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 Libros silenciados: El Opus Dei, un nuevo Procusto.- Heraldo

105. Psiquiatría: problemas y praxis
Heraldo :

El Opus Dei, un nuevo Procusto

Heraldo, 30/03/2015

 

 

Procusto era el apodo del mítico posadero de Eleusis, ciudad de la antigua Grecia donde se celebraban los ritos misteriosos de las diosas Deméter y Perséfone. Procusto era hijo de Poseidón, el dios de los mares, y por eso su estatura era gigantesca y su fuerza descomunal.  Su verdadero nombre era Damastes, pero le apodaban Procusto, que significa "el estirador", por su modo de tratar a los huéspedes de su posada. Los obligaba a acostarse en una cama de hierro, y a quien no se ajustaba a ella, porque su estatura era mayor que el lecho, le cortaba los pies que sobresalían de la cama; y si el desdichado era de estatura más corta, entonces le estiraba las piernas hasta que se ajustaran exactamente al fatídico catre. Todo el que caía en sus manos era sometido a la mutilación o el descoyuntamiento. Procusto terminó su malvada existencia de la misma manera que sus víctimas. Fue capturado por Teseo, que lo acostó en su camastro de hierro y le sometió a la misma tortura que tantas veces había aplicado...



El Opus Dei es un nuevo Procusto. La Obra atribuye a muchos la vocación al Opus Dei, e intenta por todos los medios que se ajusten a ella. Por fortuna, una parte considerable de las víctimas logra huir pronto de sus garras. Pero si el doloroso procedimiento se ha intentado durante largo tiempo, sobreviene la mutilación o el descoyuntamiento. El P. Danilo prefirió suicidarse antes de que el nuevo Procusto continuara atormentándolo. La nota que llevaba en el bolsillo no deja duda.

El Opus Dei se atribuye el derecho de llamar (vocare) a sus filas a cualquier persona que pasa a su lado y que presente una situación psicosocial más o menos normal. Posee y despliega sin escrúpulos todo un sistema de cooptación de todo tipo de personas. Es un sistema lleno de argucias humanas en el que participan los laicos y los curas del Opus Dei, en perfecta coordinación para lograr su objetivo. El éxito del sistema está basado sobre todo en el aprovechamiento de las debilidades del ser humano, como son la excesiva juventud del candidato, la ingenuidad, la ignorancia, el miedo, la necesidad de cariño... En menor medida se basa también en aspectos positivos como son el sentimiento religioso, el deseo de ser mejores o de ayudar a los demás.

En todo caso, nunca se basa en un verdadero discernimiento vocacional. De eso en el Opus Dei no se sabe nada porque no les interesa que se sepa. Es un concepto que no existe en la Obra ni siquiera bajo otro nombre. Ahí sólo existe la fidelidad o la infidelidad. Cuando se llega a decir de alguien que “no tenía vocación” es para “extremar la delicadeza” y evitar expresiones como “no estuvo a la altura”, “no quiso luchar lo suficiente” o “causaba un mal cierto a la Obra de Dios”. La Obra nos demuestra que se pueden disimular grandes atrocidades mediante un uso adecuado del lenguaje.

No existe discernimiento vocacional porque no interesa que lo haya. Las personas en la Obra sirven a la Institución una semana, tres meses, o treinta años. En todo caso sirven a la Obra. Durante el tiempo que permanecen en la Obra constituyen su “masa crítica”. Con esos que no van a perseverar se hace la labor, decía el super cura Florencio Sánchez Bella, que había sido consiliario de España en años de expansión. Contaba él que D. Álvaro, al mandarlo a México, le dijo: “ve a hacer ahí lo que hiciste en España”, refiriéndose sin escrúpulos al más despiadado y feroz proselitismo. También decía que su nombre había salido en aquella primera votación para elegir al sucesor del fundador.

Sería bueno (muy bueno) que perseveraran hasta la muerte (así servirían más), pero si no perseveran no importa, ya han servido a la Obra.

Lo que al Opus Dei no parece importarle son los daños tan profundos que deja en muchos. Daños psicológicos, morales, espirituales, económicos, etc. Piensan que como la Obra es tan maravillosa, cualquier consecuencia negativa se ve sobradamente compensada por lo que esos colaboradores temporales salen ganando.

¿Realmente salimos ganando algo? ¿Formación? ¿Virtudes? ¿Vida interior? La formación que se adquiere es integrista, apoyada en una teología de mala calidad hasta en sus propios términos (tomismo trasnochado). ¿Qué virtud adquirí en el Opus Dei si ni siquiera aprendí ahí a trabajar? ¿Se logra auténtica vida interior viviendo bajo el agobio de cumplir un sinfín de normas de piedad diarias? Este tema merecería un análisis por separado.

Si no se tiene vocación al Opus Dei no se debería estar en el Opus Dei sino el tiempo mínimo para el discernimiento. Todo lo demás es un abuso y una pérdida de tiempo. Y si se ha estado años, décadas, en la Obra, sin vocación, el balance final es el sinsentido, el absurdo, haber perdido la vida estúpidamente.

Pero al Opus Dei no le importa. Lo que le saque a las personas es bueno. Es la preeminencia total de lo institucional sobre lo personal.

Es una gran irresponsabilidad y un atropello ese discurso de la “vocación intocable”. Desde el día que uno escribe la carta pidiendo la admisión, la vocación se presenta como “intocable”. Hasta considerarla en la oración, en términos de discernimiento, posee connotaciones morales pecaminosas. Desde el primer minuto se encuentra uno en la Obra envuelto en un discurso de lealtades y fidelidades, sellando la conciencia con ese discurso. Ninguna institución de la Iglesia que haya alcanzado la madurez procede de este modo. En cambio, parecen proceder así todos esos movimientos de reciente factura, que se han desarrollado impetuosamente bajo el amparo irresponsable de la jerarquía.

No conocí personalmente al P. Danilo, pero conocí muchos casos por mi trabajo en el gobierno de la Obra. Ahí lo sabíamos todo de todos. El esfuerzo de la Obra por lograr la perseverancia de sus miembros es enorme. También es verdad que a una minoría se le invita (o se le fuerza) a dejar el Opus Dei, cuando se considera que cuesta más de lo que aporta. Porque eso sí, el discurso de la vocación intocable desaparece cuando se trata de proteger al Opus Dei de cargas indeseables. Recuerdo a un alto directivo de la Obra (formó parte muchos años de la Comisión Regional y ocupó el cargo de Rector de la Panamericana) que con mucha frecuencia expresaba el conocido binomio “costo-beneficio”. Era un poco torpe en el correcto uso del lenguaje opusdeísta, por lo general siempre tan delicado.

A lo largo de esos años fui testigo de muchos casos clamorosos. Personas que sufrían hasta lo indecible por la absurda vida que llevaban, a las que se les obligaba a permanecer en el Opus Dei. Yo sólo estuve cerca de un suicidio y de un intento de suicidio. Las ideas suicidas eran más frecuentes, junto con muchas otras manifestaciones patológicas.

Como es evidente, los suicidios son los casos más extremos. Uno de ellos, que vivía en un Centro de mayores en Polanco, se tragó un frasco de sedantes. Se le rescató con el oportuno lavado gástrico. Desde el centro de Estudios, donde coincidimos, era evidente su incapacidad para adaptarse a las exigencias de la “vocación”. Pero la Obra lo retuvo hasta que intentó suicidarse. Después se le facilitó la salida. No sé qué habrá sido de él, ni qué secuelas le habrá dejado su paso por el Opus Dei. Esto era lo normal: no volvíamos a saber de nadie.

En un centro de España viví unos meses con un sacerdote relativamente joven (rondaba los 40) de quien se decía que estaba “enfermo”. No hacía ningún tipo de labor San Rafael o San Gabriel, aunque sí podíamos confesarnos con él los residentes de ese centro. Acudía a la Delegación donde se le daba un trabajo relacionado con llevar un fichero. Años más tarde supe de buena fuente que había sido recluido en un psiquiátrico, a las afueras de aquella ciudad. Ahí se le iba a visitar para oír su “charla fraterna”. Tengo para mí que este cura no estaba loco, sino que Procusto hacía de las suyas.

Un director de Centro de Estudios vivía con la conciencia de cometer a diario sacrilegios. Otro sacerdote que se amargó la vida por vivir con una insoportable carga de conciencia por masturbarse con la frecuencia de un adolescente. Otro numerario que quedó psicológicamente hecho polvo y fue enviado a Navarra para ser tratado en la planta cuarta. Lo vi caminar por las calles de Pamplona como un sonámbulo. Las manos le temblaban descontroladamente. Era lastimoso ver así a un chico de apenas 30 años.

Podría pasarme horas y horas recordando casos, que quizá no llegaron al suicidio, pero sí rozaron la demencia, perdiendo lo mejor de sus vidas en un intento absurdo, por la estolidez de unos irresponsables. Procusto cercenando y descoyuntando.

En esta web podemos ver también casos clamorosos. Me vienen a la cabeza Satur y Otaluto. Ellos mismos han contado aquí sus vidas. Son personas admirables, pero resulta evidente que no tenían vocación de numerarios, si es que esa vocación existe.

Pero a mi modo de ver, la ordenación sacerdotal es otra cosa. Yo fui invitado al colegio Romano al terminar mis estudios universitarios. Por fortuna -¡¡¡gracias Dios mío!!!- no me sentí seguro y pedí esperar otro momento. Esa otra oportunidad nunca llegó y mi vida en la Obra discurrió en los cargos internos “laicales”. Me dan escalofríos al pensar que pude haber llegado a la ordenación. De haber sido así, no habría podido dejar el Opus Dei. Seguramente seguiría ahí, viviendo aquel absurdo, sumergido en esa artificialidad.

Como ya he contado en otro lugar, desde muy joven sentí que Procusto me desmembraba. Casi al terminar la carrera ya tenía cita con el psiquiatra y los psicofármacos. Todavía recuerdo el nombre de mi primer medicamento: adepsique, un coctel de un antidepresivo, un tranquilizante y un sedante. Después vinieron muchos otros. Consumí tantos durante tantos años que se elevaron mis transaminasas.

Nunca fui feliz en la Obra, aunque intenté convencerme de lo contrario. En la Obra uno puede encontrar muchas satisfacciones, y la Obra se esfuerza en hacerlas sentir. El indigente también disfruta la limosna que recibe, y hasta podría llegar a creer que es feliz viviendo esa vida miserable. Pero la limosna recibida lo único que hace es evitar su muerte y prolongar su sufrimiento.

Nunca fui feliz en la Obra porque nunca tuve paz interior, porque siempre fui un inadaptado. Viví permanentemente incómodo, por decir lo menos, siempre al borde del precipicio. También es la misma Obra la que se encarga de hacerle a uno la vida imposible. Siempre haciéndote sentir que tú eras una mierda y ella perfecta y amorosa.

¡Qué alegría haber dejado el Opus Dei!

Hace poco nos dimos cita, después de muchos años, en un chat, los compañeros de la preparatoria. Uno de ellos es un sacerdote numerario. Fue el único que en sus mensajes se apresuró a decir que era “feliz” en su situación. Nadie había hecho una referencia parecida. Y es que en la Obra tienes que estar convenciéndote de que eres feliz, no sea que descubras que eres un desgraciado. Son maestros de la neurolingüística.

He sido testigo privilegiado de la cantidad de sufrimiento y de absurdo que se acumula en los centros de mayores de la Obra. Tanto que llegué a sentir horror por acabar ahí algún día. En ellos se concentran quienes han perseverado en el lecho de Procusto durante muchos años. Es increíble y paradójico que la Obra haya alcanzado tanto éxito institucional con una situación tan precaria de sus miembros más íntimos. En las Delegaciones y Comisiones la expresión “centro de mayores” posee una muy clara connotación negativa. “Centro de mayores” evoca tristeza, depresión, rareza de carácter, aburrimiento, egoísmos, manías, dietas, encerramiento, psicofármacos, compensaciones… Un numerario joven sólo puede estar pocos minutos por ahí, no sea que quede escandalizado.

Soy de los que todavía piensan que en la Obra se procede con rectitud de intención. Casi diría que con total rectitud de intención. Yo actué con esa rectitud mientras estuve ahí y tuve cargos internos. Todo esto lo provocó alguien desde arriba que suscito en nosotros una fe en una presunta divinidad que se extendía a todas sus manifestaciones. Pero la historia de Maciel nos demuestra que un degenerado puede lograr en su vida una gran movilización cristiana. Todavía más fácil me parece que la haya logrado un loco. Entre la locura y la genialidad hay a veces una frontera imperceptible. Siempre que se ha pretendido divinizar una obra humana las consecuencias han sido desastrosas.

Escrivá rezaba mucho y enseñó a cumplir miles de normas de piedad, pero se conducía en la práctica con la astucia de un gánster. Como su espíritu fundacional siempre fue mover los hilos del poder (así lo demuestran los primeros Reglamentos, de 1941, dados a conocer en esta web y ocultados por el Opus Dei), los hijos de la luz debían actuar con la misma astucia que los hijos de las tinieblas. También ha llegado a ser enorme su penetración en la esfera del poder eclesiástico. Por fortuna para todos, la Obra ha venido perdiendo fuerza por su base, por la escasez de miembros numerarios. Además, los pocos numerarios que ahora pitan son personas de muy pocas luces.

La Obra se ha venido encontrando a su Teseo. También ella está siendo mutilada y descoyuntada. Su “maravillosa” solución jurídica ha quedado a medias y está resultando contraproducente. El Prelado ha emitido normativas (pienso en las relacionadas con la dirección espiritual) que si llegaran a aplicarse harían imposible el gobierno de la Obra. Muchos de sus miembros más antiguos son sus más duros críticos. La inconformidad se ha incrementado y con ella el cinismo y las dobles vidas. A estas alturas ya resulta imposible seguir tapando la manipulación de su verdadera historia y los engaños a sus miembros y a la Santa sede.

Heraldo




Publicado el Lunes, 30 marzo 2015



 
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