DIDEROT, Denis: Le Neveu de Rameau, 1762

1. Diálogo satírico, que Diderot relata como sostenido con el bohemio Rameau —sobrino del célebre músico— desarrollado en el "Café de la Regencia", adonde el primero había acudido para ver jugar al ajedrez y el segundo accidentalmente.

2. En el curso de la conversación vienen a tratar del genio, y Rameau —músico como su tío— dice, entre otras cosas, que "lo que hacen falta son hombres, pero no genios, pues éstos son buenos para una cosa pero no sirven para nada más; no son ni saben ser ciudadanos, padres, parientes ni amigos. Mi tío —añade— por ejemplo, no piensa más que en sí mismo, y no le importa el resto de la humanidad". A pesar de esto, declara a continuación que él habría querido ser hombre de genio pues así, gracias a sus composiciones, tendría las mayores comodidades y recibiría alabanzas.

Su objetivo es ser un tunante feliz, que busca la satisfacción de sus necesidades con toda la energía que el instinto de conservación puede dar. Entre éstas, la más urgente es la de comer, concediéndole el rango de valor absoluto al que toda moral debe someterse: habiendo en París tantas buenas mesas, le parece que lo más razonable es procurarse un cubierto en ellas, para lo cual "no hay más que desechar varios escrúpulos, y saber adular, mentir, jurar, perjurar, ofrecer y cumplir o no cumplir la palabra, humillarse, favorecer alguna intriga amorosa llevando cartas de la señora al caballero y retorno, y no titubear en ejercer la función de alcahuete, oficio útil en una sociedad bien ordenada y civilizada".

Al tratar de la educación de los hijos, opina Rameau que no pueden encontrarse maestros que sepan las cosas bastante bien como para enseñarlas, pues para saber algo es preciso pasarse la vida entera estudiando y no queda tiempo para instruir a otros. Por eso, él no ha tenido reparo alguno en dar lecciones de composición y acompañamiento cuando todavía ignoraba absolutamente semejantes materias, sustituyendo las enseñanzas que debería de haber dado por una agradable charla con los discípulos sobre cosas variadas y murmuraciones de salón, persuadido de que habría maestros peores que él: los que tenían la vanidad o la inocencia de creer que sabían algo.

Claro está que en aquella época robaba el dinero a sus alumnos, pero lo hacía con la conciencia tranquila, pensando que robar a un ladrón merece perdón y que los padres de sus educandos tenían fortunas adquiridas quién sabe cómo, a cuya restitución ayudaba él a su modo, cumpliendo esa justicia que se vive en sociedad, donde todas las clases se devoran —lo mismo que en la Naturaleza se devoran todas las especies—, y únicamente el imbécil y el ocioso reciben lesiones sin vejar a nadie. Si al nacer él, afirma Rameau, no se hubiera encontrado todavía el proverbio que dice "el dinero de los bobos es patrimonio de los listos", él lo habría enunciado y a él se le debería.

3. La novela constituye una especie de reflexión de lo humano a la luz de principios materialistas. Lo primario de la naturaleza es lo que empuja al hombre a salir del carril de la sensatez y el orden, para dejarse llevar por el instinto, que pretende satisfacer a costa de la benevolencia ajena. La única meta sería conseguir una felicidad animal, olvidando todo fin trascendente, cuando Rameau afirma, por ejemplo, que "el oro y los placeres que con él pueden obtenerse constituyen el ideal del hombre sensato". O, cuando contempla la muerte con la serenidad de quien nada espera ni nada teme.

Como consecuencia, se ensalzan los vicios y se ridiculiza la virtud: el protagonista expresa que "la mayoría de los que pasan por virtuosos son, a su juicio, unos hipócritas o unos presuntuosos, o se engañan a sí mismos"; y alardea de sus vicios como algo natural. Hay también pasajes blasfemos y otros con descripciones inconvenientes.

P.F.

 

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