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 Tus escritos: Lo que nadie puede imaginar.- Solitudine

010. Testimonios
solitudine :

Lo que nadie puede imaginar

Solitudine, 15/11/2017

 

Podéis comenzar leyendo un escrito que envié el 31 de marzo de este año y que titulé: Ningún director rectifica”. Mi testimonio no tiene valor si lo comparamos con el reciente escrito de Jacinto Choza, pero contarlo sirve para que los que aun dudan se decidan a no entrar.

Después de reflexionar que no tengo miedo a nada ni a nadie quiero compartir con vosotros algo que me hizo sufrir mucho durante años.

Un lunes a las 8,30 de la tarde circulo breve. Yo llevaba un tiempo empastillado y relegado de la vida del centro por mis discrepancias. Ese día me encontraba muy cansado. Decidí cenar algo rápido. Me tome la pastilla de dormir y me acosté, sin pensar por supuesto lo que esta decisión podría suponer.

Llevaba más o menos tres cuartos de hora dormido cuando de golpe se abre la puerta de mi habitación. Con gritos y llamándome por mi nombre el director del centro irrumpía dispuesto a presentar batalla y ganarla. Se acercó a mi cama y gritando empezó a darme bofetadas para despertarme. Yo ya había cogido el primer sueño y me costó mucho despertarme. Lo intenté y aunque oía lo que me gritaba, no fui capaz de abrir los ojos. Estaba fuera de sí y gritaba: ¡ahora te vas a enterar quien soy! Como pude me incorporé y a empujones me sentó en el sillón. Cogió una toalla la mojó y empezó a darme en la cara con mucha furia. No puedo repetir los insultos, los oía todos. Cuando se cansó de darme en la cara con la toalla siguió por todo el cuerpo. No contento, dejó la toalla, y siguió con pellizcos en toda la cara. Me dolían muchísimo, pero era incapaz de responder con violencia ni levantarme del sillón. Una de las cosas que oí fue: “Ahora querrás que te llevemos a urgencias, que venga una ambulancia, pues no vas a ir a ningún sitio ni va a venir una ambulancia” (si pensaba que estaba drogado o me había tomado más pastillas de lo normal, lo lógico era avisar a urgencias, sino no entiendo lo de los golpes). Esto duró más o menos un cuarto de hora. Yo oía: “mira ya estoy cansado de pegarte, no me importas nada me voy al círculo”. Y me dejó hecho un trapo en el sillón.

Para no extenderme diré lo que pasó al día siguiente. No me levanté para hacer la oración y oír Misa con todos los del centro. Sobre las 10 de la mañana, apareció alguien en mi habitación. Yo no quería ni ver ni hablar con nadie. Cogí el teléfono, llame a la delegación y quedé con el vocal de san Miguel. Quedé también con el médico (numerario por supuesto). El vocal de san Miguel ni se inmutó, posteriormente me confirmó que se había hecho cargo de la situación, pero no hizo nada por mí. Le dije que no iba a volver a ese centro. Le dije que el médico me había aconsejado irme de ese centro o irme al menos 15 días para que las cosas se calmaran. Por mi parte no había nada que calmar.

Me fui 15 días a un centro fuera de la ciudad y a la vuelta insistí que no iba a seguir en ese ctr. Los dos días que pasé hasta que me marché, no aparecí en público. Me escondí lo que pude; no quería tener delante de mi vista al director ni a nadie. No hablé con nadie. Cuando llamaron de la delegación para confirmar el cambio de centro, tuvo que echar una cuartilla por debajo de la puerta de mi habitación porque no quería ni verlo ni dirigirle la palabra. También hablé con el vicario de la delegación y el sacerdote del ctr; pero ninguno tomó medidas con respecto a ese monstruo. Dos años más tarde volví hablar con el vocal de san Miguel. Le dije: ¿tú crees que lo que te conté no era cierto? 

-       Yo creo que era cierto porque hablé con n y me lo confirmó.

-       Entonces ¿por qué a mí me mandas fuera de la ciudad y a él ni medio correctivo?

-        Bueno ya no es director.

-       Perdona, a los dos años lo habéis enviado a otro centro de director del consejo local de supernumerarios.

La callada por respuesta.

Ese mismo año comencé a tener dirección espiritual con un sacerdote n que confiesa en una iglesia pública. Nos entendíamos muy bien, notaba cariño y yo estaba contento. Hasta que un día me dijo: “mira de vez en cuando podemos hablar en una de las salitas de la sacristía para que no estés tanto tiempo de rodillas”. Y a la semana siguiente me dijo vamos a la sacristía. Le seguí y entramos en una estancia que no sé cómo calificarla, cerró la puerta y nos sentamos hablar. Llegó un momento que se puso de pie y me dijo: dame un abrazo, dame un beso. Yo quedé tan atónito que me marché espantado.

Llamé al director de la delegación, fui hablar con él, se quedó tan atónito como yo, pero no tomó ninguna determinación.

El siguiente confesor (sólo le di oportunidad una vez) me dijo después de confesarme: mira estamos en plena campaña electoral, vota al partido popular. Yo le dije que quien era él para darme instrucciones a lo que me contestó: bueno no vengas el lunes lamentándote porque ha salido “el de la coleta”. Le pedí su nombre y me largué.

Tengo que decir que un año después de la paliza me fui a vivir por mi cuenta. Ahora, no tengo la más mínima relación y mi vida trascurre al margen del opus dei. Pasaron muchas cosas por mi cabeza. ¿No es la obra una familia? ¿Dónde se puede ubicar el maltrato físico? ¿En una falta de caridad? Si, es peor el maltrato psicológico que también sufrí, pero no sabría qué decir después de lo que me sucedió. Porque ¿qué decir de un sacerdote n que me pide que le abrace? Lo del otro nada que decir. Debía ser un jurásico de las derechas más rancias.

Quiero decir que juro sobre la biblia que todo lo escrito es cierto y que tengo testigos que pueden acreditarlo. Incluso podría dar nombres, pero ¿sabéis? Yo, sí que no quiero faltar a la caridad. Y si hubiera hecho publico todo esto igual ahora no solo viviría de mi exigua pensión.

Saludos

Solitudine




Publicado el Miércoles, 15 noviembre 2017



 
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