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 Libros silenciados: La confidencialidad de la correspondencia personal.- Oráculo

060. Libertad, coacción, control
oraculo :

 

LA CONFIDENCIALIDAD DE LA CORRESPONDENCIA

personal DE LOS FIELES DEL OPUS DEI 

 

© por oráculo

 

1.            Sigo dando vueltas al tema de lo caduco y lo perenne en el Opus Dei. Hace unos días comentaba la noción del silencio de oficio. Y hoy seguimos en torno al núcleo, pero mirando la confidencialidad de la correspondencia personal de los miembros de la Prelatura, un tema considerado expresamente en la Instrucción para los Directores del año 1936, que presenté en otro de mis escritos. Efectivamente, este documento se editó organizado en 103 números, con un total de 147 notas al pie de página redactadas por Álvaro del Portillo. Y el tema de la correspondencia personal se considera en los números 75-76 de esa Instrucción, a los que Álvaro añade cinco notas: tres al número 75 —las notas 104, 105, 106, según la numeración continua de esas referencias a lo largo de la Instrucción— y otras dos más al número 76, que son las notas 107 y 108.

                Más que comentar, prefiero editar los textos: primero, porque hablan por sí solos y, segundo, porque pueden suscitar todo tipo de comentarios. Al editar el texto, como otras veces, en paréntesis cuadrados se añade la numeración de las páginas del volumen donde se localiza cada texto, manteniendo también la posición del número de cada nota en su lugar respectivo. Dicen así:



75        Es prudente, diré mejor, es conveniente que los Directores seleccionen aquellas cartas o noticias recibidas de otras casas, que parezca oportuno comunicar a los demás, en todo o en parte, para animarlos, para llenarlos de celo, de optimismo, de alegría.104

            En el criterio que debe seguirse con la correspondencia que reciben mis hijos, se manifiesta también el amor a la libertad y a la responsabilidad personal, propias de nuestro espíritu: porque todos los miembros del Opus Dei saben que pueden recibir [310] cartas dondequiera que están, dirigidas al lugar que más les convenga —por razones de familia, de trabajo, etc.—, aunque no sea a la dirección de ninguna casa de la Obra.105

            Luego, cada uno decide en conciencia si ha de enseñar o no la carta a su Director, teniendo en cuenta que —sin duda— debe hacer ver aquellas cartas, cuyo contenido no le gustaría que otros conocieran, cualquiera que sea el asunto de que traten. Quienes no obren así, han de pensar que no pueden engañar a Dios, y deben tener conciencia de su descamino.106

 

[311] 76 Sin embargo, los hijos míos que llevan poco tiempo en el Opus Dei agradecerán que los Directores de la casa, a la que estén adscritos, se preocupen con cariño —como un medio más de formación— de leer las cartas que ellos reciban: para poder orientarles, darles un consejo, evitarles un disgusto innecesario, etc.107

[312]   El hecho de que se entregue una carta abierta, no se considera como una prueba de desconfianza: obedece sólo a una razón ascética, o a una medida práctica de ayuda en la labor de formación. Además hay que tener en cuenta que los Directores nunca comentarán con otros el contenido de las cartas que han llegado, y que ellos han tenido el deber de leer: pueden, en cambio, y en muchos casos deberán hacerlo, cambiar impresiones con los que forman el gobierno local.108

            Dejando a un lado la correspondencia estrictamente profesional, de estas palabras bien puede deducirse el grado de intimidad personal que puede esperarse de un “hijo de Escrivá” dispuesto a seguir ad pedem litterae sus “instrucciones”: no sólo no guardará la confidencialidad debida para con los asuntos personales de otros, sus familiares y amigos, sino que pensará que su deber es no hacerlo, para que él mismo sea “ayudado” por sus Directores, a quienes además agradecerá esa directa intromisión en sus relaciones más íntimas como una beneficiosa ayuda. Este hecho suscita al menos una reflexión: ¿qué es más importante aquí: la lealtad de la confidencialidad debida al prójimo para con su intimidad o la vinculación de uno con la institución?

 

2.          Para no interpretar mal los párrafos citados, cuya literalidad es clara de por sí, veamos las respectivas notas de Álvaro del Portillo. La nota 104 interesa ahora menos, porque versa sobre las “cartas familiares” que relatan hechos de la labor apostólica: la transcribo por eso de ofrecer la fuente íntegra. Y dice así: (104) Cf. cuanto ha escrito el Padre en el n. 55 (nota 80). Se trata de asuntos que no entran en el silencio de oficio (p.309). De nuevo aparece aquí la tan mentada noción del silencio de oficio, ya comentada hace unos días en esta web. A continuación, sobre las cartas personales de los “hijos de Escrivá”, las sucesivas notas 105-108 hacen una radiografía perfecta de los puntos de vista de tan singular “Padre” y sus modos de gobierno. Dicen así:

 

[310] (105) Desde el comienzo de la Obra, las cartas que llegan a nuestros hermanos en Centros del Opus Dei, de ordinario las entrega a los interesados el Director: esta costumbre se refiere sólo a las cartas de familia o de conocidos, y nunca a la correspondencia que pueda contener, por su misma naturaleza, secretos profesionales, etc.

 

(106)           La norma que aquí nos da el Padre, es tajante. Los que no la siguieran, afirma el Padre, deben tener conciencia de su descamino, en el que se ponen deliberadamente, al no querer recibir consejos útiles para sus almas. Y además se engañarían miserablemente, porque no pueden engañar a Dios.

                   Todos hemos de responder con generosidad y sentido de responsabilidad a la confianza que la Obra tiene con sus hijos —cada uno decide en conciencia si ha de enseñar o no la carta a su Director—, recordando que este detalle es otra manifestación de la sencillez y de la sinceridad que hemos de vivir en el Opus Dei. Ahí tenemos otra razón más del descamino que supondría no hacer un buen uso de nuestra libertad: porque, quizá en una cosa importante, se faltaría contra la lealtad, una de las virtudes propias de nuestra vocación.

                    Esta es una oportunidad para poner en práctica, también en ese punto concreto, la libertad y la responsabilidad personal de cada uno. Cuando el Padre escribió esta Instrucción (n. 1 y nota 1) no se había abierto todavía el camino jurídico para que pudieran tener cabida en la Obra los Oblatos <hoy Agregados> y los [311] Supernumerarios; pero, aunque nuestro Fundador se refiere en este pasaje sólo a los Numerarios, el espíritu de esta parte del Documento se aplica a todos los socios de la Obra, en las dos Secciones (cfr. Instrucción, 9-1-1935, notas 108 y 185; Instrucción, mayo 1935, nota 1).

 

(107)             El Padre empieza este pasaje con las palabras Sin embargo: sirven para subrayar el hecho de que las vocaciones, que ya llevan tiempo en la Obra, deben decidir con libertad, con responsabilidad, y sobre todo con sentido sobrenatural, qué cartas son las que deben entregar a los Directores, para que conozcan su contenido, como hacía notar nuestro Padre en el número 75.

           —       El hecho de pedir que se den a conocer las cartas, o de que el Director las abra, antes de entregarlas a los socios de la Obra que viven en nuestras casas, no es ninguna muestra de desconfianza. Los miembros de la Obra, con palabras del Padre, están en la calle: son libres como pájaros. Y, por lo tanto, al hacer el apostolado abriéndose en abanico, tienen la ocasión y el deber de hablar con mucha gente. Quizá alguno se pueda preguntar, considerando esta libertad que hay en el Opus Dei, que por qué conviene enseñar las cartas, cuando están esos hermanos nuestros en contacto con sus colegas, con sus compañeros de estudio, con sus familias: si entregaran las cartas, también deberían referir esos contactos que tienen con tanta gente. Y es verdad: el hecho de entregar las cartas no es más que una pequeña humillación, de una parte, y, de otra —como dice el Padre—, ofrece la ocasión de recibir un consejo o de evitar un disgusto innecesario. Pero también los miembros de la Obra deben hablar con su Director sobre todas esas relaciones sociales, que pueden influir positiva o negativamente sobre su vida interior, o que den la oportunidad de ejercer un apostolado o supongan un peligro, tanto para el mismo apostolado como para su propia alma.

                        La otra razón que da el Padre —evitarles un disgusto innecesario— nace también del cariño, y viviendo junto a nuestro Fundador se tiene ocasión de [312] comprobarlo: cuando, por ejemplo, se ha recibido a última hora de la tarde o por la noche un telegrama anunciando el fallecimiento de algún pariente de uno de nuestros hermanos, el Padre no ha querido —si era posible— que se comunicara la noticia al interesado hasta la mañana siguiente, a la hora de levantarse: para que la pena natural no le impidiera descansar esa noche, y para que pudiera encomendar en la oración, en la misa y en la comunión de ese día el alma del difunto.

 

(108)                Cfr. cuanto se ha dicho en las notas anteriores. El Padre remacha esos mismos conceptos en este pasaje de la Instrucción. No se considera como una prueba de desconfianza el hecho de que se entregue una carta abierta: obedece sólo a una razón ascética, o a una medida práctica de ayuda en la labor de formación. Se trata de fomentar la humildad, es una ocasión para darse a conocer mejor, y facilita también que se conozca el ambiente que le rodea, las preocupaciones familiares que pueda tener, etc.

                          El contenido de las cartas está protegido por el silencio de oficio: solamente el Consejo local podrá conocerlo, del mismo modo que sólo los Directores podrán saber lo que un hermano nuestro diga en la Confidencia. Y, como ya se ha dicho, esta costumbre nuestra deja totalmente en salvo cualquier correspondencia que pueda contener materias protegidas por cualquier tipo de secreto profesional.

 

3.         Leídos estos textos con atención, ¿quién podrá dudar de que los “criterios” seguidos por tantos Directores se ajustan al peculiar “querer fundacional”? No han inventado nada. Pero la cuestión de fondo no es ésta, sino la otra que recordaba al comienzo de estas líneas y que sigue en pie: ¿qué es lo circunstancial o caduco y qué lo perenne de ese “espíritu” del Opus Dei? O digo más: ¿a quién corresponde hoy hacer las distinciones y dar contenido a las respuestas? ¿A los Directores? ¿Al Prelado con su Consejo? ¿Y por qué no al sentido común sobrenatural de los fieles? ¿No tienen todos la misma vocación? ¿No viven todos el mismo “espíritu”? Y, si es un “espíritu compartido”, ¿por qué privilegiar entonces las decisiones del mando, como si esto fuera evidente, cuando en realidad se trata sólo de describir la comunión vital de espíritu, y no de innovar nada? Podríamos seguir con preguntas análogas, pero este camino difícilmente nos llevará a buen puerto, pensando en cómo la Prelatura personal actúa hoy por hoy.

               Por eso me parece más oportuno subrayar que nada se avanzará en asunto tan importante mientras se impida, por principio, la discusión crítica sobre el valor de los “criterios” de las Instrucciones o de sus notas. Y, para mí, la razón es clara: aparte su propia dimensión histórica, esos textos poseen otro “contexto” que los envuelve y los supera, y del que tampoco pueden desligarse. Y éste no es otro que la comunión eclesial. Un cristiano, una asociación canónica, un movimiento, una “familia sobrenatural” en la Iglesia, no están por encima ni al margen de su doctrina ni de sus leyes universales: menos todavía, cuando los cánones protegen la dignidad de las personas y los derechos naturales más básicos. Y si se contrastan entonces los diversos “puntos de vista”, desde esta perspectiva, me parece que las susodichas “instrucciones” sobre la correspondencia personal no salen muy bien paradas. ¿Qué perennidad de un supuesto “fundamento divino” puede reconocerse entonces a tales prácticas?

 

Oráculo




Publicado el Viernes, 19 mayo 2006



 
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