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 Tus escritos: Más sobre gobierno en el Opus Dei.- Gervasio

110. Aspectos jurídicos
gervasio :

Más sobre gobierno en el Opus Dei

Autor: Gervasio, 31/01/2014

 

Sobre el gobierno en el Opus Dei quisiera resaltar hoy su índole marcadamente clerical y algunos de los inconvenientes que de ahí se derivan. El carácter clerical del gobierno en la Obra queda muy realzado por la reciente y rotunda afirmación por parte del prelado del Opus Dei de que los consejos locales —aunque en los estatutos son denominados gobierno local— no forman parte del gobierno de la Obra (Cfr Carta 2-X-2011, n. 15). ¿Por qué entonces los estatutos los califica de gobierno? ¿Es que no existe en el Opus Dei gobierno local alguno? Tanto yo —en Indignados por la carta prelaticia como otros colaboradores de Opuslibros nos apresuramos a resaltar que, aunque los consejos locales constituyen el grado inferior de la estructura de gobierno, forman parte de esa estructura.



Si, para salvar la cara ante la Santa Sede, el prelado Echevarría se considera obligado a afirmar que los consejos locales ni forman parte del gobierno de la institución, ni tienen funciones de gobierno, se cae simultáneamente en un clericalismo poco congruente con el carácter laical del Opus Dei. El Opus Dei habría de ser redefinido —quizá eso es lo que se pretende— no como una organización o movimiento de naturaleza laical, sino como una estructura de gobierno clerical en la que unos laicos cooperan orgánicamente. Tal es la figura jurídica —prelatura personal— a la que el Opus se ha acogido desde 1982, tras la muerte de su fundador en 1975. La pretensión de equiparar la jerarquía del Opus Dei a la de las diócesis recalca aún más la naturaleza clerical de esa jerarquía.

Conozco a un sacerdote que ocupa desde hace tiempo un puesto importante —o más bien, varía un poco de puesto— en la sede central del Opus Dei en Roma. Es uno de esos permanentes que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Me comunicaba con sencillez —pues teníamos un trato fluido— su modo de entender todo eso de Escrivá, su fundación y sus clarividencias. Su posición al respecto era esta:

—Hay algunos que creen que “el padre” (cuando teníamos estas conversaciones no había más padre que “el padre”) lo tenía todo muy claro desde el principio No me parece que sea así. El padre va haciendo pruebas hasta que acierta. Cuando algo le sale bien, dicen: ¡ya lo tenía todo previsto desde el principio!

No llegaba a decir que daba “palos de ciego”, pues era sinceramente respetuoso con el fundador. No conocía —que yo sepa—  lo de los Caballeros blancos. ¡Qué pincelada más bonita para completar la Historia de la Obra! Yo no había oído hablar de ese proyecto, idea o realidad. Sí había oído hablar de una época en que invitaba a los estudiantes universitarios a que lo tratasen de tú; pero no le dio resultado. La distancia del usted le proporcionó resultados mucho mejores, y le indujo a situarse progresivamente en un plano de superioridad, cada vez más alto. Entre el dos de octubre de 1928 y Juan Jiménez Vargas tiene que haber —me parece a mí— caballeros blancos y cosas por el estilo. No quiero divertirme.

Conviene resaltar que este sacerdote del que hablaba no es ni era un sacerdote en mal plan o con espíritu crítico. Todo lo contrario. Lo que el Opus Dei hace o deja de hacer le parecía y le sigue pareciendo estupendamente bien. Simplemente nunca creyó —o pronto dejó de creer— en un fundador especialmente iluminado y clarividente. Como Josef Knecht y yo mismo —Cfr. La abadesa mandona— hemos señalado, aunque la cosa comenzó como movimiento laical, se acabó transformando nada menos que en una prelatura personal. Al revés me lo vestí, por eso lo traigo así. El 28 de noviembre de 1982, fecha de erección del Opus Dei como prelatura, a tirar cohetes y beber champán.

Más que resaltar que el gobierno de la Obra es llevado a cabo por sacerdotes, en sus grados superiores — delegaciones, comisiones y casa central—cosa que es bien conocida, lo que deseo resaltar es el “talante” o “preparación” —por llamarlo de alguna manera— de esos sacerdotes que —según Echevarría— son los que “gobiernan”, ya que la actividad de los laicos en los consejos locales, al parecer, no merece el nombre de “gobierno”.

Para ilustrarlo comienzo con una anécdota. En una reunión social coincidí casualmente con la hermana de un sacerdote numerario, al que voy a rebautizar con el nombre de Perico. La había conocido una veintena de años antes. ¡Qué gorda y avejentada se había vuelto! Eso es lo de menos. El caso es que cuando, en las presentaciones, escuché los apellidos de la dama, me di cuenta de que coincidían con los de Perico. Efectivamente eran hermanos.

    ¿Qué es de Perico?, le pregunté. Cuéntame cosas de él.

    Ahora trabaja en un tribunal eclesiástico. Está muy bien. Ha mejorado muchísimo. 

Ante esa respuesta lo primero que se me pasó por la cabeza es que Perico se había secularizado; es decir, había dejado de pertenecer al Opus Dei, aunque seguía  ejerciendo como sacerdote. Se me ocurrió eso porque, al menos en España, cuando un sacerdote del Opus Dei abandona la institución, sin abandonar el sacerdocio, es frecuente que el obispo en cuya diócesis se incardina, lo nombre juez de un tribunal eclesiástico. No los suelen ver preparados para llevar a cabo una tarea pastoral diocesana ordinaria, como atender o ayudar en una parroquia. Un sacerdote ex numerario, en cambio, encaja bien como juez eclesiástico, sobre todo si tienen un doctorado en Derecho canónico. Me estoy divirtiendo demasiado. El caso es que le pregunté:

— ¿A qué te refieres con eso de que ha mejorado muchísimo?

— Me refiero a  que poco a poco va tomando contacto con la realidad.

— ¿Qué quieres decir?

— Es que antes vivía en una nube. Todavía sigue un poco en una nube; pero ya menos.

Su valoración de la vida de su hermano sacerdote me hizo reflexionar y me puse a pensar en el género de vida de los sacerdotes numerarios. Siempre me dieron pena. Viven incomunicados, como en un zulo. Se pasan el día entero entre misas, prédicas y bendiciones con el Santísimo Sacramento. No salen con amigos ni los tienen. Ni se toman un café o un vino en un bar. Si se ocupan de la sección femenina, todo el trato que pueden tener es el que se desenvuelve a través de las rejillas de un confesonario. Si se ocupan de la sección de varones, las cosas no cambian demasiado. Aunque se trate de su propia casa han de ir siempre ensotanados. Siempre han de estar “en sacerdote”. Pertenecen al “estado sacerdotal”. El fundador consideraba que es algo inherente al sacerdocio.

Afortunadamente algunos apenas se dan cuenta de que viven en un mundo aparte. Y hablan de “sus amigos”. Consideran que tienen amigos. Para ello es necesario hacer entrar en el concepto de amistad relaciones personales que no lo son. En el mundo real conozco relaciones de amistad basadas en múltiples cosas; pero ninguna que derive de hablar periódicamente estando el uno sentado y el otro de rodillas. No me parece que esas relaciones de rodilla en tierra puedan calificarse de amistad.

En cierta ocasión sugerí al secretario de mi casa —las casas del Opus Dei tienen secretario— que se suprimiese la merienda. La merienda es una comida ligera, muy española, que se intercala entre la comida del mediodía y la de la noche. Se ahorraría así —pensaba— trabajo a la Administración (que es como en el Opus Dei se llama al servicio doméstico). Por otro parte, nadie viene a casa a merendar, decía al secretario.

— ¡Qué bah, hombre! ¡Qué bah! La merienda es el único momento en que los curas se relajan un poco.

Tenía toda la razón del mundo. No había caído en la cuenta de que la merienda tiene sentido para los curas y para aquellos numerarios que por la tarde se quedan en casa. Esos numerarios suelen coincidir con los que no tienen un trabajo externo; es decir, con los que se dedican a labores internas. Tal sucedía, por ejemplo, con carácter general en Villa Tevere. Allí todos merendábamos, porque nadie tenía nada que hacer por las tardes —ni por las mañanas— fuera de aquellos venerables muros, que rezuman olor a santidad. Por lo demás el número de sacerdotes por metro cuadrado en Villa Tevere era y es elevadísimo. Los que no lo eran todavía, lo acabarían siendo.

Hubo un tiempo en que el fundador entendió que los sacerdotes numerarios del Opus Dei deberían ejercer, como los demás numerarios, una profesión. Así se lo hacía notar a un sacerdote del Opus Dei que criticaba no recuerdo qué iniciativa eclesial que proclamaba la conveniencia de que los sacerdotes ejercitasen una profesión, de forma que en todas las profesiones hubiese sacerdotes.

— Pues no es para tanto, le replicaba. También el padre, hace tiempo, lo quería así para los sacerdotes de la Obra.

— Sí; pero rectificó.

Efectivamente el fundador rectificó, en esto como en tantas cosas. Pero tal rectificación no deja de tener inconvenientes. La “profesionalización” —por así decirlo — del sacerdocio en la Obra acarrea el inconveniente de que el gobierno de la Obra queda en manos de quienes en frase de la hermana de Perico “viven en una nube”. Me viene a la mente el curriculum vitae de un director de delegación. A los dieciocho años se marcha al Colegio Romano de la Santa Cruz. Vive en aquel encierro durante varios años y poco después se ordena, con dispensa de edad. Hablo de encierro porque de aquellos muros no se salía, si no era para cortarse el pelo o algo así. El acontecimiento de haber salido para cortarse el pelo o comprar tabaco daba para una tertulia. Como era espabilado y tenía otras buenas cualidades acabó como director de una delegación. Desde luego era hombre de confianza, muy embebido del ambiente de Villa Tevere, que cuenta con mucha alma pura, mucho espíritu abnegado y muchos oratorios. Me parece que son veintidós. 

Se ve que rezamos mucho más que comemos, bromeaba el fundador al respecto, tras compararlo con el número de comedores.

A lo que iba, que es el “talante” o “preparación” de los que gobiernan la Obra. Me parece que, como decía la hermana de Perico, viven en una nube. De pequeño me leían un cuento titulado “El castillo de Irás y no Volverás”. Para algunos Villa Tevere acabó siendo el “castillo de irás y no volverás”, empezando por el actual prelado, que llegó a Villa Tevere con pantalón corto o poco menos —como se comentaba hace poco en esta web— y hasta hoy. Su innombrable y previsible sucesor, según las quinielas, lleva en Villa Tevere desde los veinte años y ahora tiene setenta. Debe de estar “preparadísimo”. Seguro que sabe macroeconomía aplicada al Opus Dei —por ejemplo, si una casa de retiros en Tierra Santa es cara o barata— y seguro que es muy santo; pero no sabe lo que cuesta un café en un bar, un zumo de naranja, el recibo de la luz o la hipoteca de un piso de cien metros cuadrados. A todo ello hacía alusión ENR en He aprendido a vivir la pobreza desde que me fui. Y es que una cosa es la pobreza y otra muy distinta la “virtud de la pobreza”. La “virtud de la pobreza” consistente en apagar luces innecesarias, aunque no se tenga ni idea de quién paga la luz, ni qué tipo de tarifa es la contratada, ni lo que cuesta.

La mayoría de los numerarios viven en un mundo algo irreal en relación con este tema y con bastantes otros. Si se trata de sacerdotes numerarios el gap entre el mundo real y el que les toca vivir alcanza cotas lindantes con las nubes. Los de Villa Tevere me da la impresión de que viven todavía más arriba, muy cerca del cielo.

Gervasio




Publicado el Viernes, 31 enero 2014



 
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