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 Tus escritos: Está pasando por un mal momento.- Gómez

040. Después de marcharse
gomez :

Esta es la historia de un exnumerario que está pasando un mal momento, aunque él no lo ve así:.

«Me llamo Gonzalo; Gonza, para los amigos; soy bogotano, fui numerario durante 30 años y ahora ya me estoy preparando para bien morir. Bien morir en el sentido de no deberle nada a nadie y sobre todo de no tener deudas con Dios Nuestro Señor, porque por lo demás, estoy bastante deteriorado, exprimido como un limón, y a mis 75 años parezco de 90. Me preocupan mis hijos, la menor de los cuales tiene apenas 9 años, pues en cualquier momento Dios me llama y ellos se quedan un poco a la deriva, a pesar de que la mamá, mi esposa, Pilar, trabaja como una descosida. Este semestre tuve que darle el sablazo a más de un amigo, para conseguir lo de la universidad de mi hijo mayor, 3,5 millones de pesos colombianos, algo menos de seis salarios mínimos mensuales, y lo del colegio de los otros tres, otros 3 millones, por el primer mes. No tengo pensión, porque la urgencia me hizo optar en el Seguro Social por un solo pago anticipado. Me dieron 10 millones de pesos, algo más de dieciséis salarios mínimos mensuales, para resolver las necesidades que en su momento apremiaban. Ustedes me dirán que qué hacía yo teniendo hijos a los 66 años, y ahora que lo veo, tienen toda la razón en tirarme las orejas, pero, vamos a ver, qué aprendimos en la Obra…



Si durante tantos años les enseñé a los chicos de san Rafael y a los supernumerarios y cooperadores que las relaciones sexuales debían estar abiertas a la vida, no iba a hacer en mi caso una excepción. No era justo. Yo sí tuve una época, unos diez años, entre mi salida de la Obra y mi matrimonio, más o menos entre los 47 y los 57 años, una vida un poco más relajada, mientras me ubicaba en el mundo libre, conocía candidatas a novia y demás. Pero, una vez casado, me ajuicié. Lo que había aprendido en mis nueve años en Roma y Pamplona y lo que había enseñado en mis treinta años de labor apostólica, era lo que debía practicar. ¿O no?

Ahora, si he de ser sincero, creo que tienen razón los amigos que me dicen que de un tiempo para acá, más o menos desde mi matrimonio en adelante, he vivido con la carga de culpa, mi salida de la Obra, una culpa muy grande que debo enmendar, antes de mi muerte, si quiero de verdad la salvación eterna. Por eso, me casé con una mujer que me daba duro, a pesar de que también, sería injusto no reconocerlo, fue la persona más leal, cuando lo perdí todo y quedé en la inopia. Mis amigos, desde el presidente de la República, pasando por ministros de Estado y llegando a grandes figuras de las finanzas nacionales, me sacaron el cuerpo, mientras que ella, Pilar, estuvo ahí. Luego, es verdad que cada uno de los cuatro embarazos la dejó a las puertas de la muerte, por diversas complicaciones, pero ¿no recuerdan ustedes al Padre, cuando en una de esas tertulias de 1974 en Suramérica le decía a una supernumeraria que había tenido nueve cesáreas, que adelante, que Dios le premiaría su generosidad? Dios también premiará la generosidad de Pilar y la mía. Finalmente, eso es lo importante. Los niños han sido muy sanos y si ustedes los conocieran se darían cuenta de lo bellos que son y de lo bien que les va en el colegio, en general, ¡claro!, pues nunca faltan problemas; la semana pasada al tercero le partieron un hueso de la pierna en una escaramuza.

Cuando regresé a Colombia, después de mis nueve años en Roma y Pamplona, dirigí una oficinita de prensa. Lo que producía no era nada despreciable, alcanzaba para pagar una nómina de numerarios y de varados, que no hacían mayor cosa, y para ir ampliando el portafolio de servicios. Como parte de él, logré sacar adelante una editorial, que dejé al cuidado de uno de los varados, a fin de ayudar a su mamá, pariente mía, y a sus hijos, que estudiaban en la Universidad de los Andes, la más costosa del país. Algún día apareció el varado con la mala noticia de que estábamos quebrados. Al día siguiente llegó con la buena nueva de que había un comprador, que daba una miseria por la editorial. Al tercer día el varado le había comprado por un par de pesos más la empresa. Hoy en día la editorial es una de las más grandes impresoras del país y le da ingentes ganancias al por entonces varado. Pero eso fue un accidente. La oficina dio buen dinero.

Cada vez que comenzaba una nueva labor, había que abrir un nuevo centro en una nueva ciudad o había que adelantar una campaña de AOP, la primera alcancía a la que acudían los directores era mi oficinita. Siempre salían de ella con dinero. Un día, en una de las revistas que publicaba, apareció en alguna página perdida la fotografía en blanco y negro de Silvia Krystel mostrando parte de su cuerpo. Mostraba mucho menos que la Venus Capitolina, pero la publicación de esa foto generó la primera de las amonestaciones que terminaron con mi salida de la Obra. La publicación había sido preparada por uno de mis empleados, mientras yo asistía al curso anual.

Cada vez que comenzaba un nuevo centro me pedían que fuera a dirigirlo. Cada centro que dirigía producía quince vocaciones de numerarios al año. Los demás, apenas daban una o dos. Eso, que fue muy bueno para el desarrollo de la Obra en el país, fue malo para mi oficina, que iba de mal en peor. Cuando salí de la Obra, después de treinta años de aportes apostólicos y monetarios significativos, liquidé lo poco que quedaba de la oficina y comencé de nuevo. Me dediqué a hacer talleres de valores, aprovechando que uno de mis exalumnos del Gimnasio de los Cerros era asesor del presidente de la República, cuyo plan de gobierno incluía talleres de valores para todos los empleados públicos. En un solo año llegué a ganarme 30 millones de pesos colombianos. Cuando quise presentarme a una convocatoria de la Universidad Nacional, busqué mi diploma de doctorado de la Universidad Santo Tomás, de Roma; recordé que lo había dejado en la última casa del Opus Dei en que viví; les pedí a mis viejos compañeros de lucha el favor de buscármelo y enviármelo. Nunca lo hicieron. Lo pedí a la universidad, en Roma, y cuando llegó ya no había chance. Después de los talleres de valores, comenzó mi deterioro físico. Tengo 75 años.

Estoy sin trabajo. Peor aún, sin posibilidad de trabajar. Apenas si logro escribir y publicar un libro al año, del que vendo algunos ejemplares y recojo en una presentación unos 600.000 pesos. Mi esposa, Pilar, trabaja en una oficina de relaciones públicas, con un ritmo que a duras penas le permite ver alguna vez entre semana a sus hijos y a su marido. Como muy poco. He logrado reducirme a lo mínimo necesario en todo sentido. Casi a no estorbar. Hace años no compro un par de zapatos, ni un vestido. Finalmente, no los necesito, porque son pocas las oportunidades que tengo de aparecer en público.

El caso de Catherine Tissier me pone a pensar, pero tengo claro que nunca voy a recibir nada por el estilo. Ni siquiera sería capaz de demandar a nadie, si hubiera algo por lo que demandar…, treinta años de entrega, numerosas vocaciones, generosas aportes económicos. Lo paradójico es que algunos ilusos que creen que me conocen juran que yo estoy pensionado por la Obra, y que mes a mes me llega el giro de España. Es como una leyenda urbana. A veces por eso mismo no me ayudan. Tal vez lo único que puedo pedirles a quienes lean esto es que recen por mí, para morir bien y ver a Dios después de este purgatorio».




Publicado el Miércoles, 24 abril 2013



 
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