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 Tus escritos: Un palacio en el desierto.- CuG

060. Libertad, coacción, control
CuG :

Agradezco los comentarios a mi pedido de perdón. Y, sí, fue mi responsabilidad hacer lo que hice, como señala Jara y Sedal, aunque haría un matiz.

Yo pasé por tres etapas de conciencia en mi estadía en la Obra.

En la primera, que comenzó el día que cumplí 14 años y medio hasta mis primeros síntomas de depresión -poco después de hacer la fidelidad- todas aquellas acciones de las que me arrepiento (acciones vinculadas con la condición de numerario, no con las de pecador, que las hice y las hago, miserere mei!) las realicé con la conciencia de estar haciendo lo que había que hacer. ¿Tenía una conciencia invenciblemente errónea? Habría que preguntarle a Royo Marín. En todo caso, obraba con una conciencia "cierta aunque errónea".

La segunda etapa, desde la primera consulta al opusquiatra hasta los comienzos de mi salida, mi conciencia se empezó a dividir, como si fuera aquello de la mitosis que uno estudiaba en Biología. Sabía que lo que decía no era verdad pero lo decía igual, sabía que lo que hacía no era correcto pero lo seguía haciendo y ante esas dudas (que mis directores llamaban "juicios críticos") me justificaba diciendo que me faltaba "visión sobrenatural". Sin embargo, el cuerpo -que estaba más sano que la cabeza- se empezó a rebelar: insomnio, ansiedad, desasosiego. Creo que allí mi conciencia pasó a un nuevo estadio: se volvió "perpleja".

La última etapa, desde la reacción hasta la salida, ya me daba cuenta de que todas las acciones que mencioné en mi escrito anterior estaban realmente mal y que no había fin bueno que pudiera neutralizar su deshonestidad, por lo tanto fui evitándolas hasta que mi situación se hizo insostenible.

Entonces cometí la última ingenuidad de mi vida de numerario (la primera fue pitar a los 14 y medio): intentar cambiar las cosas compartiendo honestamente lo que veía con los directores. Y así comenzó la travesía por ese laberinto edulcorado y resbaladizo que tan bien describe el notable testimonio de Novaliolapena. En esa última etapa, mi conciencia ya era "cierta y verdadera".

Una reflexión final: así como en la antigüedad el rey ordenaba matar al mensajero que le comunicaba la derrota de su ejército, en la Obra se procede a aniquilar emocionalmente al que se atreve a decir que "el rey está desnudo". Para eso sí cuenta con toda la farmacopea.

A veces imagino Villa Tevere como un lujoso palacio en medio de un desierto pétreo poblado de cadáveres: decenas, cientos, miles. Son los cuerpos de todos aquellos honestos mensajeros que el rey, en lugar de escuchar, hizo ejecutar.

Me imagino a ese rey (el prelado), inconmovible ante esa multitud de esqueletos, pensando: "¡Qué bien, qué victoria más completa debemos estar logrando!" mientras allá, en el horizonte, otro ingenuo mensajero se acerca al trote, malherido y jadeante. No sabe lo que le espera por el crimen horrible, espantoso, de decir la verdad.

CuG




Publicado el Viernes, 18 diciembre 2015



 
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