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 Libros silenciados: Más sobre la pretensión del episcopado.- Gervasio

115. Aspectos históricos
gervasio :

Más sobre la pretensión del episcopado

Autor: Gervasio, 17/03/2014

 

La lectura del reciente artículo de Marcus Tank sobre la Pretensión del episcopado por parte de San Josemaría, me ha movido a relacionar las dos interesantísimas cartas que Marcus Tank hace públicas, con otros datos relativos a la vida y milagros de Sanjosemaría. Me refiero a  la carta, de 5-XI-1946, escrita por el entonces embajador de España ante la Santa Sede —Pablo Churruca y Dotres, marqués de Aycinema— al ministro de Asuntos Exteriores de España, a la sazón Alberto Martín Artajo. La segunda carta es diez años posterior, de 2 de junio de 1956. Está escrita por Alberto Martín Artajo, que en 1956 todavía continuaba siendo Ministro de Asuntos Exteriores, y está dirigida a Fernando María Castiella, embajador entonces de España ante la santa Sede. Resulta patente, tras la lectura de estas dos cartas, que Escrivá aspiraba a ser obispo y también queda claro que la Santa Sede se resistía a que Escrivá fuese nombrado obispo…



Su aspiración al episcopado choca con el nonato voto de no aceptar jamás carga o dignidad episcopal del que nos informaba Sperpento (Cfr. ¿Quería Escriba ser obispo?). A su vez el voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal choca con el testimonio de Pedro Casciaro, según el cual, en 1936, ante las lápidas sepulcrales de dos vicarios generales castrenses, ambos obispos —Antonino Sentmenat Cartellá (1784-1806) y Jaime Cardona Tur (1892-1923)—, el fundador había exclamado:

            Ahí está la futura solución jurídica de la Obra.

Veo otra contradicción más: si el fundador tenía claro en 1936 que la solución jurídica de la Obra pasaba por aceptar la carga o dignidad episcopal, como hicieron Sentmenat y Cardona, por qué razón en 19 de marzo de 1941 consulta al obispo de Madrid-Alcalá don Leopoldo Eijo y Garay, si debía o no emitir voto de no aceptar la tal carga o dignidad. Y en cualquier caso, por qué para decidirse o no a emitir semejante voto no se dirigió a su propio obispo, don Rigoberto Domenech Valls —en cuya archidiócesis de Zaragoza estaba incardinado en 1941—, sino al obispo de Madrid-Alcalá, don Leopoldo Eijo y Garay, que precisamente ese mismo día 19 de marzo de 1941, en que le consulta lo del voto, aprobó el Opus Dei como pía unión. Muy probablemente don Rigoberto le hubiese animado a continuar adelante con su voto. Y hasta cabe aventurar que don Rigoberto era uno de los que informaba negativamente ante la Santa Sede acerca de Escrivá como candidato al episcopado. Al fin y al cabo se trataba de un sacerdote que, al poco de ordenarse sacerdote, a título de servicio a la archidiócesis de Zaragoza, pidió permiso para trasladarse Madrid por dos años y nunca regresó, ni desempeñó nunca tareas diocesanas, ni en Zaragoza ni en Madrid.  Desempeñaba tareas muy santas, pero a su aire.

El segundo coqueteo de Escrivá con el episcopado tiene lugar en 1942. Guillaume, en Desde 1942 Escrivá intentó ser obispo, dice que Ibáñez Martín, ministro de Educación, logra que Escrivá aparezca en la lista —propuesta por el gobierno de Franco— de candidatos para ocupar el vicariato castrense. Sobre el nombramiento de obispos estaba vigente el reciente convenio de 9 de junio de 1941, concluido al poco de acabar la guerra civil española. Eran muchas las sedes episcopales vacantes. Escrivá es propuesto como posible vicario general castrense; no como obispo de una de las muchas diócesis territoriales vacantes, quizá porque en la provisión del vicariato castrense se tiene más en cuenta la opinión del gobierno que en la provisión de las diócesis territoriales. Tal propuesta no tuvo éxito, entre otras cosas, porque el cargo de vicario general castrense desaparece en 1933 y no se restaurará hasta 1950. Se restaura como consecuencia de un solemne acuerdo entre la santa Sede y el gobierno español de 5 de agosto de 1950, siendo plenipotenciarios del acuerdo Tardini por parte de la Santa Sede y Joaquín Ruiz Jiménez por parte del gobierno español.

El tercer coqueteo es de 1946, como atestigua la mencionada carta de Pablo Churruca, embajador ante la Santa Sede, al ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo. Sin que previamente el gobierno español y la Santa Sede hubiesen decidido restaurar el vicariato general castrense —ni las condiciones en que pudiera hacerse—, Álvaro del Portillo se adelanta a cualquier acontecimiento y comunica a dos monseñores que ocupaban cargos importantes en la Secretaría de Estado Vaticana —Montini (futuro Pablo VI) y Tardini— que Escrivá de Balaguer sería un magnífico vicario general castrense. Escrivá de Balaguer acababa de predicar en mayo de ese mismo año 1946 unos ejercicios espirituales a Franco y a su esposa. Probablemente de esos ejercicios espirituales provenía la certeza —infundada o no— de que el mismísimo Franco estaba interesado en que Escrivá fuese el futuro vicario general castrense. Es de suponer que esa gestión tan impertinente y contraproducente de del Portillo fue hecha por indicación del propio Escrivá. Escrivá de Balaguer llegó a Roma el 23 de junio de ese 1946 tras el famoso viaje en el barco J.J. Sister, en cuya travesía el demonio había metido el rabo. Parece que, al menos por entonces, no daba muestras de estar muy ducho en “cuestiones vaticanas”, hasta el punto de que en los mentideros de la curia se rieron de él, al saber que había pasado toda la noche de su llegada a Roma en vela, rezando ante el ventanal del Santo Padre.

Como ya señalé no hubo caso de elegir vicario general castrense en 1946, pues el vicariato no se restaurará hasta el 5 de agosto 1950. Mientras no se aporte más  documentación, no sabremos si la oficiosidad de del Portillo —o más bien de su jefe o de ambos— abortó la posibilidad de que ya en 1946 se restaurase el vicariato general castrense. En fin, era joven y tengo entendido que en septiembre será beato. Loados sean los beatos.

1946 es también el año en que, Álvaro del Portillo va a Roma con el encargo de obtener que la fundación de Escrivá fuese convertida en sociedad de vida en común sin  votos públicos de Derecho pontificio. Ya era sociedad de vida en común sin votos públicos de Derecho diocesano, por la diócesis de Madrid-Alcalá. En la Sagrada Congregación de Religiosos los convencieron de que, mejor que acogerse a la figura de la sociedad de vida en común sin votos públicos, se acogiesen a una nueva figura jurídica que se estaba elaborando y que acabaría denominándose instituto secular. Así se hizo, como bien sabemos. En febrero de 1947 Pío XII crea la figura de los institutos seculares y unos días mas tarde el Opus Dei se convierte en el primer instituto secular. Primum institutum. La novedosa figura jurídica se consideró todo un éxito. Según Escrivá, en su conferencia de 1948, aquello era un acontecimiento histórico. No deja de sorprender que, durante un periodo tan marcadamente constituyente para el Opus Dei como lo fue el año 1946, lo que parecía preocupar a Escrivá era ser nombrado vicario general castrense.

En 1950 —año de la restauración del vicariato castrense— se produce el cuarto coqueteo de Escrivá con el episcopado. Era de esperar ese coqueteo, pues se abría por fin, con el acuerdo de 5 de agosto de1950, la posibilidad de satisfacer su conocido deseo de ser designado vicario general castrense. Pero he aquí que la persona designada como vicario general fue don Luis Alonso Muñoyerro, con la categoría de general de división y el título eclesiástico de arzobispo de Sión. ¡Oooh! Luis Alonso Muñoyerro llegó a ser uno de los padres conciliares del Vaticano II. Como informa Guillaume, en 1950, Escrivá aparece, —si bien en último lugar— en la lista de candidatos para cubrir las diócesis o bien de Vitoria, o bien de San Sebastián. Como hemos visto, tanto Martín Artajo —ministro de Asuntos Exteriores de España en 1950 como Tardini —plenipotenciario del convenio de 5-VIII-1950— estaban cabalmente al tanto del interés de Escrivá por ser vicario general castrense. Quizá como premio de consolación y muestra de buena voluntad por parte del gobierno español, lo pusieron —si bien en último lugar— en la lista de candidatos para las diócesis o bien de Vitoria o bien de San Sebastián.

Poco antes, en diciembre de 1949, con motivo del Año Santo, tienen lugar en Roma una serie de agasajos y festejos al hilo de la visita del Ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, a Roma, siendo embajador ante la Santa Sede don Joaquín Ruiz Jiménez. Esos festejos incluyeron una cordial visita de Martín Artajo a la casa central del Opus Dei, entonces en construcción. De todo ello da buena cuenta el diario ABC de 27-XII-1949. Es entonces y en la embajada ante la Santa Sede en la Piazza di Spagna donde procede situar —si no es así, ruego que alguien me lo haga saber— esa conocida anécdota en la que Escrivá al ser recibido por Ruiz Jiménez en la embajada, dándole la bienvenida como padre Escrivá, éste se ofende y abandona la embajada, dejando a su anfitrión con un palmo de narices. Tal actitud no fue desde luego el mejor modo de favorecer su candidatura como vicario general castrense, que quedaría cubierta al cabo de un año, en diciembre de 1950, por don Luis Alonso Muñoyerro.

Es también en 1950 cuando el Opus Dei recibe la aprobación definitiva como instituto secular. Es también hacia 1950 —ruego de nuevo que se me indique, si no es esa la fecha— cuando alevosamente se forja el proyecto de destituir a Escrivá como presidente general del Opus Dei y separar las dos secciones masculina y femenina. Eso al menos nos contaban en el Opus. La verdad es que, visto lo visto, Escrivá daba pie a que se barajase su cese como presidente general del Opus Dei. Daba muestras de andar tras un episcopado y había anunciado solemnemente tanto en la curia romana como a sus “hijos e “hijas” —al consejo y a la asesoría, los máximos organismos colegiados de la institución por él fundada— su intención de abandonar el Opus Dei para dedicarse a otras tareas. No será hasta 1956, como se deduce de la carta de 2 de junio de 1956 publicada por Marcus Tank, cuando Martín Artajo, ministro de asuntos exteriores, recibe la comunicación oficial de que el Opus Dei ya no está interesado en que Escrivá sea obispo. Así se lo comunica el secretario general del Opus Dei y consiliario de España, Antonio Pérez. Así se lo trasmite Martín Artajo al embajador ante la Santa Sede, Fernando Castiella. Desde entonces Escrivá ya no aspirará a ser obispo de alguna diócesis española o a ser vicario general castrense.

El quinto coqueteo se produce en 1962. Me refiero a la conocida carta de 7 de enero de 1962 de Mons Escrivá a S. S. Juan XXIII, en la que solicita que el Opus Dei sea erigido en prelatura nullius, como lo fue la Misión de Francia en 1954, y en cuanto a su régimen jurídico propone que la prelatura nullius se continuará rigiendo por las constituciones del instituto, ya aprobadas. El mayor disparate de semejante petición, a mi modo de ver, es presuponer que las normas por las que se rige una prelatura nullius pueden ser las mismas las normas por las que se rige un instituto secular. Son cosas muy distintas. Cualquier otro instituto secular podría aspirar fundadamente a convertirse también en prelatura nullius. A partir de 1962 la aspiración de Escrivá al episcopado, ya no se manifiesta en dejar el Opus Dei para ejercer cargos episcopales, sino en unir ambas cosas: que la cabeza suprema del Opus Dei tuviese carácter o rango episcopal.

Nuestra situación —escribía don Álvaro en 28 de noviembre de 1982, refiriéndose al Opus Dei como prelatura personal— no es la de una Prelatura nullius dioecesis, de carácter territorial; ni tampoco de una institución igual a las diócesis rituales de las Iglesias orientales o a cualquier otro tipo de diócesis personal. Todas esas formas jurídicas se basan en el principio de la completa independencia o exención respecto a los obispos diocesanos, mientras que esto no sucede en nuestro caso: tanto porque nunca lo buscó nuestro Padre, como porque jamás lo hemos solicitado, aunque algunos -quizá por ignorancia- han propalado esa calumnia, y a los que perdonamos de todo corazón. Me da la impresión de que son sus hijos tanto canonistas como teólogos e incluso el Catecismo de la Obra los que en mayor medida contribuyen a dar pábulo a tal “calumnia”. A toda costa desean que el Opus Dei sea  considerado parte de la jerarquía eclesiástica.

Hasta 1956 Escrivá aspiraba a ocupar un oficio episcopal. No demasiado que objetar a tan “noble aspiración”. La problema era que la Santa Sede no quería que lo ocupase. Lograr lo mismo convirtiendo todo el Opus Dei en parte de la jerarquía eclesiástica tropieza con el mismo escollo. No queremos que ustedes entren a formar parte de la jerarquía eclesiástica, para que ustedes hagan lo que le dé la gana —o lo que el señor le haya inspirado a Escrivá— en nombre de la jerarquía eclesiástica. El Opus Dei está diseñado, formulado, regulado y configurado, no por la jerarquía eclesiástica, sino por un tal —en palabras del embajador de España anta la Santa Sede— Escrivá de Romaní, Escrivá de Balaguer o algo parecido. ¿Qué diferencia existe —por poner un ejemplo— entre el Opus Dei y la Misión de Francia? Las diferencias son muchas; pero la fundamental, para considerar a una parte de la jerarquía eclesiástica y al Opus Dei no, reside en que la Misión de Francia es creada y configurada por el episcopado francés, mientras el Opus Dei es creado y configurado por un capellán de monjas, que nada tiene que ver con la jerarquía. Eso sí, muy santo.

Es difícil ser aceptado como parte de la jerarquía eclesiástica con esta premisa: deseo ardientemente formar parte de la jerarquía eclesiástica y servir a la Santa Iglesia como ella quiere ser servida, pero tenga usted en cuenta que lo haré del modo y manera en  que el mismísimo Dios se lo comunicó a Escrivá de Balaguer, que no es un cualquiera, sino que ustedes mismos lo han elevado a los altares. Eso es lo malo. Para que una institución pueda ser considerada parte de la jerarquía eclesiástica la iniciativa, configuración y actividad tiene que provenir de la propia jerarquía.

Y para terminar una sugerencia. El vicariato general castrense español —tan deseado por Escrivá— ha estado adornado tradicionalmente con el título de Obispo de Sión, que Pio XII elevó en 1951 a Arzobispo de Sión. El Opus Dei sufre un cierto agravio comparativo en relación con el vicariato castrense. El primer prelado del Opus Dei fue ordenado obispo con el título de obispo de Vita. El segundo —don Javier— como obispo de Cilibia. Suena fatal y falta continuidad. Lo ideal sería que, ya que los sobrinos de Escrivá no han continuado con el título de marqués de Peralta, la Santa Sede concediese siempre al prelado del Opus Dei el título de Episcopus Peraltensis, en consonancia con una extinta diócesis situada por esos mundos de Dios en épocas antiguas, me parece que por Libia o Egipto o quizá Siria.

Gervasio




Publicado el Lunes, 17 marzo 2014



 
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