Ver claro.- World
Fecha Viernes, 05 enero 2018
Tema 090. Espiritualidad y ascética


Te envío un artículo de Crónica que puede ser de interés para los lectores. Lo transcribí de una fotografía de una Crónica vieja. Entiendo que es de diciembre de 1956, páginas 82-84, aunque ahora no puedo volver a acceder a esos documentos para verificar exactamente que sea diciembre. El texto es completamente fidedigno, supongo que con leerlo te darás cuenta que es 100% doctrina del Opus Dei.

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VER CLARO

(Crónica 1956)

El Señor nos ha dado la gracia maravillosa de la vocación –nos la dio de una vez para siempre- y, siendo fieles, nos la confirma cada día con un amor más grande a nuestra Obra y con una voluntad de entrega continuamente renovada, siempre actual. El solo pensamiento de nuestra llamada, nos da una alegría como ningún destino humano podría soñar para sí. Y agradecemos al Señor este camino seguro, donde está todo nuestro bien y todo nuestro amor.

Por eso, cuando –excepcionalmente, porque son raras las defecciones en el Opus Dei– sabemos de alguien que, habiendo recibido del Señor la llamada a nuestro camino, no persevera en él, sentimos un gran dolor. Alguna vez nos ha dicho el Padre que la infidelidad de un hijo suyo a la vocación, le duele más que la muerte de un hijo suyo: porque la infidelidad es verle avanzar hacia la desdicha; la muerte es el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Desde que el Señor nos llamó, todo lo que no reciba de El su sentido nos queda pequeño, nos resulta ridículamente chato y pobre –mentira, cobardía, podredumbres bienolientes–frente a nuestra vocación. Por eso sentimos tanto que alguien en un momento dado pueda engañarse.

Nos duele que, por un ciego ofuscamiento, por no ser a su tiempo dócil ni sincero en manos de quien tiene gracia de Dios para llevarle, alguien pueda cerrar así el paso al amor de Dios.

Nosotros somos una gran familia.Y si un hermano nuestro, si un hijo del Padre quisiera marcharse, movido por un motivo que no le deja ver claro, y que nosotros sabemos pobre, pobrísimo en la presencia de Dios, lo sentiríamos como el hombre que, con los ojos limpios, ve a su hermano caer porque tiene los ojos vendados.

Nosotros no podemos transigir jamás con el error, no podemos ser comprensivos con lo que de por sí borra toda comprensión, porque es ir contra la voluntad de Dios. Pero seguimos el mandato de Amor, y además somos conscientes de tener los pies de barro, de nuestra naturaleza humana. Por eso comprendemos, si no al error, a las personas que yerran. Si oímos de alguien que no perseveró, creceremos en ansias de fidelidad para desagraviar al Señor, sabiendo que también nosotros –toda nuestra fortaleza es prestada–seríamos capaces de hacer eso, si Dios nos dejara un poco de su mano; y además tendremos comprensión, para quien así se desviara. Le encomendaremos en el silencio de la oración, sin comentarios hacia afuera; y pediremos al Señor que aquel hombre no se aleje más de El.

Es clara nuestra actitud con el que no perseverase. Por una parte es cierto que, aunque nos esforcemos, no podremos quererle ya con el amor y con el cariño que dan una vocación común y una familia de vínculo sobrenatural. Pero sí ha de quedar siempre la caridad, que no se limita a una mera compasión personal; nos mueve también a ayudar a aquel hombre en su triste situación, porque no es feliz. Más claramente: porque es muy infeliz. Si luego ve las cosas como son, es desdichado; y, si sigue ciego, es aún más desdichado lejos de Dios. Le llevamos un poco de calor, de cariño; sobre todo, en esa hora negra en que el que es sincero consigo mismo considera fríamente su vida, o más bien la escisión de su verdadera vida, de la que Dios quería para El. Especialmente entonces, necesita de alguien que le haga sentirse menos solo. Y es un deber de caridad el darle la mano.

Os queremos transcribir algunas líneas escritas por uno que no perseveró en la Obra. Se dirige al Padre lleno de dolor, pero también con la luz que ha recibido de la visita de uno de Casa. Sus palabras hacen inútil todo comentario.

Querido Padre:

No puede imaginarse con qué emoción empiezo esta carta. La visita de N. me ha hecho muchísimo bien; me ha quitado una venda de los ojos, que me impedía ver con claridad. Ahora estoy como el ciego que recupera la vista. Estoy lleno de buenos propósitos, y dispuesto a entregar este saco de basura en que estoy convertido: a ver qué se puede hacer con la ayuda de Dios. Deseo fervientemente volver a pertenecer a la Obra, pero me veo tan indigno… Buena disposición no me falta. Pido a Dios que me haga perseverar en mis propósitos. A ver si Ud. se acuerda de pedir un poquitín por mí, que buena falta me hace.

Durante estos años, cada vez que llegaba a mis oídos alguna noticia sobre la expansión de la Obra, sentía como una envidia semejante a la que experimentaría un desertor al ver entrar a su ejército victorioso. ¡Pensar que puede haber sido yo también uno de los que luchaban en primera fila! La cosa no tiene remedio… Pero, como hoy le decía a N., si alguna vez hubiese alguien en Casa que, por estar ciego como yo lo estuve, quisiera apartarse de su camino, que me avisen a mí: dispuesto estoy, si fuera preciso, a ir hasta el fin del mundo para quitarle a quien sea, con mi experiencia, la venda que lleva en sus ojos.

No se olvide de pedir por mí, que me hace mucha falta. Besa su mano con mucho cariño.

N.N.









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