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 Tus escritos: El anillo de la fidelidad.- Gervasio

070. Costumbres y Praxis
Gervasio :

El anillo de la fidelidad

Autor: Gervasio

 

            El domingo pasado, mientras tomaba el aperitivo con un matrimonio amigo, de pronto, ella, instalada ya en la locuacidad y desinhibición propia del vermut, bajando confidencialmente la voz,  me susurró:

    ¿Te puedo hacer una pregunta?

    Hazla.

    ¿Es verdad que los numerarios llevan un anillo? ¿Tú fuiste numerario, no?

    Sí; es verdad; pero no todos los numerarios. Sólo los que han hecho la fidelidad.

    Los que… ¿cómo dices?

    Sólo los que han hecho votos perpetuos.

La verdad es que ni ella ni su marido estaban preparados para que me adentrase en las sutilizas existentes entre los “votos”, propios de los religiosos, y “no votos”, propios de los cristianos del Opus Dei. Pero tampoco he faltado a la verdad. Mi anillo de fidelidad corresponde a la época de los “votos” y no a la posterior de los “no votos”. Nadie me otorgó al pasarme a los “no votos”, allá por los ochenta, un nuevo anillo representativo del cambio...



           —¿Ves? ¿Ves?, le decía en tono de reproche a su marido, que negaba la existencia de tal anillo, en base a que a mí nunca me lo había visto.


Y luego, dirigiéndose a mí:

— Pues se lo hemos visto a Joaquín.

Joaquín es un conocido común, que efectivamente es numerario.

— ¿Y son todos iguales?

Lo decía refiriéndose no a los numerarios, sino a los anillos que portan los numerarios que han hecho la fidelidad.

— No. No son todos iguales, le respondí.

Y le tuve que explicar que no todos los anillos son iguales, sino sólo parecidos. Es frecuente usar un anillo en el que en el chatón está grabado el escudo familiar. Algunos numerarios llevan una piedra semipreciosa en el chatón, lo que les da cierto aire episcopal. Los no europeos, menos familiarizados con los sellos con escudo de armas, que es lo más socorrido, a veces graban en el chatón un par de letras artísticamente entrelazadas correspondientes a sus iniciales. No sé qué es lo que establecido para las mujeres, ni si los agregados usan o no anillo de fidelidad.

En el Opus Dei todo está minuciosamente regulado. Lo de esos anillos no puede escapar a esa regulación. Uno de los criterios que recuerdo es el de que la fidelidad no debe retrasarse porque el anillo no haya llegado a tiempo. Se procura que sean los padres los que corran con los gastos de un objeto que por ser de oro supone un cierto desembolso. En mi caso el anillo no llegó a tiempo y hubo que comprarlo la víspera del evento a la vuelta de la esquina, en la joyería más cercana, por supuesto debidamente acompañado y aconsejado.

No me parece que el correspondiente documento sobre anillos — podríamos denominarlo Anuli nostrorum para darle mayor solemnidad y apariencia— pueda calificarse de “interno”, ya que tiene resultados bien invisibles, como visibles son los anillos. A ver si Agustina logra publicarlo. Hasta el vermut de este domingo no había caído en la cuenta de que es fácil hacerse cargo de si uno se encuentra o no ante un numerario, combinando una mirada a la mano con algún otro detalle más. Sucede lo mismo con los sacerdotes y con sus sotanas y sus trajes de calle negros y con alzacuellos. No hace falta ser un lince, para distinguir un cristiano corriente de otro cristiano también corriente, pero que no demasiado corriente; de un sacerdote diocesano de otro que no lo es tanto.

Puestos en el terreno de los anillos de la fidelidad me parece del caso recordar al fundador que en ocasiones —así en las tertulias con lo alumnos del Colegio romano entre otras situaciones— de vez en cuando pedía a los que tenía al lado que le dejasen sus anillos de la fidelidad Se los ponía en los dedos; diez, doce —los que fuesen— y luego los iba devolviendo. Recurría a este juego cada vez que quería evitar que se percibiese su excesiva emotividad. Con ese entretenimiento sabía que detenía la tendencia a las lágrimas que le estaba asaltando.

Copio literalmente del Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, colgado en Internet: 675, Hiperemotividad: Excesiva sensibilidad emocional que tienen algunos sujetos por la configuración de su sistema nervioso funcional. Si definimos la emotividad como la "cantidad de energía nerviosa que tiene una persona para poder ser liberada ante estímulos externos", según el concepto de Le Senne y de la escuela caracterológica de Groninga (Heymans y Wiersma), la "superemotividad" resulta una característica que puede presentar ventajas e inconvenientes para la persona. Las ventajas pueden ser la facilidad para interesarse por las cosas, la mayor respuesta a los estímulos, el cultivo de virtudes o cualidades estéticas y éticas. Pero los inconvenientes pueden resultar peligrosos: irritabilidad, susceptibilidad, inestabilidad, sufrimientos inútiles ante las no realizaciones, etc. El trato de los hiperemotivos suele ser difícil por su mayor actitud receptiva y su elevada sensibilidad. A veces desconcierta su mayor capacidad de acción y de responsabildad. En ocasiones resaltan algunos aspectos negativos: temores, insatisfacción, inseguridad.

La verdad es que este párrafo describe muy bien ese rasgo psicológico del fundador del Opus Dei, que fue in crescendo a lo largo de su vida. Le viene como anillo al dedo, nunca mejor dicho. Una de las cosas que le emocionaba hasta las lágrimas era escuchar cantar a Chito. Chito era un mejicano que pululaba por Villa Tevere en calidad de alumno del colegio romano y que llegó, según he leído en Opuslibros, a consiliario de México. Para evitar mostrar esa emoción excesiva tanto en esa como en otras ocasiones recurría a solicitar los anillos de fidelidad. El ponérselos y quitárselos lo distraía de lo que le causaba emoción. Era consciente de su hiperemotividad y alguna vez se refería a sí mismo diciendo, más bien en broma que en serio, que tenía el “don de lágrimas”. Pero no deseo ponerme también yo emotivo y sentimental, así que a lo que iba.

Iba a lo del anillo de la fidelidad y a su simbolismo y significado. Mi amiga la del vermut llegó a la conclusión —nada descabellada— de que ciertos anillos denotan un status, concretamente el de ser numerario del Opus Dei. El distintivo de las personas casadas es la alianza. Lleva una fecha por dentro, la del día de la boda. La alianza es usada por las personas casadas sean o no de la Obra. Cuando un supernumerario hace la fidelidad, no pasa a usar un segundo anillo. El numerario, en cambio, lleva un anillo con una fecha por dentro que rememora el día en, en el trascurso de una ceremonia, se comprometió solemnemente, entre otras cosas, a permanecer perpetuamente soltero. Aquí no cabe detectar un paralelismo con los ciudadanos corrientes —sus iguales— que comparten con el numerario el estado de soltería. Nunca he visto a un colega mío llevar un anillo conmemorativo de su condición de soltero. Sí son frecuentes los que conmemoran anularmente su condición de casado.

Resulta un tanto falaz eso de que cada uno debe santificarse en su propio estado, como decía el fundador. Cierto que el casado ha de santificarse en su propio estado; pero el soltero del Opus Dei no puede santificarse en su estado de soltería, sino en el “numerario”. Ya me ocupé anteriormente (Cfr. Estados y Santidad y en Eso de los “estados” en el Opus Dei) de que Escrivá no acababa de aclararse con eso de los estados de perfección y otros estados que nada tiene que ver con la perfección y la no perfección. Ser numerario es incompatible con estar casado. En cambio, ser soltero en modo alguno es incompatible con ser supernumerario. De ahí se deduce que los numerarios no están llamados a santificarse en el estado de soltería, sino en el que adquieren a través de ciertas ceremonias de incorporación en calidad de “solteros especiales”. Esa especialidad se manifiesta en un anillo con una fecha por dentro, sin parangón en la vida secular. Es un anillo especial.

El anillo de la fidelidad —por su carácter indiciario—resulta poco congruente con aquello de que los del Opus Dei no deben llevar distintivo ni señal alguna indicadora de su pertenencia al Opus Dei. Eso es lo de menos. Lo que primariamente quiero resaltar es que el anillo de la fidelidad es indicativo de que ser numerario da lugar a un género de vida distinto del de ser soltero.

Escrivá se dejó llevar de su emotividad al adoptar para los numerarios —no sé si también para los agregados— unos anillos conmemorativos similares al de los casados y a los de algunas religiosas que también usan anillos conmemorativos de sus votos perpetuos.

En cuanto mi amiga la del vermut me preguntó “¿Es verdad que los del Opus Dei llevan un anillo especial?”, me dije: ya tengo para una colaboración en Opuslibros.

Gervasio




Publicado el Lunes, 11 marzo 2013



 
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