BUTLER, Judith

Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity

Routledge, New York 1990, 172 pp.

 

I. LA AUTORA

Esta filósofa es una de las principales representantes del pensamiento feminista en EEUU. Se comprueba su influencia al examinar las producciones feministas de los últimos años. Judith Butler comenta y critica los principales escritos del feminismo que se editan; se concede gran publicidad a sus frecuentes publicaciones; además, en los estudios del género, las tesis de esta pensadora figuran entre las de los autores más destacados, representando la vanguardia.

Cuando se publica Gender Trouble, Judith Butler trabaja como profesora de Humanidades en John's Hopkins University. Actualmente desempeña el cargo de profesora chancellor en el Departamento de Retórica y Literatura Comparada en la Universidad de California, en Berkeley. Sus obras más conocidas muestran el itinerario de su investigación: Subjects of Desire: Hegelian Reflections in Twentieth-Century France (New York, Columbia University Press 1987); Bodies that Matter. On the Discursive Limits of Sex (New York, Routledge 1994); Excitable Speech. A Politics of Performative (New York, Routledge 1997); The Psychic Life and Power; Theories in Subjection (Standford, Standford University Press 1997).

 

II. CONTEXTO CULTURAL DE GENDER TROUBLE

Entender la argumentación que sigue J. Butler en este libro supone previamente responder a dos cuestiones: ¿por qué pensar sobre el género?, y ¿cómo pensar sobre el género? La respuesta a la primera pregunta nos introduce en la historia del feminismo, la segunda nos conduce a la historia de la filosofía contemporánea. Ambas historias se entrecruzan en “Gender Trouble”.

Dejando al margen las etapas del feminismo como movimiento social de promoción y/o de liberación de la mujer, sí cabe destacar que a partir de la década de los sesenta y especialmente en los setenta, muchas feministas comienzan a constituir lo que se llama los “Women's Studies”, es decir, grupos de investigación acerca del tema "mujer" en el seno de las Universidades. Predomina en estas iniciativas la perspectiva del feminismo radical. La fuente de inspiración es “Le deuxième sex” (1949) de Simone de Beauvoir, que continúa siendo punto de referencia obligado en cualquier teoría acerca de la cuestión de la feminidad. De este modo, no es de extrañar que en “Gender Trouble” se le dedique un buen número de páginas. A finales de los setenta los “Women's Studies” se convertirán en “Gender's Studies”. El motivo de la transformación se entrevé en el discurso que ofrece esta obra de J. Butler. Se insiste en la distinción "sex-gender": la noción de sexo responde a la dimensión biológica, mientras que la de género es fruto de la cultura y la educación. El sexo de la mujer se establece por una serie de rasgos biológico-corporales; las atribuciones propias que se le asignan a la mujer, dando forma al sexo, constituyen el “gender” femenino. El siguiente paso del estudio, una vez establecida la escisión "sex-gender", consiste en averiguar cómo se forja el género y quiénes lo desarrollan. El propósito es claro: si se conocen las leyes de formación del género y el género femenino sufre la discriminación, para liberarlo, habría que destruir esas normas que lo han deformado.

En el conjunto de representantes feministas que abordan el tema del género sobresale un grupo de autoras francesas en la década de los ochenta. Han tenido más repercusión en EEUU que en Europa. Constituyen una corriente de pensamiento que se ha llamado feminismo postmoderno. Luce Irigaray y Julia Kristeva son sus representantes más conocidas. La peculiaridad de esta vertiente feminista se aprecia por su empeño en criticar la crítica que ha elaborado el feminismo tradicional. Judith Butler utiliza este método, y alza una crítica de la crítica que elaboran varios autores entre los que se encuentran estas autoras francesas. A esto hay que añadir que, del eclecticismo que ofrece el pensamiento postmoderno, Butler acoge la línea del postestructuralismo, uno de los caminos que ha seguido la filosofía contemporánea. Pretende acoger el método de Michel Foucault, quien aplica el método del estructuralismo a la literatura y a la antropología. También cita y se refiere a las aplicaciones estructuralistas de Claude Levi-Strauss (en etnología), Louis Althusser (en el marxismo) y Jacques Lacan (en el psicoanálisis).

Por último, no se puede pasar por alto, para comprender esta obra, otro de los fenómenos sociales que dependen en parte de algunos planteamientos del feminismo: se trata de la defensa del lesbianismo. Este intento de justificación comienza a nivel académico con el desarrollo de los “Women's Studies”.

 

III. CONTENIDO

“Gender Trouble” se compone de un prefacio, tres capítulos y una conclusión. En el prefacio se expone: el objetivo de la investigación, un breve resumen de cada capítulo, y las personas e instituciones que han colaborado o han servido para el estudio. A lo largo de las partes en las que se estructura la obra, Butler consigue desarrollar la argumentación que nos propone desde el principio. A medida que se recorren las páginas aumenta la complicación del análisis como se aprecia al comprobar la mayor amplitud del capítulo tercero respecto del segundo y de éste respecto del primero.

El enfoque es predominantemente filosófico. El estudio es complejo, no sólo por la temática sino por el método y estilo de exposición de la autora. Las tesis se presentan mediante una sucesión de trabajos de diferentes pensadores que se van oponiendo entre sí. Judith Butler intercala sus comentarios de forma que, en numerosas ocasiones, se pierde con facilidad el tema central que intenta desarrollar, y el lector no puede discernir qué opinión corresponde a los diversos participantes en la discusión. Este modo de proceder es coherente con el objetivo que se propone: hacer crítica de la crítica con cierta mentalidad dialéctica. Otro de los recursos continuos de la argumentación consiste en tormentas de preguntas que componen párrafos enteros, cuestiones interesantes en muchos casos, que quedan sin responder.

Es una obra que para alcanzar su sentido requiere conocimientos previos de los autores que se citan, y de la evolución que la teoría feminista ha seguido. El interés de estas páginas no se restringe al ámbito del feminismo: el tema del género afecta a la sociedad entera y en concreto repercute en la problemática que se presenta en los movimientos reivindicativos de la homosexualidad, así como a algunos planteamientos actuales acerca de formas de vida que se pretenden equiparar a la familia.

El primer capítulo (sexo/género/deseo) expone en qué consiste el problema del género. El segundo (prohibición, psicoanálisis, y la producción de la matriz heterosexual) explica los modos por los que se va legitimando unas formas concretas de expresar el género. El tercero (actos corporales subversivos), referido a la relación entre cuerpo y género, concentra las tesis de Judith Butler. En los tres capítulos se reiteran expresa o implícitamente una serie de ideas que vamos a destacar a continuación agrupándolas por temas.

1. Feminismo: El feminismo ha presentado siempre el problema de definir qué es ser mujer. En un ámbito práctico busca qué posibilidades tiene la mujer en la política para adquirir más poder y lograr las reformas postuladas. Sin embargo, si el feminismo persigue unas metas está presuponiendo una concepción sobre la mujer que no posee de modo claro. Todo poder jurídico y político transforma al que representa en lo que reclama. No es suficiente solicitar que la mujer esté más presente en la política. La teoría feminista debería entender cómo la categoría de mujer es producida por las mismas estructuras de poder mediante las cuales se reivindica la emancipación. Se está presuponiendo una identidad concreta de la mujer que no existe, por eso las feministas son rechazadas por amplios grupos de mujeres.

El feminismo tiene que examinar su propia legitimidad y para ello tiene que volver a pensar las construcciones de identidad que se están realizando para la representatividad política. Mediante el lenguaje o el método empleados, el feminismo ha reproducido los mecanismos implícitos con los que se ha considerado erróneamente a la mujer. Un ejemplo de este tipo de argumentaciones se puede observar en la tesis de Simone de Beauvoir. La complejidad del tema requiere un discurso interdisciplinar y postdisciplinar para radicalizar la teoría feminista.

2. Género: Una de las dimensiones más importantes de la identidad es la del género. No existe la mujer como sexo o la mujer como categoría sexual. Simone de Beauvoir, Julia Kristeva, Luce Irigaray, Michel Foucault, Monique Witting, etc., argumentan que el sexo es una ficción. Afirmar que el sexo es una categoría atribuida por la biología, y el género es otra categoría asignada por la cultura, supone un acto de interpretación cultural. El género es el medio discursivo-cultural por el que la naturaleza sexuada o el sexo naturalizado es producido y establecido como prediscursivo, anterior a la cultura.

La continuidad y coherencia de una persona que apreciamos como su identidad responde a normas de inteligibilidad instituidas y mantenidas socialmente especialmente mediante el lenguaje, el discurso. La identidad se compone de los conceptos de sexo, género, y sexualidad. Cuando hay personas que no se conforman con la identidad asignada, ésta se pone en cuestión e implícitamente se ponen en duda las normas de inteligibilidad establecidas. Las normas que existen procuran mantener la continuidad entre sexo biológico, género constituido culturalmente, y la expresión o efecto de ambos en la manifestación del deseo sexual a través del ejercicio de la sexualidad.

El género no es, sino que se va haciendo y se va dando un significado. El género no es ni verdadero ni falso sino sólo producido como un verdadero efecto de un discurso o primera y estable identidad. No hay una esencia que el género exprese, ni un objeto ideal al que aspire. El género es una construcción que generalmente oculta su génesis. Existe un acuerdo colectivo para desarrollar, producir y sostener géneros polares como ficciones[1]. El género —según la autora— no debería ser constituido como una identidad estable o un lugar del que provengan diferentes actos propios. Es más bien una identidad constituida en el tiempo que se expresa por una serie reiterativa de actos discontinuos. El efecto del “gender” como fuente de actos, es la estilización del cuerpo mediante gestos y movimientos que hacen surgir la ilusión de un yo de un género. El género es una constitución sociotemporal, la apariencia de ser algo concreto es una de sus construcciones.

3. Lenguaje, cultura y sociedad: Las categorías de sexo y género han sido configuradas como efectos de una forma de poder. Para descubrirlo se requiere un método. Se acude al método genealógico de Foucault por el que es posible determinar cómo los poderes políticos designan como origen o causa de situaciones que les convienen, identidades concretas. Estas identidades son de hecho efecto de instituciones, prácticas y discursos que tienen diferentes génesis. En el caso del género, hay dos prácticas e instituciones que han fijado el contenido de la identidad femenina: el falogocentrismo y la heterosexualidad obligatoria[2].

Judith Butler acude a la teoría sobre la prohibición del incesto de Levi-Strauss, sobre la melancolía de Freud, y sobre la del falogocentrismo de Lacan. Describen los modos en los que los individuos desarrollan su identidad. Especialmente puntualizan la formación de una parte de esa identidad: la de pertenencia a un género. Aunque cada uno de estos autores mantiene una teoría propia coinciden en postular que los sujetos se identifican como varones o como mujeres o como homosexuales según las presiones ejercidas por la estructura social, cultural, destacándose las impresiones de las relaciones familiares. Judith Butler critica algunas fases de sus respectivos razonamientos pero admite que la identidad se establece por estructuras de significación impuestas. Ser de un género o de otro es una ilusión o ficción. Las sanciones y tabúes determinan lo masculino y lo femenino de la identidad.

Foucault es su principal fuente para explicar cómo llega a constituirse un “gender”. Supone un proceso complejo que consiste en una naturalización que a su vez requiere la diferenciación de placeres y partes corporales según las bases de significación del género. La normativa ideal de un cuerpo específico según el género asigna el placer a diferentes partes sexuales. El principal instrumento para establecer este control es el lenguaje. El lenguaje construye la categoría de sexo. La unívoca construcción del sexo es producida al servicio de una regulación social que controla la sexualidad. Unifica artificialmente una variedad de funciones sexuales, no reales, mediante el discurso que traduce inteligible toda sensación, placer y deseo como específicos sexualmente. La sexualidad es una compleja historia de discurso y poder que produce el sexo como estrategia que perpetúa las relaciones de poder. Los estudios biológicos son una muestra de esa clase de lenguaje que reproduce la sedimentación cultural de ese ejercicio del poder. La ontología es creada socialmente.

La sexualidad pertenece a la realidad constituida discursivamente. Hay una ontología presocial que la explica: la constitución del discurso en sí mismo. El lenguaje es un conjunto de actos de habla que al repetirse configuran los hechos, su forma de percibirlos. La diferenciación de sexos se produce mediante nombres que se practican colectivamente creando la apariencia de división natural de varón y mujer. La categoría de sexo es un nombre que esclaviza. Los conceptos, las categorías, el lenguaje hacen violencia al cuerpo que reclaman organizar e interpretar. Se crea la ilusión de un principio interno que se identifica con un género pero se trata de una ficción discursivamente mantenida por el propósito de regular la sexualidad en la estructura obligatoria de la heterosexualidad reproductiva. Los sujetos culturalmente inteligibles son el resultado de un discurso que inserta en sí mismo actos significativos según un sistema de reglas. Cuando el sujeto es dicho para ser constituido es consecuencia de reglas gobernantes de los discursos que ordenan la inteligible identidad[3]. El sujeto no es determinado por las reglas a través de las cuales es generado porque la significación no es un acto de fundación sino un proceso regulado de repetición. Si las reglas que regulan la significación permiten una alternativa de inteligibilidad cultural, se abren nuevas posibilidades para el género que está inmerso en el rígido código de estructuras binarias jerárquicas[4].

4. La homosexualidad: La argumentación de los apartados precedentes y especialmente del anterior adelanta la idea que tiene la autora sobre este tema. En principio se podría entender que Judith Butler admite como un género más la condición homosexual. Acude a los postulados de algunas feministas como Joan Rivière y Julia Kristeva y destaca la tesis de Monique Witting. Se repite la siguiente afirmación: la homosexualidad se ha rechazado como un tabú por la pretensión de imponer culturalmente la heterosexualidad obligatoria desde el patriarcado[5]. Critica las teorías feministas que sostienen la superioridad del lesbianismo —como es el caso de Kristeva— porque reproducen en el fondo los mismos criterios por los que se establece la superioridad de la heterosexualidad. Butler resulta más partidaria de la teoría de Witting, aunque también censura algunas de sus tesis. Monique Witting considera que la lesbiana no es ni hombre ni mujer sino que trasciende la heterosexualidad. Si el lesbianismo supone la repulsa de las categorías del sexo, eso mismo muestra la constitución cultural contingente de estas categorías y la tácita presunción de la matriz heterosexual. Uno no nace mujer, se hace, pero puede elegir no ser ni hombre ni mujer; el lesbianismo es un tercer género. Butler da un paso más extremo: no tiene sentido hablar de mujer, varón, gay o lesbiana. Puede haber tantos “gender” como posibilidades culturales se ofrezcan.

 

IV. VALORACIÓN DOCTRINAL

La autora plantea una serie de cuestiones interesantes sobre el feminismo mediante el procedimiento de criticar a la crítica feminista. Sus interminables interrogantes se dirigen a los puntos más débiles del feminismo radical que es objeto de su estudio. Se repite el fenómeno que observamos en el pensamiento postmoderno: desvela la contradicción de las ideas precedentes al desarrollarlas hasta sus últimas consecuencias, así como la contradicción con sus diversos puntos de partida. De esta forma, Judith Butler descubre la propia contradicción de las argumentaciones de los autores que hemos mencionado. Junto a este acierto, en las distintas teorías que se exponen en este libro, se repite un error: su alternativa al argumento criticado consiste en conducir las tesis a una postura todavía más extrema, que en el fondo arranca de la misma fuente que origina las afirmaciones que pretende rebatir. No las supera. La crítica de la crítica sostenida en parecidos presupuestos apenas aporta una solución constructiva a los problemas planteados. Nos sirve de ejemplo su advertencia a la política feminista. Como ella afirma, el feminismo ha perseguido unas metas teniendo como ideal un modelo de mujer preconcebido. Hay que tener una actitud crítica y juzgar en qué consiste este modelo. Si no es aceptable cabe proponer otro pero para que no resulte errado, como el que es objeto de crítica, quizá haya que reorientar los presupuestos que se asumen. J. Butler no sigue esta vía sino que aceptando que toda lucha política conlleva la construcción del ideal que se persigue, la solución es construirlo cada vez según las posibilidades culturales o establecer que no existe tal modelo. Parece inclinarse por esta segunda vía: el género no es nada y es lo que se va diciendo, diciéndose se hace. Lo que desalienta es que no se dice nada, este camino intelectual se dirige hacia el nihilismo.

El tema tratado se podría encuadrar dentro de la filosofía en el campo de la antropología. La idea de ser humano que subyace en “Gender Trouble” es incompatible con la concepción cristiana tanto por las afirmaciones explícitas que se mantienen como por la ausencia de dimensiones a las que habría que apelar para aportar una idea del ser humano completo.

Lo discutible no es únicamente la definición de feminidad que se aporta, sino la concepción de ser humano. Bajo su punto de vista el sujeto se hace según las leyes del lenguaje, de la cultura y de la sociedad. Estas normas, en continua actividad, parecen poseer automovimiento. A su vez, no se habla de su vinculación con seres humanos concretos sino con estructuras sociales. Da la impresión de que las personas viven bajo la influencia casi total de esas fuerzas. No se menciona apenas la libertad personal excepto cuando se plantea que un sujeto puede querer elegir la homosexualidad contradiciendo las leyes culturales habituales. Aunque se estima necesario el cambio de estas leyes, se ofrece esta posibilidad como algo que pertenece a la cultura y al sistema organizativo de las normas, y permanece en nebulosa que son los propios individuos quienes las pueden variar.

Critica la dicotomía cartesiana entre cuerpo y espíritu denunciando que al cuerpo no se le haya dado la relevancia oportuna. Como alternativa, su explicación arrastra el mismo problema. Apenas otorga entidad al cuerpo porque su significado va a seguir dependiendo de lo que la razón dicte. El cuerpo tampoco es natural: no hay naturaleza humana, no hay ontología en el sentido de realidad. Esta es otra de las afirmaciones reiteradas: todo lo que nos parece real es una ficción del lenguaje. De fondo, se mantiene una especie de ontología dialéctica.

Si apenas se puede decir qué es la persona humana tampoco se puede decir qué es la sexualidad. El “gender” no es nada sino pura construcción cultural. Vaciada la realidad de su propio ser se llena de lenguaje. Se supravalora el lenguaje y la cultura. Los argumentos estructuralistas se reiteran aunque la autora se declare postestructuralista. El ser humano no explica el lenguaje sino que es el lenguaje el que explica al ser humano. El sujeto se hace, se va haciendo, pero no se sabe hacia dónde va. No se deja lugar a la trascendencia.

Las relaciones sociales y especialmente las familiares están contempladas de una forma muy reductiva, como relaciones de influencia y poder. Se enfoca el estudio de la sexualidad desde una psicología enfermiza. Permanece una consideración muy narcisista de los individuos, que sólo viven para sí mismos y ven a los otros como alguien que quiere imponer su poder. Las relaciones sociales, y en general la dimensión social del hombre no se tiene en consideración y si se hace es bajo el prisma de la sospecha y la amenaza.

Esta argumentación hace perder el sentido de la realidad, manipulándola por completo. El análisis ofrecido transcurre en términos excesivamente abstractos e irreales. En este punto Butler puede ser coherente con su discurso: todo es ficción. El pensamiento se mantiene en una pura dialéctica que avanza a base de oponerse pero que no conduce a nada. Abundar en la obra un escepticismo profundo. El género acaba siendo una forma de hablar. Todo esto contradice la experiencia corriente de las personas. La crítica de la crítica se puede criticar con la misma crítica hasta llegar al absurdo.

Como se ha dicho, no hay en el planteamiento antropológico de la autora un mínimo atisbo de trascendencia. Encontramos dos comentarios aislados acerca de la religión. En uno de ellos se refiere a la noción de Dios, a la relación de Dios con las criaturas en el Antiguo Testamento tal y como la expone Lacan al definir lo simbólico[6]. Butler plantea objeciones a la tesis de Lacan. La otra alusión a la dimensión religiosa consiste en vincular la distinción cuerpo-espíritu, entendiendo que el cuerpo es algo subordinado, a una teoría que llama cartesiana y cristiana[7]. No manifiesta un enfrentamiento explícito con la fe, aunque estas referencias muestran una interpretación errónea de la misma: más bien hay una ausencia total de trascendencia.

La exposición de las tesis de los autores acerca de la sexualidad puede resultar, en algunas páginas, inconveniente, aunque se mantiene en un tono abstracto. Exploran la sexualidad de una forma fuertemente reductiva, identificándola casi exclusivamente con el placer. Esta perspectiva resulta especialmente distorsionada al describir el fenómeno de la homosexualidad.

A.B. (1998)

 

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[1] Judith Butler se refiere a los autores que cita en esta obra. Afirman que la sexualidad es una ficción y la explican contraponiendo siempre masculinidad y feminidad; se trata de dos polos opuestos.

[2] La autora presupone en qué consiste el método de Foucault, apenas lo explica. Es necesario también aclarar qué entiende por falogocentrismo: es la disposición o actitud del varón que considera que su fisonomía sexuada es la valiosa y la que contribuye realmente a la actividad y al placer sexual centrándose excesivamente en sí mismo.

[3] Por ejemplo, cuando se dice mujer se constituye a la mujer según las leyes del lenguaje que organizan los significados por los que entendemos qué es ser mujer o qué es ser varón.

[4] La heterosexualidad es una estructura binaria: varón— mujer, y es una estructura jerárquica: el varón domina a la mujer.

[5] El patriarcado es un sistema de organización social en el que el principio de autoridad se centra en el padre. Un sector de la teoría feminista utiliza esta categoría para explicar que la concesión de autoridad —que interpretan como poder— al varón arranca de esta forma de organización social y que ha influido en la manera peyorativa de concebir todo lo que guarde relación con las mujeres. La cultura, la ciencia, las artes ... están afectadas por la visión patriarcal. Cuando las mujeres asuman el poder, se podrá cambiar esta estructura. Esta interpretación está influenciada por el marxismo y es utilizada por muchas otras corrientes de pensamiento, no es exclusivo de las feministas hablar de la mentalidad patriarcal.

[6] p. 56.

[7] p. 129.