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 Tus escritos: Encuentros en la tercera fase: ligando con nax.- Nometorres

077. Numerarias auxiliares
nometorres :

Hace unos años publiqué en el ya desaparecido foro VuelaLibre algunas anecdotillas de mi paso por la casita de papel. Las escribía para distender el ambiente y poder sonreír un poco en medio de tanto sufrimiento y dolor como surgía cuando los antiguos combatientes nos contaban su amarga experiencia como miembros del club de la cruz de palo. Ya en aquellos tiempos, y desde entonces hasta ahora, algunos me decían que tenía que enviar esos escritos a Opuslibros, petición que siempre he rechazado porque no me parecen lo suficientemente enjundiosos y para tonterías ya tenemos el Sálvame en la tele. Pero ayer mismo, skypeando con una buena amiga, volvió a surgir la propuesta “tendrías que publicarlos, que últimamente está todo muy seriote”, “y dale, que noooo, que opuslibros no está para contar majaderías…” “¿y si te lo pido por favor?” Si alguien sabe cómo hacen las mujeres para encontrar siempre las palabras justas para que yo haga lo que no quiero hacer, que me lo explique. Ahí va una de esas vivencias que, al menos, sirve para ilustrar la chorrada esa de los 10.000 kilómetros de distancia:

Me dijo XXX un día (yo creo que fue en el chat) que escribiera más anecdotillas de esas insustanciales y yo le dije que ya había bastantes, que iba a parecer que yo a la opus me apunté para hacer turismo... objeción a la que el muy sinvergüenza me repuso que no, que turismo no, que ya había quedado claro que yo a la opus me había apuntado para ligar con las nax... lo cual me recordó la siguiente historia...

Estaba yo de residente en un centro, con 22 años, cuando me tocó vivir la experiencia de los encuentros en la tercera fase, a saber, contacto directo con seres de otro mundo. Como ya he explicado en otras ocasiones, el menda, antes de las 12, tiene el cuerpo en danza, pero el alma sigue dormida ("Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando... cómo se pasa la vida, cómo se llega la muerte, tan callando"... bueno, mi alma lo único que contempla hasta mediodía es la almohada, Manrique debía estar en un nivel de espiritualidad más avanzado). Este sueño anímico provoca que el cuerpo no funcione más que a nivel vegetativo, con la consecuencia de que todas sus operaciones son extremadamente lentas, incluida la ducha matinal (no, a esas horas el agua fría tampoco despierta mi alma). Tanta es la lentitud, que en el tiempo estipulado entre el mítico minuto heroico y el comienzo de la oración (entre veinte y cuarenta minutos, según centro, y con distribución de campana de Gauss) a mí apenas me daba tiempo de ducharme y vestirme... lo de afeitarme, lavarme la cabeza y otras tonterías de aseo personal básico quedaban para el post-desayuno.

En esas estaba yo, lavándome mi abundante cabellera (es que yo de joven tenía mucho más pelo que ahora) cuando aparece el director y me dice "Nometorres, me voy, te quedas solo; fulanito vendrá hacia la una"; "muy bien, hasta luego, pax" (y como siempre pensé "relax", pero no lo dije, no). Así que me quedé a guardar el castillo. Ya me estaba secando el pelo con una toalla cuando oí un espantoso ruido (bueno, espantoso no era, pero a mí me lo pareció... el corazón me dio un vuelco). El dichoso telefonillo... yo no lo había cogido nunca, pero me sabía eso de que a nuestras santas hermanas no hay que hacerles perder el tiempo y el telefonillo hay que cogerlo raudo y veloz... tan raudo y tan veloz que yo bajaba las escaleras de tres en tres, toalla en mano y encomendándome a todos los santos para que el director no hubiera olvidado comunicar el número de comensales. Hete aquí al diligente y heroico Nometorres frente al telefonillo, un reto inaudito en su vida, su primera vez frente al peligro... recapitulando rápidamente el libro de instrucciones largo tiempo aprendido... hay que decir pax, hay que decir pax, hay que decir pax... descuelgo y...

- Pax
- In aeternum

Esto funciona... pan comido... soy un hacha.

- Ha llegado el fontanero y tiene que pasar para mirar una tubería que hay en el patio interior.

JAAAAARRRRKKKKKK!!!!!! ¿en qué pagina está eso? Oigaaaaaa!!!!

- ¿Qué patio interior?

Aquí la nax de turno ya debió darse cuenta de que no estaba hablando con el director.

- El que se accede por la ventana del pasillo
- ¿Qué ventana?

Yo estaba pasmado... llevaba seis o siete meses viviendo en la casa y jamás se me había ocurrido que la ventana biselada del pasillo, la única de todo el pasillo, no daba a la calle, sino a un patio interior. La suspicaz nax ya debía pensar que no sólo no hablaba con el director, sino que además estaba hablando con un jerbo estúpido de clase superior (Superior Nesciens Jerbux según Linneo). Presa de la más incontenible, y justificada, todo hay que decirlo, impaciencia, cometió la imprudencia más grande y menos meditada de toda su vida:

- Mejor pasamos y yo le indico.

Y a mí, que todavía estaba bajo los efectos del shock, sólo se me ocurre decirle:

- Muy bien, espero aquí.

Y, merluzo de mí, me quedé esperando como una esfinge pensando en la dichosa ventana... hasta que oí la llave y caí en la cuenta, demasiado tarde, de que llevaba la toalla en la mano, los pelos como Son Goku y la camisa a medio abrochar. La toalla salió disparada por la primera puerta que pillé, la camisa se abrochó por arte de magia en menos que canta un gallo, los pelos... ay, los pelos... eso no tenía arreglo... sin un peine, intentar arreglar el desaguisado era como pretender que en la casita de papel las meditaciones sean mixtas.

Y allí aparecieron, doblando la esquina, la heroica nax, vestida de riguroso azul, y detrás un jerbo con una pinta que me lo encuentro por la calle y me cambio de acera. Por la cara que puso la infortunada, creo que en ese momento se dio cuenta de la locura que acababa de cometer.

La tan manida muletilla de desearnos paz para siempre quedaba fuera de toda discusión al estar el jerbo de cuerpo presente (lo de la mente ya lo dudo un poco más). Yo que no tenía ni pajolera idea de lo que tenía que decir, y que sólo pensaba algo así como "y yo con estos pelos", confié en la experiencia de la muchacha y mantuve (mejor lo dejamos en intenté mantener) una digna pose interrogativa mientras iba detectando que toda mi sangre empezaba a acumularse en mi cara. Pero la infortunada no debía ser experta en tales lides (aún no había estudiado la asignatura sobre "Jerbos numerarios inútiles"... se la veía jovencita... quizás de mi edad) y empezó a decir: "El fontanero, que tiene que comprobar una tubería en el patio interior y ha de acceder por esa ventana del pasillo". Y digo empezó a decir, porque lo que dijo, sin dejar de mirar por encima de mis ojos fue:

- El fo-fo-fontanero, que-que ti-tiene que coooooomprobar...

Y, mientras, un cierto tinte rojizo empezó a subirle por las mejillas... qué guapa te pusiste, monina. En un afán de caballerosidad, intenté echarle un cable:

- Sssssí, sí... la tu-tu-tubería del pa-pa-pa-patio... ssssssí

Y un calorcillo que notaba yo en la cara... debía estar como un tomate. La cara del fontanero era de foto, menos mal que ella no la veía, porque a mí ya me daba hasta más apuro él que ella. Debía pensar que nunca se había metido en una casa con gente más rara.

En fin, más mal que bien, conseguimos poner fin a esa conversación de besugos, concretando que cuando el fontanero acabara en nuestro lado yo llamaría por el telefonillo para que le abrieran la puerta, cosa que hice estupendamente bien... tardé cinco minutos en preparar y memorizar la conversación:

- Pax
- In aeternum. El fontanero ya ha acabado, si pueden abrirle la puerta...

Y lo que me contestaran ya daba igual porque yo no pensaba decir más, así me ataran a una parrilla y me achicharraran como a San Lorenzo.

La historia acabaría aquí, si no fuera porque a la hora de la comida salió nuestra intrépida muchacha a servir la mesa. Por aquel entonces yo ya estaba bien repeinaíco y elegantemente vestido... lo que es más, ya me había repuesto del shock y, superada la vergüenza pasada durante el episodio matinal, nada podía ya hacer mella en mi espíritu. Como siempre, el servicio empezó por el director y el cura, momento que yo aproveché para comentar:

- Hoy ha venido el fontanero a mirar no se qué de una tubería.
- (Director) Ah, sí, se me olvidó decírtelo. ¿Qué ha dicho?
- Nada, que estaba bien.

Yo iba mirando de estranjis la cara de nuestra intrépida muchacha, que mantenía el rostro impasible ante mi primer ataque. Tenía que hacer algo para provocar una respuesta.

- No sabía yo que estas ventanas dieran a un patio interior, pensaba que daban al centro de manzana.
- (Sacerdote) Hay que ser burro... con la forma que tiene la casa, ¿adónde van a dar?
- Sí, don X, algunos sólo estudiamos cosas serias, menos mal que le tenemos a usted para las nimiedades.

Mirada asesina y carcajada general... pero la impasible muchacha seguía su ronda sin mutar su expresión. Finalmente llegó mi turno, se inclinó un poco para acercar la bandeja y de repente, de forma clara para mí pero oculta por la bandeja a cualquiera que no fuera yo, su codo se desplazó y su brazo golpeó el mío sin duda posible de que el movimiento fuera completamente intencionado... la cara parecía una estatua, pero los ojos (bueno, el ojo, porque yo no veía más que uno) brillaban con una picardía que jamás se me había ocurrido atribuir a nuestras hermanas.

La comida acabó sin más incidentes y yo no recibí corrección fraterna ni rapapolvo alguno, señal inequívoca de que mi encuentro en la tercera fase había pasado desapercibido.

Durante los meses siguientes se produjeron, estando yo solo en el centro, tres circunstancias similares a la del fontanero. En todas ellas apareció mi intrépida muchacha acompañando al artesano de turno. Cuando comprobaba que era ella, respiraba aliviado... peor que la primera vez no iba a ser... creo que ella también dejaba escapar la tensión al verme a mí. Nunca volvió a pillarme despeinado y nunca volví a verla colorada... nunca volvimos a tartamudear... al fin y al cabo, habíamos "ligado".

Si algún día lees esto, fermosa pastora, acuérdate del pelo-pincho, que yo me acuerdo bien de ti (te reconocería entre miles de mujeres), de tus rizos castaños, tus ojos de color amarronao (disculpa, Satur, la licencia que me tomo) y de tu brazo juguetón. Nuestra historia fue imposible entonces, y es imposible ahora, pero mi santa entenderá que me vaya a tomar un café contigo. Te espero...

Nome


Publicado el Lunes, 18 noviembre 2013



 
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