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 Libros silenciados: Mi vida en el opusdei. Ya pasó todo, y sin noticias del rejalgar.- Fueraborda

010. Testimonios
fueraborda :

Yo era una niña de catorce años que acababa de descubrir la belleza de la vida, y tenía un enorme entusiasmo con el porvenir que yo creía que me esperaba.

Me enamoraba de todos los chicos de mi pandilla y explotaba de emoción al ser correspondida.

Era de natural buena, entusiasta, desprendida y generosa a veces hasta la heroicidad, -pensaba yo- creo que con un arraigado sentido de la justicia y de la lealtad. (Esto venia en los genes, y lo de la lealtad... ya veréis como lo de la lealtad sobrepasó la barrera de la lógica, y estuvo a punto de hacer de mi un trapo sucio en un rincón)…

 

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Por contraprestación, era vaga, excesivamente idealista, Tímida (aunque nadie se lo crea) y cobarde. Cobarde, pero a la vez amante del riesgo, con el que me gustaba jugar.

Tenía cierto sentimiento religioso, pero totalmente epidérmico. Me permito la grosería de hacer una breve descripción de mi carácter, pensando que sólo así se entenderán algunas cosas.

Como hija de buenos supernumerarios, fui a parar a un club. Club al que jamás hubiera vuelto a no ser por lo bien que echaron el anzuelo: se apoyaron en mí haciéndome creer que era pieza clave para ayudar a otras personas. (No en general, sino con concretas metas a conseguir con determinadas personas para ayudarles en su vida).

De esa forma, "ellas" fueron capaces de que naciera dentro de mí un fuerte vinculo que duraría más de 40 años.

Me he referido a "ellas".

"Ellas" no eran para mí más que unas extrañas señoras que vivían juntas en una "torre" (así se llaman en Cataluña a las villas o chales) donde había una capilla, un sitio para estudiar donde nunca se estudiaba, un salón en el que se reunían con frecuencia para tocar con la guitarra canciones rancheras, y dos enigmáticas habitaciones pequeñas. A una de ellas le llamaban dirección, y allí me llevaban con demasiada frecuencia para hacerme interrogatorios, a los que yo, naturalmente no respondía, pues ciertos temas estaban reservados para mi círculo íntimo de amistades. Amistades que en aquel entonces formábamos una piña inquebrantable, y amistades que más tarde o temprano, perdí. Si, perdí a mis mejores amigas, una detrás de otra, a medida que por indicación divina, les iba planteando la crisis vocacional. Esa fue mi primera traición y mi primera herida en el alma.

Y es que me acababan de enseñar aquello de "obedeciendo no te equivocarás nunca" y allí empezó mi larga carrera de obediencias y equivocaciones.

Como ya habréis comprendido, en una de aquellas encerronas en "dirección", me vencieron.

Llevaba meses teniendo que escuchar con ocasión y sin ella, que Dios me había llamado desde la eternidad (¿seria verdad que se dirigía a mí como Paloska?) y me necesitaba para transformar la sociedad. Que me esperaba una feliz vida en tierra, y eternamente feliz en el cielo. Que Dios no se dejaba ganar en generosidad, y muchas más promesas fantásticas. Y no es que yo fuera masoquista y me presentara en aquella habitacioncita voluntariamente... No. Es que me iban a buscar al colegio, es que a causa de una larga enfermedad en la que debía guardar reposo, se aprovecharon de mi situación y no supe sacudirme de una vez por todas esa pesadilla. Y en una de ellas, sucumbí, y para colmo de males, llevé a mi mejor amiga para que escribiéramos la carta juntas. Como buena adolescente que era, no actuaba en solitario. (Perdóname, R.M)

Como la táctica de darme responsabilidades les había funcionado bien conmigo, no dudaron en cometer el crimen de poner el alma de muchas recién pitadas en mis manos. Yo recibía charlas como quien hace rosquillas, y daba las clases de la primera formación, y me encargaba de los medios de formación de un montón de desgraciadas de las muchas que caían en la trampa durante aquellos fructíferos años sesenta, donde las adscritas se multiplicaban como setas.

Con este carrerón, os imaginaréis que salí del centro de estudios ya de directora modelo.

Fueron mis años de triunfo, yo me veía como la mujer de moda. Numeraria ideal, el Telva personalizado. La mujer hueca, la marioneta opusdei rifada por las directoras que producía pitajes a ritmo vertiginoso. La cumbre, naturalmente, ese nombramiento de Inscrita, que fue halagüeño cara a mi vanidad sobrealimentada, pero en el fondo, siniestro.

Me daba perfecta cuenta de que las directoras estaban haciendo conmigo un monstruo. Era una imagen, pero vacía. Me explico: Todas las directoras conocían, porque yo era salvajemente sincera, que hacer las normas me costaba un h... y la yema del otro. Que mi oración mental consistía en "hacer listas", porque no sabía hacer otra cosa. Listas de pitables, listas de mortificaciones, listas de encargos, listas de correcciones fraternas... Muchas listas. Sabían que detestaba mi vocación, y anhelaba que un día me dijeran: vete, no sirves. Pero ese chollo a mí nunca me tocaba. Sabían que detestaba al fundador (cuanta violencia me tuve que hacer para llamarle "nuestro padre", porque no sé qué me chocaba más, si la forma o el fondo) y sabían que me negaba a hacer novenas y a difundir estampitas, por coherencia con mis principios seculares, decía yo. Y porque no le veía en absoluto ejemplar, y porque me daba grima. Esa es la palabra: me daba grima mi vocación. Me daba grima vivir en un centro, y no en una casa. Me daba grima que me presentaran como "la directora", me daba grima ponerme la bata blanca, ya no digamos el velo. Y me daba mucha, muchísima grima que se pusieran de pie cuando entraba en la tertulia. Mi padre, siempre se ponía de pie cuando así estaba una señora, pero esto de que en las tertulias señoras hechas y derechas se sentaran en el suelo... Y que se levantaran cuando yo lo hacia... ¡Y que me preguntaran si se podían comprar unas medias...! Y me daban mucha grima los días de excursión, porque llevábamos nuestros bocadillos en unas tediosas bolsas de plástico blanco en vez de comer aunque fuera en una taquilla del lugar, como todo hijo de vecino, y me sonrojaba hasta el extremo entrar en el aseo del bar del pueblo sin gastar una simple consumición, y tantas cosas más! En fin, vivía en una pura grima.

Y sabían lo mucho que yo me aburría en los medios de formación, y que me quejaba de la delación de la corrección fraterna, y que otra de mis grimas era la "enmendatio".

Y sobre todo, sabían lo peor: que yo perdía la fe a chorros. Pero no parecía importarles.

Y ahora denuncio la gravedad de este hecho. La frivolidad con la que se tomaron que Yo estaba perdiendo la fe a chorros!!! Y que como única respuesta, siempre la misma copla: es que Dios te quiere mucho... Solo es la noche oscura del alma. Como a nuestro Padre, como a santa Teresa...

Esta facilona, simple y mentirosa respuesta a quien pide auxilio por padecer un síntoma tan grave, demuestra una vez más lo poco que le importa a la institución la salud espiritual de los suyos, lo poco que le importa la persona. ¿Y las almas que estaban bajo mi cargo?

Nada importaba si yo funcionaba. Yo obedecía, yo no daba problemas, en mi centro el ranking de pitajes era alto. Qué más querían? Supongo que les molestaba que yo fuera a complicar las cosas con "problemas personales". Nada, nada, no te preocupes... Tú sigue como hasta ahora, que producir es lo que importa.

Y así andaba la cosa cuando un día, aquella numeraria ideal que no pensaba porque sólo obedecía, vino a molestar con otra ocurrencia que como lo de la fe, les incordio mucho.

Y es que de repente, me di cuenta de que dentro de poco pasaría a ser una cuarentona. ¡Y cómo iba a cumplir cuarenta tacos y no haber hecho nada serio en la vida? ¿No tendría yo que ponerme al día en lo mío, trabajar y ganarme el pan en una empresa distinta a la opusdeistica, cotizar, como todo hijo de vecino, y tener unos compañeros con los que codearme, que como todo hijo de vecino tuvieran verdaderos problemas, preocupaciones serias, y un estilo de vida como el común de los mortales, totalmente desconocido para mí? ¿No repetía yo en los medios de formación que todos debíamos estar preparados para santificarnos en el trabajo "en la calle" pues no íbamos a ser directores in aeternum? Y creyendo que actuaba con el mejor espíritu, así lo planteé.

Pero de nuevo en esa obra tan de Dios, esto debió caer muy inoportunamente, y me dieron con la puerta de narices. "No es que seas insustituible, pero ahora no tenemos otra persona. No debes preocuparte, que la obra es madre guapa, y velara siempre por ti".

Y en aquella respuesta de una directora, creí apreciar por primera vez, un tono algo frío y distante; parecía que mi propuesta no había sentado muy bien. Primer desconcierto. Ya veréis lo que paso...

En la próxima actualización, espero.

Un cariñoso abrazo estival,

Fueraborda

 

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Publicado el Lunes, 11 julio 2016



 
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