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010. Testimonios
manzano :

Habiendo nacido un 3 de diciembre me pusieron el nombre de Francisco Javier. Todo el mundo me decía Paquito. A mis padres no les gustaba la mutación que la gente y, sobre todo, los chiquillos de la urbanización hacían de mi nombre. Estaba predestinado a ser numerario y con el tiempo ordenado sacerdote y no se veía con buenos ojos lo que ellos consideraban una vulgarización del mismo. Hay que decir que, entonces y también hoy, es muy normal que el nombre de Francisco se transforme cariñosamente en lo que sea.

Yo era un chico muy travieso, juguetón como el que más. Nada preanunciaba al hombre espiritual que hay que suponer en un religioso o similar. El hecho es que a la edad de catorce años y no en contra de mi voluntad, pues desde siempre me habían mentalizado, me ingresaron en el club juvenil. La libertad que hasta entonces yo había disfrutado se truncó y tuve que someterme al rigor de unos horarios y a cierta disciplina que allí reinaba, al menos comparado con lo que yo había vivido en mi casa. El “plan de vida” se manifestaba muy bien diseñado, actividades y talleres varios entremezclados con muchas normas de piedad....



Hay que pensar que nos encontrábamos en el último tramo de la época pre-democrática en España y tanto la Iglesia como la mayoría de sus instituciones, bajo la dictadura franquista, con el beneplácito del poder político y disfrutando de una absoluta inmunidad, imponía aún sus ideologías a todos los niveles.

Algunos recordarán que en aquellos años todavía había un buen número de jóvenes que, no ya tan obligados o incluso voluntariamente, ingresaba en los seminarios, añadiendo las características de autoritarismo religioso, político y militar que reinaba aún en el país en ese momento. En muchos de aquellos lugares se imponía una disciplina bárbara, a veces irracional e inhumana, según nos contaban los mayores.

Visto que lo mío parecía algo más llevadero, moderno e incluso revestido con ciertos aires de laicidad, también falto de la capacidad que dan las experiencias vividas como a la fuerte predisposición a absorber las fuerzas sensitivas del entorno en una edad de cierta inocencia, me hundí en una fe sincera y profunda.

Con una vocación de cristiano día a día fortalecida, seguí las enseñanzas que se imponían a un futuro numerario. Es verdad que, a pesar de que eran muy parciales, pues servían para formar una persona entregada y, consecuentemente, estar al servicio de la Iglesia, el Opus Dei era un lugar para acceder únicamente a una determinada cultura. Mis directores me consideraban inteligente y muy pronto mostraron sus satisfacciones hacia lo que decían que eran mis grandes capacidades para servir a Dios dentro de la Obra. Llovía sobre mojado en mi alma, todo muy fácil.

Independientemente de otros estudios, todos ellos destinados a la formación, el estudio del latín me turbaba, pero mantenía un lugar importante en las enseñanzas internas que se impartían en el semestre y cursos anuales. Se les exigía a todos los seminaristas; nosotros no íbamos a ser menos, pensaba yo. La formación que recibíamos era, como dije, extremadamente parcial incluso en aspectos bíblicos, históricos y eclesiásticos; había una absoluta manipulación del individuo. El numerario debía estar al servicio de la institución, por ende de la Iglesia, y no era permisible formar personas con capacidad de discrepar de los principios establecidos por la propia institución eclesiástica.

Los centros de estudios estaban llenos y se notaba en el ambiente, ya sea por motivación propia o bajo la influencia de los padres. En esta época los estudios exigían, ya no sólo una cierta capacidad intelectual, sino, además, la fuerza y la perseverancia en un trabajo constante. Recordaba a menudo mis recientes años pasados en el club juvenil y comprendía ahora el esfuerzo de los directores de aconsejar otros caminos a aquellos chicos que no manifestaban una gran capacidad intelectual. La fe era importante, pero no tanto.

Los años pasaban y yo, poco a poco, sin tener gran conciencia, accedía a conocimientos que no hubiera podido conseguir nunca fuera de la Obra, pues la falta de accesibilidad desde el exterior lo haría imposible. El fuerte deseo de ser un instrumento útil en la organización facilitaba el resto.

Creía en el Dios todo poderoso y en la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La psicología y la capacidad para convertir, utilizando el don de la palabra, eran aptitudes que sabían desarrollar perfectamente sobre aquellos chicos para, una vez formados, un día, poder manipular las débiles mentes.

A lo largo de muchos de los años vividos en el ambiente Opus Dei, ya fuera por mi edad o por la fuerza del entorno, yo no pude acceder a discernir nunca sobre mi propia conciencia y me mantenía firme en mi vocación.

Poco a poco, sin embargo, espacios personales inherentes al ser humano tomaban cuerpo en mi persona. Eran espacios de duda producidos por necesidades fisiológicas, entre muchas otras. Esa necesidad era un hecho puramente natural que se me presentaba en total oposición a las imposiciones de la Iglesia, inculcadas a los jóvenes y de forma enérgica, inequívoca, casi esquizofrénica por la hoy Prelatura en particular. La mujer era pecado. Eva había sido la primera pecadora. El sexo era pues pecado. Una lucha constante entre la mente y el cuerpo se me presentaba día tras día en mi mente. La fe, sin embargo, era fuerte, potente, yo sería siempre numerario, quién sabe si también un buen sacerdote si me lo piden.

Cuando dormíamos en los dormitorios múltiples en los cursos anuales para numerarios adolescentes, nos encontrábamos solos únicamente a la hora de las necesidades corporales evacuatorias, a pesar del continuo control. Un huracán de angustiosos y dulces pensamientos inundaban nuestra mente, pero el miedo, sin embargo, el miedo al pecado me impedía continuar: Dios me veía.

Pocas veces llegué a la situación límite, pero cuando esto se produjo el fantasma de la culpabilidad me lanzaba al confesionario para poder, así, eximir mi alma del posible pecado cometido. Mis directores no eran ajenos a mis temores y por ello me hacían un seguimiento cercano y constante: había que blindar, encarcelar la vocación a cualquier precio.

Una vocación lograda por la influencia de los padres y la posterior situación personal dentro de la organización, me impedían reflexionar y consecuentemente juzgar sobre mi persona y el puesto que ocupaba. La madurez mental alcanzada posteriormente, sin embargo, y mi capacidad para rebelarme en contra de lo que consideré imposiciones sobre mi persona, desarrollaron en mí y en el curso del tiempo, apenas sin darme cuenta, un cierto espíritu rudo y contestatario....

Manzano.

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Publicado el Viernes, 30 noviembre 2012



 
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