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 Tus escritos: Esa chica no es para ti.- Uhuru

010. Testimonios
Uhuru :

 Hola


Como hijo de supernumerario y hermano de super y numerario, y cuñado de supernumeraria, he leído con atención los testimonios vertidos en esta web y, de paso, me he enterado de muchas cosas que no sabía por lo que se agradece la información que dibuja un cuadro de las interioridades del Opus Dei, muchas de las cuales había olvidado completamente o, directamente, fueron desconocidas para mí. Ya digo que mi experiencia fue corta.

 

Mi paso por el Opus Dei es tan fugaz como falto de interés: el típico “pitaje” de un crío de 14,5 años ya sobresaturado de Opus Dei en su infancia (rosarios a tituplén, foto de Escrivá dedicada en el despacho de mi padre, visitas constantes a casa de directores y demás) y que, al empezar su “carretón” de adscrito –que duró apenas unos meses (ni siquiera recuerdo cuántos)- tiene que ponerse a simultanear sus estudios con un trabajo y sale del cascarón del “club” del que progresivamente se va separando sin remedio, ya que no tenía tiempo material para simultanear las tres “profesiones”. En mi caso, no anduvieron detrás persiguiéndome dado que debían tener claro, tanto como yo, que mi presunta vocación era tan falsa como un euro de madera: para mi el club significaba excursiones, tenis y demás saraos. En fin, un pasármelo bien sin las complicaciones inherentes de tener que buscar amigos y mantenerlos. Lógicamente asistía, como adscrito a círculos, meditaciones, retiros, etc., pero, insisto, fueron unos pocos meses que apenas dejaron huella en mí. Ni siquiera recuerdo, a estas alturas, haber utilizado las disciplinas alguna vez (sí, en cambio, el cilicio al menos en una ocasión). Sin embargo, el Opus Dei (y por eso he leído con interés este Foro) dejó en mí una huella, más bien diría una cicatriz, que nunca ha llegado a curarse del todo...



Tres años después de aquella experiencia encontré, un verano, y por mediación de mi señora madre trabajo, en una sala de exposiciones como currito de carga y descarga y “traidor” (tráeme eso, tráeme lo otro). La dueña era una numeraria veterana y la dependienta y encargada una chica bien, y de familia “bien”, que era… una preciosidad. Un encanto. Un sueño de mujer. No entiendo porqué mi señora madre (supernumeraria) me había recomendado a la dueña, quizás porque le parecía que yo iba a comportarme, como conocedor del Opus Dei, de forma discreta o algo así.

 

Ella era una recién Licenciada en Arte por la Universidad de Navarra y era una niña Opus-Opus desde su adolescencia y yo, tras mi cortísimo contacto personal con el Opus Dei, un tío normal de padres supernumerarios (que no me dijeron ni mú cuando dejé de ir por el club) con un par de rolletes ya de experiencia, haciendo una vida normal y en la Universidad.

 

Pues ahí va la historia que no sé si tiene interés para este Foro.

 

Bueno, pues empecé a trabajar de “traidor” en aquel sitio y encantado de la vida de ganarme unas pelas. Yo era, y lo sigo siendo, desenvuelto, imaginativo, desenfadado y un tanto “canalla”, con buen humor y me río hasta de Janeiro si hace falta. Mis “chicas” dicen que no soy guapo pero que tengo una labia y un atractivo fuera de serie. Debe ser, porque he tenido muchas relaciones, a veces simultáneas. Así que de repente un tío así cae entre una numeraria veterana (a la que hace mucha gracia su desparpajo) y una aspirante a tal. Inevitablemente ella y yo comenzamos a hablar –y a reírnos a iniciativa mía. Yo, la verdad sea dicha, no intentaba ligármela ni nada por el estilo (demasiado maravillosa para mí) dado que pensaba que estaba ubicada, de alguna manera, en el “entorno” del Opus Dei, sino que simplemente salió así por mi personalidad abierta y comunicativa. Hablábamos de todo, bueno, de casi todo, porque jamás me dijo que estaba a las puertas de pitar ni nada por el estilo: era simplemente una chica, soltera y sin compromiso, que acababa de llegar de Navarra y nada más.

 

Una tarde, después de cerrar, la invité a una caña para continuar una conversación que habíamos iniciado, y aceptó lo que me hizo comprobar que no era del Opus Dei. Y me alegré. “¡Ancha es Castilla!, me dije, no es miembro de la Opus Dei ni está en la órbita (como había pensado), así que adelante”. A ese café siguieron otros y otros. Paseos al lado de la mar con sus dos perros, salidas nocturnas (a cenar)… Todo iba viento en popa. Yo era el súmmum de la delicadeza y la atención con ella. La trataba como una delicada rosa. Nunca hice amago de nada (aunque literalmente me la hubiese comido enterita) y ella debía sentirse tranquila y serena a mi lado. Yo era absoluta y totalmente feliz a su lado, y ella parecía estar encantada conmigo. Y de repente, una soleada tarde de verano, mientras comíamos pipas mirando a la mar, me dijo que estaba pensando en “pitar” como numeraria auxiliar. Ahí se me encogió el alma y no hablamos más del asunto por el momento. Seguimos saliendo juntos.

 

Varias semanas más tarde, y en una de esas escasas oportunidades que tenía de comer en casa (debido a mis turnos de trabajo era raro hacerlo), mi madre se vuelve a mí y me espeta:

 

- ¡Esa chica no es para ti!

 

Bien. Ya sabía lo que estaba pasando: la directora del centro a la que iba “mi chica” se lo había soltado a mi madre y ésta me había entregado el “recado”. Ni corto ni perezoso contesté:

- Madre, este no es asunto tuyo.

 

Mi padre asintió con la cabeza silenciosamente y la polémica pareció zanjada.

 

Y el verano continuó, cafés, cervezas, paseos interminable por la playa mientras ella me leía “El arte de amar”, “El equilibrio y la armonía” y demás lecturas para cristianizarme, salidas nocturnas… y mi madre callada y sin decir ni moco. Y así llegó el otoño y yo ya estaba enamorado como un loco y me daba igual si ella era “pitable” o no, o si estaba interfiriendo en una “vocación”. Me daba igual todo. ¿Y ella? Ni idea: conmigo estaba a gusto, tranquila, relajadísima, cariñosa, dulce como un pastel de manzana… siempre de buen humor… Encantadora.

 

Y así transcurrió el otoño, y llegó el invierno y yo ya pensaba en que debía lanzarme a la piscina de una puñetera vez: cogerla por los hombros y comérmela a besos. Todas las noches la llamaba por teléfono. Todas. Sin faltar ni una.

 

Hace años lo escribí, le escribí un cuento que ella jamás ha podido leer:

 

“- ¿Entonces sabrás que te van a censurar la correspondencia, no?, te abrirán las cartas y te las leerán todas, pero todas ¿eh?

- ¡Sí, claro! -respondió ella con aquella sonrisa que nunca se acababa, que parecía ser una prolongación de su cuerpo, y ahora de la vida de él -, lo sé.

- ¿Y que no tendrás intimidad de ningún tipo, y que te van a controlar hasta el dinero que te gastas? ¡Ah!, y no pienses que podrás leer cualquier libro, ni hablar del peluquín. Además, se acabó el cine, el salir de cena y todo eso.

 

Iban del brazo por el paseo marítimo. Llovía tenuemente, lo que allí se llama orbayo. Menos mal que ella, mujer al fin y al cabo, había tenido la ocurrencia de llevar un paraguas. Se apartó el flequillo con delicadeza antes de volverse.

 

- Bueno, ¿y?

- Pues que te enviaré -prosiguó él hablando- cartas guarras, casi pornográficas, para que la directora se escandalice. Así te echarán del Opus y tendrás que volver a casa, y entonces me llamarás y volveremos a salir de paseo con los perros. Pasearemos por aquí a media tarde mientras me lees en voz alta y tratas de regenerarme.

 

Ella se rió.

 

- ¡Tienes cada cosa! ¡Serás capaz!

- ¿Quieres apostarte algo?

- No, que a lo mejor pierdo -alargó el brazo sacando la mano-. Vaya, parece que ha dejado de llover.

- Entonces préstame el paraguas un momento -pidió él- y espera aquí, ¡no te muevas!

 

Bajó por las escaleras hasta la playa dejándola en el paseo, apoyada en la barandilla.

 

- ¡¡¡¿Puedes verme?!!! -gritó al llegar a la zona donde la arena estaba húmeda.

- ¡Sí!

 

Y empezó a escribir en la arena, con la punta del paraguas, un enorme “T E Q U I E R O”, con letras muy grandes, y tanto, que podían leerse a mucha distancia. Regresó corriendo.

 

- ¿Te gustó? -él jadeaba por el esfuerzo.

- ¡Estás loco! -ella no paraba de reír.

- ¿Ves lo que te vas a perder?

 

Se puso repentinamente seria y lo miró con fijeza. Los ojos le brillaban.

 

- Sé lo que me pierdo.

 

Continuaron el paseo cogidos del brazo.

 

- ¿Y tú? -preguntó ella-, ¿qué harás?

- Pues como veo que vas a destrozarme el corazón y todo eso -risas-, me iré lejos, muy lejos -hizo una pausa-, y no me volverás a ver nunca jamás tampoco en la vida. Y me embarcaré, con nombre supuesto, en un atunero para irme al Gran Sol una temporada. Luego, y cuando esté harto de tanta pesca, me dedicaré a la piratería en el mar Caribe, rodeado de gente de mal vivir, putas y bribones, la peor estofa que te puedas tirar a la cara. Por supuesto que todas las noches me emborracharé y nadie sabrá por quién lo hago. Así tendré un pasado turbio y oscuro, y eso da mucho morbo. ¿Qué te parece, eh? ¿No es interesante?

- Lo que tienes que hacer es escribir, que tú vales para eso, y dejarte de bobadas.

- Lo haré, ¡claro que lo haré! Escribiré y me haré muy famoso. ¡Te sentirás orgullosa de mí!

 

La mar estaba oscura y negra allá lejos. El viento gallego traía húmedas rachas de violencia y agua. Se apretaron el uno contra el otro para protegerse. Ella sostenía el paraguas mientras que él, que llevaba el corazón encogido, le contaba un chiste. La miraba el perfil mientras volvía a llover, lluvia que no se detuvo durante quince días, quince largos días en los que no se vieron, en los que ella desapareció como había desaparecido el sol. Y era una lluvia obstinada, pertinaz. Y era una lluvia negra. Y seguía lloviendo cuando la mañana del seis de enero ella le llamó por teléfono.

 

- Quiero verte -dijo tan sólo.

- ¿Ahora?

- Sí. ¿Puedes?

- ¿Dónde?

- En la plaza del parchís.

 

Y a él le dio un vuelco el corazón. Eso estaba cerca del centro del Opus.

 

- Bien.

- ¿Dentro de una hora?

- Vale.

 

Se vistió despacio, muy despacio, que hay cosas para las que nunca se ha de tener prisa, y ésta era una de ellas. Había mucho jaleo en su casa. Sus hermanos pequeños, aún en pijama, disfrutaban con los regalos que les habían dejado los Reyes. Desayunó casi clandestinamente antes de salir.

 

La calle estaba mojada aunque, por unos instantes, había dejado de llover. Un tenue sol hacía tímidos esfuerzos por iluminar la ciudad, y apenas lo conseguía.

 

Recorrió los escasos doscientos metros a cámara lenta, fijándose en todos los detalles de esa fría mañana de invierno. En algún sitio, alguna vez, había leído que aquella ciudad era un sitio hosco y gris asomado al Cantábrico. Y hoy lo parecía más que nunca. Llegó puntual. Ella estaba allí. Se miraron. Sus ojos brillaban como espuma. El procuraba tenerlos bajos, que algo le estaba apretando la garganta.

 

- Hola -saludó ella.

- Hola.

- Te he traído un regalo -y extendió la mano que sostenía un paquete.

 

Ahora sí que la miró a los ojos. Estaba tranquila.

 

- Gracias -y empezó a desenvolverlo.

 

Era un libro, “El corazón de piedra verde”. Volvieron a mirarse.

 

- Gracias. Yo... lo siento, de verdad que lo siento, pero no tengo nada para ti.

- No hace falta, tonto. Ya me has dado muchas cosas, demasiadas. Más de las que nadie me ha dado nunca en esta vida.

 

A él algo, que parecía ser de hierro, le seguía apretando la garganta. Tragó saliva.

 

- No volveremos a vernos, ¿verdad? -dijo.

- No.

- ¿Te cuidarás mucho?

- Sí. ¿Y tú, lo harás también?

- Lo haré porque tú me lo pides. No te preocupes, sabes que no necesito a nadie.

- Ya lo sé -y ella cogió su mano libre-. Soy feliz. He tomado la decisión y soy feliz, muy feliz. Ya sabes que llevaba meses pensándomelo.

- Cierto.

- Bueno. Ahora tengo que irme -y soltó su mano.

- Espera -él acortó toda aquella enorme distancia que hasta entonces les había separado-. Quiero que sepas que no te olvidaré nunca, y que te echaré de menos -y la besó en la mejilla, que por primera vez en todos esos meses se atrevió a hacerlo, a besarla.

 

Retiró la cara. Ella le miraba con los ojos brillantes y le sonrió con dulzura, una vez más, como tantas otras veces había hecho. Una nube empezó a descargar sobre la ciudad con fuerza. Las gotas rebotaban juguetonas en los charcos de alquitrán y barro. Se refugió en un portal viendo como doblaba la esquina. Aquel día ninguno de los dos llevaba paraguas. El sol se quedó oculto y la lluvia se tornó negra, tan negra como la mar que había, finalmente, borrado todas las palabras que él había escrito para ella.”

 

Han pasado los años pero aún sigo queriendo saber de ella. Por supuesto que le he preguntado a mi madre, pero nunca me dice nada. Por eso rastreo, y me interesa toda la información que hay en la web sobre el Opus Dei.

 

Saludos a todos
Uhuru




Publicado el Miércoles, 19 diciembre 2012



 
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