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 Tus escritos: De cómo conocí a Dionisio y otras circunstancias.- Dionisio

010. Testimonios
Dionisio :

Querida fueraborda:

Yo creo que sí tuve momentos felices, muy buenos ratos e incluso algunas temporadas bastante buenas, nunca más de unos pocos meses en el mejor de los casos. Creo que todo empezó porque pité ilusionado, con ganas de cambiar el mundo y de ser fiel. Eso ayuda a que los inconvenientes los superes relativamente bien, al principio, quiero decir.

Desde luego no recuerdo como momentos felices las charlas fraternas, aunque tampoco las recuerdo como momentos agónicos con lágrimas y mocos, nunca. Eran tediosas, previsibles y espantosamente aburridas. Para cambiar las cosas yo procuraba que los que tenían que hacer la charla conmigo se divirtieran un poco. Les contaba chistes, o les decía cosas que no se esperaban, o tonterías por el estilo. La confesión semanal aburrida de muerte, pobres curas tener que escuchar unas confesiones insulsas de tipos que no tenían nada que decir sólo porque estaban obligados a hacerlo...



Las tertulias usualmente eran como un cilicio en el cerebro. Dos diarias. Qué espanto. Sin embargo, debo decir que recuerdo con una sonrisa todavía, cómo nos reíamos con algunos que tenían dotes especiales para la gansada. Recuerdo una tertulia de medianoche, debía ser Nochebuena o algo así, en la que uno se puso a contar chistes sin parar, enlazando uno con otro, y así estuvo durante dos horas hasta que la gente lloraba de la risa, se revolcaba por el suelo, nos dolía la barriga de tanto reír, le suplicábamos que terminara de contar chistes porque podríamos acabar en urgencias con alguna cosa mala. Recuerdo también varias tertulias, que en realidad no respondían al formato de las tertulias diarias, con Rafael Escolá, muy conocido entre los varones de España y de bastantes países americanos, en las que contaba unas historias fascinantes con habilidad y con gracia. Eran particularmente famosas las de su experiencia en la guerra civil, especialmente la del moro loco, y otra en la que describía por menudo y con toda seriedad fingida los cientos de usos de la palabra cojones en el lenguaje vulgar español. Era impresionante como te hacía reír sin parar y ponía cara casi de no entender de qué nos reíamos. Fuera de eso, una tertulia era algo que si podías evitar lo evitabas.

De los cursos anuales creo que solo recuerdo con verdadero agrado el primero, en el que nos juntamos un verdadero ejército de recién pitados, sin criterio alguno y con ganas de hacer el ganso. Aquello en cierta forma se les fue de las manos y creo que no lo volvieron a hacer, pero nos lo pasamos bomba los jovenzuelos irresponsables que nos juntamos allí. En ese curso anual le empecé a tomar cariño a mi doble: Dionisio, el Areopagita. Los demás cursos anuales jamás llegaron al mismo nivel. En el mejor de los casos eran pasables si es que no coincidías con alguno de los neuróticos de la zona, que no eran pocos y eran perfectamente capaces de amargar la convivencia en cualquier circunstancia. Las excursiones de los cursos anuales eran absolutamente bochornosas y solo se explica que uno las superase echando mano a motivos sobrenaturales de primer orden.

La excursión mensual me la montaba por mi cuenta y si acaso invitaba a acompañarme a alguien con quien tuviera algo de afinidad. Algunas salían bastante divertidas. Recuerdo una vez que un cura me pidió que le acompañara, porque nadie más quería hacerlo, y nos lo pasamos relativamente bien. En lugar de paseo semanal, prefería hacer deporte y verdaderamente servía para que los tornillos no se aflojaran demasiado. Eso es algo que le recomiendo a todo el mundo que esté pasando un mal rato. Ejercicio vigoroso para mantener la mente a salvo.

Los cursos de retiro me activaban la vena mística y no diré que me hacían feliz, pero puedo recordar algunos en los que por momentos podía creer que iba a levitar o a tener visiones. Eran tiempos muy fuertes en la actividad espiritual sin llegar a excesos perniciosos. Nunca se me hubiera ocurrido ver una película a escondidas, ni leer algo profano.

Los cumpleaños eran un verdadero sufrimiento. Los odiaba con toda mi alma. Hubiera preferido que me ignorasen a que hicieran todas las idioteces que hacían sin poner ni un poquito de corazón. Se hacía porque tocaba y se notaba. Repelente. Mi 40 aniversario lo recuerdo con especial rechazo. Era todo tan falso y tan repulsivo, a lo que tenías que corresponder con tu mejor sonrisa y aparentar que estabas muy emocionado.

Las fiestas de Navidad de pena. Frente a la autenticidad de lo familiar y doméstico, de los verdaderos amigos, aquello era todo tan falso. Para mí solo se salvaba la Navidad por el trabajo inmenso de las administraciones.

Los mejores momentos que recuerdo de mis años en el lado oscuro serían probablemente los que dediqué a la labor de san Rafael. Que suelen ser los tiempos en los que tienes más ingenuidad, que te haces pocas preguntas, que te sobra energía para hacer mil planes divertidos y que no tienes ni idea de qué va la cosa. Después te vas a encontrar con gente que está completamente quemada, con gente que lleva armadura a prueba de hachazos, con amargados profesionales y empiezas a darte cuenta de la verdadera personalidad de los directores de más arriba. Cuando eso pasa, yo recuerdo que mi mejor defensa era tener trabajo fuera de casa, algo que me permitiera respirar, resolver problemas reales y no chorradas neuróticas. Probablemente eso te hubiera pasado a ti si hubieras podido montar tu negocio de ropa sin esa persecución que te montaron, y probablemente te lo hubieras pasado bien tratando con la clientela y los proveedores. Así se explica que no me volviera loco en aquellos largos años. Tenía mis trapicheos, ganaba algo de dinerillo y me tenían siempre disponible para atender TODOS los retiros y convivencias de san Gabriel sin que me perdiera ninguno, que en total serían unos quince al año. A cambio gozaba de un cierto grado de libertad.

Recuerdo algo, que me parece que no he contado aquí. Fue una cosa muy extraña a la que no he conseguido encontrar explicación. Fui a un santuario mariano, sin ningún motivo en especial, sin ningún problema o trauma, sin crisis, y me senté tranquilamente en un banco, no recuerdo si me puse a rezar el rosario, o simplemente meditaba, el caso es que sin previo aviso, sin tener una causa conocida, sin poderlo impedir, me puse a llorar, las lágrimas caían a chorros, sin parar, y no solo eso, sino los sollozos, sonoros, saliéndose por la garganta y montando un espectáculo público, creo que hasta se me caían los mocos mezclados con las lágrimas entre unos gemidos profundos. No sé qué pensaría la gente, el santuario estaba lleno, quizá pensarían que era una conversión milagrosa de un ateo endurecido, o que era una reedición de Raymon Llull llorando por sus pecados… qué se yo, pero aquello fue un show completo. Yo ni me esforcé en disimular. Ese llanto me daba paz, yo no era llorón, en absoluto, tampoco lo digo con orgullo, es un dato. Yo debía andar por los cuarenta y pocos, y todavía no estaba en crisis con el lado oscuro, aunque me parece, supongo, que aquel llanto fue como una especie de desahogo por el completo vacío emocional que vivía con “mi familia sobrenatural”.  

Para mí, ya lo he contado hace tiempo, lo peor fue descubrir que no me fiaba de los directores, que no jugaban limpio, que maltrataban a otra gente (no a mí), que todo estaba relacionado a números: dinero, charlas, asistentes a retiros, confesiones, cooperadores, aportaciones... Cifras, cifras, cifras. Pero sobretodo el dinero. Te seguro una cosa, fueraborda, si tú hubieras tenido un sueldo de diez mil euros al mes o expectativa de una herencia importante a ti no te tocaba nadie. La veneración al dinero de esa gente es enfermiza. Si alguien les traía dinero, todo lo demás se excusaba. Recuerdo con claridad el momento y el lugar en que, haciendo oración, me di cuenta de que ayudar al lado oscuro era cooperar al mal. En ese momento me desenchufé. Pero no dije nada, preparé mi marcha y cuando estuve listo me fui sin decir ni adiós, dejando las llaves con una nota y la carta de despedida al jefe de Roma. Ya sabía que harían todo lo posible por volverme loco y no les di el gusto.

Me parece que con esto he contestado a todas tus preguntas. De todas formas, debo aclarar que el grado de libertad que en general disfruta un numerario no se parece en nada al de una numeraria. Ni de lejos.

Un cariñoso abrazo,

Con el ruego al Buen Pastor para que María del Carmen Tapia tenga el descanso eterno que se merece y la resucite en el último día para gloria de Verdad y la Justicia.

Dionisio, el Areopagita.




Publicado el Viernes, 09 septiembre 2016



 
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