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 Tus escritos: Diferentes pero iguales (II).- Salypimienta

070. Costumbres y Praxis
Salypimienta :

Decía la vez pasada que en la Obra, al igual que en una logia masónica existen diferentes grados y que lo que sabe el superior no lo sabe el inferior. Las jerarquías se respetan en Casa a rajatabla. Quizá en algunos casos muy excepcionales, a algunos miembros les entreabrían la puerta para que le den una ojeada a algo que de ordinario no sería de su conocimiento, pero son casos muy raros. A mí por ejemplo, me dieron a leer el “Vademecum de Oratorio” una vez. La directora que me lo dio me hizo más advertencias que las que una madre da a su hijo la primera vez que sale solo de casa. Lo tuve que leer en el Oratorio y me hizo dar mi palabra de que nunca y bajo ningún motivo comentaría con NADIE lo que ahí decía. Era tan ceremonioso todo, que hasta se me pasó por la cabeza leerlo de rodillas…



Ese tipo de cosas insólitas son de las que hablo. Claro que me dieron a leer ese texto porque me tocaba ser la responsable del Oratorio en un centro que no era casa. O sea, no había administración y no vivían numerarias. Entonces, me tocó resguardar el “Sancta Sanctorum” de la casa y aunque no había Santísimo, se debía seguir con el reglamento con precisión milimétrica. Nada más por eso. Pero de ordinario nadie sabe lo que hacen los otros de niveles ‘superiores’.

Cabe preguntarse, ¿cómo es posible que los miembros del Opus Dei, hayan sido lo que hayan sido, salgan con traumas, miedos, paranoias y peculiaridades tan parecidas? La respuesta es muy sencilla: a todos nos machacan con los mismos temas y exámenes de conciencia, por lo tanto, en mayor o menor grado TODOS quienes hemos pasado por la Obra y fuimos forjados en el espíritu escrivariano, tenemos las mismas peculiaridades o al menos muy parecidas. ¿Cuáles son a mi juicio esas peculiaridades?

La falta de apego. Para todos es muy fácil pasar de algo o de alguien. Puede sonar durísimo, pero nos enseñan que nada ni nadie es indispensable. Un día se puede tener con alguien una amistad entrañable, pero en cuanto ese alguien hace algo que no nos gusta, sin el más mínimo escrúpulo nos apartamos de ella. No importa si la dejamos perpleja con nuestra actitud, si fuimos injustos al no escuchar sus razones, si éramos importantes para ella. Sencillamente algo en nosotros dijo que ‘no convenía’ y tan-tan, ¡se acabó!, así el enojo haya sido porque nosotros tuvimos un mal día y la otra persona tuvo que pagar los platos rotos. Lo mismo puede tratarse de un trabajo, de una casa, de un abrigo, de un coche. Somos en general bastante desapegados.

La falta de tolerancia. Eso es tan opusino… son las secuelas de estar todo el día buscándole tres pies al gato tanto para hacer correcciones fraternas, como para que nada desdiga del cargo y la posición que ocupamos. No toleramos nada, pero NADA que se salga en lo más mínimo de nuestros cánones propios. Si decidimos que los zapatos negros van con calcetines negros, no hay manera de que sea de otra forma. Si pensamos que en nuestra casa no está permitido el Heavy Metal, puede armarse la de Dios Padre si a alguien se le ocurre poner una canción de Black Sabbath que profane nuestro hogar. Esa es la consecuencia de vivir siempre encorsetados en tantas reglas, no sabemos vivir sin ellas, por eso no toleramos nada que se salga de nuestros reglamentos particulares y nos hace ser muy, pero muy cuadrados. Las cosas se tienen que hacer a nuestro modo a como dé lugar. ¡Qué cosa más difícil para los demás es hacernos cambiar de opinión!

La falta de paciencia. El entrenamiento recibido es que no dejes para mañana lo que puedes hacer ayer. Suena a burrada pero así es. En casa te enseñan a ser diligente, pero tanta es la diligencia, que uno se vuelve increíblemente impaciente. Pienso que es debido a que nuestra vida estaba tan milimétricamente planeada y era tan predecible, que nunca aprendimos a ejercitar la paciencia por lo cual, es muy fácil hacernos perder los estribos.

La falta de tacto. No conozco a nadie que sea o haya sido del Opus Dei que tenga la capacidad de decir las cosas con suavidad, dulzura, ternura o diplomáticamente. Todo lo decimos así tal cual, sin ningún filtro. Yo misma hago un enorme esfuerzo por ser linda y de verdad que al principio lo consigo… hasta que agarro confianza y suelto las cosas tal y como las pienso sin ningún adorno ni matiz. ¡Es horrible! Uno termina haciendo daño sin querer a las personas que nos importan. Nuestro lema pareciera ser “Duro y a la cabeza”. Está muy bien no ser unos hipócritas remilgados para hablar… pero no todo el mundo aguanta todo el tiempo tanta ‘sinceridad salvaje’.

Lo quisquillosos que somos para las cosas sagradas. No creo que exista ningún ex miembro al que no se le pongan los pelos de punta cuando ve que en algunos lados la Liturgia y las cosas de Dios son tratadas sin la ceremonia debida. La verdad es que cualquier acto litúrgico que no sea pomposo nos parece intolerable, y si, pero también entiendo a los pobres párrocos que hacen cualquier cosa para atraer al rebaño al Templo, aunque sea una aberración como cantar el Padrenuestro a ritmo de ‘despacito’, y nosotros nos retorcemos ante semejantes barbaridades.

No hablamos, pontificamos. Es una manía horrible… pero ¿qué tal cuando expresamos nuestra opinión?, es hasta de risa, de verdad, parece que estamos predicando ‘ex cathedra’. Y eso lo hacemos TODOS sin excepción alguna, con todos los temas, desde el más excelso hasta el más profano… quizá por eso el magisterio se nos da tan bien a la mayoría, son tantos años de dar cursos básicos, círculos, conferencias, etc.

Somos muy ingenuos y exageradamente prudentes. Tanto nos insistían en que “Ingenuos como palomas y prudentes como serpientes” que se nos quedó grabado a fuego. Muchas veces, por esto mismo nos llevamos tremendos disgustos y desilusiones. Nuestra malicia muchas veces es similar a la de un niño pequeño. El hecho de tomar la iniciativa en algo nos cuesta muchísimo trabajo la mayoría de las veces, todo lo tenemos que pensar y repensar, Muy pocas veces nos liamos la manta a la cabeza y “que salga el sol por Antequera”.

Nos da mucho miedo expresar nuestro afecto abiertamente. Generalmente nos cuesta mucho trabajo mostrar afecto con personas que no son tan cercanas a nosotros. Decir una palabra de cariño o de admiración es casi imposible para la mayoría…

Creo que por hoy, aquí voy a dejar de pontificar… pero CONTINUARÁ.

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Publicado el Viernes, 01 diciembre 2017



 
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