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 Tus escritos: Ten la valentía de ser cobarde... huye!.- Unocomocualquiera

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La represión emocional y el Opus Dei (VII y último)

Ten la valentía de ser cobarde… huye!

Me han indicado que no abuse de la “@”… Bueno!, así que todo va en masculino.

Muchas culturas tienen leyendas para ayudar a la gente a manejar la ansiedad y el miedo. En este caso, el miedo de dejar de ser Opus Dei y permitirse sentir. Aquí transcribo la historia india de Vichnú.

Cuenta la leyenda que en tiempos medievales había una aldea que vivía horrorizada por una dragón que habitaba en una cueva en las afueras. Todos estaban dominados por el miedo al dragón, y a medida que el miedo crecía, mudaban sus viviendas cada vez más lejos de la cueva. Pero el dragón seguía creciendo. De los diez metros de largo que medía al principio, pasó a los quince y luego a los veinte. Le salieron dos cabezas en lugar de una. Grandes púas le crecieron en el lomo y empezó a echar fuego por la boca. Cuanto más aterrados estaban los aldeano y cuánto más trataban de alejarse, tanto más se acercaba el dragón y más lejos llegaba su aliento ardiente...



Cierto día, un joven aldeano que había crecido en medio del terror que inspiraba el monstruo, decidió acercarse a la cueva para ver si la bestia era tan feroz como todos creían. Su familia y los demás aldeanos tratan de disuadirlo, pero él estaba decidido. Aunque el miedo hacía palpitar aceleradamente su corazón, partió en dirección de la cueva del dragón. A medida que se acercaba, su miedo crecía. El sudor le corría por la cara y sus piernas casi no le sostenían. Pero siguió caminando.

Por fin avistó la cueva. Oyó los movimientos del dragón y su terror aumentó. Estuvo a punto de vomitar y sintió ganas de huir. Pero siguió avanzando hacia la cueva hasta que pudo espiar el interior. Lo que vio lo sorprendió. El dragón era grande y fiero, pero ni por asomo tan grande y fiero como el suponía. Tenía una sola cabeza. Y ninguna púa. Arrojaba fuego, pero las llamas apenas llegaban a un metro de distancia. Muy aliviado el aldeano decidió sentarse a descansar. Se quedó dormido durante varias horas, y al despertar notó algo extraño. El dragón parecía más pequeño y menos feroz que antes. El joven decidió pasar la noche allí. Cuando despertó por la mañana, el dragón seguía en su lugar pero era mucho más pequeño. El aldeano se acercó a la bestia y le habló. Al hacerlo, el dragón siguió encogiéndose hasta que no fue más grande que un lagarto.

El joven regresó a la aldea y contó su aventura. Al principio los demás no le creyeron, pero poco después empezaron a acercarse a la cueva, primero de a dos y de a tres y luego en grupos mayores, para ver al dragón con sus propios ojos. Comprobaron que el dragón era desagradable y un tanto amenazante, pero ni tan feo ni tan feroz como ellos creían. Seguían sin gustarles la idea de que un dragón viviera en el linde con su aldea, pero ahora que se habían enfrentado con la bestia no les molestaba demasiado, y con el tiempo se acostumbraron su presencia.

Me encantaba decir, cuando era profesor, "Paso la hora, entreguen su prueba", ver el miedo y la ansiedad, sentir el poder… ahhhh. Para la mayoría de las personas éstas son palabras familiares. Para muchos, también son palabras ominosas, que les recuerdan alguna ocasión en que el reloj sonó antes de que hubieran podido terminar un examen. Que nos dijeran que "pasó la hora" antes de que hubiéramos  terminado una prueba nos hacía sentir muy mal, sobre todo si habíamos estudiado mucho.  Tal vez nos sintiéramos estafados, pensando que no nos habían dado el tiempo necesario. Tal vez nos sintiéramos estúpidos y lentos y nos reprocháramos habernos demorado tanto en la primera parte. Inevitablemente entregábamos el examen de mala gana, quizá diciéndonos: "Si hubiera tenido más tiempo me habría sacado un 10".

Para muchos numerarios y exnumearios, 'Pasó la hora' no es simplemente una frase asociada con sus tiempos de estudiante: es también una frase que resume su manera de sentir respecto de sus oportunidades para el amor. De acuerdo con su visión del mundo, cuando el Dios, Providencia o destino distribuye las oportunidades para el amor, cada una lleva un sello con la fecha de vencimiento, correspondiente a determinada época de nuestra vida. Si cumplida esa fecha no hemos hecho uso de esas oportunidades, mala suerte: automáticamente todos caducan.

Para los numerarios y exnumerarios que creen que habrán de consumir o malograr sus únicas oportunidades para el amor, el mundo es un sitio donde rige el principio de escasez y donde por lo tanto cada uno de nosotros sólo recibe una única oportunidad, o unas pocas. Pero, por el contrario, quienes consideran que su plazo ya venció, lo que está limitado no es el número de oportunidades, sino el tiempo dentro del cual debemos utilizarlas. Los que así piensan pueden creer que se les ha concedido un número infinito de oportunidades, pero como participantes de un concurso televisivo a los que se les da un minuto para cargar la mayor cantidad posible de productos en una carretilla, creen que tienen un plazo o edad determinado para utilizar sus oportunidades, y que si no logran hacerlo antes de que suene el timbre, eso significa que 'la hora ya pasó' y todas las oportunidades desaparecen.

Los numerarios y exnumerarios que crecimos en medio de un clima de impaciencia suelen entrar a la edad adulta sin haber madurado en una serie de aspectos emocionales. La persona tiene su propio reloj de desarrollo, que indica por qué etapa habrá de atravesar naturalmente, cuando y en qué orden. En una familia ideal se respeta el reloj interno de cada uno. No se lo obliga a abandonar el biberón cuando aún siente una gran necesidad, no se espera que forme frases cuando sólo está empezando a balbucear sus primeras palabras. Dicho  de otro modo: no se espera- ni se lo obliga a ello- que se porte "como un chico grande" antes de que haya cumplido el tiempo en que necesita ser un bebé. A nadie se le adelanta de grado por ser considerado “muy inteligente”. Por otro lado, en la Obra donde la regla es la impaciencia de los directores, la situación es muy diferente. Lo que impera es la necesidad de dominio de los directores, y son sus expectativas, y no el reloj interno, lo que marca el ritmo para el desarrollo.

Inevitablemente, los numerarios criados en casa se ven forzados a recorrer las fases de su desarrollo a un ritmo acelerado; antes de que hayan tenido tiempo de completar una etapa, se los empuja hacia la etapa siguiente.

Esos numerarios a menudo aprenden a enorgullecerse de ser "muy maduros para su edad" y a tener un "equilibrio de personas mucho mayores". Pero en un momento dado, los aspectos emocionales no elaborados en la adolescencia y juventud irrumpen en la edad adulta, llevándolos en ciertos casos a crisis graves. Si desean seguir adelante, lo único que les queda por hacer es ir hacia atrás para identificar y finalmente completar las tareas tan largamente demoradas.

En la edad adulta, los numerarios que crecieron en un clima de impaciencia también tienden a ser muy impacientes consigo mismo y con los demás. Recuerdan como eran los primeros de casa?.  No se conceden a sí mismos ni a los demás el tiempo necesario para aprender y crecer. Cuando alguno deja la Obra, tampoco conceden a sus relaciones el tiempo necesario para desarrollarse. Tienen una necesidad urgente de establecer una intimidad inmediata, como si ya en el primer encuentro quisieran dar el salto hasta la mitad de la relación. Una relación que se desarrolla a un ritmo más lento, más saludable, los frustra y los enfurece; las cosas no ocurren lo bastante rápido y eso no pueden soportarlo, “hay que ir al paso de Dios”, piensan.

Los numerarios sienten que su plazo ha vencido suelen rechazar la ayuda- "Es demasiado tarde para empezar a cambiar", creen. "¿Para qué entonces debo tomarme la molestia de intentarlo?". Pero si entran en terapia manifiestan la misma urgencia. Quieren experimentar cambios rotundos, y experimentarlos ahora. Si eso no ocurre su frustración es enorme, Puesto que la psiquis incorpora e integra el cambio gradual mucho más fácilmente que el cambio súbito, es crucial para las personas que padecen este bloqueo aprender a darse el premiso s sí mismos para avanzar lentamente y no dejar que su sensación de que "mi tiempo se está acabando" los domine hasta el punto de renunciar por completo al tratamiento.

Unocomocualquiera

FIN DE LA SERIE

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Publicado el Viernes, 12 julio 2013



 
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