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 Libros silenciados: Opus Dei: la reforma que se vendría.- E.B.E.

125. Iglesia y Opus Dei
ebe :

Opus Dei: la reforma que se vendría

29 de diciembre de 2014 - E.B.E.

 

[Si alguno intentara] «desviar la Obra de las características divinas con que nuestro Fundador nos la ha entregado, que el Señor lo confunda (...) si [alguno] pretendiese desvirtuar la Obra de Dios (...) se haría acreedor a la maldición divina» (A. del Portillo, carta, 30-IX-1975, n.39)

«¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!» (Mt 8, 25)

 

El siguiente escrito es un ejercicio de reflexión que no tiene otro fin que el de presentar un panorama posible, a futuro, tomando en cuenta lo sucedido con Los Legionarios. Más que adivinar lo que sucederá, el propósito es estimular a la reflexión.

Me parece interesante pensar no tanto por qué –razones morales o ideológicas- podrían suceder ciertas cosas, sino más bien, qué cosas en concreto –factibles- podrían llegar a suceder. Las razones podrían no conocerse nunca, y sin embargo, si conoceríamos sus resultados.

Divinidad de «la Obra»

¿Serán los papas Benedicto XVI y Francisco acreedores de la maldición divina, anunciada de manera solemne por la autoridad del beato A. del Portillo? 

Según esa perspectiva, el Opus Dei no debería ser reformado por ser producto de una revelación divina tan precisa que no podría cambiarse nada de todo aquello que fuera declarado fundacional, es decir, divino. Este es el fundamento de la maldición de Del Portillo...



Reformarlo significaría ir contra la voluntad de Dios. Por eso, quienes ingresaban al Opus Dei –posiblemente aún hoy también- se sentían seguros de incorporarse a una institución con un respaldo extremadamente sólido: la garantía y la firma de Dios. “Somos lo permanente”, decía Escrivá.

De esta manera, cada uno entregaba todo, sí, pero a cambio obtendría el ciento por uno aquí en esta vida y la salvación eterna en el más allá. En relación al Opus Dei, nada iba a cambiar, nos aseguraba Escrivá; e incluso él mismo decía jugarse su salvación (cfr. “Carta”, 25-V-1962, n. 96 y n. 100) cada vez que estaba en peligro algún aspecto “intocable” del Opus Dei (se veía a sí mismo como un maldito, si eso sucedía, o al menos eso quería dar a entender).

¿Dirá lo mismo el actual prelado frente a los cambios que ya se están dando? ¿Estará en juego su salvación?

Qué distinta resultó la realidad. Primero al comprobarse que el Opus Dei ha venido siendo un lugar de paso para tantísimas personas, más que un lugar de permanencia, lo cual ha hecho sospechar qué tan segura podría ser dicha institución para quienes se entregaban del todo, pues –salvo excepciones- el Opus Dei no devuelve nada cuando la experiencia vocacional resulta fallida, y la tendencia histórica ha venido confirmando un alto índice de rechazo de la vocación, o al menos falta de adaptación. No es difícil evaluar -de manera sintética- quiénes pierden mayormente en esta historia: quienes se entregan del todo y luego se van sin nada. El asunto es importante, además, por otra cuestión muy concreta.

A partir del planteo teológico que hace Escrivá, acerca del origen sobrenatural de su institución, bien se podría decir que dicha entrega total se corresponde o tiene su equivalente en la solidez total de la institución, concretada en sus características divinas invulnerables. En el caso particular del Opus Dei, la entrega a la institución podría interpretarse como una forma de entrega a Dios –como si existiera un cierto panteísmo, identificando la divinidad del Opus Dei con la divinidad de Dios- y por eso el Opus Dei debería ser considerado inalterable, bajo amenaza de maldición divina, como bien lo señalaba A. del Portillo. Lo de menos es explicar si la naturaleza divina del Opus Dei (como obra) es la misma que la de Dios (como Ser). Sea cual fuere la identidad, el planteo resulta de por sí problemático.

Se entiende así por qué Escrivá plantea su institución como una “barca divina, de la cual no es posible salir o abandonar sin peligro de perder la salvación eterna. La divinidad del Opus Dei es presentada por Escrivá de manera semejante a la divinidad de la Iglesia, igual que su carácter salvífico y su necesidad como medio de salvación. Desde este punto de vista, el Opus Dei fácilmente se ve a sí mismo como una institución superior al resto de la Iglesia.

¿Qué pasa cuando la barca empieza a hundirse y hacer aguas? ¿Dónde está Dios? ¿Será ésta la barca de Dios?

Si el carácter divino de esa institución se viera afectado, ello influiría directamente sobre esa entrega total, como si dicho acto de consagración se hubiera efectuado frente a un simulacro de Dios y no frente a Dios mismo. Muchas personas no sólo se van del Opus Dei con las manos vacías, también se van sin Dios, y este es el punto más delicado: el posible fraude teológico.

En muchas órdenes religiosas sucede que, quienes se marchan, razonablemente se van con las manos vacías porque así lo establecen sus reglas o constituciones. Pero en el caso del Opus Dei, dicho “vaciamiento” personal responde a un problema mayor, que no pareciera presentarse en otras instituciones de la Iglesia, justamente porque no han sido declaradas por su fundador como divinas en sí mismas.

El aspecto panteísta del Opus Dei haría posible una profunda crisis religiosa y confusión interior en quienes se hubieran donado de manera completa a dicha institución. No sería casual, por ello, que se diera entre los ex miembros un cierto sentimiento de defraudación, que con el tiempo iría en aumento. No es lo mismo una institución que se presenta como divinamente fundada por Dios, que una institución creada por hombres animados por un sentimiento religioso e incluso cierta inspiración de Dios, sin llegar a deificar la organización creada por ellos. El carácter sobrenatural que el Opus Dei detenta es tan absoluto como lo es la maldición de A. del Portillo. Hay una correspondencia coherente entre ambos extremos.

Los problemas se presentan cuando tal divinidad resulta ser, en realidad, una invención humana. El fraude teológico quedaría demostrado en la medida en que el Opus Dei fuera sufriendo reformas en aspectos considerados previamente divinos, y por lo tanto, intocables, bajo pena de maldición.

La reforma del Opus Dei llevaría a una crisis teológica y espiritual dentro de la institución, y sobre todo, entre sus integrantes.

Necesidad de reformas

Terminado el papado de Juan Pablo II, quien sin duda otorgaba un apoyo incondicional al Opus Dei, como lo había hecho también con los Legionarios, empezaron lentamente los cambios.

La maldición divina echada por A. del Portillo venía, así, a convertirse en otra de esas realidades supuestamente reveladas pero sin respaldo divino. El único respaldo real del Opus Dei está en los Estatutos. Quien no debería cambiar nada del Opus Dei sin permiso de la Santa Sede es el prelado, («Este Código es el fundamento de la Prelatura Opus Dei. Por tanto sus normas han de ser consideradas santas, inviolables, perpetuas, y únicamente a la Santa Sede está reservado modificarlas o introducir nuevos preceptos Estatutos, n. 181 § 1) menos aún a través de decretos secretos. La verdad es al revés de lo que –con pleno conocimiento- presenta el Opus Dei. Entonces, ¿el Opus Dei miente, de manera permanente, a sus integrantes?

Todo lo que el Opus Dei promete o impone, más allá de los Estatutos, no existe como tal, forma parte de una realidad ficticia, y en definitiva, engañosa. Leer y conocer los Estatutos es esencial.

***

Al margen de los cambios que actualmente se están dando (cfr. correo de Junio), el Opus Dei sufriría reformas sustanciales, tarde o temprano, porque es una institución con muchas contradicciones internas, pero sobre todo, una institución atravesada por la falta de verdad. Serían necesarias, no ya como una forma de castigo sino en beneficio de la propia viabilidad de la institución. La “disfunción vocacional” está en la raíz del problema y es producto de un fenómeno de simulación promovido por la misma prelatura (también llamado, fraude vocacional, disfrazando de laicos a personas que viven como religiosos).

La vocación (de célibe) al Opus Dei funciona gracias a un contexto muy particular (entre otros, la vida en los Centros) y se sostiene gracias a enormes pérdidas de vocaciones (reciclaje de personas: no se adaptan a una vida de encierro), lo que permiten crear la ficción de que dicha vocación es posible de sostener en el tiempo. En realidad, perdura como categoría abstracta institucional, pero como vocación encarnada en personas reales, se reduce a un porcentaje pequeño, y dentro de ese porcentaje, la mayoría (sacerdotes y directores) la vive como si fueran religiosos y no laicos.

Las reformas serían impulsadas por explícito interés de la propia Santa Sede, más que por iniciativa del Opus Dei (que probablemente resistiría todo lo posible).

Para algunos serían tardías, para otros demasiado invasivas. No resultaría extraño que las reformas no dejaran contentos a muchos. Ni a los que pensaban que dichas reformas no eran necesarias ni a los que pensaban que debían ser más profundas.

¿Cómo explicar las reformas?

Así como, del caso de Maciel y los Legionarios, Benedicto XVI dijo que era un misterio cómo de un falso profeta había surgido una buena institución, del Opus Dei podría decirse –como una suerte explicación sintética, sin entrar en profundizaciones- que ha sido un misterio cómo de dos santos (Escrivá y A. del Portillo) ha podido surgir una institución con graves problemas fundacionales.

Lo difícil sería explicar el vínculo entre las disfunciones institucionales y la inducción al engaño mediante maniobras de simulación, haciendo aparecer como laical un fenómeno vocacional que  tiene aspectos marcadamente conventuales: el dolo no puede ser explicado como producto de un error. Dicho vínculo, tal vez, nunca sería explicado, quedaría como un misterio, o incluso un tabú, al igual que Maciel lo es (y seguramente lo seguirá siendo) para la Legión. ¿Qué decir de la simulación de divinidad, entonces, mucho más grave que la cuestión de la disfunción vocacional?

Las canonizaciones no se volverían atrás ni se revisarían, de la misma manera que –aunque sean situaciones diferentes- no se hizo una profunda investigación pública sobre la vida de Maciel y sus posibles cómplices, algo que el cardenal De Paolis justificó en razón de evitar una caza de brujas. Las canonizaciones serían valoradas especialmente por su importancia institucional, es decir, en vistas al futuro de la institución post-reformada, en vez de –como lo prefiere ver tácitamente el Opus Dei- una confirmación del culto institucional a la personalidad de Escrivá y A. del Portillo.

No sería extraño que, previamente, se dejara pasar un cierto tiempo, que podría ser un par de años como tal vez más (es lo de menos), de manera que las reformas más profundas no estuvieran vinculadas o no chocaran frontalmente con la reciente beatificación de A. del Portillo. La elección del próximo prelado bien podría ser considerada el momento adecuado para acelerar los cambios. El reciente nombramiento de mons. Fazio podría interpretarse en esta dirección.

¿Cómo se llevarían a cabo las reformas?

Las reformas posiblemente serían silenciosas –como vienen dándose hasta ahora-, o al menos sin llamar la atención o provocar escándalos ni abierta crisis institucional (al menos, públicamente). Podrían ser graduales como también reformas directas de los Estatutos, algo semejante a los cambios que sufrieron las Constituciones de los Legionarios.

De forma semejante, como sucedió con Maciel y la eliminación de sus rastros dentro de los Legionarios, probablemente la Santa Sede tomaría la decisión de borrar todo rastro de aspectos doctrinales y praxis institucionales, juzgados erróneos o moralmente equivocados (por ejemplo, en lo relativo a los abusos contra la conciencia). En este sentido, la eliminación de muchos documentos internos dentro del Opus Dei y de modo particular, eliminados de esta web (Opuslibros.org) por vía judicial, podrían muy bien deberse a ello. Es decir, el Opus Dei no habría hecho otra cosa que secundar una orden de la misma Iglesia (eliminar dichos documentos dentro y fuera de la institución, o al menos intentarlo). El otro juicio, donde el segundo en rango jerárquico ha exigido ser “innombrado” en Opuslibros, podría tratarse de una iniciativa personal o, contrariamente, vincularse a las reformas, pues el innombrable sería quien lideraría o estaría a cargo de los cambios –en los primeros tiempos, al menos- y por ello sería deseable que no estuviera vinculado con el pasado problemático –que se denuncia en Opuslibros- sino con la nueva cara del Opus Dei. Otros ven a dicha persona como el formador del próximo prelado, es decir, mons. Fazio.

Este sería un contexto adecuado para entender y leer la carta del prelado de octubre de 2011, donde, lejos de ser un acto de hipocresía (en parte lo es), significaría el comienzo de una refundación, no por deseo propio del prelado sino por orden de la Santa Sede.

¿Cuál podía ser el resultado?

La reforma, externamente, no se notaría demasiado en el caso de las supernumerarias y los supernumerarios. Tampoco para el caso de los sacerdotes, quienes tienen su propio régimen, subordinados a su prelado, conforme los cánones del CIC correspondientes a las prelaturas. Si, en cambio, se advertiría una mayor libertad interior en todos los integrantes de la prelatura.

Realmente problemática sería la situación de los laicos célibes, tanto para los propios laicos como también para la institución misma que depende de ellos, para funciones de gobierno y para coordinación del resto de la institución. Habría dos caminos, al menos: el blanqueo de la vocación religiosa (admitiendo cierto tipo de “consagración laica”, que sería una vuelta a la idea del Instituto Secular) o el reconocimiento pleno de la libertad laical, lo cual abriría las puertas a un futuro desconocido (y aterrador para muchos, directores y no directores), pues dicha posibilidad jamás ha sido llevado a la práctica (aunque en la teoría era el panorama que prometía Escrivá).

De cómo se solucione la “disfunción vocacional” dependerá el futuro del Opus Dei. Este sería uno de los desafíos centrales de la reforma.

Una solución sería un sistema “descentralizado” adecuado a la libertad de la que gozan los laicos, sin que tengan que vivir un régimen de pobreza propio de religiosos pero, al mismo tiempo, sometidos a algún tipo de supervisión que impidiera la anarquía. Este sistema híbrido (mezcla del anterior y de uno nuevo) podría no dar buenos resultados.

Existiría una tercera posibilidad, más simple: que el Opus Dei terminara siendo realmente una prelatura personal y los laicos se volvieran “obsoletos”, es decir, no indispensables, a diferencia de lo pensado por Escrivá originalmente, donde la vocación de numerario era neurálgica a la estructura de la institución. Esto implicaría una crisis de identidad no menor, por supuesto.

En lugar de ser estructurales a la institución, los laicos serían reales cooperadores de los sacerdotes y sobre todo del prelado. Algunos laicos permanecerían célibes, pero no por razones de eficacia institucional, sino por razones netamente religiosas y privadas, aunque sin duda su mayor dedicación beneficiaría a los apostolados de la prelatura. Desaparecería la disciplina de los religiosos –usada anteriormente por el Opus Dei, para mantener aglutinados a los laicos célibes- y cada laico podría hacer vida independiente (solitaria), vivir con familiares o también en residencias supervisadas por el mismo Opus Dei, pero sin llevar propiamente “vida en común” al modo de los religiosos. Esto significaría que dejaría de existir “la vida en familia” propia de los actuales Centros y sería reemplazada por una vida más independiente, y en algún aspecto, más bien solitaria (una consecuencia lógica del celibato propio de laicos, a diferencia de los religiosos que viven en comunidad).

¿No perdería “en unidad” el Opus Dei, al dejarse tanta libertad a los laicos y permitir un sistema más bien “descentralizado”? Es probable que la unidad estructural del Opus Dei nunca haya girado en torno a los laicos, sino de manera aparente y más bien ficticia: el nivel de reciclaje de personas posiblemente sea la mayor demostración de ello. La lentitud del reciclaje permitía (y sigue permitiendo) dicha apariencia, dando lugar a una ficción muy convincente. La unidad del Opus Dei, en realidad, habría girado más bien en torno de los sacerdotes y los directores superiores, y por eso, en este sentido, la figura de la prelatura –sin los actuales numerosísimos rastros del instituto secular que aún conserva interiormente- no debería ser un gran cambio, sino en todo caso, el blanqueo de dicha situación: los cooperadores asistirían y ayudarían a la estructura pero no formarían parte de ella (jurídicamente hoy es así) ni siquiera de manera aparente. Se evitarían las confusiones, los desengaños, y sobre todo, un cruel reciclaje humano.

Pero, ¿y la vida en familia dónde quedaría? Sería uno de los problemas importantes a resolver, pues muchos laicos célibes no podrían sobrevivir sin lazos afectivos más o menos sólidos, más o menos estables. Tradicionalmente, la vida en familia dentro del Opus Dei ha sido producto de todo el fenómeno de simulación, ha formado parte de esa vida “laical” tan propia -en realidad- de los religiosos. Por lo cual, la futura vida en familia dentro del Opus Dei formaría parte de la crisis de identidad de los laicos célibes y no está claro cómo se resolvería.

Habría un período de transición –varios años- que significaría una verdadera crisis para muchos, pero sería un tiempo de adaptación necesario a transitar.

Paradójicamente quienes tuvieran una mentalidad laical podrán seguir para adelante, en cambio, quienes se hubieran sentido cómodos haciendo “vida en común” propia de religiosos, tendrán terror de “ser lanzados al mundo” sin la protección de la comunidad. Se ganaría en libertad pero también en soledad. Por eso mismo, no pocos preferirían continuar con la ficción y no abandonar el fenómeno de simulación que implica la actual vocación (célibe) al Opus Dei.

El Opus Dei terminaría “desapareciendo” como se lo conoció en su origen y pasaría a funcionar como una verdadera estructura clerical, como lo es toda prelatura personal, según la definición del CIC. Sería una refundación “por la vía de los hechos”, sin necesidad de crear un nuevo marco jurídico o replantearse su carisma, pues sólo habría que atenerse rigurosamente a la figura de la prelatura personal según el espíritu del Código de Derecho Canónico (y ciertas modificaciones a los Estatutos, seguramente). Pero, ¿qué sucedería con toda la “doctrina interna” de Escrivá? Es el próximo punto.

¿Qué será de sus fundadores?

Escrivá y A. del Portillo quedarían como íconos de la fundación, pero sus doctrinas serían reformadas –actualmente están siendo reformadas -no sin resistencias- la confidencia y los informes de conciencia-, junto con las reformas jurídicas (a los Estatutos) y administrativas.

Quedarían como modelos ideales pero no como maestros doctrinales, al menos no como originalmente se les conoció.

Muchos de sus escritos desaparecerían para siempre o serían editados adecuadamente (pero a diferencia del pasado, esta vez no por decisión del Opus Dei), quitando aquellas partes que la Santa Sede considerara inadecuadas. Se abandonaría para siempre la idea de impulsar a Escrivá como Doctor de la Iglesia.

¿Y las víctimas del fraude vocacional?

Podría haber algún reconocimiento general de las víctimas, o tal vez podría dejarse a un lado la cuestión, como separada de las reformas. Es decir, se podrían presentar las reformas como mejoras y no necesariamente como parte de un proceso de reparación de daños.

¿Por qué no se podría hacer más?

El Opus Dei mejoraría, sin dudas, como también se preservaría su valor institucional para la Iglesia.

Los más fieles seguidores de Escrivá quedarían decepcionados y culparían silenciosamente a la jerarquía de la Iglesia por semejante “adulteración” del espíritu fundacional, pero al no adaptarse a los tiempos, dicho sector quedaría marginado, rezagado, hasta darse el recambio generacional completo. Los más flexibles –y tal vez con verdadera vocación laical- sabrían adaptarse a los cambios y seguir adelante.

La gran duda sería si, habiendo nacido como un fenómeno de simulación, el Opus Dei podría realmente convertirse, más allá de reformarse. El tiempo lo diría, pues podría darse la situación de que nuevas generaciones terminaran recreando un gobierno de las conciencias peor que el que se hubiera desmantelado, dándose así un fenómeno de restauración del régimen y del espíritu de Escrivá.

Quienes hubieran sufrido al Opus Dei podrían sentirse decepcionados al no haber recibido ningún tipo de compensación adecuada a sus expectativas, no ya monetaria sino sobre todo moral, de reconocimiento a su lucha y su sufrimiento.

Este panorama general, que -de darse, al menos en parte- resultaría decepcionante para muchos, podría ser una de las tantas soluciones a los múltiples problemas causados por las disfunciones institucionales del Opus Dei. Puede no ser alentador, pero contemplar dicho horizonte podría ser una forma de evitar excesivas expectativas.

Por mi parte no lo tomo de manera negativa. Lo veo como uno de los probables escenarios. No me hace decaer de ninguna lucha ni ánimos. Es lo que hay (o más bien, lo que habría). Que no se reconozca la lucha de tantos ex miembros (lo cual sería deseable) resultaría doloroso, pero, por otro lado, sería muy significativo que se produjeran finalmente los cambios que permitieran definitivamente enterrar el cadáver. Desde luego, no serán todos los cambios anhelados, pero serán los que se den, los posibles.

En última instancia, lo importante no es lo que vaya a hacer la Iglesia con el Opus Dei, sino lo que cada uno haga con su propia historia.

E.B.E




Publicado el Lunes, 29 diciembre 2014



 
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