables, los que menos recursos poseen. Tal supresión representaría una reacción drástica y excesiva.

 

(...) Nosotros, en el Cuarto Poder, deberíamos ser defensores y practicantes de la Primera Enmienda. Deberíamos temperar nuestro desdén profesional con la observación de que, en lo global, el anonimato constituye un verdadero ecualizador cultural; y que, exactamente para protegerlo, fue aprobada la Primera Enmienda.




Publicado el Miércoles, 01 agosto 2012



 
     Enlaces Relacionados
· Más Acerca de 140. Sobre esta web


Noticia más leída sobre 140. Sobre esta web:
Manual para entrar en Opuslibros sin dejar rastro en el PC.- Skyman


     Opciones

 Versión imprimible  Versión imprimible

 Enviar a un amigo  Enviar a un amigo

 Respuestas y referencias a este artículo






Web site powered by PHP-Nuke

All logos and trademarks in this site are property of their respective owner. The comments are property of their posters, all the rest by me

Web site engine code is Copyright © 2003 by PHP-Nuke. All Rights Reserved. PHP-Nuke is Free Software released under the GNU/GPL license.
Página Generada en: 1.547 Segundos