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 Tus escritos: El hermano numerario del hijo pródigo.- Pinsapo

010. Testimonios
Pinsapo :

 

“El padre dijo a sus siervos: traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" (Lucas 15, 22-30).

Basado en relato de un antiguo compañero de centro de estudios. Habitación 37 del Colegio Mayor Almonte de Sevilla...



Era todo un privilegio tener una individual para un alumno de segundo año, pues a la clase de tropa se le asignaba habitación triple. Los paneles luminosos de la sala de estar y de la sala de estudio con el número 37 se encendían constantemente para avisar de las llamadas telefónicas. Pablo era todo un líder apostólico, de los que caían en gracia a los directores, pues con sus compañeros de la Escuela Superior de Arquitectura llenaba la sala de estudio, meditaciones de los sábados, círculos de San Rafael y campeonatos de fútbol. Fue elegido delegado de curso en el primer año en la Universidad. Consiguió que “le pitara” uno de los compañeros que incorporó a la labor, pese a sus fuertes prejuicios por ser antiguo alumno del Colegio de Jesuitas de la Avenida Eduardo Dato de Sevilla. En un lugar con tan poco tiempo para el trato con los iguales como el centro de estudios, conseguir el pitaje de un chico que ni conocía la obra era colgarse una medalla.

Pablo pitó justo el día en que cumplió 14 años y medio en 1º de Bachillerato, cuando apenas llevaba un mes en el Instituto al que pasó desde el elitista colegio de la obra cuyos exhaustos padres de familia numerosa no podían sufragar. Cada año consiguió incorporar a círculos a unos cinco compañeros del instituto que desconocían la obra, algunos siguen siendo numerarios, uno de ellos sacerdote. Todas las asignaturas con sobresaliente. Gran deportista, todo un triunfador. Sonrisa perfecta, con habilidad para de hacerse del círculo de predilectos del director, elegido para excursiones “top” de esquí a Sierra Nevada. Por su éxito social era un modelo incluso para sus hermanos mayores (casi todos numerarios) más empollones que extrovertidos.

Al año siguiente pitó su hermano menor, no tan modélico ni en estudios, ni en habilidades sociales, ni en la rigurosa piedad. El pequeño Santi fallaba como una escopeta de feria, ni minuto heroico, ni puntual a las meditaciones, más calladito. No trajo ni un amigo del instituto al centro, lamentando la pérdida del protector y exclusivo ambiente del colegio privado, del que se vio excluido como Adán del Paraíso. No conseguía ni un pleno al quince en la hoja de normas, de ducha con agua fría por las mañanas nada de nada, evidenciado por el empañado espejo del cuarto de baño.

Como excepción coincidieron un año en el centro de estudios, pero por supuesto en grupos diferentes y con la advertencia de no realizar ninguna confidencia entre los dos, pues aunque es claro que no se puede prohibir la amistad particular con un hermano, se recomendaba no mostrar al menos en público, muestras de afecto o complicidad. Pablo no paraba de contar anécdotas apostólicas en las tertulias, requerido para contar chistes por esa chispa que destilaba él de forma natural. Se incorporaba a los mejores viajes apostólicos; el menor, cuando todos fueron de viaje a un encuentro con el Papa, se quedó vigilando las obras de un centro de San Gabriel. ¡No parecéis hermanos! ¡Qué diferentes sois los dos! Afirmaban unos y otros en esos semestres de verano en los que, entre los que empezaban la carrera, los de primer y segundo año; se alcanzaba la cifra de 100 numerarios en el Colegio Mayor Almonte, no siendo extraño que hubiera parejas de hermanos numerarios. Los directores para aguijonear el mortecino ímpetu apostólico de Santi, le afligían con odiosas comparaciones con Pablo, tan detestadas e inevitables en familias numerosas en las que otros se llevan la mejor tajada, tanto en los afectos como en el disfrute de los bienes materiales.

Pablo era tan responsable que consultaba quedarse a estudiar en el tiempo de la noche y pese a robar horas de sueño, era el primero en llegar al oratorio para la oración de la mañana con quince minutos de antelación para la lectura espiritual, siempre bien situado en los primeros bancos del oratorio. Y de monaguillo con las vestes académicas, ¡que elegancia!, ¡qué ritmo tan brioso y acompasado con el incensario! Santi llegaba tarde al oratorio, con legañas y al rato quedándose frito en la última fila del oratorio. Tuvo que apuntarse al coro para ocultarse y desaparecer, que solo los demás se luzcan. Ahí sí se sentía realizado, lejos de las miradas incautas y de la presión por ser ejemplar, hasta osaba elevar el tono de voz cuando su corazón quería gritar en tan tenso y tenebroso ambiente: ¡UBI CARITAS ET AMOR, DEUS IBI EST!

En el pasaje de San Lucas, el primogénito de la parábola del hijo pródigo representa a las personas que se consideran a sí mismos justos y fieles, y que dicen someterse en todo a la voluntad del Padre. Representa muy bien a los fariseos y escribas a los que Jesús hablaba. La celosa actitud del hijo mayor nos quiere mostrar que el pecado de soberbia es el que más fácilmente se aloja en quienes profesan una fe basada en cumplir unos ritos y liturgias, olvidando que la fe cristiana consiste esencialmente en practicar la misericordia y no juzgar a los demás. Reprochar a su padre que se vuelque con “ese hijo suyo” (no dice mi hermano) en vez de premiarle a él por su prolongada conducta intachable (“jamás dejé de cumplir una orden tuya”), demuestra que en esa obediencia al padre respondía a un móvil interesado. Y así se nos muestra que quienes se creen los más fieles, acaban inmersos en las sinuosas redes que les anclan al pecado de soberbia.

En tal soberbia caían los fariseos, y hoy caen todos aquellos que se postulan como elegidos desde toda la eternidad, cumplidores de una única y egregia misión divina, integrantes de exclusivos grupos católicos endogámicos a los que el propio Raztinger denunció, al son de los dictados de los directores-profetas por los que en exclusiva Dios manifiesta su voluntad. Precisamente por constatar muchos numerarios que en aquellos centros donde habitaban, ni había caridad ni había amor verdadero, no podía allí encontrarse a Dios, tuvieron que dejar ese camino para no enloquecer, no envilecerse, no avinagrarse, no convertirse en cínicos, no vegetar con el cumplo y miento.

En nuestra historia de los dos hermanos numerarios, grande fue el batacazo del engreído Pablo, que fue el primero en abandonar antes de la fidelidad, pero continuó como cooperador, un cura agregado celebró su boda con una niña bien del colegio de la obra, a donde llevaron sus hijos y disfruta codeándose con la alta sociedad local. Cuando Santi seguía siendo numerario, a Pablo le gustaba pasearse con él, fardando de ejemplar de la aristocracia espiritual en peligro de extinción. Cuando el Santi dejó la obra pasaba ya de los treinta años, en tan lamentable estado de melancolía que necesitó ser acogido en el cálido hogar paterno y cariñoso regazo materno. Pablo se molestó, se ofendió al ver mermado su protagonismo de hermano modelo ante quien siempre toda la familia se había postrado. Tan cumplidor siempre, Pablo era el encargado de las finanzas de la familia, pero en la crisis económica con sus nefastas inversiones, esquilmó los ahorros de toda una vida de sus ancianos padres a quienes hipotecó hasta las orejas, en un vano intento por salvar su pequeña empresa, lo que supuso cobrar el anticipo de su herencia y de parte de la de sus hermanos. Pero el pequeño Santi recuperó en poco tiempo el consuelo espiritual, pues recibió en la casa del padre los mejores tesoros: el “anillo” (signo de la filiación perdida), “las sandalias” (signo de la libertad recuperada), “el traje nuevo” (signo del cambio de vida) y disfrutó del “sacrificio del mejor novillo”, este último como genuina expresión de la fiesta de la reconciliación con la vida, su pasado y su familia.

Pinsapo




Publicado el Viernes, 11 marzo 2016



 
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