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 Tus escritos: Siete años en Matrix.- Iason

050. Proselitismo, vocación
Iason :

SIETE AÑOS EN MATRIX
Iason, 04/12/2013

Hola.

Estuve en el Opus Dei de los 15 a los 21. Un tercio de mi vida hasta aquel momento. Me fui hace más de veinte años (¿ya!). Desde que salí procuré mirar hacia adelante, no convertirme en estatua de sal. La Obra de Dios (OdD) desapareció de mi vida. Olvidé todo. Me abracé al mundo de donde nunca había salido -en teoría. Como todos, supongo, tuve que aprender a vivir en la realidad concreta y compleja, palpable, falible, relativa, engañosa, cambiante, auténtica y diversa. Qué rica. Era tan simple la vida en aquella caverna de las sombras, con su escala de valores en blanco o negro, sin matices, maquinal, insípida, incolora, inodora.

Fue un tremendo error no mirar atrás. Un cierre en falso. Hoy me he dado cuenta. Cicatricé sin desinfectar, no me hice cargo pleno de mi mismo.

Tenía que haberlo contado todo ese mismo día hasta el agotamiento, a deudos amigos familiares policías camareros, a cualquiera, echar el sapo fuera, vaciarme totalmente, hasta arrancar toda la roña viscosa babosa y pegajosa (“Deja poso!”) que dejé empegotada en los bajos más fondos del alma. Después de media vida abriendo dócil el alma de par en par, semana a semana y mes a mes y año a año, largándolo todo todo sin pudores en confidencia o confesión toque quien toque, contando chuminadas de novicio y pecados de beata, voy, me callo y me trago sin ayuda semejante camello existencial...



Una mezcla confusa de culpabilidad, pudor, vergüenza, incomprensión, despiste, fidelidad y hartazgo selló mi boca. Sobre todo, no supe a quien contarlo. No había orejas que lo entendieran. Cómo explicar la vida en Matrix a quien no tomó la paxtilla roja. No necesitaba ni consejo ni juicio, ni valoración ni crítica, ni empatía ni consuelo. Sólo vomitar lo vivido, un ejercicio sano y sencillo de higiene vital. No supe hacerlo. No existía opuslibros. Después se lo llevó todo el olvido.

Alguna vez recalé por esta web pero ha sido en este último mes, aprovechando el paro, que me he sumergido en ella. Al principio fue morbo liberador. Después, gracia tonificante. Que gozo carcajearse hasta la lágrima con tantas y tan bien contadas vivencias del absurdo. O llorar hasta reír tanto sufrimiento. Avancé de la nostalgia al recuerdo, pasé por la comprensión y alcancé la conciliación. Cuanta luz da conocer las peripecias vitales -tan diversas, tan semejantes- de tantos hermanos y hermanas, con quien por imposición nunca pude compartir una elemental intimidad cristiana. Que inhumana vida las trincheras de Vietnan! No poder hablar con verdadera confianza con tus iguales, vivir piel con piel día a día, “con vínculos más fuertes que la sangre” y no poder abrirnos el alma sin pecar de “descriterio” ¿No era sicut castra castrorum hermano que apoya a hermano? Apoyarse es comunicar, expresar, compartir inquietudes y dudas, conocerse, abrazarse, descansar. Dejarse querer, mujer. ¿Qué panda de iluminados inventó aquel simulacro de fraternidad, show de Truman, farsa de familia facha de posguerra? Aquí, en este leeros, es en donde me he sabido hermano y hermana vuestro, donde me reconozco. Gracias.

Tras la reconciliación cordial, la recomposición mental. Más allá de “tus escritos”, el caudal de documentos y reflexiones que atesoran los “libros silenciados”, de Jaume a Retegui pasando por Contrapunto, es un mar de conocimiento y conciencia con el que empezar a recomponer la perspectiva, ejercer el pensamiento crítico, ir encajando el rompecabezas e intentar entender algo. Gracias a cada uno de sus autores por tan preciosas y precisas herramientas.

No puedo aportar nada que no esté ya escrito, sólo mi testimonio, el Opus que yo viví (Gracias a Sarnoso, ahora ya sé que hay muchísimos). Tengo que echar mi sapo y sé que sabias orejas lo entenderán sin ponerse a juzgarlo.

Iasón

PD. Propongo este espiritual como himno de tocata y fuga. Sálgase como un truhan o como un señor, lo importante es que “...por primeira vez/ voçe vai retomar/ as rendas da súa vida / nas súas maos/ Conmigo irmaos!...”

Siete años en Matrix

I. El último día

Principios del verano del año en que cayó el Muro de Berlín. Vivo en una vieja ciudad universitaria. Tengo 21 años, buena salud y trescientas pelas en el bolsillo. Llevo dos días intensos y espesos acabando un trabajo con el que me juego una asignatura y enfilo la licenciatura. Paso el día investigando en la biblioteca de la Facultad, de 9 a 9, y vuelvo agotado a dormir al Colegio Mayor, escaqueandome de todo “acto”. Soy el último residente. Los otros, unos setenta, se han ido marchando esta semana. No queda ni el cura, solo dos o tres directores muy ocupados. He montado mi trinchera en la última habitación del último piso de la mansión fantasma. Me levanto temprano, oigo misa y escapo para el campus. Busco libros, proceso textos, cotejo fuentes, no pienso. Desayuno un café, como un bocata, ceno una tapa. Vuelvo paseando lento al Colegio y subo a la trinchera. Respondo a las preguntas con vaguedades y sonrisas. Hace una semana mi director me dijo que este verano quedaba “dispensado de la vida de familia”. No tengo ni idea de que voy a hacer en cuanto logre cerrar el curso. En septiembre me espera la mili.

Estoy en la biblioteca del Colegio mecanografiando el trabajo. A media mañana ando ya en las conclusiones cuando, oh divina providencia!, se abre la puerta y reconozco a Kanito, un buen amigo del instituto al que no veo desde hace mil años. Busca residencia para el curso siguiente y asoma por allí despistado, a preguntar precios. Tras unos abrazos monstruosos, se ofrece para acercarme a la Facultad y rematar la faena. Su padre le ha dejado el coche. Tiene que volver pronto a nuestra ciudad, a doscientos kilómetros. “¿Me llevarías?”, pregunto. Subimos a la trinchera y recojo deprisa todo lo que tengo: una maleta de ropa, una bolsa de libros y un neceser. Asomo la cara en Dirección y digo “Adiós, me voy con un amigo”, “Vale, hablamos eh?”, “Claro”, miento, no tengo ninguna intención de hablar nunca nada más.

El día está hermoso y el corazón rebota de alegría cuando enfilamos la autopista. Se acabó Vietnan. Para siempre, para siempre, para siempre. Kanito se ríe con mi excitación, no le he explicado nada. Paladeo tranquilo cada nuevo segundo de vita nuova, cada menuda realidad, cada insignificante tacto, todo está bien hecho y todo me ha sido concedido, la inmensidad infinita inabarcable del omnibus rebus. He vuelto al mundo. Al de verdad. Respiro goloso, como un ángel caído sobre Berlín o la sirenita cuando despertó en la playa. Esas cosas que sienten los numerarios cuando pierden las alas, se les apaga la luminaria de la crisma, mandan a cincomilquilometros la losa hololosa y prende hecho puro carbón precioso ardiente incandescente el diamante intangible deslumbrante tallado desde la eternidad que algún cuco movido por la luminaria de la fe y el amor les coló un día en lo más profundo de sus seres.

II. El primer día

Principios de la primavera del año en que cayó Rumasa. Tengo 15 años, buenas notas y una familia sin efectivo pero con patrimonio resultón. Estoy en la habitación del secretario de un Centro del Opus Dei de mi ciudad. Me han dejado solo, con una pluma y unas cuartillas, para que escriba tranquilo La Carta. Me concentro en evitar borrones y afinar la letra, porque si paro a pensar qué quiero hacer de verdad verdadera, igual salgo corriendo. No tengo agallas para hacerlo. Estoy confuso.

Llevo toda la vida estudiando en Fomento, aunque acabo de reservar plaza en un Instituto público para el próximo curso. Ha sido una victoria sobre el criterio temeroso y bienintencionado de mi madre después de años de insistencia y lucha. Hasta 5º de EGB fuí un buen colegial. Mi familia no era muy religiosa, aunque respetábamos la misa parroquial, las buenas costumbres y los rosarios de la abuela. Vivía la piedad elemental cultivada en el cole, de confesión semanal (“Pegué a mi hermana, dije palabrotas, desobedecí a papa”), oración diaria, flores a María y disposición al martirio.

Hacia 6º de EGB comencé a caminar por mí mismo. Me rebelé, reboté y renegué. Descubrí el mundo, la carne y la conciencia. Me hice miembro activo de la opusición, grupúsculo poliédrico de guerrilla informal y acción difusa. El Opus, para nosotros, era ante todo El Deleznable Colegio: los profes, los curas, el uniforme, el abismo con las chicas, la oración forzada, la insistencia en la pureza, el interrogatorio íntimo, las comidas de coco, el profe indignado que le rompió la revista de motos a Lucho, el todopodoroso Director, la imposición, la ñoñería, la prohibición, la autoridad. No había salida, los del colegio de enfrente, mixto, laico y de izquierdas eran todos fachas o chulipijas o macarritas problemáticos.

En los últimos años, buscando una causa por la que valiera la pena entregar la vida, he sido ácrata, pasota, drogota, jipi, jevi, comunista y punki. Algún jueves por la tarde y los sábados de 10 a 1 y de 4 a 10, claro. Toco la rítmica en una banda de garaje, aunque no puedo ir a conciertos porque en casa no me dejan salir de noche. Mis colegas van bastante pasados, cada vez me cuesta más desfasar con ellos. Desde hace un año salgo con una chica algunos sábados, para dar una vuelta “por ahí”. Hablamos, fumamos, exploramos algún rincón perdido del parque y nos besamos sin lengua muy abrazados. Son malos tiempos para la lírica.

En octubre, hace seis meses, un amigo de toda la vida me lió en un viaje a Madrid y Zaragoza para ver al Papa. Era el tiempo del cambio, acababan de ganar las elecciones ¡los Socialistas! y venia el Papa Polaco, el sindicalista de Solidaridarnosc, el Amigo de los Jóvenes. Con el puente de Difuntos salía una semana sin clase con la bendición de padres y profes. Para apuntarse y pagar había que pasar por el Centro de la Obra. Nunca antes había pisado el Centro, ni frecuentaba el Club Juvenil, salvo para algún plan de montaña al que se apuntaba media clase o alguna actividad ocasional. En 5º de EGB había ido a un campamento de verano decepcionante, de misa, deporte, charla, deporte, rosario, deporte y peliculón. No volví a picar hasta que, en 8º, mi tutor del Cole, que me veía muy quemado, me propuso ir a un “Campamento de biología”, un montaje suyo, que no organizaba ni el Club ni el Colegio. Fue apasionante y divertido. Acampados en medio del bosque observamos, recolectamos, clasificamos, investigamos y diseccionamos todo el entorno. Allí me pasó algo curioso. Después de varios días resistiendo las amables presiones de mi monitor, un día me confesé y comulgué. Aquella comunión me desató un nervio que me recorrió el cuerpo entero y se asentó como un hormigueo en el pecho. Un mareo agradable, íntimo, físico, sensible, ”real”. Como cuando abrazas por primera vez a una chica o fumas a pecho un porro. “Ordia! Estás aquí Señor...” dije muy sorprendido. Supongo que colaboraba el ayuno y el sitio donde celebrábamos la misa, rodeados de pajaritos que cantaban al nuevo día en el clarear del alba. Pero la sensación se volvió a repetir en otros sitios más grises, en las raras ocasiones en que iba a misa y comulgaba. Volvía al banco y ¡zas! “Ya estás aquí...”, quedaba pasmado hablando con el Señor, sintiéndolo en la entraña. Guardaba aquellos encuentros como un tesoro del corazón. Es la primera vez que lo cuento.

La vida sana del campamento y el gorgorito eucarístico me empujaron a meter el freno y pensar las cosas. Después de tres años de abismo, ateísmo y rebelión, había vuelto al mismo sitio. Tenía mucho que recolocar, así que cuando a mediados de 1º de BUP Don Angel me propuso ir a un Retiro Espiritual organizado por el cole y mi amigo de toda la vida insistió durante una semana, me apunté. Nunca había ido a un retiro y la perspectiva de tres días sin clase, ordenando mi alma en el solitario silencio de un convento me pareció cuadrada. Era el último retiro del curso, el de repesca de los Ultra Resistentes Recalcitrantes y nos juntamos lo mejor de cada clase. Entre meditación y meditación había fumadero, trapicheo y hasta esnifadas de pegamín. Así no hay forma de replantearse nada serio. Durante una charla me dio la pálida. Aguanté el tercer grado como pude. A la vuelta llovieron expulsiones antológicas. Con Don Domingo hablé sobre Nietzsche. Después me abandoné.

III. Camino del primer día

Es octubre, acabo de cumplir quince años. Estoy en 2º de BUP y voy al Centro a pagar el viaje a Madrid. De entrada el Centro me parece un sitio rarito y feo. Allí veo por primera vez auténticos opusinos en su medio ambiente. Los “opusinos” del cole son compañeros de mi edad, normales, también odian el uniforme y montan sus pirulas, aunque van a la misa del miércoles, gozan de cierta confianza con algunos profes, pasan por la capilla en el recreo, evitan la blasfemia y apartan la vista cuando alguno les enseña la foto de contraportada del As. Estos no. Son mayores, visten tergales y jerséis de pico sin que les obliguen, muestran rosario y estampitas sin pudor, dicen tacos con naturalidad y fuman sin esconderse. Entras en una salita y allí está el profe de Química, cachondeándose con tres o cuatro de COU. Te das la vuelta y aparece el de Mates vacilándote. El chavalito que esta mañana huía de Otero, que le perseguía con la foto del As, entra en la sala de estudio, pide silencio y todos le respetan y callan a la orden. El cura me pilla por sorpresa y le doy una lavada al alma.

Tras el viaje del Papa (blus del autobús, dormida de pabellón, movidas de monitores, ahora al Cementerio, ahora al Bernabeu, ahora al Pilar, Totustuus...), empujado por la insistencia de mi buen amigo, comienzo a frecuentar el Centro con un par de colegas. Es un gustazo fumar sin estar alerta mientras estudias en la sala, mientras haces unas risas en el salón y hasta mientras hablas con el cura, siempre simpático, claro y abierto. Una pasada tutear a los profes e irse con ellos de cañas. Alguien comenta tu habilidad submarinista y sobre la marcha un tío mayor, con coche y todo, te enrola en un planete de pescata sabadete. Pasas el día fuera y no tienes que explicar nada en casa. Mi madre, siempre asustada por el ambiente de la calle, está tranquila y no se queja.

Es diciembre. Mi buen amigo me propone ir a un “Círculo”. Voy encantado, convencido de que es algo así como una mesa redonda autogestionada donde compartir experiencias, ensayar interpretaciones de la Biblia y discutir enigmas teológicos. Me encuentro con el de Química largando el comecocos, el santo fundador bla bla bla santas virtudes, no se admiten preguntas. La tertulia final consiste en compadreo con el profe y diseño del planón domingón. Leo Camino, no me dice mucho, aunque incorporo su lenguaje épico de milicia, águilas y borricos a mi vidilla interior. Lo mío es el trato directo, luterano, sin santos ni vírgenes ni rosarios ni agendita ni escrivás ni novenas inmaculadas. Voy por el Centro uno o dos días a la semana: estudio, confesión, círculo y pitillito. No comparto la insoportable devoción al omnipresente fundador, ni las carcundias que oigo en la sala de estar acerca de “los socialistas”, ni el estilo casposo (“clásico”, aprenderé después) que acostumbran algunos residentes. El colegio sigue siendo un esperpento.

Cuando llega Navidad descubro que me estoy enamorando como un idiota. Me conmuevo con el Niño Jesús, hablo con el Señor por la calle, frecuento la misa en la parroquia, cultivo la oración mañanera, mortifico el gusto, me doy al arrebato místico... Siento que tengo que hacer algo de verdad verdadera. Un día busco al párroco y le digo “Por favor, quiero ayudar donde pueda, pobres, misiones, huerfanitos, leprosos, lo que sea”. Voy al párroco porque quiero ser cristiano sin ser opusino. Barrunto que lo que busco (una ética, una causa, un sentido, un centro de gravedad permanente) está en el vivir cristiano, y que es la opusidez la que no me deja ver el bosque. Quiero ser cristiano sin ser opusino. El párroco me manda a la Rectoral y me uno al grupo de catequesis. Somos casi tan raros como los del Centro, aunque en otro estilo. En las reuniones apagan las luces, encienden una vela y ponen una cinta hablando de compromiso catecumenal y ríos de agua viva en mi ser....

Es el febrero en que expropian Rumasa. No va a ser fácil ser cristiano sin ser opusino. Me están cercando como ciudad amurallada. No temerá mi corazón!. Una tarde mi buen amigo me invita a visitar el viejo Hospital Municipal. Vejez, soledad, sordidez, miseria. Prometo a una anciana desvalida que volveré. Otra tarde me proponen (el de Química, el cura y mi buen amigo, por separado) un retiro aprovechando carnavales. Uno de verdad, de mayores. No es cosa del cole, sino del Opus Dei mismo. En otra ciudad, con otra gente. Cara a cara con Dios ¿Quién dijo miedo? También bastante más caro. Le pido dinero a mi abuela y voy dispuesto a aclararme de una vez.

Es un caserón vetusto y hermoso, laberíntico, atendido por doncellas incorpóreas uniformadas hasta la cofia que preparan suculentas merendolas. Esquivo la sobredosis de charlas, rezos y meditaciones para aprovechar el silencio. En la calma de una galería, recompongo. Miro hacia atrás y casi no me reconozco. En apenas cuatro meses he cambiado de coordenadas. Para mejor. De punki destroyer a catequista cristiano. Caminaba hacia el lado salvaje y me han mostrado el sendero claro. Perdí la fe y me la han encontrado. Estaba sucio y me han duchado. Bueno, hasta aquí llegó. Muchas gracias a todos por centrarme. Tengo mucho que hacer. Voy a querer a mi novia, voy a portarme en casa, voy a ayudar a mis desfasados, voy a visitar a la viejita, a estudiar con seriedad, a cultivar mi vida interior, a pelear por un mundo distinto... Ahora ya soy un ciudadano de provecho, me iré al insti con la cabeza ordenada y haré mi vida lejos de ustedes. Me espera la libre existencia autónoma. Al fin. Les recordaré siempre, buenos pastores. La Obra no es como la pintan, se lo aseguro. Prometo estar agradecido. Gracias por dejarme en paz.

Confirma el camino un nuevo omen (gracias por el concepto, Jaume) que ilumina mis pasos. Paseando por la galería reparo en una virgen pequeñita y esquinera, medio olvidada. Aunque luterano, audaz como solo amor puede serlo, salgo al jardín, robo una flor y se la pongo a la Señora. Le sonrió... Y me revuelve el pecho el hormigueo del inefable gorgorito comulgatrón hace tiempo apagado! Cual rosa de Rialp -aun no conocía la historieta- la conmoción me confirma que mi ruta no pasa por la Obra.

No voy a irme de rositas estofadas. Capullico, capullico... Mi buen amigo me llama porque el de química tiene que hablar conmigo. Me parece muy bien, porque quiero decirle que ya no voy a ir más al círculo ¿Por qué? Porque la Virgencita misma me ha dicho que no vaya. Me cita al salir de clase, a tomar unas cañas. Antes de que diga nada, me plantea si me he planteado quién quiero ser, que hago con my life, quién soy yo. Hombre, llevo haciendo eso desde los doce años. No, se refiere a mi vocación. Que mi vocación es el mundo mundial. Que le pregunte a Cristo que quiere de mí. Me propone unas lecturas y unos temas de oración. Me aconseja que lo medite. No tengo nada que meditar, nunca pensé hacerme cura. Quedamos para mañana en el Centro. Qué manía le ha dado. Vuelvo al día siguiente por educación.

Me recibe mi amigo, que me aclara que hablamos de ser de la Obra. Me explica cuatro cosas, entrega, grados, obediencia, pobreza, celibato. Dar la vida. Me lee un libro secreto. Vete al Director y dile que quieres ser de la Obra, dice mi buen amigo, te dirá que no, que no vales, que no es lo tuyo, que no le convencen tus razones. Esto es un castillo donde las puertas están cerradas para entrar y abiertas para salir. Eso es una garantía. Si quieres entrar tendrás que llamar y aporrear la puerta. Knoc knoc. Vuelve a llamar, atontao. Tal vez te pregunte por tu vida pasada y te pida que desnudes tu alma entera. Qué has hecho, que quieres hacer, tus secretos más inconfesables. Errores y horrores. Después te echará afuera. El grial no se muestra a cualquiera, capullo. Ante todo, tienes que tener vocación ¿No te la ves? Tu amigo, el cura, el de Química, te examinan la crisma. Si, si, parece que aquí algo reluce... Ah, mira, un brillante cristalino! Oye, te están saliendo alas en la espalda. Está clarísimo, ¿No la ves? Repasa tu camino hasta aquí, oh Peregrino, verás señales claras de que el Señor te busca ab aeternum... ¿No? Ah, tienes miedo, estas confuso y acongojado, no quieres ser del Opus: ¿Ves? Esa es la mejor prueba de que Te está llamando, oh Elegido. Al final entiendo con teología quinceañera: estoy dispuesto hacer la voluntad del Señor, pues siendo Quien Es, negarle es negarme; ahora me pide que me haga de la Obra, lo que nunca he pensado y no me gusta. Precisamente por eso me lo pide. Ahí está el heroísmo, la prueba, el sacrificio, el holocausto, la entrega. Quiero lo que tú quieras, aunque yo no quiera. Aquí estoy Señor. Ecce ancilla, fiat mihi, serviam!

Llega el viernes, llevas toda una semana con el comecocos encima. No sabes porqué no te vas y les dejas con su locura -siempre te ha tentado hacer el loco. Es la tercera vez que voy a hablar con el Director. Es la última. Para acabar con esto. Después chao chalao, no vuelvo por aquí ni de coña. “Est... Que quiero ser numerario de la Obra!”, le digo al Dire, “Seguro?”, replica, “Que si”, “Que si si?” “Si”.... “Pues muy bien... De acuerdo”. Osti, me esperaba otro no. Me han pillado en el chinchismonis. Voy a decir algo, pero se ha abierto la puerta y ya están felicitándome todos con palmaditas en el lomo. Bienvenido a la catacumba, heroico guerrero. Toma tu espada flamígera. Ajusta bien el yelmo arcangélico, fardido cruzado. Pisa sin miedo la Zona Prohibida. Abre la reja, Mernabo, que viene otro loco!

Que más da! Duc in alto! Las puertas están abiertas para salir.... pitando.




Publicado el Miércoles, 04 diciembre 2013



 
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