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 Tus escritos: Las dos veces que di esquinazo al Opus Dei.- Mali

060. Libertad, coacción, control
Mali :

A principios de esta semana encontré vuestra web de pura casualidad (no sé ni cómo llegué aquí, ni siquiera estaba buscando nada relacionado con el Opus) y desde entonces he pasado horas y horas leyendo con gran interés los testimonios y documento aquí recogidos. Es un tema que me interesa muchísimo, porque durante toda mi vida, desde que era pequeña, el Opus Dei me ha generado una profunda sensación de recelo y desconfianza, a pesar de que dentro de mi familia se ha visto siempre con muy buenos ojos.

Nunca he pertenecido ni he estado cerca de pertenecer a la organización, pero sí que ha llegado a rozar mi vida de refilón en un par de ocasiones, y me gustaría compartir mi experiencia, por si pudiera servirle a alguien de ayuda...

Cuando tenía trece años, mis padres decidieron enviarme a un campamento de verano. Siempre pasábamos los veranos en la sierra, y a mí me encantaba estar allí así que no me gustó un pelo esa decisión pero, como niña que era, no tuve mucha elección. Mi madre es una mujer profundamente religiosa, y muy devota de Josemaría Escrivá (tiene su libro, uno, no sé cuál, en la mesilla de noche, y mogollón de estampitas con su foto y alguna oración o frase entrecomillada, por toda la casa), así que pensó que el mejor lugar donde podía enviarme era a un campamento del Opus, de tres semanas de duración.

A mí me horrorizó la idea. No quería irme de campamento, y mucho menos a uno del Opus. Yo había sido educada como católica, iba a un colegio de monjas y estaba encantada de la vida, pero era un ambiente muy distendido, donde todo era sencillo, normal y natural. Asociaba el Opus Dei a un radicalismo que no iba conmigo ni con mi forma de ser. Mi madre no paraba de repetirme, cada vez que yo le decía, sin conocerles de nada, que aquello me parecía una secta, que el Opus era estupendo, que hacían muchas cosas buenas, que no tenía nada de malo, y que de secta, nada. Yo le preguntaba entonces, ¿y por qué, si es tan bueno y tan maravilloso, no eres tú del Opus? Y ella siempre encontraba la forma de excusarse o desviar la conversación. A día de hoy, con mis 28 años, sigo sin tener una respuesta clara a esa pregunta.

El caso es que me fui de campamento. Ahora recuerdo la experiencia con cariño, por la nostalgia que aportan los años y la forma en que la distancia hace que veamos las cosas, pero en su día fueron tres semanas de pesadilla, salpicadas de historias para no dormir. No voy a entrar en detalles para no enrollarme demasiado. Sólo diré que, siendo yo una niña ya de por sí delgada cuando me fui, volví con 5 kilos menos y un cinturón prestado para sujetarme los pantalones, que los iba perdiendo.

El caso es que cuando por fin se terminó, y aquí llego al meollo del asunto, una de las monitoras me cogió por banda en el autobús de vuelta y me comentó que solían organizar unas meriendas los sábados o los miércoles por la tarde, y que por qué no me pasaba, que iban muchas de mis compañeras de campamento y que eran muy divertidas, que sería una pena que perdiéramos el contacto. Al oír aquello, se me dispararon de golpe todas las alarmas. Como no sabía muy bien cómo salir del paso, le medio di largas a la monitora diciéndole que guay, que igual algún día me pasaba. En realidad no pensaba aparecer por allí, pero no me atreví a decírselo.

Cuando llegamos a Madrid, mis padres vinieron a recogerme y al despedirnos de las monitoras, éstas le comentaron a mi madre el tema de las meriendas. Durante el camino de vuelta a casa, y durante muchas semanas después de aquello, mi madre volvía sobre el tema de la dichosa merienda, que por qué no iba, que tendría que darles una oportunidad, que no mordían, que si no me gustaba no volvía y punto, que seguro que había un ambiente estupendo, blablablá. Yo le decía, con mis 13 años y sin saber realmente muy bien qué era eso de lo que intentaba huir a toda costa, que no quería que me “absorbieran”. Nadie me había prevenido ni alertado. Era algo que, sencillamente, intuía. Cuanto más insistía ella, más rechazo sentía yo, que es por desgracia el tipo de relación que he tenido durante toda mi vida no con Dios, sino con la religión. A mayor presión, mayor rechazo. Pero eso es algo que mi madre nunca ha sabido entender, así que ella insistía e insistía, hasta que con el tiempo, por fin, se le olvidó. Gracias a Dios.

También durante un tiempo me estuve carteando con una amiga del campamento, y ella en sus cartas siempre me decía que fuera a las meriendas y así nos veíamos. Pero nunca fui. Odiaba las malditas meriendas esas. Me negué ya por orgullo propio a ceder ante aquella presión constante. Y supongo que ese fue el primer requiebro que le hice, sin ser aún muy consciente del todo, al Opus Dei.

El segundo fue en la universidad. Por imposición de mis padres, estudié en la universidad San Pablo CEU. Que conste que no tengo ninguna queja al respecto, porque mi experiencia fue maravillosa, hice muy buenos amigos allí y disfruté muchísimo de mis años universitarios. Lo que digo es que no tuve la posibilidad de elegir, no me dieron libertad para escoger dónde quería completar mis estudios. Así que al CEU que fui.

En general, el ambiente de la universidad era estupendo, todo muy sano, muy normal, con gente de todo tipo y para todos los gustos y colores, como debe ser. Pero también había otras cosas que fui viendo poco a poco, con el tiempo.

Un día, cuando aún estábamos empezando primero, una de mis compañeras de clase, que venía de un colegio de monjas donde sólo había niñas, nos invitó a asistir a unos desayunos que organizaba el cura de la universidad con todo el que quisiera apuntarse. Los describía como si fueran algo estupendo, divertidos, abiertos para todos, perfectos para integrarse en la vida universitaria. No recuerdo si eran los lunes o los jueves. El caso es que dos o tres chicas más y yo nos apuntamos. Pensé que sería una buena forma de empezar a conocer gente y hacer amigos allí.

Los desayunos se hacían en un pequeño cuartito, en realidad un despacho. Se juntaban unas diez o quince personas y alguien había comprado magdalenas y demás bollería, así como zumos, leche, café y chocolate instantáneo. No tenía ni idea de quién compraba todo eso, y me sentí mal al comerlo sin dar nada a cambio, sin pagar ni contribuir de algún modo. Eso me agobió un poco.

Al principio allí se habló un poco de todo, de las clases y los profesores y el día a día en la universidad, en un tono ligero y distendido. Pero luego el cura empezó a preguntarnos a los nuevos, uno por uno, por nuestras vidas. De dónde veníamos, qué era lo que hacíamos, qué aspiraciones teníamos. Fue muy amable y, aunque preguntaba mucho, no resultaba invasivo ni intimidatorio. Aun así, no hubo un segundo desayuno para mí. No sentí ganas de volver.

Un día, no mucho después, yendo con un par de amigas me crucé con el sacerdote en el pasillo de la cafetería. Se paró a saludarnos y me preguntó por qué no había vuelto a los desayunos. Le mentí y le dije que había estado muy liada y que no había tenido tiempo. Él dijo que era una pena y entonces nos preguntó si nos gustaría apuntarnos a unas convivencias que organizaban ese mismo fin de semana, o el siguiente, en la sierra de Madrid. Que era un ambiente estupendo, todo gente joven, que nos iba a llenar un montón y era una experiencia muy positiva. Yo ya había ido de convivencias otras veces, con mis padres, que se apuntaron a un grupo de vida de los Maristas y fueron una tortura, y con el colegio, tanto con las monjas como con los curas, y ya no quería más convivencias por el momento. Le dije que no, y le puse una excusa. Él desmontó mi excusa, así que le puse otra. También la desmontó. No quería decirle simple y llanamente que no me apetecía porque sabía que eso me haría parecer una persona horrible o, como poco, muy egoísta. Este baile duró varios asaltos, con el consiguiente desgaste, al menos por mi parte, hasta que por fin se dio por vencido.

La situación volvió a repetirse un día, cuando me cogió por banda sentada en un banco y me dijo que necesitaba a alguien para leer en una misa. Esto, que puede parecer una tontería, para mí no lo era. Soy una persona muy introvertida, a la que le cuesta muchísimo hablar en público. Y con 18 años tampoco es que yo fuera una persona muy madura, de esas que se sobreponen a sus complejos y debilidades y les plantan cara. Me daba auténtico pánico hablar en público. Temblaba, tartamudeaba, me sudaban las palmas de las manos y mi cerebro se bloqueaba. Se lo dije, pero le dio igual. Me pidió que por favor lo hiciera por él. Le dije que se lo pidiera a otra persona, que yo lo pasaba muy mal, pero no le importó. Me insistió y me insistió, y luego me volvió a insistir, y yo me negué, sintiéndome cada vez peor por dentro, más miserable y mala persona con cada negativa. Pero no cedí.

Hubo un antes y un después entre nosotros después de aquello. A simple vista puede que no se notara, pero estaba ahí. Él, que siempre había sido amable y sonriente conmigo, que se había parado a hablarme, a preguntarme por mis cosas, que se había preocupado y acercado, de repente levantó un muro entre nosotros. No me volvió a dirigir la palabra más que para un saludo rápido por los pasillos cuando por casualidad nos cruzábamos, cosa que no sucedía muy a menudo. Era correcto y ya. Ese distanciamiento repentino, en lugar de dolerme u ofenderme, me produjo un gran alivio. Mentiría si dijera que no me sentí liberada cuando vi que no pedía nada más de mí, que no me invitaba ni a desayunos, ni a convivencias, ni a leer en las misas ni a nada. Fue como si me quitaran una presión de los hombros. Cuando me dio definitivamente por perdida, volví a respirar tranquila.

Y esa, creo, fue la segunda vez que di un rodeo y esquivé al Opus Dei. A diferencia del campamento, esto son sólo conjeturas, no tengo la certeza de que el sacerdote de la universidad fuera del Opus, pero muy dentro de mí, lo sé. Por esa forma, algo mafiosa, que tenía de acercarse a determinadas personas y retenerlas cerca, por el tipo de gente con la que se relacionaba (gente adinerada, bien vestida, gente importante que ocupaba cargos de poder y prestigio dentro y fuera de la universidad, profesores numerarios y supernumerarios), por el propio poder que tenía en aquel microcosmos y la influencia que ejercía sobre todos los aspectos tanto de la vida como de la gestión y la política universitaria (en la ceremonia de graduación, curiosamente, fue él quien me entregó mi título, rodeado de doctores y catedráticos). Pero, sobre todo, lo sé por las técnicas que empleaba para atraer a las personas hacia así, dirigirlas, controlarlas y atarlas bien atadas, donde no se le pudiesen escapar.

Esas son las dos únicas veces en mi vida que he tenido esa sensación rara, una sensación de presión, sutil pero evidente, contra la que se rebelaba todo mi ser. Como un vórtice que succiona, que tira de todo lo que toca y lo atrae con fuerza hacia su centro. Algo totalmente contrario a mí y a mi personalidad.

Creo que esta página es maravillosa, precisamente, porque me ha permitido asomarme un poco a ese vórtice del que en su día no quise saber nada y me ha ayudado a entender —tanto como es posible entender algo cuando se observa únicamente desde fuera—, qué era exactamente lo que había dentro, qué era eso que me causaba tanto rechazo y de lo que me libré. Ojalá este sitio, y otros como éste, tuvieran más visibilidad y más repercusión para que otras personas, personas como mi madre, tan cándidas e ingenuas que sólo ven el lado bueno de las cosas, la fachada, lo bonito, lo que ellas quieren ver, abran los ojos a la realidad y se den cuenta de que no todo es exactamente como lo pintan. Que en todo lo humano hay siempre un lado oscuro. Ojalá pudiera ver el lugar al que, con la mejor intención del mundo, estaba intentado empujar a su propia hija.

Si alguien se mete al Opus Dei por voluntad propia, con pleno conocimiento de causa, estando de acuerdo con todo y eso le llena y le hace feliz, me parece maravilloso, pero sin engañar, ni manipular, ni obligar, ni forzar la voluntad de nadie, porque entonces la idea pierde su esencia, su misma razón de ser, y pasa a convertirse en otra cosa, en algo perjudicial, destructivo y nocivo, que es justo lo contrario a lo que en un principio quiso ser.

mali




Publicado el Viernes, 06 febrero 2015



 
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