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 Tus escritos: Preguntas cómo se podía aguantar ahí dentro...- U2

020. Irse de la Obra
U2 :

Hola Fueraborda:

leí con mucho interés tu historia, que es como para quedarse sin respiración una semana.

Preguntas ahora cómo se podía aguantar ahí dentro sin asfixiarse del todo; intento responder con mi experiencia. Pité un poquito antes de tener los 15 años y estuve veinte años. De esos, casi siempre llorando y lamentándome de –supuestamente- tener vocación. ¿Cómo pude aguantar tanto? Primero, no quería irme al infierno (el que pone la mano en el arado, el joven rico, el rejalgar…) y segundo, no todo fue malo, también hubo buenos momentos y me lo pasé bien. Sí, lloraba en la oración cuando nadie me veía, lloraba en la charla, lloraba cuando había algún curilla mayor, comprensivo, que me entendía y escuchaba con cariño; lloraba cuando no podía ir a las bodas de mis hermanos, cuando tenía que preguntar cosas absurdas que un niño de siete años ni les consulta a sus papis...



Lloré cuando suspendí varias asignaturas de mi carrera de Letras porque no podía leer los libros- pero sí podía hacerlo una adscrita que tenía que aprobar la selectividad para irse al Centro de Estudios a Italia-. Y me enfadé cuando en Septiembre sí me dieron ese permiso para leer esos libros que en Mayo estaban prohibidos y eran sanos, puros y castos. Y, sobre todo, lloré cuando empecé a enfermar con una depresión que en unos tres meses me llevó a perder trece quilos y nadie lo advertía excepto las pobres supernumerarias a las que atendía, que – tipo madre, no hacían más que preguntarme que si estaba bien.

No quiero ni recordar ese momento, pues cualquiera que haya padecido una depresión severa sabe cómo se sufre. Recuerdo mirar por el patio de luces del centro donde vivía y desear tirarme para acabar con todo. Como sabía que eso no se podía hacer, y que de aquel túnel se podía salir, a fuerza de pastillas y echarle valor, acabé con la depresión.

Al mismo tiempo que yo estaba en esa situación, al menos otras tres numerarias del centro tomaban pastillas, se acostaban antes y hacían planes algo especiales, supongo que por el mismo motivo que yo. Cuando peor estaba, enfermó otra de la labor con señoras y me añadieron a mí un grupo más para atender. Como yo decía que no podía más, pero las atendía, siempre me caían más y más encargos.

Por si los domingos me aburría, me pusieron a darle las clases de la primera formación a una señora que vivía muy lejos y era el único día que podía ir al centro. Por las tardes y el sábado por la tarde, tenía otro encargo superlaico, que era lavar y planchar todos los lienzos del oratorio. (Tengo que decir que se me daba muy bien,) Bien, pues ahí, medio a escondidas, aprovechaba para oír música en la radio. Esa era una de las formas de desconectar un poquito. Por este motivo, me hicieron alguna corrección fraterna. El domingo por la tarde noche tenía que preparar la cena, es decir, todo el finde “de oca a oca y tiro porque me toca”.

Como me encanta leer, intentaba hacerlo el mayor tiempo posible, y como era la encargada de tener el fichero interno al día, miraba qué lecturas estaban incluidas entre el 1 y el 3 de su famosa clasificación y leía los que me parecían. Ahí siempre tenía algún toque que me daban en la charla porque me veían leyendo, pero siempre tenía la excusa de decir que lo necesitaba por mi trabajo, lo cual muchas veces era verdad. El periódico intentaba leerlo de cabo a rabo, si es que andaba por la sala de estar, esa era otra forma de ir tirando en plan higiene mental. Muchas numerarias, con la excusa de ir a hacer una romería, salían a pasear. Seguro que rezaban el rosario, pero era el motivo para poder salir de casa. También me ofrecía para echarle una mano a la administradora y le iba al super a comprar, por lo que cuando me salí, no estaba fuera de lo que sabe la gente normal.

Pues esos eran mis respiraderos, inocentes por demás, como puede comprobarse. Desde luego que siempre fui una pardilla, pues seguro que algunas personas hacía más bien lo que querían. De hecho, siempre que planteaba muy muy en serio que me iba a ir, me ofrecían más descanso, tener coche para ir al trabajo, horarios relajados… es decir, que se puede ser del Opus en dos, tres o cuatro velocidades, como bien se ha podido leer en esta web con testimonios muy concretos. Digo lo de pardilla también, porque aunque todo me costaba tanto, no podía entender el estar pero sin estar y llevar doble vida. Por eso, cuando “peté”, se acabó la historia y hasta hoy. Pero mientras fui, fui.

A propósito de cosas que le gustaban a la gente para desconectar, creo que eran a veces bien sencillas e incluso infantiles, vistas desde la perspectiva de la gente que hace lo que le parece bien en cada momento y no lleva esa vida llena de normas absurdas. Por ejemplo, que hubiese un pequeño aperitivo, tipo cacahuetes, porque era fiesta C., o que en la tertulia se tocase la guitarra y se cantase, porque así no había que intentar hablar de cosas apostólicas siempre ni estar siempre con sonrisa postiza y forzada o pensando en que, ya que Pepita se dormía casi siempre, ibas a tener que consultar una corrección fraterna, en vez de pensar que la pobre Pepita se dormía porque estaba empastillada o porque había trasnochado haciendo las cuentas del centro o corrigiendo exámenes porque era la evaluación en el Instituto y el día anterior, mientras sus colegas corregían y corregían, ella había estado atendiendo al retiro de señoras, dado un círculo, oído dos charlas y preparado un informe para la Delegación.

También tenían mucha aceptación las películas. Eso sí, limpias, castas, pasadas por la censura, a veces hasta lo absurdo. Recuerdo los enfados que me producía ese infantilismo de cortar lo que no tenía por qué ni ofendía a Dios pero sí al sentido común. En la película "El mejor", Rober Redford estaba en la cama con una chica. Ella le tocaba el pecho. La numeraria pasaba esa escena corriendo y, de repente, la chica odiaba al protagonista sin sabe por qué. Si no recuerdo mal, ella descubría una herida en sus pectorales y se daba cuenta de que era malo. Por supuesto, no había ningún desnudo más que el pecho del Robert. Para ver una peli así, sin saber por qué pasaban las cosas, pensaba yo, supongo que otras muchas también, que no merecía la pena ni sentarse en el sofá. Pero bueno, era otra manera de escape de la triste realidad. Incluso había gente que estaba mucho rato en el oratorio, alguna medio dormida porque era un sitio donde normalmente no interrumpían a nadie ni la llamaban para nada si no era muy urgente. Recuerdo una Numeraria que era médico y cuando la llamaban del trabajo, la empleada le decía al compañero: no puede ponerse, que está en el oratorio. Y el colega le decía, pareces budista, chica, siempre estás en el culto. No hubo manera de que la empleada le dijese otra cosa al médico…

Creo que eras tú, Fueraborda, la que hablabas del tema del diario del centro. Entiendo lo que dices de escribirlo sin ningún tipo de estilo personal ni iniciativas. Estuve muchísimos años escribiéndolo. Lo hacía ya con los ojos cerrados: todo tenía que ser muy positivo, todo apostólico, todo genial, todas encantadoras, todo de un perfecto color de rosa. Por ejemplo: “Hemos tenido tertulia con…. de la Delegación. Nos anima, de parte del Padre, a ser más apostólicas, con lo cual, redoblamos nuestras oraciones para que… sea pronto supernumeraria”. Por supuesto, siempre se ponía una inicial y no el nombre completo, si no recuerdo mal.

Bueno, pues espero haber resuelto alguna de las cuestiones que proponías sobre cómo sobrevivir y no morir en el intento, al menos, desde mi experiencia personal.

Para Dionisio: Sí, las mujeres al menos en la obra, puestas a hacer la cusqui o a ser buenas, son más sibilinas que los hombres, y pueden machacar o animar creo que más que los varones. Y espero que no se me acuse de misoginia ;)

Saludos
U2




Publicado el Viernes, 09 septiembre 2016



 
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