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 Tus escritos: La batalla de la conciencia.- Pinsapo

070. Costumbres y Praxis
Pinsapo :

Desde un punto de vista terapéutico y ascético es liberador pedir perdón por actuaciones y conductas contrarias al espíritu cristiano, inculcadas desde tierna edad a numerarios y agregados para seguir la praxis del opus dei. Y es también de Justicia hacer un esfuerzo de memoria de situaciones en que de forma racional y consciente actuamos contra esa praxis y mandatos contrarios a nuestra conciencia moral, ya fuera por repulsión en el iter inicial del camino, o por evolución de un proceso personal de maduración, bien como dirigido o bien como director, tras verificar los entresijos del sistema...



En enero de 2015 el Vatican insider publicó un artículo sobre el fuero interno del Cardenal Piacenza, Penitenciario Mayor, donde propugnaba la primacía de la conciencia, como ya hizo con firmeza el Beato John Henry Newman, algo esencial al hombre “que no acepta ser legitimado de manera caprichosa, de manera fraudulenta, ni por una autoridad fuera de sí mismo.” Al mismo tiempo que denuncia como característica vital contemporánea de la trágica negación de la verdad objetiva, añade “a diario podemos vislumbrar la dramática necesidad de la verdad presente en el corazón de todo hombre, una necesidad que no se puede reprimir ni eliminar, porque fue puesta en su corazón cuando Dios dijo “hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra.”

Al hacer memoria de vivencias personales sobre exigencias del espíritu de la obra con las que no transigí por colisionar con la conciencia, aparece en primer lugar el rechazo a la instrumentalización de la amistad para el proselitismo hacia el celibato, pues de 15 años como numerario sólo en una ocasión me involucré personalmente en provocar la crisis vocacional a un chaval de 15 años, que años después se casó con ex numeraria y mantuvo la vinculación con el entorno por sus condicionantes familiares y personales. Hermanos míos que estuvieron tan solo de 3 a 5 años como numerarios trajeron dos o tres vocaciones al año, algunos son hoy sacerdotes. Tras razonar mi diferente comportamiento, concluí que no siendo feliz como numerario, no podía atraer a un amigo a la infelicidad, aunque sí acerqué a varios a para que fueran supernumerarios.

Al formar parte de consejos vocales de centros durante más de 6 años, siendo su tarea fundamental el proselitismo ad extra y ad intra para evitar la desbandada, se nos insistía a fin de detectar verdaderas vocaciones, si una persona era proselitista y tenía devoción al fundador. El ser más o menos trabajador, casto o piadoso, no era tan relevante; eran asuntos que se exigían con la boca pequeña por considerarse que podían solucionarse más adelante con buena voluntad. Con el tiempo hallé la respuesta a estas carencias: eran señales de que yo nunca tuve vocación, yo pité porque mis cuatro hermanos mayores lo hicieron antes que yo, año a año, y todos al cumplir justo los 14 años y medio, como conté hace un tiempo. Y ese fatal día de invierno en que escribí la carta pidiendo la admisión, acudiendo de manera furtiva al centro, sentí haber hecho algo malo por haber traicionado a la propia conciencia.

Del mismo modo en el viaje a Roma para la beatificación en 1992, contra mi parecer (la opinión propia ni se pide ni cuenta ante la decisión del director) fui introducido como monitor en una expedición colegial de bachilleres con chicos que ni conocía y a los que poco o nada les decía la figura del fundador, en vez de acudir con los compañeros de fatigas del centro de universitarios con tantas experiencias y cosas en común, con lo que el mismo 17 de mayo al terminar la ceremonia y encontrarme con mis compañeros, me “perdí” del grupo escolar y pase todo el día junto a mis compañeros universitarios, apareciendo al final del día en el autobús escolar alegando una pérdida involuntaria (por exigencias de conciencia). Y en esas horas de verdad disfruté de una auténtica fraternidad no encorsetada.

Del mismo modo al terminar el centro de estudios me comunican la decisión de los directores de destinarme a otra ciudad y que inicie los trámites para el cambio de universidad, lo que suponía el traslado desde la prestigiosa Universidad de Sevilla a otra de reciente creación en una pequeña ciudad, con lo que anuncié al poco tiempo que no era posible mi traslado porque mis padres exigieron para seguir pagándome la mensualidad de la residencia no trasladar mi expediente de Universidad. Como es obvio, fue la única salida que dejaron a mi decisión en conciencia de priorizar la mejor formación universitaria posible, pues a mis padres nada les consulté.

Otra actuación en conciencia seguí ante mandato del director que no comprendía ni compartía, fue la prohibición de participar en la liga de fútbol universitaria en horario de clases por carecer de objeto proselitista, pues los compañeros de equipo no cumplían el perfil exigido. Ante el mandato expreso de abandonar el equipo que aducía tales argumentos, protesté, dije que si me iba no estaba en medio del mundo, que el equipo era bueno y llegaría a la final universitaria, y que los valores deportivos y compañerismo eran claves en la formación. Ante la risa cínica del subdirector, reafirmando su negativa ante tan endebles quejas del subordinado, aparenté acatamiento formal, pero por supuesto seguí en el equipo, llegamos a la final, la ganamos… pero nadie del centro se enteró.

Gran satisfacción me produjo primar el mandato de mi conciencia al del director cuando como subdirector de consejo local, próximo el 19 de marzo, se me ordenó que aconsejase en la charla fraterna a un estudiante de primero de Derecho que debía renovar, pese a que con mucha antelación comuniqué que no entendía cómo esa persona había pitado, pues no hacía ninguna de las normas de piedad (ni oración ni Misa diaria), rechazaba como cargas los rezos, retiros, círculos, charlas; y además de carecer de la más primaria vida espiritual, que deseaba formar una familia para lo cual ya tenía varias amistades femeninas. Veía un grave error forzar a algo que no sólo era ilógico e irracional, sino que el interesado rechazaba y le violentaba. A pesar de todo ello, insistieron en que debía transmitir la decisión colegial imperativa de aconsejar la renovación que, por supuesto, no acaté por mandato superior de mi conciencia, por lo que las charlas previas aconsejé al dirigido que debía actuar con plena libertad, por lo que, conforme a toda lógica, no renovó ese día 19 de marzo, que fue de los más felices de su vida.

De forma rotunda afirma Santo Tomás en su libro Sentencias IV 38, 2-5: “Cualquier persona a quien las autoridades eclesiásticas, en la ignorancia de los verdaderos hechos, le imponga una demanda que ofenda contra su clara conciencia, debe morirse en la excomunión antes de violar su conciencia.” Por eso, estos recuerdos nos dan ánimo y esperanza, pues nos invita a creer en la condición humana, ya que ningún condicionante familiar, educativo o social; condicionantes que Ruiz Retegui describe como integrantes de toda “institución vocacional”, nunca podrán ahogar la libertad humana: no somos nunca autómatas, pues hasta el más rígido llega a plantearse en su vida el conflicto entre su conciencia y el mandato institucional que a él solo compete resolver, dado que en tales confines nadie puede interponerse legítimamente entre Dios y uno mismo.

Pinsapo




Publicado el Miércoles, 06 enero 2016



 
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