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 Correos: Tú a lo mejor me quitabas el hipo…- Shukem

070. Costumbres y Praxis
Shukem :

Hola a todos:

 

Hace unos meses que leo esta web con auténtica fruición, pero por un motivo o por otro, nunca me había decidido a escribir. Hoy, sin embargo, tras leer el último escrito de Stoner sobre los numerarios que no miran a las mujeres a los ojos, me he animado a hacerlo.

 

Stoner, te hablo como mujer y como exnumeraria que lo fue durante diez años. Precisamente por eso, yo no tuve trato alguno con numerarios, pero es obvio que conocí a bastantes sacerdotes numerarios. Pues bien, puedo decirte que a quienes recuerdo con más afecto fueron precisamente aquellos (dos, no más) que se dignaban mirarnos a los ojos con naturalidad y afecto. A ninguna mujer, sea numeraria o no, le gusta que se dirijan a ella sin mirarle a la cara. Cuando yo era numeraria, y ante todo mujer, agradecía que el sacerdote me mirara a los ojos, que me sonriera con naturalidad, que me viera como una mujer (siempre dentro del más fraternal afecto, por supuesto).

 

Recuerdo que uno de estos sacerdotes era un auténtico poeta; tanto era así que incluso lo comentábamos entre nosotras. Coincidí con él en varios cursos anuales de numerarias y predicaba unas meditaciones maravillosas acerca del Amor, era muy sobrenatural y a la vez muy humano. Pero, sobre todo, se agradecía que cuando nos impartía alguna asignatura de teología, lo hacía mirándonos a cada a una, -no al suelo, a la ventana o la pared-, y recuerdo que, incluso al darnos la Comunión, ¡nos miraba a la cara! Al fin y al cabo, la cara es el reflejo del alma, ¿no es cierto?

 

El otro sacerdote cuyo cariño no olvido era el de mi Centro de Estudios. Éramos alrededor de cien chicas jóvenes, llenas de vitalidad e ilusión. Al ser tantas, la verdad es que el trato era bastante impersonal y una llegaba a considerarse “una más” entre la multitud. Las directoras eran muy exigentes, de trato poco cercano y alguna incluso desagradable y arisca. Sin embargo, recuerdo que el trato con el sacerdote era distinto, personal, lleno de afecto: te lo cruzabas por un pasillo y te miraba a los ojos con una sonrisa; impartía una charla sobre el espíritu de la Obra y te miraba a los ojos; te confesabas con él y te trataba con cercanía y sentido del humor; en resumen: te sabías querida. Antes de finalizar el centro de estudios, a otra alumna y a mí nos propusieron trasladarnos a otra Región y ambas aceptamos encantadas (tal vez otro día escriba sobre ello…). Antes de irnos, la última vez que me confesé con él -con bastante pena, la verdad- él se despidió con palabras de afecto, de auténtico cariño fraternal y sentido del humor: “Bueno, ya tendremos noticias vuestras a través de Noticias (en efecto, mi nueva Región parecía que tenía una sección permanente en la revista interna). Ya os iré viendo en las fotos: a ti con tal vestido y a Fulanita (la otra numeraria) con su jersey de Snoopy”. Se notaba que se fijaba en esos pequeños detalles de cada una, que nos miraba y apreciaba.

 

Como contraste, Stoner, siento verdadera lástima al recordar el trato despectivo que nos dispensaba a las numerarias un cierto sacerdote de la región a la que me trasladé. No nos miraba jamás a los ojos. Por lo menos, así de contundente lo recuerdo: jamás. Era algo antinatural, desagradable en grado sumo; no sabías si hablaba contigo o con una pared... La persona que representaba al Padre en la Región, aquel que más cariño fraternal debería demostrarnos, no nos trataba con el cariño que “precisábamos”. (Digo esto, además, porque la labor en esa Región era harto difícil, era como vivir la vocación en la clandestinidad). Volviendo al tema: vivía en ese país una numeraria con un carisma extraordinario, en todos los sentidos. Una mujer de diez. Yo creo que todas la admirábamos por una u otra razón. Un buen día, como no podía ser de otra manera…, la susodicha dejó la Obra. Al poco tiempo de ocurrir, el sacerdote en cuestión nos impartió el retiro mensual a las numerarias de la ciudad. Estábamos allí todas. En la meditación, aunque no recuerdo las palabras textuales, nos dijo de manera muy despectiva que las numerarias éramos unas bobas, tontas y simples, que perdíamos la cabeza “por el primer hombre que se dignaba decirnos algo bonito”. Me quedé estupefacta, me sentí profundamente herida, como mujer y como numeraria. Resultaba evidente que lo decía a colación del caso de la numeraria que había salido de la Obra (la mujer “de diez”, os recuerdo). Yo no salía de mi asombro y pensé: “¿Dios mío, qué sabrá él (el sacerdote con el más alto cargo de la Región)…? Si no nos mira a la cara, si no sabe ni de qué color tenemos los ojos… Pensará que somos todas unos cocos, que intelectualmente no valemos un pimiento y que no hay hombre que se interese por nosotras”. ¿¿¿El primer hombre, ha dicho?? Si yo le contara, Don X, (y por mucho informe interno que leyera sobre mí, él no podía saber lo siguiente porque no me parecía correcto contarlo en la charla a la directora o al sacerdote) la cantidad de veces que me han dicho algo bonito, que me han pedido el número de teléfono, que he tenido que rechazar una invitación al cine, a que me acompañaran a casa o incluso una proposición descaradamente indecente de un hombre “hecho y derecho”. Bastantes veces, muchas más de las que imagina. Yo siempre había dicho “no”, aunque me había sentido halagada y hasta atraída por quienes me lo habían dicho. Yo he relatado mi experiencia, pero el resto de mis “hermanas” eran, seguro, mejores y más dignas que yo. Viví en varias ciudades y varios países, así que conocí a bastantes numerarias: unas eran muy inteligentes, otras excelentes profesionales (con trabajos que cualquier ejecutivo envidiaría), muchas tenían una educación y modales exquisitos, algunas verdaderamente bonitas, etc. Precisamente, recuerdo haber ido por la calle con la directora de mi centro, una mujer despampanante, y haber sido testigo de los piropos que le dedicaban; y sé de otra numeraria joven a la que una supernumeraria le dijo: “Fulanita, qué lástima, con lo guapa que eres, ¡podrías tener el marido que quisieras!” El colmo fue cuando, al llegar a otro país, me llamó soberanamente la atención una señora con una clase y una belleza extraordinarias, parecía una actriz de Hollywood. “Qué supernumeraria tan guapa”, exclamé. “Nooooo, no es supernumeraria. Es Fulanita, de la Asesoría Regional”. Anonada me quedé.

 

En fin, Stoner, que me he ido por las ramas, me pierdo en los recuerdos. Insisto, que tú mires a una mujer a la cara debería resultar algo natural; basta con no mantener tu mirada en su mirada. Lo contrario, mirar al suelo, al infinito, a la blusa (muy gracioso y lógico lo que comentas del escote) nos resulta raro y desagradable. Al fin y al cabo, si tienes tu corazón lleno de Amor a Dios y ves una mujer guapa, ¿no sientes necesidad de dar gracias por la belleza que Él ha sabido crear? Al menos yo, cuando veo un hombre de esos que quitan el hipo, eso es lo que hago: alabar a Dios.

 

Si no te importa, te envío un par de besos, Stoner. O un saludo, si lo prefieres. Yo estoy felizmente casada y tengo unos cuantos retoños, pero si te viera, te miraría a la cara seguro; espero que tú también. En mi escote no te ibas a fijar ni borracho, pero tú a lo mejor me quitabas el hipo… ;)

 

Shukem




Publicado el Viernes, 19 mayo 2017



 
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