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 Tus escritos: Continuador del Sucesor: Balance final.- Pinsapo

115. Aspectos históricos
pinsapo :

Como en muchas instituciones que alcanzan relevancia en la Iglesia, el Fundador de la obra fue esa persona de especial carisma y dotes de liderazgo capaz de lograr, cuando su proyecto no era nada, la adhesión sin reservas de un selecto grupo de jóvenes de gran valía humana, intelectual y socio-económica. El complemento ideal para este fundador de fuerte carácter fue el Sucesor, precisamente por sus amables formas que le hicieron ser el contrapeso perfecto y que le capacitaban como a nadie como hábil diplomático con las instituciones, gran cabeza para instaurar una estructura de gobierno sin opción a fisuras, una afabilidad que en las distancias cortas desarmaba cualquier perjuicio u objeción a la institución. Cabe hablar en realidad de dos cofundadores, o un mismo proyecto institucional completado con las diferentes visiones y modos de dos personas de cuya conjunción resultó el proyecto final. Y juntos arrastraron a miles de católicos en el mundo para su causa…



Por el propio papel que jugaron y la dimensión de esas dos personalidades, necesariamente dificultoso iba a ser el cometido del nuevo prelado elegido, fuera quien fuese. Las comparaciones siempre resultarían perjudiciales y odiosas para el designado como “continuador del Sucesor del Fundador”. A las puertas de un nuevo relevo generacional, puede ya decirse que el siguiente prelado no tendrá el difícil papel del anterior, y por tanto sólo podrá mejorar la etapa precedente, pues ya no tendrá la losa o hipoteca del inigualable período fundacional que culminó don Álvaro. En 1994 una persona de mi centro me manifestaba su perplejidad y preocupación por la insistencia del nuevo prelado en sus primeras cartas en aludir a su pequeñez al lado de las gigantescas figuras de sus predecesores, de modo que ese continuo decir que no era nadie al lado de ellos, le situaba en una posición cada vez más penosa, pues transmitía lo que el jugador modesto refleja en su mirada en el túnel de vestuarios ante el rival: “sé que voy a perder, veo la derrota, el fracaso... y nada que haga podrá evitarlo.”

A todo ello se unía la percepción de elección a la búlgara, de la que los directores se ufanaban como signo de unidad inédita en la Iglesia (ni en los cónclaves papales). No se daban cuenta que no era algo de lo que alardear precisamente. Ese mensaje de sucesión cantada por el papel del custode espiritual como un verdadero vice-prelado, de la inexistencia de promoción de candidatos ni de modo soterrado o a la “vaticana” por el mandato moral interno de no desear cargos, ofrece una negativa imagen de los miembros del congreso electivo como meras marionetas, pues incluso los cardenales gozan de mayor libertad en el Cónclave en el que decide el Espíritu Santo, sin que exista dogma para otras instituciones que obligue a rendir el intelecto: ni la elección del Prelado ni la del Prepósito de la Compañía de Jesús se infunden por directa acción divina.

Tampoco favoreció al “continuador” la leyenda urbana de haber llegado a Roma con pantalones cortos para estar junto al Fundador (fue nombrado su secretario con 20 años), de no haber hecho nada en el mundo fuera de los muros de Villa Tevere, de ser un mero espectador de la interacción entre el Fundador y su Sucesor, lo cual evidenció con los años unas carencias de experiencia pastoral en el mundo real y de falta de carisma. El Fundador se batió el cobre en los años de persecución religiosa en España para de la nada comenzar su obra, aunque brevemente puede decirse que se codeó en los suburbios y también con mayor frecuencia en las altas esferas (puntos a su favor en ambos casos), el Sucesor se fajó en el campo de batalla institucional para abrir las puertas de Roma y del mundo, con el logro en 1982 del privilegiado y exclusivo ropaje institucional que le dotó de una autonomía inigualable, consiguió “ad intra” apuntalar una pétrea e inmutable estructura que impidió la más mínima fisura cuando tantas instituciones eclesiales se desangraban por disensiones, y obtuvo la a priori difícil beatificación del Fundador en un tiempo récord.

Lo dramático es que nadie puede definir la etapa del continuador, no solo por no resistir la comparación con las cualidades humanas, espirituales o de gobierno con sus antecesores; sino por la imposibilidad de encarnar una paternidad capaz de suscitar afectos filiales análogos, haciéndose patente la ausencia de este don al percibirse su liderazgo algo artificioso, frío, funcionarial, decepcionante. El control social en la obra se cimentó en la renuncia de los célibes a derechos humanos del cristiano como el derecho a la intimidad y el secreto de las comunicaciones. En las dos últimas décadas la revolución tecnológica de internet y los teléfonos móviles, hizo estallar por los aires dicho control, siendo ineficaz situar el teléfono fijo en los pasillos del centro o la censura del correo clásico, pues el correo electrónico, los mensajes SMS e internet han hecho que los directores hayan perdido la inspección aduanera de “todos los datos”.

Tras 20 años desde el último Congreso Electivo se han ofrecido diversos análisis sobre las posibilidades de evolución actuales constatado el agotamiento de una etapa, como la reciente y rigurosa reflexión de EBE, si bien con una visión que resalta sin matices una total decadencia y que incide en exceso sobre la actual crisis como algo no coyuntural sino por “defecto de origen”. Se obvia el refrendo de los logros de la canonización de 2002, la beatificación de don Álvaro y el sólido posicionamiento en la curia vaticana al más alto nivel. Lo cierto es que en estos años vieron la luz pública muchas experiencias del desencanto respecto del liderazgo del prelado, conflictos que fueron mal resueltos por afrontarse con un fulminante repliegue a los cuarteles de invierno del inmovilismo, en vez de intentar aprovecharlos para rectificar, bloqueando esta estrategia “negacionista” el abordaje racional de cuestiones espinosas (como les ocurrió a los Legionarios durante décadas). Constan relatos en este foro de quienes elevaron a Roma ciertas grietas de la praxis de la obra o de la vocación esperando algo de receptividad y salieron decepcionados no solo por la ausencia total de respuesta, sino por no encontrar una sincera y real actitud de escucha -Esquivias, Petit, Novaliolapena- ni una mera expresión de afecto paternal o de comprensión -Remagen, Ignaki-. Actitudes de pastor que nunca olió a oveja.

La evidencia de que un ciclo ha llegado a su fin se pone de manifiesto con mayor crudeza por la arrolladora corriente de aire fresco que Francisco ha traído a la Iglesia, tan contrapuesta al estilo principesco de la jefatura prelaticia, siendo trágico que al configurarse el cargo en los Estatutos como vitalicio (núm. 130), ni como hipótesis sería posible el digno fin de Benedicto XVI de dimisión por disminución de fuerzas físicas y morales: dicha norma impediría al pastor obedecer un mandato de su conciencia que le empujara a dejar a otro que pudiera dar el paso de solicitar al Papa la renovación de unas estructuras calificadas como “santas, inmutables y perpetuas” (num. 181) y por ello situadas casi al nivel de las Tablas de la Ley dadas por Dios a Moisés en el Sinaí, de las que ningún prelado podría cambiar ni una coma, salvo mandato imperativo y sanador del titular de la potestad universal de la Iglesia que encarna ahora el Buen Pastor Francisco.

Pinsapo




Publicado el Lunes, 20 enero 2014



 
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