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 Libros silenciados: Realizarse personalmente en la propia profesión.- Gervasio

090. Espiritualidad y ascética
Gervasio :

Realizarse personalmente en la propia profesión

Autor: Gervasio, 21/11/2012

 

 

Todo un intelectual

 

            La realización personal tiene muchos aspectos: familiar, social, sexual, económico, lúdico y muchos más. Me centraré en la realización profesional de los numerarios y agregados. El tema es nuclear en la medida en que la vocación al Opus Dei, teóricamente al menos, es vocación a realizarse en cuanto católico, apostólico y romano en la propia profesión u oficio.

            Las cosas han cambiado mucho desde los años cincuenta. Cuando pité no había clubs para adolescentes, ni colegios de Fomento de Vocaciones. La labor con jóvenes pitables como numerarios se llevaba a cabo en la Universidad y con universitarios. No había otro ámbito. A diferencia de lo que sucede ahora, el pitable ya había elegido carrera y tenía un futuro profesional despejado y previsible. Los universitarios de entonces se colocaban profesionalmente jóvenes y sin dificultad. Para que alguien pueda ser admitido como numerario —decían las constituciones de 1950, nº 35— debe estar en posesión de un título académico universitario o al menos estar en condiciones de obtenerlo. Y así era...



Según la información proporcionada por un enteradillo —director de delegación, cura o algo así— acerca de la cuota de perseverancia en relación con la edad de pitaje, al parecer, cuanto más jóvenes pitan, más perseveran. De ese dato cabe extraer conclusiones más o menos acertadas, entre ellas que es más rentable vocacionar niños que universitarios. Estos últimos no perseverarán o lo harán en escasa medida. Y sobre todo, requiere menos esfuerzo vocacionar a un adolescente que a un universitario hecho y derecho.

La verdadera problema, a mi modo de ver, no es tanto que piten pocos universitarios o que esos pocos que pitan perseveren menos, sino que realmente se pierde la idea fundacional de dirigirse a personas de alto standing y especialmente a los llamados intelectuales (Cfr. Constituciones 1950, 3 § 1; Estatutos 1982, 2 § 2). ¡Si el pobre don Leopoldo Eijo levantara la cabeza…! ¡Qué disgusto se llevaría! Como en el apólogo de la zorra y las uvas, se renuncia —póngase la excusa que se ponga— a las uvas, porque son difíciles de alcanzar. Es ilusorio pensar que esos niños se convertirán en su día en profesionales de alto standing o en intelectuales de reconocido prestigio. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Nada de futuros numerarios universitarios de prestigio, ni de futuros intelectuales. Al día de hoy los numerarios son gestores de tareas internas —el sacerdocio también está planteado como una tarea interna— y no se dedican a una profesión de esas cuyo ejercicio está regulado por el Derecho estatal. Vamos, que se dedican al u oficio.

Si se recibe, como aspirantes al Opus Dei, a quienes ni siquiera han optado por una profesión, difícilmente podrán entender los aspirantes qué cosa sea eso de santificar la profesión, santificarse y santificar a los demás desde la propia situación profesional. Vamos, digo yo. Podrán entenderlo de una manera teorética —como puedo entender yo lo de los viajes por el espacio sideral—, pero no operativa; no como algo que está incorporado a la propia vida. Su inclinación profesional será algo así como la que cantaba Concha Velasco: “Mama, quiero ser artista; Mamá, ser protagonista…”

Tengo la impresión de que el niño vocacionado para numerario, más que proyectar su futuro sobre una profesión —no sabe si va a ser médico, abogado o egiptólogo— proyecta su porvenir sobre la numerariez. A lo que asiente es a ser numerario. Tal es mi impresión, lo que me figuro; pero me gustaría que quienes tienen experiencia en clubs de niños me diesen su parecer. No he participado nunca en ese tipo de labor y puedo estar bastante equivocado. También me gustaría conocer el parecer de personas que, como Satur, han sido profesores en colegios de Fomento de Vocaciones S.A. No me extrañaría que muchos alumnos quisiesen de mayores ser como Satur. Con lo salado que es. Con lo bien que canta acompañado con la guitarra. ¿Se identifican los alumnos con los numerarios y agregados que les dan clase, hasta el punto de pedir la admisión por ese motivo? ¿Quieren ser también profesores? ¿Distinguen entre un numerario y un agregado o simplemente se les dice que soliciten por escrito ser lo uno o lo otro, como si se tratara de un tecnicismo intrascendente? Sería estupendo que Satur o alguien nos ilustrase al respecto.

Tengo la impresión —pero es sólo impresión, que me corrija Satur o quien sea— de que la numerariez es percibida por los colegiales a modo de profesión.

— ¿Qué vas a ser de mayor?

— Numerario.

Los padres categorizan la numerariez de la misma manera. Si una hija se les hace numeraria, la consideran “colocada”. Ya tiene lo que los italianos llaman un mestiere, una profesión, un oficio, un Sitz im Leben. Cambiará mucho de ciudad, de domicilio dentro de la misma ciudad e incluso de país; llevará a cabo tareas que no se entienden muy bien en qué consisten; pero, en fin, ya esta “colocada”.

Es una de las mandamases del Opus, decía un padre orgulloso de su hija.

Hasta a los propios directores del Opus Dei —nunca hay que llamarlos superiores, no se los vaya a tomar por lo que no son— les pasa lo mismo. Ven en el recién pitado más que un futuro médico o ingeniero, un futuro secretario de consejo local, o un cura majo, alegre y deportista, o a alguien en esa misma línea. Yo diría que ven de todo menos a un señor que ha de dedicar cuarenta horas semanales al ejercicio de su profesión. Suelen elegirle —mediante sabios consejos— los estudios universitarios que ha de cursar, teniendo en cuenta, más que nada, la adecuación de esos estudios a su futuro como numerario. Lógico por lo demás, porque su futuro y actividades ya no dependerán de él, sino de sus directores (nunca superiores). Para alguien que se va a ordenar pronto, por ejemplo, qué más da que sepa mucha o poca química inorgánica. La carrera se termina de cualquier manera. Por lo general suelen ser encaminados hacia títulos universitarios fáciles de conseguir. Después de todo, ser cura, director de algo u oficial de delegación tampoco requiere demasiados estudios. Sin ir más lejos, el actual prelado del Opus Dei no sobresale por su curriculum. No llegó a ejercer profesión alguna. Y ahí está tan ricamente como jeje —perdón, jefe— de todo el cotarro.

En mi época había dos clases de centros de San Rafael: uno para universitarios destinado a vocacionar futuros numerarios y otro para “no universitarios” vocacionables como futuros agregados. He leído recientemente en Opuslibros que ya no es así, que están mezclados. No me extraña. De un niño de catorce años no se sabe si acabará como bombero o sentado en el sillón F de la Real Academia Española. Por otra parte la enseñanza universitaria alcanza actualmente todos los estratos sociales. ¿Cómo están las cosas ahora en tema de clubs y colegios? ¿Están separados? ¿Segregados? ¿Congregados? ¿Yuxtapuestos?

En los centros escolares convergen en calidad de profesores tanto numerarios como agregados. Los varones serán preceptores. No sé si a ellas las llamarán institutrices. Supongo que utilizarán una palabra más rimbombante y moderna. El pobre Escrivá tuvo que ejercer de preceptor del hijo de un noble —conde o marqués— a su llegada a Madrid en 1927, a falta de un empleo mejor. El oficio de preceptor, de institutriz, de maestra, suponía estar situado, en la anticuada escala social de Escrivá, entre merced y señoría. Tal era la terminología de entonces. Por eso no quiso esa posición social para su hermana Carmen, que se vio impedida de llegar a ser maestra, y le repateaba que su cuñada Yoya —o como la llamasen— fuese maestra. Tampoco lo quería ni para sus pijos, ni para sus pijas. Lo suyo era de marqués p’arriba. Y en el terreno académico, de doctor p’arriba. Álvaro Portillo obtuvo el título de Ingeniero de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. No existía entonces, como ahora sucede, el título de doctor ingeniero. Y lo obligó, como a otros ingenieros, a doctorarse en Filosofía y Letras, para gozar del título de doctor. De paso, el apellido Portillo fue transformado en del Portillo, que aparenta más aristocrático. Siempre lo mejor de lo mejor.

Pero como en la Universidad se acabó lo que se daba, ¡a por vocaciones en la enseñanza secundaria! La que quiera coger peces —cantaba La Morgan, llenando el teatro de La Latina— que se moje el tralará. A mojarse el tralará en colegios de confianza —no vale cualquier colegio—, cual santa monjita licenciada en Ciencias Biológicas. Pero, ¡ojo al parche! Lo nuestro es una actividad laical. ¡Laical! No formamos parte de la FEREDE, Federación Española de Religiosos de la Enseñanza; una federación para profesionales de la enseñanza media, que actúa a modo de sindicato e interviene en la celebración de los convenios colectivos relativos a esa enseñanza.

En su carta de 14-II-1974, en el nº 4, el fundador se planteaba expresamente la tensión entre ejercicio profesional y el sacrificio —gustoso o dificultoso— por las cosas de la Obra, del apostolado. Eso es lo tremendo y llamativo: que el fundador detectase tensión entre ambas realidades. Organizó las cosas de tal manera que se produce esa tensión. ¡Vaya fundador! Y ponía el dedo en la llaga con estas palabras: nos exige la Obra de Dios, repito, que santifiquemos la profesión. No es la Obra un conjunto de tareas de apostolado para gente menuda, es trabajo esforzado de cristianos adultos. Pero simultáneamente anatematizaba, como sólo él sabía hacerlo, de esta manera: revelaría un síntoma indudable de tibieza que nuestro trabajo ordinario se transformara en campo para satisfacciones de afirmación personal, de influjo a lo humano, de mundano progreso. No se paraba a considerar lo contrario: que el proselitismo también pueden trasformarse en un campo para satisfacciones de afirmación personal o que es legítimo no participar en un proselitismo ratonero. A ese respecto no fulminaba a nadie con los tonantes anatemas esparcidos por toda esa carta de 1974.

Desde 1974 hasta hoy la balanza se ha continuado inclinando cada vez más hacia los talleres de manualidades y excursiones al campo con gente menuda. Deben de quedar muy pocos tibios dedicados al mundano progreso. Negar que el montaje opusdeístico se ha desplazado hacia un conjunto de tareas de apostolado para gente menuda, no arregla mucho las cosas.

El trabajo profesional tiene enormes exigencias de justicia y de caridad para quien lo lleva a cabo. Proporciona innumerables ocasiones de ejercitar estas dos virtudes, que son las virtudes reina, las virtudes capitales. Entre las virtudes cardinales la más excelente es la justicia. Aristóteles, extasiado ante la virtud de la justicia, decía que es más bella que Venus. Entre las virtudes teologales la reina, el no va más, es la caridad. El trabajo bien hecho exige mejorar la estructura de la propia profesión, evitar la corrupción y las corruptelas presentes en mayor o menor medida en cualquier actividad humana, y cumplir con muchos y muy concretos deberes de justicia, personales y sociales.

En el Opus Dei no aprendí a nada de eso. Lo de la santificación del trabajo se quedaba en la superficialidad de tener encima de la mesa de trabajo una estampita, musitar de vez en cuando una jaculatoria y “ofrecer” el no se qué, por el pitaje de no sé quién. Y luego, a instrumentalizar todo lo que el trabajo comporta —amigos, dinero, prestigio social— en favor del Opus Dei o del algún capricho que tuviera el Padre, que para eso era el fundador. ¿Qué se puede esperar de la justicia y caridad de una institución que prohíbe a sus miembros ser donantes de sangre y de órganos! Cada vez me voy convenciendo más de que el fundador no creía demasiado en eso de santificarse en el ejercicio de la profesión. Pura palabrería y banderín de enganche. Identificaba instrumentalizar —personas, trabajo, instituciones— con santificar. Consideraba que una persona alcanzaba la mayor santidad cuando lograba instrumentalizarla hasta las cachas. Entonces sí era santa. El más santo, del Portillo. Lo puso a prueba negándole permiso para ir a ver a su madre en el lecho de muerte. Y lo propio pasaba con su concepción de la santificación de las actividades terrenas. Yo creo que hasta le molestaba que alguien se sintiese realizado profesionalmente. Tenía una visión muy negativa del ut operaretur.

El Opus Dei tendría futuro, si de verdad sus miembros sobresaliesen por promover la justicia y la caridad en su profesión. Pero ¡qué lejos están de eso! Van a lo suyo.




Publicado el Miércoles, 21 noviembre 2012



 
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