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 Correos: Éramos como los religiosos.- Gómez

070. Costumbres y Praxis
gomez :

«Isidoro estudió en el colegio de los hermanos maristas, que lo prepararon para la primera comunión, recibida cuando aún no había cumplido nueve años» (del Decreto sobre sus virtudes). ¿Y Escrivá no estudió también con los hermanos maristas? ¿Fue con los escolapios? Bueno, el caso es que yo, como Isidoro, estudié con los hermanos maristas. Él, en Logroño; yo, en Bogotá. Él, en 1911; yo, entre 1958 y 1968. Supongo que el estilo de los escolapios y de los hermanos maristas de Logroño en 1911 era muy parecido al de los hermanos maristas de Bogotá en los años 60, antes de la revolución del Vaticano II, la Teología de la Liberación, la píldora y la minifalda...



Cuando entré a primero de primaria, los hermanos vestían hábito negro, cíngulo (símbolo de la pureza), peto blanco, si ya habían hecho los votos (que me recuerdan la admisión y la oblación), y Cristo cardenalicio sobre el pecho, si ya habían hecho los votos perpetuos (que me recuerdan la fidelidad). Eran muy elegantes (lo que me recuerda la elegancia del padre y de todos nosotros). Tenían como idioma oficial el francés, lengua del fundador Champagnat, por lo que cuando llegaba el superior general lo recibíamos cantando todos La Marsellesa (lo que le recuerda que la Obra también tiene como idioma oficial la lengua del fundador). Después del Vaticano II, los hermanos maristas se desconfiguraron. No sabían si eran laicos o clérigos. No sabían cómo vestirse. Se dejaron patillas y comenzaron a usar chaquetas y suéteres que nunca combinaban debidamente. Perdieron su elegancia, y tal vez dejaron de hablar francés…

 Traigo todo esto a cuento a propósito del artículo de Stoner, «Somos una adaptación de los métodos religiosos». En el colegio de los hermanos maristas las clases comenzaban y terminaban siempre con una oración. Cada tarea comenzaba con una invocación que decía VJMJ, lo que traducía «Viva Jesús, María y José», que se escribía en el cuadrito superior izquierdo delimitado por el margen de la hoja del cuaderno y la primera línea del rayado. A las 9 a. m., entre la primera y la segunda clase, rezábamos el rosario. A esa hora los que querían podían salir del salón de clase, ir al oratorio, recibir la comunión, arrodillarse un par de minutos para hacer la acción de gracias, y luego, regresar al salón, para enganchar con el fin del rosario y el comienzo de la segunda clase. A veces, a las 11:45, antes de salir para las casas a tomar el almuerzo, rezábamos el ángelus. Había clase de religión, clase de historia sagrada y clase de catecismo de la Virgen. En la clase de religión nos aprendíamos de memoria en catecismo del padre Astete. La de historia sagrada tenía como texto los libros de Edelvives, o de su versión criolla, FTD, con dibujos imitación Durero, que recreaban episodios de la Biblia (aún no se había popularizado la lectura directa de la Biblia). Las clases de catecismo de la Virgen eran los sábados, Día de la Virgen, con libros de las mismas editoriales de los hermanos maristas (Edelvives y FTD) que desarrollaban diversos temas como la Inmaculada Concepción, la Ascensión, el carácter de Mediadora Universal de la Gracia, etc. Este catecismo de la Virgen, según creo, era exclusivo de los colegios maristas. El Mes de Mayo, Mes de la Virgen, se celebraba por todo lo alto, con rosarios solemnes, misas campales, concurso de declamación (¡que declamadores teníamos!), etc. ¡Era un mes de muchas flores!

Los primeros jueves íbamos a la cercana iglesia de Santa Teresita, de los padres carmelitas descalzos (venidos de Navarra, España, a comienzos del siglo XX), nos confesábamos, uno por uno, arrodillados frente al cura (la ventanilla lateral era para las mujeres), y quedábamos en gracia de Dios, para ir a misa el primer viernes, comulgar, y después regresar a la casa, porque el Primer Viernes era para nosotros como un Festivo. La asistencia a misa, aparte de los primeros viernes, era obligatoria también los domingos. Después de la misa, había entrega de calificaciones. Tanto a la misa de primer viernes como a la del domingo asistíamos de impecable uniforme de paño azul. Los de primaria, con camisa blanca abierta en el cuello, y los de bachillerato, con camisa almidonada y corbata azul. Los demás días no teníamos que llevar uniforme.

Los hermanos maristas se esmeraban en hacer de nosotros hombres piadosos y soldados comprometidos en los ejércitos de Cristo. Teníamos nuestro libro de cantos religiosos, que conocíamos de cabo a rabo y cantábamos con gran entusiasmo y energía. Había Cruzada Eucarística y Corazones Valientes, para los que optaran por una militancia católica más comprometida.

Para el cumpleaños del rector y de cada uno de nuestros profesores les obsequiábamos ramilletes espirituales, que era una lista de actos piadosos ofrecidos por ellos. Cada quien decía yo oí una misa, recé 5 rosarios, hice 15 mortificaciones y dije 50 jaculatorias por el profesor. Sumado lo de 45 alumnos era mucho lo que habíamos ofrecido por el homenajeado. Esa costumbre del ramillete la seguimos viviendo incluso después de la revolución del Vaticano II, la minifalda y la píldora.

En cuarto de primaria, año de 1961, hubo una Semana Vocacional. Cada día de esa semana fueron a hablarnos uno o dos sacerdote de alguna comunidad religiosa (los hermanos maristas no hacían proselitismo entre nosotros, aunque nos entregaban mensualmente una revista llamada «Sigue tu estrella», y tenían 1500 alumnos en su noviciado de Popayán). El primer día fueron a hablarnos dos muy graves y almidonas sacerdotes pasionistas, que no entusiasmaron a nadie. Los siguientes días fueron de otras comunidades, y de cada visita salía uno o dos de nuestros compañeros para el seminario. El último día fue un franciscano, lleno de vida, con un hábito que invitaba a volar, y nos habló de la piscina, las canchas deportivas y las demás ventajas de seguir a Cristo y a san Francisco en un sacerdocio alegre, festivo y ecológico (aunque es apalabra no existía aún). Ese fin de semana estaba yo hablando con mis papás muy seriamente sobre mi vocación sacerdotal. Mi papá muy asustado, me dijo que esperara a terminar el bachillerato y ahí sí viera si realmente tenía vocación (por cierto, le recordé eso cuando me fui a vivir al Centro de Estudios, 7 años después).

El Concilio Vaticano II y la Teología de la Liberación cambiaron todo, pero los alumnos maristas seguimos muy comprometidos con la Iglesia y con la difusión del mensaje de Cristo a todos los pueblos. En quinto de primaria vi por primera vez en el libro de religión de los hermanos maristas el nombre Opus Dei, que estaba definido ahí como una institución laical. En quinto de bachillerato fui invitado por primera vez a una meditación del Opus Dei, y ese mismo año me apunté a un retiro espiritual de tres días, que resultó ser del Opus Dei, y al año siguiente pité. Las normas y costumbres del Opus Dei las había aprendido a vivir en mi casa y en el colegio (todo, la bendición de la mesa, que hacía mi papá; el ofrecimiento de obras, la oración mental (no tanto como una hora diaria, pero sí alguito), las tres avemarías de la pureza, el agua bendita, el rosario, el ángelus, la misa (incluso en latín), la comunión, la confesión, la lectura espiritual, las jaculatorias, las mortificaciones, las romerías, el escapulario de la Virgen del Carmen… todo). Excepto, el cilicio, las disciplinas y el sleeping. ¿No puede estar aquí buena parte de la raíz?

Tal vez el colegio de los escolapios de 1900 en Logroño era como el de los hermanos maristas en 1960 en Bogotá. Téngase en cuenta que Bogotá era una ciudad fría (14 °C), a 2640 m sobre el nivel del mar, llena de iglesias, conventos, seminarios y colegios religiosos; capital de un país confesionalmente católico (dejó de serlo en 1991), donde nadie se preocupaba por discutir el celibato apostólico ni la ordenación de mujeres (asuntos que preocupaban mucho en Europa), y donde los cachacos (decía García Márquez) vestían todos de negro. Colombia era un país en el que los obispos les daban el visto bueno (o vetaban) a los alcaldes y a los gobernadores nombrados por el presidente (ahora son elegidos popularmente), y donde las parejas que se querían divorciar tenían que ir a Venezuela a hacerlo. Ese país era propicio para el Opus Dei, pues más de la mitad del trabajo estaba ya hecho.

Gómez




Publicado el Miércoles, 06 diciembre 2017



 
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