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 Tus escritos: Pederastia y Opus Dei.- Gervasio

075. Afectividad, amistad, sexualidad
Gervasio :

Pederastia y Opus Dei

Autor Gervasio, 9/10/2015

 

Nada más salir publicado el lunes 5 de octubre de 2015 mi artículo “Pederastia en Gaztelueta”, un numerario veterano me escribió: ¿Pienso que es verdad? Sí, siempre lo he tenido claro. He conocido gente de la Obra que, por lo que manifestaban en la charla fraterna, estaba claro que había tendencias al menos bisexuales y que se concretaban en atracción por los chavalitos que trataban



Y tras otras consideraciones añade: No creo que haya habido, y con los controles que hay en la Obra creo que es difícil que lo haya, un caso tan grave como el del "clan de los Romanones" o la pederastia en EEUU, con relaciones sexuales formales (el subrayado es mío); lo que sí parece claro es que lo toqueteaba y que, aprovechando la inocencia del niño que casi no se daba cuenta, el profesor se daba el lote. Hace tiempo se relató en Opuslibros también un caso en el Colegio Guadalete (Puerto de Santa María) en que uno de los profesores "acariciaba más de la cuenta". Estoy seguro de que esto ha ocurrido muchas veces, sin relaciones sexuales formales (el subrayado vuelve a ser mío), pero con toqueteo y acariciamiento más o menos disimulado, muchas más veces de lo que los directores puedan suponer, estoy convencido de eso. Como ya te he dicho, en ocasiones lo he visto... aunque siempre se puede decir que era jugando o que no estaba ocurriendo o que yo soy un mal pensado, o que yo qué sé.

Esto me hace recordar que un señor del Opus Dei hizo notar al director de turno que un numerario se propasaba, con ánimo de que recibiese la correspondiente corrección fraterna. El director en cuestión no le hizo ni caso. No me sorprende demasiado. En esta web hemos podido leer algunos testimonios, sobre todo de numerarias —que nada tenían de lesbianas— conminadas a abstenerse de ciertas conductas por sospechosas de desviación sexual. En el Opus Dei, como consecuencia de fomentar sin ton ni son correcciones fraternas, son muy frecuentes las correcciones fraternas estúpidas, cuando no indebidas e incluso aberrantes. El resultado de tanta majadería es que al final no hay quien distinga —en este caso el director— una conducta correcta de una que no lo es. Por cierto que la corrección fraterna que se practica en el Opus Dei nada tiene que ver con lo que en el Evangelio se entiende por “corrección fraterna”. 

No sé con exactitud a qué se refiere mi amigo al hablar de “relaciones sexuales formales”. Me da la impresión de que con esa expresión alude a penetraciones anales y quizá también a felaciones y quizá a alguna otra práctica sexual, para distinguir esas actividades de otras que podríamos denominar de menor cuantía o de calificación dudosa, como besos, caricias, achuchones, miradas y comportamientos en esta línea. El numerario sobre cuyo léxico acabo de elucubrar, no se refiere particularmente al caso Gaztelueta, que conoce nada más que por la prensa, sino que habla en general, aunque con ocasión del caso Gaztelueta. Lo mismo yo. Dejo atrás el caso Gaztelueta —que conozco muy superficialmente—, y paso a hablar de la pederastia en general, en su relación con el Opus Dei. Voy a centrarme concretamente en esas prácticas que, en la terminología de mi buen amigo, no han de ser calificadas de “relaciones sexuales formales”. Son las más inmediatas y problemáticas.

A mi modo de ver, el pronunciamiento acerca de la culpabilidad o inocencia en casos en los que no hay “relaciones sexuales formales” no es sencillo, porque la calificación —delictiva, pecaminosa o inapropiada— de los hechos es difícil incluso para los propios implicados. ¿Es delictivo o pecaminoso acariciar a un niño o a la propia novia o darles y darse besos? ¿Acariciar mucho, acariciar poco, acariciar cómo? Un libro de moral católica  que leí hace tiempo, planteaba si es o no lícito manosear los genitales de un niño. Respondía que eso era sólo pecado venial, pienso yo que con la finalidad de tranquilizar a alguna niñera encargada de bañar a los niños, pero sin animarla demasiado. Si se le dice a una madre española o italiana que no puede besar a su hijo —un japonés me dijo que en Japón una madre no besa a sus hijos— monta en cólera y entra en trance de rebeldía. Y lo propio acontecería con un hijo al que se le pretendiese prohibir dar besos a su madre.

En el Estados Unidos puritano los varones no se besan entre sí; ni siquiera un padre besa a su hijo, sino sólo a sus hijas. ¿Por qué no al revés, si se parte de que el padre es heterosexual? Las mujeres se saludan de beso en España; pero los hombres no suelen hacerlo. Según la costumbre italiana, los que se consideran verdaderos amigos siempre nos saludamos con un par de besos, sobre todo si hace tiempo que no nos vemos. Últimamente se da mucha importancia —por influencia quizá del lenguaje televisivo— a distinguir entre el beso en la boca y el beso en la mejilla. Celia Gámez cantaba: la española cuando besa, es que besa de verdad/ y a ninguna le interesa besar por frivolidad. Me puedes dar un beso en la mano/ o puedo darte un beso de hermano;/ y así me besarás cuando quieras,/ pero un beso de amor no se lo doy a cualquiera. En fin, hay muchas variantes de esta canción, de las intenciones y consecuencias del beso y por ahí p’alante.

 El presidente general del Opus Dei tenía el privilegio —no sé si lo siguen usando sus sucesores o era privativo del fundador— de besar a sus “hijos”, aunque no a sus hijas. En una ocasión una de ellas protestó. Era la esposa de un supernumerario que había acudido junto con su marido a visitarlo. El fundador dio un par de besos al esposo, mientras decía a su mujer la consabida broma:

— Con tu permiso, voy a darle dos besos a tu marido.

— La esposa reclamó:

— A mí también.

 

El fundador se negó a acceder a su petición. He visto, en cambio, a sacerdotes del Opus Dei, con su sotana y todo, saludando de beso a las señoras. No me causa buena impresión. Debe de ser que soy poco moderno. Los numerarios saludan de beso a cualquier mujer que no sea numeraria; pero no saludan de beso, sino estrechando la mano, cuando se trata de numerarias. Nada como presentar una mujer a un hombre del Opus Dei, si es que se desea saber si es o no numeraria. No pretendo divertirme con todo esto, sino poner de relieve que la moralidad de los besos es difícil de formular mediante axiomas o criterios generales.

 

Lo propio sucede con otras prácticas y situaciones. Con motivo de hacer la mili he pasado por varios cuarteles. En un determinado cuartel el protocolo de la ducha consistía en desnudarse totalmente, tras la instrucción, dejando la ropa en el propio terreno. A continuación se acudía a la ducha tal cual mamá nos trajo al mundo, para regresar al propio terreno una vez duchado y seguidamente vestirse. En otro cuartel los soldados debían ducharse con un traje de baño puesto. Respecto al desnudo integral en presencia de personas del mismo sexo también he observado en los vestuarios colectivos de Inglaterra y de  países nórdicos criterios muy distintos de los de España.

 

Lo que  pretendo resaltar es que es muy difícil determinar lo lícito y lo ilícito en casos en los que lo que está en juego no es una “relación sexual formal”, sino una caricia, un apretujón, un beso, un aligeramiento de ropa, un pellizco  cariñoso y cosas así.

 

¿Cómo se distingue un abrazo que manifiesta cariño del que se da con intención libidinosa? —continuaba el numerario antes mencionado—. La madeja está servida. Que las cosas se enreden y compliquen no es extraño. Demasiadas pocas cosas ocurren —se refiere por supuesto a lo que acontece dentro del Opus Dei—si se tiene en cuenta lo mal organizado que está esto de la afectividad de los numerarios. La falta de libertad y el exceso de controles dificultan que ocurran más cosas de este estilo, pero está claro que no es suficiente o, mejor, que el sistema es equivocado.

Escrivá afirmaba que él no deseaba fundar nada, hasta el punto de que intentó sin éxito encontrar una institución “dedicada a lo mismo que el Señor le pedía”, para evitar repetir una fundación ya existente. No me lo creo demasiado. Ya se sabe que un “fundador” comme il faut ha de dar muestras de resistirse a fundar o por lo menos hacer el ademán. Sea lo que fuere, estoy convencido de que, por aquel entonces, Escrivá no sospechaba que su fundación acabaría, como tantas otras, dedicada a la enseñanza más allá de lo fundacionalmente previsto.

Sanjosemaría veía con malos ojos que numerarios jóvenes conviviesen con numerarios mayores en un mismo centro. Al respecto había dado instrucciones de carácter general pero tajantes. Sin embargo, en la Región de Italia un conocido numerario M.C. vivía en un piso de jóvenes. La Región de Italia, al parecer también en esto, no le hacía demasiado caso y se lamentaba de ello. Pero, sin lamentarse de ello, en vida del fundador ya comenzaron a florecer los clubs juveniles. Numerario al que le gustasen los niños —¡son tan ricos y tan divertidos!—, al club. Como es difícil hacer pitar a los universitarios ¡a por niños!, que son más fáciles de captar. Muchos mayores se vieron en el trance de hacerse amigos de niños, amiguitos de verdad, porque el proselitismo exige “amistad verdadera” o al menos su apariencia: amistad y confidencia.

Por supuesto, la amistad ha de ser totalmente platónica. Hay que observar las normas de prudencia indicadas por la superioridad. Si se trata de mujeres, todas con mangas. Nada de tirantes, como leí hace poco en Opuslibros. Si se trata de hombres, como explicaba Elcanario en La tentación de los brazos —qué bien que vuelvas a escribir en Opuslibros—, nada de bañadores de competición, que marcan demasiado el paquete, sino pantalonada de las Bermuadas. En esto, como en muchas otras cosas, lo que un numerario debe o no debe hacer se va decantando a golpe de corrección fraterna y de nota interna, hasta que se llega a una tranquilizadora —para directores y dirigidos— uniformidad de conducta, generalmente un poco pacata. Se hace lo previsto presuponiendo que es lo santo. Lo malo es confundir el cumplimiento de las indicaciones generalizadas de los directores relativas a una determinada virtud con la práctica de la correspondiente virtud. Y esa confusión se produce.

Cuando la captación de vocaciones la hacían universitarios con universitarios las cosas eran más diáfanas; pero cuando se trabaja con niños… a falta de pan, buenas son tortas; tanto en el sentido de que se da vida a falsas vocaciones, como en el sentido de que se da cancha a desviaciones afectivas y sexuales. Desde mi punto de vista —vuelvo a citar al mismo numerario— era cuestión de tiempo. Antes o después aparecería una denuncia en un club o en colegio, ha sido en un colegio. Los ingredientes para el pastel están dispuestos.

En alguno de los artículos publicados en Opuslibros el lunes 5 de octubre de 2015 se ha suscitado el tema de la posible sanción y sobre todo la naturaleza de la sanción que se podría imponer a un “educador”, como consecuencia de una denuncia por pederastia presentada ante las autoridades eclesiásticas. La denuncia no daría lugar —entiendo yo— a la apertura de un proceso penal; es decir, un proceso de los contemplados en los cánones 1717 al 173. La causa se tramitará en casi todos los casos por vía administrativa, sin que intervengan órganos judiciales propiamente dichos.

A un laico ciertamente no se le pueden imponer penas similares a las que se imponen a los sacerdotes, como la llamada “suspensión a divinis” o retirarle las licencias para confesar. Pero podría imponérsele alguna penitencia o remedio penal. No parece procedente —diría yo— expulsarlo del Opus Dei a modo de sanción. Es dudoso que tal medida pueda imponerse como sanción. Desde luego para el Opus Dei lo más cómodo sería la expulsión y no tener que apencar con un convicto de pederastia. Para el convicto tampoco sería mal destino abandonar el Opus Dei. Seguro que lo tratarían bien, para evitar que fuese lenguaraz. 

Lo procedente, a mi modo de ver, en el caso de que un acusado fuese considerado culpable, sería una indemnización pecuniaria, con responsabilidad subsidiaria o compartida por parte de la institución implicada en el caso, si es que no nos encontramos ante un delito grave —de una violación o algo así—, sino sólo ante un daño grave. En ocasiones delitos muy graves generan daños de pequeño alcance y viceversa. En este último caso se trata más de reparar con una buena indemnización un daño grave que de castigar mucho al que simplemente ha toqueteado, pongamos por caso, a un niño.

Gervasio




Publicado el Viernes, 09 octubre 2015



 
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