Insólita entrevista al Prelado.- Pinsapo
Fecha Miércoles, 27 septiembre 2017
Tema 010. Testimonios


La reciente entrevista al Prelado del Opus Dei en el semanario católico Alfa y Omega del diario español ABC del pasado 14 de septiembre, realizada por la periodista Teresa Gutierrez de Cabiedes, Doctora por la Universidad de Navarra y madre de varios hijos, rompe con el modelo de entrevista complaciente o propagandística. Y todo ello porque basta examinar cualquier entrevista de los anteriores prelados, no digamos ya del Fundador, para ver su tono elogioso, surgido de unas preguntas pactadas e incluso de un formulario entregado con antelación con indicación de temas que se abordarán (positivos) y que temas se vetan (cuestiones espinosas)...



Resulta muy llamativo que de las 17 preguntas hay 6 sobre temas muy controvertidos, que en ningún caso hubiera permitido Echevarría ni Portillo. Desconozco la proximidad a la Obra de la periodista, pues transmite audacia, libertad de criterio y profesionalidad, manifestando el propósito de su entrevista: “el deseo es preguntar con los que se preguntan; conversar con sinceridad valiente y constructiva, con toda la confianza y franqueza posibles.” Por otro lado, es también un dato relevante que se produjo el encuentro personal entre ella y el entrevistado, tal como reflejan las fotografías de ambos juntos.

Con independencia del contenido de las respuestas de Ocáriz, mi impresión personal es que el insólito y novedoso planteamiento de tan incómodas preguntas ha sido por voluntad propia: ha querido ser innovador y valiente saliendo al paso de los “puntos débiles” del Opus Dei ante la opinión pública, huyendo de la anterior estrategia de ignorar estos temas y acudir tan solo a entrevistas de tinte propagandístico, de tono triunfal y meloso. Y ello por exigencia de los signos de los tiempos, que le impiden quedarse atrás, anclado en el neolítico eclesial, cuando el propio Papa afronta encuentros informales con la prensa en los que no elude ninguna cuestión, por peliaguda que sea.  

La más relevante y novedosa cuestión se plantea al comenzar, que provoca una auténtica petición de perdón para ex miembros de la obra: “existen numerosas personas que cuentan (incluso públicamente) que su paso por la Obra ha supuesto heridas profundas. ¿Puede que algo no se haya hecho bien? La respuesta aparenta ser insuficiente cuando achaca los errores a las personas y nunca a la institución, pero la realidad es que reconoce la existencia de, “errores, omisiones, descuidos y malentendidos. A mí me gustaría pedir perdón por cada uno de ellos.”

Parece que da un rodeo cuando afirma que Escrivá guardaba afecto a todas las personas que se acercaban a la labor del Opus Dei, aunque fuese por una temporada, que sentía una profunda paternidad espiritual y que como nunca se deja de querer a un hijo o a un hermano, “imagínese el afecto que conservaba hacia las personas que habían llegado a pertenecer a la Obra.” Con independencia de lo que cada uno se imagine al respecto, lo importante es lo que reitera Ocáriz: “Yo me sumo a esa petición de perdón y deseo con toda el alma que estas personas curen sus heridas y superen su dolor.” 

Esto es lo esencial: por primera vez desde la cúpula se pide perdón a los ex miembros por el daño que la Obra les ha causado, aunque su “modo de decir” es que esas personas “se han sentido heridas” (no que lo hayan sido por una brutal praxis institucional). Afirma que escuchó a Echevarría pedir perdón a las personas que se sentían heridas por el comportamiento de “alguno” de sus hijos. Puede que lo dijera con la “boca chica”, dado que conocía perfectamente la práctica habitual del acoso moral contra miembros incómodos (acoso a Petit y a Esquivias, difamación de Perez Tenessa y Maria del Carmen Tapia).

Tras seis preguntas bondadosas, lanza una andanada con cinco preguntas a cual más embarazosa. La periodista afirma que en la obra no se aprecia la práctica de una sana autocrítica, se pregunta que si hablar solo de lo bueno y del ideal genera un caldo de cultivo propicio para la autocomplacencia, “confundiendo lo que se ansía ser con lo que en realidad de está siendo (la pobre ejecución humana, tantas veces).” Y aunque la respuesta parece rechazar tales defectos, afirmando que se fomenta en los miembros la humildad personal y colectiva; se acaba reconociendo que también existe el peligro de la autocomplacencia, y pide “a Dios que nos libre del autobombo.”

A continuación, sin dar respiro, se menciona al Prelado el riesgo de “vivir en la miopía del culto a la institución, al propio carisma, al fundador. ¿Cómo evitar promover la marca de la casa y anteponer el rostro de Dios y la unidad de la Iglesia?” Realmente se elude la respuesta directa, pero al menos se reconoce el peligro de la tentación de la autorreferencialidad, e incluso se explica su causa, lo que es de agradecer: “a veces por un exceso de entusiasmo, a veces por desconocimiento de otras realidades, o por un punto de vanidad.” 

Ni un segundo de tregua para mencionar que la vocación de los jóvenes es un tema con el que hay polémica con la actuación del Opus Dei: se le dice al Prelado que en el pasado un bienintencionado afán apostólico pudo forzar algunas vocaciones, que se actuó con la presión de rendir resultados, y se le plantea algo para evitar dicho error en el futuro, “¿sería fecundo trascender el proselitismo y promover un apostolado de contagio?” Una vez más, también marca de la casa, se elude el camino directo y aparece el circunloquio semántico sobre el sentido negativo del “término” proselitismo, tan denostado por Benedicto XVI y Francisco, que si Escrivá “se proclamaba” defensor de la libertad personal, etc. Aunque también ahora suelta otra valiosa perla: “Es posible que en ocasiones algunos hayan cometido esos errores que menciona.”

A continuación, se cuestiona el marco jurídico de la prelatura personal, afirmando abiertamente que parecen piedras vivas no integradas en la Iglesia, sino más bien “adosadas”. Teresa constata la percepción común de ser “una realidad extradiocesana”, detallando las causas que pueden propiciar su separación de la vida diaria de la Iglesia: “el hecho de que los fieles de la prelatura tengan medios de formación en centros propios, sus confesores, sus obras apostólicas.” Aquí el argumento defensivo es que eso no les pasa a los supernumerarios, que son mayoría, y la falta de tiempo por tantas obligaciones que nos impone la vida moderna (habría que ver cuánto tiempo requiere al día las obligaciones propias de todo miembro del Obra).

Se incide en lo mismo al propugnar Teresa un necesario esfuerzo de ambas partes (de las parroquias y de la Obra) para superar prejuicios entre ellos y salir al encuentro mutuamente. Reconoce Ocáriz la necesidad de un cambio de actitud y se apunta el tanto de que ese fue uno de los temas de su primera carta, promover la implicación de colaboración con las parroquias.

Podemos afirmar en conclusión que se trata de una histórica entrevista por lo inédito de sus preguntas y el paso adelante en algunas de las respuestas, pues muchos sabemos que este es el único modo posible, hoy por hoy, de reconocer sus culpas y pedir perdón por una institución tan pétrea e inmovilista: dando rodeos, evitando una rendición incondicional, pues de un modo más directo podría provocarse el desmoronamiento de la moral del rígido cuadro de mandos, así como una posible contestación de parte de la tropa. Ojalá pueda seguir este nuevo Prelado por esta senda de novedades tan esperadas. 

Pinsapo







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