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 Tus escritos: El grano de arena (I).- Ponciopilatos

010. Testimonios
ponciopilatos :

EL GRANO DE ARENA (I)

¡Esta web me ha brindado tantas ayudas! ¡He conocido a tantas buenas personas! ¡Agustina ha tenido tanta paciencia conmigo! Cuando ayer escuchaba un programa radiofónico oí: “por más potente que sea una maquinaria, si entre sus piezas se le introduce un grano de arena, en un lugar y en un momento muy determinados y precisos, la maquinaria falla y deja de funcionar. Como madre de numerario pretendo ser ese granito de arena, de suerte que ayude y advierta a otras madres en mi misma situación, respecto de lo que pueden encontrarse en sus vidas. Para que estas otras madres nunca se sientan solas. Que ni tan sólo se les pase por su pensamiento que “eso” sólo les pasa a ellas.

Voy a desgranar mi historia, capítulo a capítulo y fragmento a fragmento, pues aunque es una historia pequeña, es ardua, dura y me ha afectado a mí y a mi familia. Como ya de antemano sé que mi expresión no iguala a la de muchos que escribís aquí, os pido disculpas y os exhorto a que no dudéis en preguntar todo lo que no quede suficientemente diáfano...



Antes de ser madre de un “numerario”, yo era, digamos una madre “normal”, con mis muchos defectos y alguna que otra virtud. Quería a mi familia: marido e hijos. Padres. Combinaba el trabajo dentro y fuera de casa. Mi vida era feliz, así como lo era la de mis familiares más allegados por la unión que se respiraba entre nosotros. Creía que era una madre cristiana y que, junto con mi esposo, habíamos educado cristianamente a nuestros hijos que, dicho sea de paso, nunca habían recibido educación en ningún colegio relacionado con el Opus Dei.

Teníamos nuestros más y nuestros menos, como toda familia normal. Pero con la gracia de Dios y la ayuda de la Virgen los íbamos superando.

Yo conocía el Opus Dei. Bien, no es exacto y debo matizar: “pensaba que conocía el Opus Dei” pues creía que era una de las tantas organizaciones, fundaciones, institutos, etc., que formaban parte de la Iglesia católica.

Un verano, nos planteamos con mi marido, enviar a nuestro hijo a un curso de inglés en el Reino Unido. Como fuera que no hallábamos ningún curso con garantías personales y académicas suficientes, acudimos a un club de la Obra de nuestra ciudad, pues nos habían hablado bien de él en cuanto a formación humana y cristiana, y pensamos que, siendo así, la formación lingüística iría pues a la par con las otras mencionadas.

Este hijo nuestro tenía 15 años. No conocía nada del Opus Dei. Se negó a irse de casa estos días, pues no quería desprenderse de nosotros. Era un muchacho tremendamente familiar. Era un chico dicharachero, cariñosísimo, extremadamente alegre, que se partía de risa ante cualquier circunstancia que ocurriese en nuestra familia. En los viajes que hicimos con él, era un organizador nato y se lo pasaba mejor que “bomba”. Le convencimos de que sólo eran veinte días, que pasarían pronto, que le llamaríamos cada día, que valía la pena aprender este idioma en el lugar de origen, etc… Al final él accedió.

Al cabo de unos 10 días de hablar con él por teléfono, notamos algo raro. Le preguntamos: ¿te pasa alguna cosa?¿te encuentras bien? Nunca pensamos en nada moral ni espiritual. Pues, ¿qué había sucedido? Respuesta directa: uno de los monitores que no conocía para nada a nuestro hijo, lo vio débil (acababa de perder a una abuela) y le insistió en que tenía vocación de numerario del Opus Dei. Él, con su inocencia y desconocimiento de lo que hacía le dijo, después de tanta insistencia: “¡bien, pues apúntame!” El monitor le contestó: es que debes escribir una carta. Nuestro hijo se quedó perplejo y preguntó: ¿escribir una carta? ¿A quién? Al Padre le respondió el monitor. Nuestro hijo preguntó: ¿Y quién es el Padre?… y escribió la “dichosa” carta.

A la vuelta, al llegar a casa, ya sabíamos que había pitado pues su tono de voz había cambiado. No le dimos importancia pues no creíamos – ni creemos – en una vocación a algo desconocido por completo y que llegue en 15 días. ¡Qué tonta fui!

Su escolarización no cambió en absoluto. Siguió en el colegio de siempre. Su liderazgo aumentó, su expediente académico mejoró si cabe, y siguió aumentando también el aprecio de sus profesores hacia él, por su gran humanidad. El horario escolar le permitía tener las tardes libres, y debido a ello nos pidió para ir a estudiar a un club juvenil con la finalidad de aumentar su concentración en el estudio. En principio no objetamos nada. Día a día, en cambio, notábamos un aumento de su desprecio hacia la familia.

Cuando hubo terminado el bachillerato y realizado las pruebas de selectividad, nos dijo que se iba a vivir a un colegio del Opus Dei donde en el verano se prepararía para ingresar en septiembre en un Colegio mayor, también del Opus. Como madre no deseaba eso pero pensé que la oposición sería mucho peor. Hizo su maleta con ropa de verano y antes de salir de la puerta de la que es su casa dijo:

- ¡Mamá: hasta la eternidad!

Pensé que sería una frase hecha o que se había vuelto algo raro en su hablar. Toda la familia unida lo acompañamos a este colegio de verano del que nos despidió llorando, sollozando. No entendimos nada. Le faltaba un mes para cumplir los 18 años.

Pensaréis que soy tonta y no os equivocáis. ¡Soy muy tonta! Pero a varios años vista de aquel episodio, mi carácter se ha vuelto más avispado y he dejado de ser tan tonta.

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Publicado el Lunes, 17 diciembre 2012



 
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