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 Tus escritos: ¿Quiénes son los Directores?.- Cimarrón

100. Aspectos sociológicos
Cimarron :

Soy un asiduo lector de Opuslibros prácticamente desde que se creó y un esporádico contribuyente.

A lo largo de todos estos años he detectado, como un común denominador, en los escritos de quienes narran su mala experiencia por su paso en la dark side, una estigmatización sistemática a los directores, representantes oficiales del espíritu del opus dei, como principales artífices de las canalladas, humillaciones y arbitrariedades cometidas contra ellos y algunos de los socios de la cosa bajo su jurisdicción, porque siempre estuvieron dentro de la plebe..., y nunca fueron directores...

En alguno de mis escritos, cuando comentaba mis razones que me motivaron abandonar el proyecto de vida en el que me había comprometido ingenuamente a mis quince años y en el que perseveré veintidós años más –no sé cómo soporté tanto tiempo-, afirmaba que me había hartado, entre otras cosas, de ser director, y nunca hice nada parecido a lo afirmado en los escritos mencionados.

Mi primer puesto en un Consejo Local –como Secretario- lo ocupé cuando apenas había hecho la oblación. Obviamente, como miembro del Consejo Local empecé a llevar Confidencias –hoy Charlas Fraternas- sin haber recibido la más mínima formación específica para llevarlas. Era el año 1967 y no conocía o no había sido todavía publicado algún documento interno –Instrucción para los Directores del 31-V-1936, o las Experiencias sobre el modo de llevar Charlas Fraternas, publicadas en el 2011 o las Indicaciones para los que comienzan a recibir Charlas Fraternas, por ejemplo- y hacía lo que mejor podía, lleno de buen espíritu y una buena dosis de sentido común.

Yo pité en lo que podríamos llamar la época heroica de los principios de la labor en mi país, así que no había mucho de dónde echar mano para nombrar directores, los numerarios no llegábamos a dos docenas. Eramos, en la terminología actual, "confundadores".

Ya en esa época, calculo que la deserción, antes de que les tocara a los recién pitados hacer la Admisión, andaba por el 50% de los que habían escrito la Carta al Padre. De ese 50% que quedaba, el 50% hacía la Oblación, y como el 40% del resto llegaba a hacer la Fidelidad. Y en ese tiempo era muy común retrasar el tiempo entre cada uno de los pasos hacia el compromiso siguiente, por lo que la Oblación podía hacerse a los cinco años de haber pitado y la Fidelidad a los seis o siete años después de la Oblación. Es por eso que los que íbamos “en tiempo” éramos los candidatos obvios.

Ahora bien, como siempre, hay que distinguir. Una cosa es ir viviendo el espíritu de la cosa por convencimiento propio y otra por tener una personalidad fácilmente manipulable, que se amolda a las exigencias que le imponen. Las dos posibilidades de personalidades –aparentemente contradictorias- caben cuando se trata de alcanzar las metas impuestas por la Comisión Regional. Ya en esa época tuvimos algunos “escándalos” internos, cuando resultaba que había pitado alguien con tendencias homosexuales –tan buen chico que parecía, bien educado y tan dócil…-.

Yo siempre tuve una personalidad bastante fuerte, que podría llamar también apasionado, y que con esa pasión me entregué a este nuevo proyecto de vida. Mi familia me daba dinero con liberalidad y mis aportaciones a la caja “B” eran generosas, por lo que me “compré” mi libertad. Nadie me dijo nada cuando mi padre me compró mi primera motocicleta a los dieciséis años de edad, ni cuando, con el paso del tiempo, la cambiaba por una más grande y más moderna que rugía potencia.

Tampoco nadie me reclamaba porque iba y venía a mi antojo. Debido a los cargos públicos de primera línea que ocupaba mi padre en el gobierno no me fui a vivir a algún centro después de haber hecho la Oblación. Por esta razón, me acostumbré a vivir “en libertad”, aunque cumplía al pie de la letra las obligaciones de un numerario.

Me recuerdo ahora, mientras escribo que, en varias ocasiones, al terminar el semestre en la universidad, me iba toda una semana con algunos de mis amigos de mi clase, a la casa de campo de mis padres, situada a la orilla de un lago, donde, por supuesto, trataba de ir a misa cuantas veces podía (la iglesia más cercana nos quedaba a veinte minutos en bote), pero la pasábamos en grande, haciendo lo que nos venía en gana, esquiando, buceando, pescando o, simplemente, recorriendo el lago.

Tampoco nadie me dijo nada cuando mi padre me compró mi primer equipo profesional de fotografía -porque era mi afición favorita, aparte de la moto, ni cuando alquilaba una avioneta para hacer fotografías aéreas que luego vendía y cuyo producto ingresaba a la caja B.

Esto de “comprar” mi libertad, era evidente con otro numerario que había pitado antes que yo, que, en vez de una motocicleta, tenía un automóvil, siempre de último modelo y de las mejores marcas europeas porque se lo compraban sus padres. En cambio, los que se movilizaban humildemente en autobús, eran los más controlados (eran los numerarios de segunda clase, como se les ha llamado en algún artículo publicado anteriormente en esta web).

Con el paso del tiempo, y viendo hacia atrás, caí en la cuenta de que los nuevos directores eran siempre jovencitos. Era la época de oro, en la que la expansión de la labor caminaba a paso acelerado y todos los años se abrían centros nuevos y se necesitaban nuevos directores.

“Qué buen espíritu tienen estos nuevos directores, y tan jovencitos” comentaba ingenuamente en mi interior, hasta que me tocó llevar la Charla Fraterna con uno de ellos. Era uno de esos “rarosos”, amanerado, dócil, con aparente buen espíritu, y que me empezó a “dirigir” no a “orientar”. Este fue mi primer encontronazo con un director. Era más joven que yo, y no me dejé imponer sus criterios. Hablé con el Consiliario –no sé cómo se llamará ese puesto ahora- y le pedí que me lo cambiara o le rompía la cara (a mi “director”). Su mejor solución fue que el sacerdote del centro llevara mi charla fraterna (secreto de confesión igual a cero).

Para no desviarme del tema de mi escrito, regreso al tema de los directores. ¿Quiénes eran nombrados directores? Después de todos estos años –ya llevo fuera más tiempo del que estuve dentro-, he podido reflexionar y analizar los casos que conocí. Lo primero que reconozco es que todos provenían de familias disfuncionales –como la mayoría de los numerarios- y con una inteligencia mediocre, por lo que sustituían una convicción de vida con un fanatismo, de personalidad débil y con afán de poder, que veían satisfecho al ocupar un puesto de dirección.

Pues este afán de poder es el que los lleva a afirmar su pobre personalidad dominando a los que están bajo su jurisdicción, actuando, no necesariamente guiados por el espíritu del opus, sino por su necesidad de afirmación personal, cometiendo todo tipo de arbitrariedades, sin respetar la dignidad de las personas ni el espíritu de la cosa, sino enalteciendo su ego.

Con el paso del tiempo, ¿Quiénes son los que van quedando? Evidentemente, no son aquellos con personalidades más fuertes, con auto estima más alta, más inteligentes, ellos son los que se han marchado. ¿Y quiénes son los que se quedan y de donde tienen que echar mano para nombrar directores? Pues de los que menos condiciones tienen para ser directores.

Yo, como gerente de empresa en mi vida profesional, que me preocupo por el nombramiento de mis mandos superiores y medios, tengo presente siempre los conocimientos, habilidades y destrezas de las personas que nombro como sub alternos. Pero parece que los que ahora ocupan los puestos más altos dentro de la cosa subieron flotando, por no pesar nada…

Cimarrón


Publicado el Viernes, 15 noviembre 2013



 
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