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 Tus escritos: Los hijos de los ex numerarios.- Hijadeexnumerarios

080. Familias del Opus Dei
hijadeexnumerarios :

Mis padres dejaron de ser numerarios a sus 28 y 25, años después de mucho sufrimiento. Se fueron como buenamente pudieron, con las secuelas y las dudas esperables, de las que muchos de vosotros habláis. Se casaron poco después, aún dañados, muy diferentes en cuanto a su educación e intereses pero con esta experiencia tan dura en común.

A mis 30 años, mi madre me cuenta por primera vez algunos de los detalles de su salida. Es discreta en cuanto a la de mi padre, que aún constituye un verdadero tabú en casa...

Somos seis hermanos, yo soy la segunda. Hemos tenido una educación peculiar: muy cercana al Opus Dei en nuestra infancia, más distanciada en la adolescencia y de enfrentamiento en la primera juventud. Hemos seguido el proceso de fractura en la relación de mis padres con el Opus, hemos percibido sus dudas y las incoherencias que, en consecuencia, emanaban de sus mensajes en cuanto a la religión y su práctica.

Fuimos niños de la Obra casi modélicos, en todo participábamos y a todo nos apuntábamos entusiasmados: las competiciones de puntería, el concurso de belenes, los coros, el teatro, las clases de guitarra, las convivencias, las romerías... Llevábamos estampas en la cartera y rezábamos al Padre por las intenciones de nuestra profesora. Pasábamos por el oratorio antes de ir a clase y decíamos jaculatorias a la imagen de la Virgen en el recreo. En verano rezábamos el rosario con mis padres y jugábamos en el pórtico de la iglesia mientras ellos acudían a la misa diaria. Era nuestra vida, todo lo que conocíamos y lo que resultaba natural.

Las buenas relaciones que mis padres mantuvieron con el Opus Dei después de su salida se prolongaron más de una década. Pienso que esto fue posible por tres razones: la profesión y la preparación intelectual de mi padre, su salida largamente anunciada y argumentada, y la inseguridad de mi madre a la hora de defender una postura rupturista. Mi padre seguía pensando que se había marchado porque no podía renunciar a formar una familia; mi madre, porque la habían invitado a hacerlo.

Al cabo de este tiempo nos trasladamos y tuvimos que cambiar de colegio. Descubrimos que no en todas las provincias hay colegios de Fomento, pero sí colegios simpatizantes del Opus. Allí comenzó el desencanto y el distanciamiento. El número de hermanos era lo suficientemente alto como para que la familia cayera en gracia en este nuevo entorno: no había función en la que no interpretáramos un papel protagonista ni asignatura en la que nos atascáramos, todo eran facilidades y privilegios, y pertenecíamos al selecto club de las familias invitadas a la misa del cole y al aperitivo que seguía. Hasta que no pudimos hacer más aportaciones económicas extraordinarias.

Recuerdo que se presentaban matrimonios de supernumerarios en casa para explicarles a mis padres por qué debían hacer una contribución mayor. Mis padres, que seguían –y siguen– pagando el préstamo de los primeros esfuerzos, no podían ayudar más: ya heredábamos de otros niños hasta los workbooks de inglés. Entonces fueron informados en confianza de que un cargo de responsabilidad en la gerencia del colegio había cometido desfalco por una enorme cantidad de dinero. No habría denuncia porque se trataba de alguien “de la casa”. La campaña de recolección de fondos se volvió más agresiva y, cuando perdieron la esperanza con nosotros, se terminaron los privilegios y comenzó el vacío. Mis padres hicieron saber su desacuerdo con que la situación no se transparentara. Pronto dejamos de ir a la misa del cole, algunas personas habían dejado de saludarnos.

Mis hermanos pequeños no terminaron bachillerato en este colegio. Mis padres los sacaron precipitadamente cuando la situación se hizo insostenible. Yo dejé de recibir la llamada semanal de una numeraria y profesora que solo entonces, y después de una constancia admirable, perdió su confianza en que lograría captarme. Era una mujer encantadora, no puedo negarlo, dulce y paciente, pero supongo que yo ya no valía. Solo unos meses antes la Universidad de Navarra me había ofrecido una beca.

Creo que ninguno de nosotros sabía qué pensar ni cómo expresarlo. Nos reíamos de lo ocurrido, nos indignábamos... Fue mi padre quien lo pasó peor; mis hermanos estaban felices en el colegio e instituto públicos, pero a él se le rompió algo dentro. Se llenó de rabia, aún hoy la siente, y no ha podido encontrar su sitio en ninguna parroquia, tampoco formar un verdadero grupo de amigos. Para él aquel era el ambiente ideal, la manera sana y rica de vivir, el espacio en el que crecer espiritualmente y relacionarse con gente valiosa. Y si esa gente lo rechazaba injustamente, ¿en quién confiar?

Mi madre, en cambio, se liberó. Necesitó tiempo, pero hoy ya me cuenta divertida cómo se escapaba de “la casa” para ir a ver a sus padres, cómo conseguía comida y fingía jaquecas, cómo se echaba pequeñas siestas en las camas que sí tenían colchón, y cómo, por supuesto, decía que había utilizado el cilicio, aunque jamás lo hizo. Otros recuerdos son más amargos, pero hoy es más ella misma que nunca.

Lo curioso de mis padres es que salieron del Opus dos veces y que, con gran alivio, todavía dan gracias de que nosotros fuéramos lo suficientemente jóvenes cuando ocurrió la segunda salida. Se culpan, no obstante, de que los dos hermanos mayores no seamos hoy católicos practicantes, y no puedo negar que una vivencia tan peculiar de la Iglesia (primero, el desdén del Opus hacía el resto de las congregaciones; después, el inverso) ha tenido que influir de forma muy negativa en este sentido.

En todo caso, con todo lo largo que ha sido el proceso, temo que mi padre sigue sintiéndose profundamente solo, y siento con toda mi alma que así sea. Como dije, él y mi madre son personas muy diferentes, con una manera de afrontar los mismos hechos completamente distinta. Estoy convencida de que se apoyarán siempre, pero ¿es suficiente para recuperarse de un desengaño así?

Me encantaría que algún ex numerario con hijos ya mayores nos contara cómo ha compartido él su experiencia con sus hijos, si lo ha hecho, y si ha sido capaz de hablar abiertamente de ello. ¿Es sano o posible llevar con naturalidad este tema dentro de la familia?

hijadeexnumerarios




Publicado el Viernes, 11 abril 2014



 
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