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 Libros silenciados: La realidad (oculta) del Opus Dei.- E.B.E.

125. Iglesia y Opus Dei
ebe :

La realidad (oculta) del Opus Dei 
2 de febrero de 2015 – E.B.E.

Si el Opus Dei es una institución problemática, como lo da a entender el número de críticas que despierta, ¿por qué sigue funcionando como si no lo fuera? Se podría argumentar que se debe al apoyo que goza por parte de la autoridad de la Iglesia, o dicho de otra forma, por la falta de censura por parte de la misma jerarquía de la Iglesia. Pero no creo que sea la única explicación o la más importante.

Si el Opus Dei no tuviera el apoyo de grandes sectores (me refiero sobre todo a número de personas, más que a sectores poderosos), dentro y fuera de la prelatura, el exclusivo rol de la Iglesia no podría explicar, por sí solo, el sostenimiento en el tiempo de una institución como el Opus Dei, ni tampoco la Iglesia misma defendería a una institución cuestionada masivamente, especialmente por razones morales. Ello no impide, por cierto, que hayan existido -o existan- intrigas palaciegas entre el Opus Dei y ciertos altos eclesiásticos, con el fin de obtener diversos favores, pero eso tampoco se podría haber dado de manera satisfactoria si el Opus Dei no hubiera contado con un apoyo importante de personas, hasta lograr una cierta «masa crítica» de miembros o integrantes, que le diera la fuerza necesaria para mantenerse y progresar...



También podría decirse que, sin apoyo de la autoridad de la Iglesia, muchos católicos no habrían confiado en el Opus Dei, lo cual es cierto. Pero también pensemos en que, para lograr un respaldo importante de personas, el Opus Dei no necesitó de ninguna aprobación espectacular (pensemos en la Pía Unión de 1941 y su Reglamento), como las que, en cambio, se darían más tarde con la aprobación pontificia de 1950 o la obtención de la prelatura o de la beatificación (1992) y canonización (2002) de su fundador. Incluso, en 1958, Escrivá se atrevió a rechazar la figura del instituto secular –a la que tanto había aspirado anteriormente- por considerarla ahora inadecuada para su organización (prescindiendo de esta manera-y tal vez despreciando- el respaldo jurídico que le daba el ser instituto secular, prefiriendo en los hechos no ser jurídicamente –hasta 1982- «nada»).

Toda la década de 1940 fue cosechando apoyos –en concreto, vocaciones- sin grandes respaldos por parte de la Iglesia, hasta finales de esa misma década. Lo que me parece claro es que el Opus Dei no se construyó «desde arriba» -promovido por la gran ayuda de la jerarquía de la Iglesia, aunque sí muy apoyado por mons. Eijo y Garay- sino «desde abajo» -Escrivá reclutando gente- y más tarde, en todo caso, obtuvo aprobaciones consagratorias de ese apoyo social (vocaciones, particularmente).

El otro punto interesante es que –en esa construcción desde abajo- a todas esas vocaciones que Escrivá iba reuniendo y formando –aún sucede hoy-, se les presentaba un panorama que –en vistas a lo que sucedería más tarde- resultaba incompleto, o al menos no contemplaba toda una realidad que se iría descubriendo con el paso del tiempo, de manera gradual y solitaria, sin llegar a una crisis institucional. Pero sí causaría muchos abortos de vocaciones, por fallas fundamentales en el momento de su concepción.

Por lo tanto, cabe destacar que, ese apoyo social, ha tenido históricamente un carácter particular: habitualmente ha sido cíclico. Quienes se incorporaban al instituto secular (1950) o a la prelatura (1982), más tarde la abandonaban e incluso, en no pocos casos, adoptaban una actitud muy crítica hacia la organización. Este fenómeno se reproduce –a lo largo de la historia del Opus Dei- sin grandes alteraciones (una gran mayoría se marcha). Y lo que también se vuelve reiterativo es, posiblemente, la crítica más importante por parte de los ex miembros: la experimentación de un gran desengaño y una cierta aversión hacia la institución.

Podría decirse, recurriendo a una analogía literaria, que el Opus Dei muestra su cara amable, una suerte de dignísimo Dr. Jekyll. Pero tras su rostro, no pocas personas se encuentran más tarde con un Mr. Hyde, conviviendo en la misma persona, gracias a un mecanismo de disociación.

Pero dicho descubrimiento, como decíamos antes, se lleva a cabo de manera individual, no colectivamente. Lo colectivo, como fenómeno, se da después y de manera gradual e indirecta, a través de internet o de pequeñas reuniones entre quienes se volvieron a encontrar, al cabo de un cierto tiempo, una vez afuera. Ello se debe a que el Opus Dei oculta muy bien lo que no quiere mostrar y, esa realidad, nunca llega a exponerse públicamente, sino a través de descubrimientos en solitario.

Distinta situación se daría, por ejemplo, si un día se pudiera presentar un documento testimonial firmado, no por veinte, sino por veinte mil personas*. Ese día la crisis del Opus Dei quedaría expuesta abiertamente.

¿Qué muestra públicamente el Opus Dei? (y por lo cual es conocido por tantas personas de buena fe):

·         Ortodoxia doctrinal (al menos, superficialmente)

·         Cuidado especial de la liturgia tradicional

·         Fidelidad a la autoridad (al menos, aparentemente)

·         Deseos de difundir el evangelio (al menos, aparentemente)

·         Intenciones de servir a la Iglesia (al menos, aparentemente)

·         Una constante predicación sobre el llamado universal a la santidad

·         Libertad en política y en todo lo que haga relación a las actividades temporales (al menos, aparentemente)

·         Alegría y un trato muy amable hacia quienes se relacionan con el Opus Dei (al menos, aparentemente)

·         Ambiente universitario y de profesionales (dicho esto en términos muy simplificados y dejando de lado los clubes juveniles, etc.)

Todas estas características son las el Opus Dei que muestra a todos lo que toman contacto con la institución. Pero luego, hay otras cosas más íntimas, que en parte muestra (a través del ambiente institucional) y en parte promete (pues se cumplirán a lo largo de la vida de cada uno, dentro de la institución) sólo a quienes ingresan y comprometen su vida entera, es decir, entregan en un solo instante* todo lo que tienen y todo lo que vayan a tener en el futuro (me refiero aquí, especialmente, al caso de los integrantes célibes, pero también podría aplicarse a todo aquél que la hondura de su donación haya sido tanta como el de su sufrimiento).

Lo que, al menos, asegura el Opus Dei a quienes donan su persona y sus bienes a la institución:

·         Una vocación sólida, inmutable, irreversible, respaldada por Dios mismo desde toda la eternidad («predilección divina»).

·         Una familia (lealtad paternal y fraternal) más fuerte que los lazos de la carne: lazos sobrenaturales (fidelidad)

·         Un futuro lleno de felicidad –aún con sufrimientos y persecuciones, como dice el Evangelio- en este mundo y en el venidero, a quienes perseveren.

Escrivá aseguraba –con una seguridad radical- la existencia de dicha vocación de predilección divina, para quienes formaran parte del Opus Dei, como así también la felicidad que de ella se derivaría. Esa seguridad exagerada –tal vez temeraria- con la cual Escrivá hablaba «en nombre de Dios», como quien hubiera recibido una revelación divina, le daba fuerza y solidez al Opus Dei, que lo presentaba como una realidad diseñada desde la eternidad («viene a cumplir la Voluntad de Dios»).

Una de las cualidades importantes de Escrivá era su modo de predicación: concreto y efectivo, lejos de ser aburrido o teórico, y siempre apuntando a objetivos prácticos y alcanzables (metas). Hacía de la religión algo palpable, accesible. Eso atraía. Sumado a esto, unos horizontes de ensueño: Escrivá lograba hacer atractivo su emprendimiento religioso, al punto de sumar cientos de seguidores dispuestos a darlo todo y a darse del todo.

El resultado era un panorama difícil de rebatir o cuestionar: la felicidad lograda en el Opus Dei sería incomparable con la de cualquier otro camino posible en esta vida. Por eso, muchos que tenían una profunda fe, entregaban todo, y por ejemplo, dejaban novias o novios –casi frente al altar- y se entregaban a Dios, mediando el Opus Dei. El Opus Dei resultaba toda una poesía divina y despertaba lo mejor de cada uno, para luego ser entregado a Dios (pensemos en el poeta, que hace poco recordaba Gervasio).

Para otros, en cambio, que no tenían una profunda fe, el Opus Dei se encargaba de generarles profundas dudas e inquietudes (movilizadoras pero también intranquilizantes: no estar tranquilo –sentir escrúpulos o culpa- era un «signo» de vocación, según Escrivá). Y, gracias a que dudaban, se entregaban a Dios, a través del Opus Dei.

Por cierto, cabría preguntarse: ¿qué discernimiento podía existir en alguien que tomaban una decisión –para toda la vida- a partir de un estado de duda?

Si dudaban, ¿por qué se entregaban? Decir que «no» era una respuesta absoluta: no para siempre a Dios. Al menos ese era el planteo del Opus Dei, el recurso que utilizaban –y utilizan- los directores y el sacerdote confesor. En cambio, al decir que sí, supuestamente, siempre habría tiempo para dar marcha atrás, si es que ése no era el camino. Pero, una vez adentro, el Opus Dei decía: «ya no hay vuelta atrás» (cfr. la doctrina de la barca). Se producía, entonces, una cierta sensación vertiginosa en la intimidad de quien así se había entregado, entre promesas y coacciones, pues, en cierta manera, su vida se encontraría siempre al borde del abismo.

En resumen: era imposible decirle que NO al Opus Dei porque sería decirle que No a Dios, ya fuera antes de ingresar como una vez adentro.

***

Cada tanto, alguien era «dado de baja», en secreto o al menos sin que muchos se enteraran. Todos esos compromisos del Opus Dei (vocación, lealtad, felicidad, fraternidad), de repente, un día desaparecían, para el candidato en cuestión. No había vocación, no había fidelidad, no había promesas de felicidad. Con suerte, dichas promesas desaparecían sin dejar rastro.

Porque también podía darse una situación peor: en lugar de fidelidad, traición (pues no siempre las salidas eran procesos transparentes), y en lugar de felicidad, maldición, para esta vida y para la siguiente (cfr. El rejalgar). Historias abundan, como se puede observan en la sección de testimonios de esta web, Opuslibros.

Algo se oculta

¿Por qué tendría que ocultar algo una institución con las características más arriba citadas, siendo todas ellas excelentes y saludables? ¿No sería inquietante que algo así ocurriera?

Podríamos decir que, según aquélla imagen institucional, se trataría de una organización ideal, por no decir perfecta, al menos para cierto punto de vista tradicional, y sobre todo, pensando en los momentos históricos del nacimiento y despegue de la institución (1940-1990).

Hoy reinan interpretaciones muy distintas de la liturgia, de la evangelización, de lo que es ser laico o ser religioso, etc. y, por lo tanto, el Opus Dei difícilmente podría impulsarse en las condiciones actuales de la misma forma en que Escrivá logró hacerlo 75 años atrás (alrededor de 1940). De ahí el desafío de cómo va a continuar y mantenerse hacia el futuro, pues el mundo ha ido cambiando y el Opus Dei no parece tener los resortes necesarios para adaptarse o seguir manteniendo su aparente valor original. Como ha sucedido con otras organizaciones de la Iglesia –el Papa advirtió sobre los efectos nocivos de dicha evangelización-, tal vez el Opus Dei deba conseguir vocaciones en Europa del Este (Polonia, entre otros países), África y Asia, donde tanta gente aún permanece ignorante del Opus Dei y, por lo tanto, podría desprevenidamente tomar contacto con la prelatura.

El problema fundamental no es tanto lo que el Opus Dei muestra. El asunto es lo que el Opus Dei esconde para llegar a la cima –de la conciencia individual y de las estructuras de dirección de la sociedad- antes de llegar a la cima misma de todas esas instancias.

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Publicado el Lunes, 02 febrero 2015



 
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