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 Tus escritos: Lo que me motivó a abandonar mi silencio.- Rescatado

010. Testimonios
Rescatado :

Lo que me motivó a abandonar mi silencio
Rescatado, 11/11/2013

 

Recibí con alegría y agradecimiento las diez buenas noticias que JM nos comunicó el lunes día 4 de este mes. Aunque hubiesen sido sólo dos o tres, en vez de diez; aunque sean manifestaciones de cambio que sólo hayan tenido lugar en algunas casas o centros, o en algún país; aunque no hayan llegado a suscitar algún reconocimiento público de los errores e  injusticias cometidos –y del consiguiente arrepentimiento- por parte de algunos directivos. Todo esto no quita la realidad de su carácter de buenas noticias que he recibido con alegría y agradecimiento. Alegría y agradecimiento también por comunicarnos “acudimos a esta página en busca de esperanza”, con lo cual nos ayudáis a comprobar que esta publicación coordinada por Agustina sigue dando fruto…



Me distancio del estilo crítico de algunos de los comentarios que se han recibido, porque pienso que si al que trae buenas noticias se le recibe con descalificaciones o infravaloraciones o señalamiento de lo que tengáis pendiente de llevar a cabo, se puede provocar que otras personas miembros o directivos de la Obra, que se inclinen a comunicar noticias parecidas, se inhiban para evitar recibir comentarios negativos.  O tú mismo, JM, no nos añadas otros en el futuro.  Quiero aquí tener presente la advertencia de Rabindranath Tagore: “Si de noche lloras porque se ha ido el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”.

El hecho de que lleguen a producirse algunos cambios en aspectos deshumanizadores de la Praxis lo recibiré siempre con alegría. Y con agradecimiento si, de alguna forma, se da a entender que el mensaje de opuslibros haya podido contribuir a ello.

Finalmente he pensado que puede ser adecuado copiar aquí las cuatro páginas del Epílogo de mi libro Naufragio y rescate de un proyecto vital.  Testimonio de un ex cura-del-Opus-Dei [que sigue siendo cura]. En él señalaba doce cambios concretos que deseaba que algún día ocurriese.

Llegada la hora de dar por acabado este escrito me pregunto: ¿qué es lo que pretendía?, ¿considero haberlo logrado?

La primera cuestión –a la que ya me referí en la Introducción, cuando informaba sobre “Motivos para ofrecer mi testimonio”– quiero ahora volvérmela a plantear y responder. Decía entonces que lo que me motivaba a abandonar mi silencio –tras treinta y seis años de desvinculación– era “la abundante información que me ha llegado en los últimos cuatro años sobre el elevado número de personas que han padecido excesivo sufrimiento a causa de esa praxis (la del Opus Dei) y del modo de aplicarla un porcentaje elevado de los directores y directoras, aunque no todos”.

Al iniciar este escrito, yo era consciente de que, hasta el momento, no se ha publicado ningún libro sobre la experiencia personal de un ex-miembro sacerdote de esa institución. Pertenecí veintitrés años a ella y –como ya he indicado– hace ya treinta y seis que me desvinculé. Permanezco en el sacerdocio ministerial, aunque la mayoría de mi actividad es laical.

Una aspiración que tenía clara, al informar sobre mi experiencia en el Opus Dei y mis interpretaciones sobre la naturaleza y, sobre todo la praxis de la misma, era la de lograr conjugar la reflexión crítica, con una actitud respetuosa. Confío haberlo conseguido.

Soy consciente también de que una intención mía era ofrecer una oportunidad para que dirigentes de la institución, u otros miembros de la misma –con o sin el permiso requerido para estos casos– puedan tal vez percatarse, tras la lectura, de que muchos contenidos de la praxis vigente del Opus Dei, no sólo son causa de sufrimiento importante en no pocos miembros, muchos de los cuales acaban desvinculándose dolorosamente: son también causa de daño para el proyecto o carisma en sí de la Obra e, indirectamente, causa de críticas a la Iglesia.

Ya en la misma introducción he dado pruebas de mi decisión de apartarme de toda visión maniquea, refiriéndome a dos ejemplos de los valiosos servicios llevados a cabo para la causa de un mundo más humanizado, por parte de numerosos miembros con gran rectitud de intención y vocación evangelizadora. En mi escrito ha podido quedar claro al lector que discrepo de algunas de las críticas que la institución ha recibido a lo largo de su historia, y que no se correspondían con mis años de experiencia en la misma. También se habrá podido percibir un fondo de sentimiento de cordialidad y de simpatía hacia “hermanos” con los que conviví y a los que valoré positivamente, a pesar de que no podía cultivar con ellos una auténtica amistad íntima, práctica prohibida en el Opus Dei.

Paso, a continuación, a formular preguntas que significan, también, esperanzas mías.

1. ¿Será posible que los dirigentes del Opus Dei dejen de afirmar que en él caben personas de todas las mentalidades e ideologías que quepan en la Iglesia, y reconozcan explícitamente que sólo personas de estilo acentuadamente conservador y tradicionalista pueden encajar en ella? ¿Evitarán, de esta forma, confusiones y falsas expectativas de nuevos miembros que, pasados los años, tendrán que padecer la crisis dolorosa de la ruptura? Crisis agravada por los amenazadores vaticinios que el fundador pronosticaba respecto a los que abandonasen la institución.

En el caso de que aspiren a que puedan integrarse en ella efectivamente personas de todas las mentalidades e ideologías, ¿se darán cuenta de que debería revisarse o suprimirse un porcentaje importante de contenidos de la praxis, por ejemplo, los referentes al:

- Control y prohibición de lecturas.

- Escaso pluralismo de estilos de textos para la lectura espiritual y la meditación, y de corrientes teológicas tenidas en cuenta en la formación interna.

- Actitud recelosa respecto a capítulos importantes e innovadores de los documentos del Concilio Vaticano II (respecto a reforma litúrgica, ecumenismo, colegialidad, libertad religiosa, diálogo con las religiones no cristianas, etc.).

2. ¿Será posible que se decida revisar el estilo acentuadamente autoritario de las relaciones entre los directivos y los miembros de la Prelatura, como asimismo optar por suprimir el excesivo número de normas o reglamentos que encorsetan la vida cotidiana de los miembros?

3.  ¿Será posible que desaparezca el carácter rígido con que se aplica la práctica obligada de la charla semanal con la persona asignada; y normalmente con el sacerdote también indicado, en ocasión de la confesión sacramental? ¿Y el hecho de tener que confiar la propia intimidad a demasiadas personas a lo largo de los años?

4. ¿Será posible que se renuncie definitivamente a hacer proselitismo con adolescentes, suprimiendo la figura del “aspirante” –que puede dar lugar a prematuros sentimientos de compromiso vocacional –aplicando, no sólo en Gran Bretaña, sino en todos los países, las sabias directrices que en su día estableció el cardenal Hume?

5. ¿Será posible que desaparezca definitivamente la sensación predominante en los jóvenes que solicitan la admisión, de que dudar de permanecer sería siempre una tentación de infidelidad a la voluntad divina? ¿Será posible que todos ellos tengan claro que solamente están experimentando un “tiempo de prueba” –sin ningún compromiso firme– para comprobar si pueden encajar bien en este camino? ¿Se logrará con ello mantener el respeto al tiempo de prueba que desde siempre ha exigido la Iglesia?

6. ¿Será posible que en dicha etapa de prueba, o incluso antes de pedir la admisión, los candidatos a vincularse puedan leer el contenido del Ius Peculiare Operis Dei, y sean informados –por la lectura o la vía oral– de los compromisos que adquirirán vinculándose, es decir, de sus futuros deberes y derechos?

7. ¿Será posible que pase a llevarse a la práctica, de verdad, el eslogan de que en el Opus Dei se vive una espiritualidad plenamente secular propia de “cristiano corriente”?

¿No habrá que revisar, para ello, las limitaciones relacionadas con: a) el ejercicio de la amistad con miembros o con personas ajenas a la Obra (hombres y mujeres); b) las relaciones con la familia de origen; c) la pluralidad de formas posibles de actividad profesional, que “abiertos en abanico”, muy mayoritariamente se lleven a cabo, a ser posible, en la sociedad civil, fuera de los ámbitos de las obras corporativas o semicorporativas? ¿Y no cabría revisar la aplicación rígida de la norma de abstenerse de acudir a cualquier tipo de espectáculo público (salvo alguna exigencia profesional)?

8. ¿Será posible que una serie de ideas directrices o eslóganes, que repitió innumerables veces el fundador (p.e. las citadas en páginas 165 ss.), y que han seguido repitiendo sus sucesores y los directivos de la Obra, no se estén contradiciendo constantemente en la práctica?

9. ¿Será posible que se llegue a evitar, en el futuro, la costumbre de retirar de las revistas internas y de omitir en los diarios de las casas, todo dato que se refiera a un ex-miembro del Opus Dei, o a problemas y dificultades que pueda padecer la institución? ¿Tendrá lugar alguna vez cierta autocrítica?

10. ¿Será posible que se ponga más atención –respecto a las actividades formativas– en todo lo referente a la Ética Social, Política y Económica incluidos, claro está, los documentos del Magisterio de la Iglesia sobre estas cuestiones? ¿Se pondrá más interés en recoger las experiencias de laicos, en las más diversas situaciones profesionales, para profundizar en la contribución a las reformas de estructuras, en vistas a una mayor justicia social? ¿No debería constituir este aspecto uno de los principales en la aspiración a la “santificación del trabajo profesional”?

11. ¿Será posible que cuando un miembro del Opus Dei llega a padecer algún trastorno psicológico, que, en mayoría de los casos podrá ser un “trastorno adaptativo con estado de ánimo deprimido”, o con “estado de ánimo ansioso”, sea atendido con el debido respeto y cuidado? ¿Será posible que se admita que en muchos casos puede ser debido a que su integración en la praxis del Opus Dei produce en esa persona un estrés psicosocial excesivo causante del trastorno? ¿Será posible que su director o directora no se precipite en atribuirlo a la soberbia u otro déficit de espiritualidad cristiana, y no se inmiscuya en el tratamiento profesional condicionando la actuación del psicoterapeuta o psiquiatra, y exigiendo a veces estar presente en las entrevistas?

12. Cuando un miembro llega a la convicción de que el Opus Dei no es su camino y ve en conciencia conveniente desvincularse; o cuando un buen día oye que le dicen que se ha comprendido que no es idóneo para la Obra –aunque acaso lleve más de diez o veinte años en ella– y que debe retirarse, será posible que en el primer caso no se le abrume su conciencia dando por seguro que se trata de un pecado de orgullo y de una grave infidelidad a la voluntad divina? ¿Será posible que en el segundo caso siempre se le dé una explicación razonada y sincera del porqué de su falta de idoneidad? ¿Será posible que en ambos casos se le atienda cuando solicite p.e. certificados de sus estudios internos superados (sin rebajar la calidad de sus calificaciones)? ¿Será posible que ningún laico que ha trabajado durante años en tareas de la burocracia interna, o en obras corporativas, como también los sacerdotes, al retirarse dejen de beneficiarse de los correspondientes derechos por haber cotizado a la Seguridad Social?

Para concluir, solo añadiré que no quiero dejar de confiar en que todos, o algunos, de estos cambios de la praxis puedan llevarse a cabo algún día. En bien de muchas personas que dejarían de sufrir a causa de ella. En bien del Opus Dei, que dejaría de tener que padecer las reacciones airadas de tantos ex-miembros y conocidos. En bien de la intuición original o carisma fundacional, que está siendo malogrado por estas corruptelas perjudiciales y contradictorias de la praxis. En bien de la Iglesia y de su acción humanizadora y evangelizadora.

Y dirigiéndome ahora a los lectores que sean personas que decidieron en su día desvincularse del Opus Dei, ya que –de alguna forma- se dieron cuenta de que permaneciendo allí naufragaban los ideales de su proyecto vital, les pregunto: ¿Habéis ya descubierto la vía para vivir vuestros auténticos ideales, o (expresado en términos de Erich Fromm): tras lograr la “libertad de” de las ataduras, ¿habéis puesto por obra con creatividad, la ”libertad para” lograrlos?




Publicado el Lunes, 11 noviembre 2013



 
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