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 Tus escritos: Pederastia en Gaztelueta.- Gervasio

125. Iglesia y Opus Dei
Gervasio :

Pederastia en Gaztelueta

Autor: Gervasio, 5/10/2015

 

¿Verdad que eso de “Pederastia en Gaztelueta” suena a algo inverosímil, a oxímoron? Algo así como que “la mar océana se secó” o que “una  mujer muda ha empezado a dar gritos”. En Gaztelueta nunca podría suceder tal cosa. Nos tenían acostumbrado a esta idea: eso podrá suceder en un colegio de frailes; pero en Gaztelueta, jamás de los jamases…



Gaztelueta no era ni es un simple colegio de Fomento, sino su buque insignia, fundado en 1951 por iniciativa del mismísimo Escrivá de Balaguer. En él, nada de agregados ni de sacerdotes agregados. Todo está llevadito por numerarios. La crème de la crème. Fue el mismísimo santo fundador el que lo ha impulsado y erigido. Era y es obra corporativa; es decir, una institución dirigida oficialmente por el Opus Dei; no un colegio de esos a los que una fantasmagórica sociedad anónima o cultural confía la dirección espiritual al Opus Dei. Con todo y con eso, aparece un caso de pederastia en Gaztelueta. ¡Toma buque insignia! La reacción de la dirección del colegio y del propio Opus Dei ha sido la de ponerse a la defensiva negando los hechos imputados. (Cfr. Carta del Director de Gaztelueta en Acoso a menores: Colegio Gaztelueta, relativa a lo sucedido en su colegio).

Al poco tiempo de haberse inaugurado Gaztelueta, allá por los años cincuenta, durante una excursión organizada por el colegio, uno de sus alumnos, un gran tipo por cierto —lo llamábamos Peque— sufrió un accidente que no debió de ser grave, pues el tal alumno posteriormente se hizo numerario y más tarde también sacerdote. El accidente no sólo originó una conmoción en la cabeza del muchacho, sino incluso en la cúpula del Opus Dei. El a la sazón Presidente General del Opus Dei —Mons. Escrivá de Balaguer— digirió personalmente cartas a los padres, al colegio y al sursum corda, lamentando lo ocurrido con frases y gestos adecuados entre los que no faltaban las “oraciones” y consideraciones muy atinadas relativas a la situación. Aquellas cosas —un accidente— “no podían pasar en Gaztelueta”, pero como pasaron no se negaron. Se lamentaron. En el caso de la pederastia la reacción no ha sido la misma. El Opus Dei y el colegio se pusieron a la defensiva. Se pusieron en plan exigir que se prueben los hechos.

Tengo entendido que la Santa Sede —ya desde Benedicto XVI— ha cambiado de política —o si se prefiere de “pastoral”— respecto a los casos de pederastia en los que queda involucrada de algún modo la institución eclesiástica. Anteriormente la política —o si se prefiere “pastoral”— practicada consistía en dar a los hechos la menor publicidad posible, trasladar al presunto culpable a un lugar distante y persuadir a los padres y allegados de la víctima de que guardasen silencio. Lo que se pide actualmente a estos últimos con la nueva “pastoral” es que acudan a los tribunales civiles, para que castiguen al culpable y se dejen de miramientos estúpidos relativos a la “buena imagen” de la Iglesia. No hay mejor imagen para la Iglesia que la de no amparar y no esconder a los culpables de pederastia por muy sacerdotes, religiosos o cooperadores orgánicos que sean.

El Opus Dei ha optado por desoír las vigentes indicaciones pastorales de la jerarquía eclesiástica y comportarse a la antigua usanza: largar al presunto pederasta al extranjero, evitar o al menos aminorar la trascendencia del caso en la prensa y negar los hechos, dándolos por hipotéticos, inciertos y no probados. Tengo entendido que lograron el sobreseimiento de la causa. Tal actitud acabó provocando la directa intervención del Sumo Pontífice que escribió de su puño y letra —eso sí que es un quirógrafo—: hoy mismo envío la documentación a la congregación para la Doctrina de la Fe para que instruyan el juicio canónico al educador y al Colegio. Se ha cumplido aquello de “al que no quiera caldo, taza y media”. Pretendían enterrar la causa en el olvido y lo que han conseguido es darle renovada publicidad. El Romano Pontífice ha seguido la praxis usual para que los casos de pederastia no acaben quedando impunes. 

En la carta del Sumo Pontífice se ordena instruir un juicio no sólo al “educador”, sino también y lo que es más importante al “colegio”. En el colegio cabría apreciar no sólo “encubrimiento”, sino algo más: negligencia o quizá “cooperación”. Implicar no sólo al individuo, sino también al colegio, en el proceso canónico apunta a que no se contempla simplemente un caso en el que, con completo desconocimiento de la dirección del colegio y al margen de las actividades escolares, un profesor abusa de un menor. El profesor actuaba pederásticamente ejerciendo como “tutor”; es decir, en el ejercicio de sus funciones institucionales. No está sólo en juego castigar individualmente a un “educador”. Eso es lo de menos. Parece haber algo más. Las declaraciones del padre de la víctima (Cfr. Entrevista al padre del niño abusado en el colegio Gaztelueta) apuntan a que se trata de un delito continuado. Los hechos se sucedieron a lo largo de más de un año. ¿Qué papel jugaba la dirección del colegio en ese dilatado periodo de tiempo?

Oí relatar a Sanjosemaría —no sé de dónde lo habría sacado— que una de las cosas que más había contribuido a que don José Ortega y Gasset comenzase a abrigar cierta animadversión y hostilidad hacia la religión, había sido un caso de pederastia acaecido en su colegio. A ese propósito comentaba:

—Y los últimos en enterarse de esas cosas son siempre los pobres religiosos. Todo el mundo se ha enterado y ellos, no.

En su engreimiento acostumbraba a burlarse siempre de los religiosos —también en este punto—, considerándose superior a ellos. La institución por él fundada, según él, era algo maravilloso y sin tacha. Siempre me ha parecido que en los procesos de canonización, además de demostrarse que un siervo de Dios vivió virtudes heroicas, debería demostrarse que no vivió los vicios opuestos. Sanjosemaría tendría rasgos de humildad, pero soberbia… más todavía. Pero no voy a divertirme por ahí.

En este caso de pederastia, al parecer, el director no se enteraba de nada ¿o quizá hacía la vista gorda? Los condiscípulos de la víctima sí que estaban al tanto de lo que pasaba. Entre otras cosas lo tildaban de maricón por pasarse horas en el despacho del profesor de religión, que es el presunto culpable de pederastia. Demasiada “tutoría”.

Otra cosa en la que la dirección del colegio parece estar al margen de la realidad es en lo del bullying; un bullying conectado con la tutoría del “educador”. Tanto preceptor individualizado, tanto capellán y padre espiritual, tanta atención personalizada, tanto ventilar intimidades, para que posteriormente la dirección del colegio no se entere de lo que se cuece entre los alumnos y entre los tutores y los alumnos. Es muy posible —es una hipótesis digna de ser tomada en consideración—  que el abusador fuese un gran proselitista. En el Opus Dei al que es un gran proselitista se le pasa por alto casi todo.

Gaztelueta tendrá asignado un número de pitajes por año. No creo que sean los famosos 500; pero alguna cifra les habrá sido asignada. A que los pitados perseveren se le da menos importancia, por aquello de que lo importante es que “la labor” se vaya haciendo, porque, aunque muchos abandonen, otros tantos pitan. No obstante, un director al que le despitan muchos numerarios corre el peligro de caer en desgracia. Cuando a un director le pitan y a otro —al cabo del tiempo— le despitan, el más perjudicado suele ser este último, porque no acostumbra a tenerse en cuenta que los despitajes suelen traer su causa en un pitaje indebido. En esto los profesores y tutores de colegio —allí es donde se realiza principalmente la labor de captación— llevan gran ventaja.

            A una pariente mía que preguntaba si se producían muchas bajas en el Opus Dei, le contestaron.

            —En el Opus Dei no se producen bajas.

            A lo mejor sucede lo mismo con lo de la pederastia. En el Opus Dei no se dan casos de pederastia. Según su fundador eso es cosa de frailes. Santa palabra.

            Hasta ahora en Opuslibros se ha tratado este tema yo diría que con benevolencia. En Opuslibros por lo general se ha escrito que tales casos son excepcionales dentro del Opus Dei. Pero ¿quién sabe?

Ese negar la realidad de unos hechos que, aunque al parecer no han llegado a ser probados judicialmente por vía civil, reúnen indicios de ser verdaderos, induce a sospechar que hay más de lo que parece. Hanky panky is going on. Otro gallo les cantaría si, como en el caso del alumno accidentado, los profesores y jerarcas del Opus Dei reconociesen lo sucedido, se deshiciesen en peticiones de perdón y en atender a la víctima con actuaciones distintas de la de rezar y auto exculparse. A Peque hasta le dieron una cruz de palo. Hermosa distinción. En este caso lo que procede es una buena indemnización. La cruz ya la tienen tanto él como sus padres y no precisamente a modo de distinción honorífica.

Gervasio




Publicado el Lunes, 05 octubre 2015



 
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