COLE, George D.H.

Historia del pensamiento socialista

Fondo de Cultura Económica, 5 vols. México, 1957, 1960, 1961.

(Título original: A History of Socialist Thought.)

BREVE VISIÓN DEL CONTENIDO DE LA OBRA

Se trata de un estudio completo del pensamiento económico y socio-económico de los distintos movimientos socialistas en el período 1789-1939.

El autor, economista —y socialista—, no pretende analizar ni todos ni los más fundamentales aspectos del pensamiento socialista. Trata de los movimientos y de las personas desde un punto de vista de teoría económica y socio-económica; las referencias a aspectos filosóficos y éticos, cuando se dan, son breves y resumidas.

En la exposición de los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por Cole, por regla general se evita toda valoración de personas o movimientos; la obra pretende ofrecer una exposición «objetiva» de la historia de la doctrina económica y social en el Socialismo. Manifiesta dominio de la materia, y consigue presentar una relación bastante completa de estos aspectos del pensamiento socialista.

En el volumen I, que lleva por título «Los Precursores», se estudian los orígenes del socialismo. En la introducción se señala que el socialismo no es fácil de definir y que muchos pensadores, que no son propiamente socialistas (como Bruno Bauer y otros), también serán tratados por la influencia que han supuesto en los iniciadores de este movimiento.

Así, en la primera parte se estudian los autores que Marx denominó «socialistas utópicos». Comenzando desde la Revolución francesa y la conspiración de Gracchus Babeuf, Cole estudia a Godwin, Paine y Charles Hall; Saint-Simon y sus seguidores, el comunismo utópico de Fourier y el fourierismo, Cabet, Sismondi y Owen. Después da una rápida visión del socialismo francés de L. Blanc, Flora Tristan, Lamennais y Proudhon, para pasar al estudio del socialismo alemán: Bauer, Hess y Grun, auto-definidos como los «verdaderos socialistas». El volumen se concluye con el estudio de las teorías de Marx y Engels hasta 1850, dedicando especial relieve al Manifiesto del Partido Comunista.

En el II volumen, Cole trata de las luchas entre anarquismo y marxismo en los años 1850-1890. Afirma que «en realidad no hubo en la primera mitad del siglo XIX ningún movimiento socialista con cierta unidad y claridad de miras. Un movimiento de este tipo sólo se dio después de 1848, y fundamentalmente después de 1860 con la Asociación Internacional de Trabajadores y las luchas internas entre las tendencias rivales (...) Estas luchas fueron las primeras señales del nacimiento del socialismo como fuerza internacional influyente en las clases obreras de todos los países desarrollados económicamente. El contraste entre marxistas y anarquistas —que en realidad fue un conflicto entre muchas tendencias rivales— ocupó una posición clave en el desarrollo del socialismo como movimiento; y, al mismo tiempo, la lucha entre los seguidores de Lassalle y los de Eisenacher después de la destrucción del socialismo francés en la Comuna de París, pusieron a los marxistas en una posición de dominio en la creación de los nuevos movimientos socialistas de los años 1880» (vol. II, p. V).

El punto de referencia de este volumen es, pues, la I Internacional. Cole expone el desarrollo del socialismo desde el Manifiesto de Marx y Engels hasta la creación de esta organización, en los principales países europeos: Alemania —con Rodnertus y Marlo—, Bélgica —Collins, Kats y De Keyser— y los albores del socialismo en Rusia. En esta primera parte del volumen, el autor más estudiado es Lassalle.

A continuación expone los acontecimientos que siguieron a la fundación de la I Internacional, es decir las luchas de Marx y Engels contra los «revisionistas» de todo tipo: Bakunin y los anarquistas, y el «socialismo alemán» de Dühring. Cole expone con cierto detenimiento las obras Das Kapital, de Marx, y Anti-Dühring, de Engels, para terminar con la decisión tomada por Marx de trasladar la sede de la I Internacional a New York. Este hecho supuso la disolución de esta asociación y también el surgir del socialismo en Norteamérica, con personajes como Henry George y Daniel De Leon. Cole termina este segundo volumen exponiendo el socialismo británico de W. Morris y dando una visión de conjunto de la situación de estos movimientos en los primeros años de la década 1890-1900.

El tercer volumen lleva por título «La II Internacional, 1889-1914», y aparece dividido en dos partes. En la primera se narran las luchas y divisiones doctrinales en torno a la II Internacional: la discusión sobre los medios para la implantación del socialismo; las causas de la guerra; los sindicatos; la unidad internacional de los socialistas y el colonialismo. Cole estudia en primer lugar el socialismo inglés, antes y después de la creación del partido laborista; a continuación trata de la gran controversia «revisionista» en Alemania, entre los que propugnaban una simple «reforma» de la sociedad capitalista, de tal modo que la implantación del socialismo debería seguir los cauces legales y políticos existentes, y los «ortodoxos» que afirmaban que el único medio válido para la implantación del socialismo era la revolución violenta. El autor expone las teorías de Jaurés y Sorel que dominaron la escena socialista francesa hasta 1905, y concluye el estudio europeo del socialismo con la situación en Rusia hasta 1905, fecha de la primera Revolución marxista en Rusia. También se detiene en la exposición del marxismo de Rosa Luxembourg.

La segunda parte de este volumen es una descripción del desarrollo del socialismo en los restantes países de Europa, Asia, América y Oceanía.

El cuarto volumen lleva por título «El comunismo y la Social Democracia 1914-1931». El autor señala que no pretende decir que todos los socialistas pertenecieran a uno de estos dos movimientos, sino simplemente que éstos han sido los dos estandartes principales en la lucha por la creación de la sociedad socialista.

Como dice el título, Cole comienza por la Revolución rusa de 1917 y las luchas internas entre los revolucionarios, de las que saldría vencedor Lenin y el partido bolchevique. Terminada la guerra civil rusa (1917-1921), comenzaría la influencia de este país en el desarrollo del marxismo en el Este de Europa: la Revolución en el Imperio Austrohúngaro y los países de los Balcanes son los temas de que trata el autor en las últimas páginas de esta parte.

La segunda parte, usando el mismo esquema del volumen tercero, se dedica a estudiar la situación del socialismo en los países restantes durante el período 1914-1931, concluyendo con un capítulo dedicado al socialismo y los derechos de la mujer, y otro de carácter comparativo dedicado a las características de los desarrollos del comunismo y de la Social Democracia en este período.

En el quinto y último volumen vuelve a aparecer una vez más la rivalidad entre Comunismo y Social Democracia, aunque el tema central sea el desarrollo del Fascismo y la oposición adoptada por el Socialismo. El título de este volumen es «El Socialismo y el Fascismo, 1931-1939», y después de proporcionar una visión genérica del «Mundo en los años 1930», Cole trata del ocaso del socialismo en Alemania, Países Escandinavos, Bélgica, Holanda, Suiza y Austria, y la guerra civil de España. Concluye el estudio del socialismo europeo con una visión de su desarrollo en Gran Bretaña, Francia y Europa oriental, para pasar a continuación a América: Estados Unidos, Canadá y América Latina. El volumen concluye con el inicio del comunismo en China en los años 1930.

VALORACIÓN DE LA OBRA

1. Economismo reduccionista.

Un aspecto que puede resultar chocante al enfrentarse con esta obra de Cole es la aparente inadecuación entre el título y el contenido. Efectivamente, bajo el título de Historia del pensamiento socialista, sólo se exponen las teorías socio-económicas de los autores socialistas. No se trata de un error de interpretación por parte del autor, sino simplemente de la expresión de un hecho: la reducción operada por todos los sistemas socialistas del ser del hombre a economía, del hombre a homo oeconomicus. Por eso, aunque Cole se declare no marxista y no socialdemócrata, en realidad tiene en común con ellos de algún modo esa concepción de la economía como «ciencia total», como única verdadera ciencia y, por tanto, fundamento para efectuar la crítica «científica» de la religión, de la filosofía, del Estado, etc.

Un activismo materialista tiende necesariamente a constituirse en colectivismo economista: hacer de la humanidad una masa indiferenciada que produce y consume. Se comprende que, según la concepción marxista —y con ligeras modificaciones se puede afirmar lo mismo de todo socialismo—, la economía sea la base que condiciona la existencia y el desarrollo de los demás valores, de tal modo que bastaría con cambiar las condiciones económicas en que se desarrolla la vida de una sociedad, para que cambie a la vez la misma naturaleza del hombre, y se pueda acabar con la religión, la familia, la propiedad privada, y todas las demás situaciones «alienantes» que impiden al hombre alcanzar su verdadera libertad.

De aquí la radical oposición al cristianismo que hay en todo sistema socialista: son dos concepciones completamente opuestas sobre Dios, el hombre y el mundo, y sobre las relaciones de los individuos entre sí.

Estas características (de oposición al cristianismo) quedan suficientemente de manifiesto con una simple visión de la historia del socialismo. De este modo se completa —y se puede entender mejor— la exposición que ha hecho Cole con el nombre de «Historia del pensamiento socialista»: se puede ver cómo y dónde nace ese pensamiento, y qué formas prácticas ha tomado en la vida social.

2. Breve historia de los movimientos socialistas.

Para conseguir una mayor sistematicidad, dividiremos este resumen en cuatro apartados: a) antecedentes históricos del socialismo; b) el socialismo francés; c) el socialismo alemán: Karl, Marx y Friedrich Engels; d) el socialismo después de Marx[1].

a) Antecedentes históricos del socialismo.

Un personaje oscuro, pero que causó un influjo indudable en los primeros movimientos socialistas, fue el sacerdote francés Jean Meslier (1692-1730 aproximadamente). Meslier no publicó nada durante su vida, pero a su muerte dejó un documento conocido con el nombre de Testamento en el que, después de una rabiosa afirmación de ateísmo, afirmaba que para acabar con las desgracias del hombre, había que terminar primero con la tiranía de la religión y de la monarquía, que son invenciones de las clases dominantes para continuar detentando su poder absoluto. En el Testamento, Meslier también afirmaba que el matrimonio, la familia, la propiedad privada y la división en clases tenían su origen en la explotación de los poderosos, y terminaba con un llamamiento a la unión de los oprimidos: «vuestra salvación está en vuestras manos, vuestra liberación sólo dependerá de vosotros si sabéis entenderos entre vosotros» (Testamento, tomo III, ed. Ch. Rudolf, Amsterdam, 1864, p. 381).

Voltaire conoció este documento y le pareció «demasiado revolucionario», atreviéndose sólo a publicar parte de él en 1762; el Barón d'Holbach también hizo recaer la atención sobre Meslier, publicando en 1771 una obra titulada El buen  sentido del padre Meslier, pero la publicación íntegra de esta obra sólo tuvo lugar en 1864.

Un poco posterior a Meslier es el benedictino Dom Deschamps (1716-1774), que constituye ya en cierto modo un anuncio del socialismo dialéctico. Deschamps sufrió el influjo de Rousseau, Helvetius y D'Alambert, y su sistema filosófico consiste en una afirmación declarada de ateísmo, que puede ser considerada como un claro antecedente del sistema hegeliano. También causó un cierto influjo en las teorías de Fourier.

El último autor que queremos considerar, entre los precursores del socialismo, es Babeuf, que ha sido objeto de un verdadero culto por parte de los socialistas, aunque en realidad su influencia ha sido pequeña. Babeuf se distingue fundamentalmente de los anteriores en que se propuso llevar a la práctica las ideas que preconizaba, y para esto creó una especie de partido —el babouvismo—, con el fin de luchar por poner término a la existencia de la propiedad privada.

b) Socialismo francés e inglés.

1) Bajo el nombre de «socialistas utópicos», Marx solía calificar a los iniciadores del socialismo, y más concretamente al Conde de Saint-Simon, a Charles Fourier, Robert Owen y Etienne Cabet.

Saint-Simon es un representante típico del racionalismo francés de finales del siglo XVIII. Profesaba un culto entusiasta a la ciencia, a la que veía como el futuro principio motor y rector de la vida moderna. Como buen cartesiano, pensaba que la ciencia debía proporcionar una moral nueva, y un conocimiento cierto de la realidad que desplazaría a los dogmas religiosos. Saint-Simon anuncia ya el colectivismo marxista, aunque con grandes diferencias respecto a Marx, pues postula un papel preponderante y exclusivo del productor que se convertiría en dueño de las empresas en que trabajaba.

Charles Fourier nació en Besançon en 1771. Era hijo de un modesto comerciante, y su juventud transcurrió en diversos empleos de los que sólo obtuvo el odio hacia el sistema económico vigente y una condena a muerte —no llevada a cabo— por sus actividades revolucionarias. Marx vio en las teorías de Fourier un «humanismo cumplido», porque el ateísmo era el punto de partida de esta filosofía.

Fourier proponía un comunismo «utópico» consistente en la creación de un nuevo tipo de comunidades (los falansterios) basados en la asociación voluntaria del capital. La nueva célula de la sociedad sería la falange (Fourier tenía verdadero odio hacia la institución familiar), basada en una combinación «científica» de las pasiones capaz de garantizar su desarrollo integral. Fourier hacía un especial hincapié en la libertad sexual que reinaría en los falansterios y prometía a los trabajadores unas condiciones de trabajo tales que éste se convertiría en un placer y no en una carga.

Fourier murió en París, en 1837, y entre sus obras principales hay que citar La Théorie des quatre mouvements et des destinées génerales (1808), y el Traité d'association domestique agricole.

Robert Owen (1771-1858) antes de preocuparse por los problemas sociales había montado una fábrica de algodón en Lanarck, de la que obtuvo abundantes beneficios. Presenta una especie de comunismo en el que —igual que sucede en Fourier— el ateísmo es el punto de partida. Para Owen, el hombre es un ser irresponsable, y el que su conducta sea buena o mala depende exclusivamente de las condiciones de vida en que se encuentre. Según su concepción, la conducta viene determinada por el tipo de educación que haya recibido el sujeto de tal modo que, para poder llegar al establecimiento de la «nueva sociedad», es necesario que el hombre reciba una educación igualitaria, sin sanciones y en la que sean abolidas las ideas de jerarquía, propiedad y disciplina sexual.

Con estas ideas, Owen fundó en Indiana la colonia de New Harmony que pronto degeneró en la anarquía y en la promiscuidad. Vuelto a Inglaterra repitió su intento, pero el resultado volvió a ser el mismo. Entre sus obras más destacadas están Outlines of the rational system y la New view of society, or essays on the formation of a human character.

Etienne Cabet (1788-1856) pronto se hizo conocido en Dijon, su pueblo natal, más que por la brillantez de sus estudios por sus ideas revolucionarias. En 1834 fue condenado a dos años de prisión y tuvo que huir a Londres. Allí maduró sus ideas, evolucionando hacia una especie de comunismo que expuso en su obra Voyage en Icarie, publicada en 1840. Ocho años más tarde fundó una colonia en Navoo (Illinois) llamada Icarie, basada en la comunidad de bienes y manteniendo el matrimonio y la obligatoriedad del trabajo.

2) En Francia se desarrolló más posteriormente otro tipo de socialismo, comúnmente denominado «socialismo democrático», que tuvo sus principales figuras en Pierre Leroux, Victor Considerant y, especialmente Proudhon.

Leroux (1797-1871) centró sus esfuerzos en la elaboración de una religión del socialismo. Los resultados a los que llegó fueron la disolución del hombre en la Humanidad, una extraña especie de panteísmo que trata de explicar la realidad con un sistema de triadas (a imagen de la Santísima Trinidad), y la sustitución de la caridad por lo que él llama «solidaridad», que no es más que una filantropía reducida al amor de sí mismo.

Considerant nació en Salins, en 1808, y fue el discípulo más aventajado de Fourier. Su empeño fue convertir al cristianismo las doctrinas del maestro, pensando que para lograrlo bastaba con no eliminar la propiedad privada sino multiplicarla de tal modo que todos pudieran participar en ella y promover la asociación voluntaria de los capitalistas.

Pierre J. Proudhon nació en Besançon en 1809 y murió en Passy en 1865. De formación hegeliana, muestra en sus obras el anticlericalismo más agresivo, y fue considerado durante algún tiempo el líder del socialismo francés, hasta el punto de que Marx se desplazó a París con el fin de conocerle, aunque pronto comenzaron las disputas entre ambos.

En su obra ¿Qué es la propiedad?, después de responder que es un robo, busca la síntesis ente comunidad (tesis) y propiedad privada (antítesis), encontrándola en lo que él llama «posesión» que sería la concesión gratuita de unos bienes a los particulares, teniendo en cuenta el equilibrio de las fuerzas económicas de la sociedad.

Al conocer estas teorías, Marx se separó de él, dedicándole en El Capital el apelativo de «pequeño burgués» (y un «pequeño burgués es una contradicción viviente»). Proudhon, por su parte, tachaba a la doctrina marxista de utópica, porque «todo jornalero aspira a ser empresario; todo oficial a ser maestro; los sueños del trabajador son tener coche, como antaño los del plebeyo eran llegar a ser noble; y hasta las mujeres aspiran a casarse para ser soberanas de un pequeño Estado que ellas llaman su casa».

Proudhon parece que fue el primero en hablar modernamente de la anarquía como futura fórmula del gobierno de la sociedad.

E1 socialismo alemán: Karl Marx y Friedrich Engels

1) Antecedentes del socialismo alemán: Rodbertus.

Colins, en Bélgica; Ruskin y Belfast, en el Reino Unido, y otros autores, habían hablado de un cierto tipo de socialismo colectivista, pero ninguno tuvo la importancia de Karl Rodbertus-Jagetsow, en el que se puede ver un antecedente próximo tanto del socialismo marxista como del «socialismo de Estado» de Lassalle.

En sus obras Reivindicaciones de las clases trabajadoras (1837) y Cartas sociales (1850-1852) insiste en que la ganancia obtenida por los propietarios procede de la explotación de los trabajadores, pues reciben los beneficios de algo en cuya producción no han participado. Este fraude se mantiene en la historia por culpa de la existencia de la propiedad privada.

Rodbertus no se atrevió a pedir la supresión de la propiedad privada, contentándose con exigir la libertad de contratación y encargando al Estado la vigilancia por la justa repartición de los beneficios a los obreros.

2) Karl Marx.

Nació en Tréveris el 5 de mayo de 1818. Su padre —Hirschel Marx— era judío de religión, pero las leyes de Prusia sólo permitían desarrollar profesiones liberales a los luteranos, y ante esta perspectiva tuvo que «convertirse» al luteranismo. Hirschel Marx era un gran admirador de Rousseau, Voltaire y Diderot; y educó a su hijo según las teorías de estos autores. No consta que Marx fuera bautizado, y no recibió ninguna formación religiosa: se puede decir que Karl Marx fue ateo desde su infancia.

En 1830 comenzó a asistir al Liceo de Tréveris, y en 1835 se inscribió en la facultad de derecho de Bonn. Al año siguiente conoció a Jenny von Westphalen, con la que se casaría en 1843. De ella tuvo seis hijos, tres de los cuales murieron muy jóvenes. Sus hijas se casarían después con socialistas, y contribuirían a la difusión de las ideas del padre.

En 1836, ante el poco aprovechamiento de sus estudios, en Bonn, su padre le inscribe en la facultad de Berlín. Aquí siguió los cursos de Savigny (que negaba el Derecho Natural) y de Gans (que explicaba la filosofía del derecho de Hegel). En 1837 comenzó a frecuentar el Doktorclub ,y entró en contacto con los partidarios de la «izquierda hegeliana»: conoció a Bruno Bauer, y cuando éste obtuvo una cátedra en Bonn, Marx se apresuró a presentar su tesis doctoral en Jena («Diferencia entre la filosofía de Demócrito y Epicuro») con el fin de obtener otra para sí, con el apoyo de Bauer. Era el año 1841.

Bauer fue expulsado de la universidad de Bonn y Marx —al no poder conseguir la cátedra— comenzó a escribir en la revista Rheinische Zeitung, atacando la idea de Estado Cristiano y dedicando una atención particular a las cuestiones sociales. Parece ser que también Engels colaboró en esta revista, aunque todavía no se inició su amistad con Marx. En 1843 la revista fue cerrada por orden del gobierno, y Marx marchó a París con un doble objetivo: conocer los movimientos socialistas y a Proudhon.

Su estancia en París duraría dos años. En ese tiempo fundó, con la ayuda de Arnold Ruge, los Deutsch-Französische Jahrbücher («Anales Franco-Alemanes»), de los que sólo edita un número. En este número de los «Anales» también colaboró Engels, con un artículo que gustó mucho a Marx (en 1859 todavía lo calificaba de «genial»). En Francia comenzó a estudiar a los «economistas clásicos»: A. Smith, D. Ricardo y J. B. Say, y también a sus críticos, especialmente Sismondi y Buret. Fruto de estos estudios serán los Manuscritos de 1844, publicados más adelante.

A finales de 1844, Marx y Engels —juntos por primera vez— escriben La Sagrada Familia, que sería publicada en 1845, año en el que K. Marx fue expulsado de Francia, y se establece en Bruselas. Allí le alcanzó Engels y escriben La ideología alemana, crítica de las teorías de Feuerbach, Bauer y M. Stirner.

1846 es el año de la ruptura entre Marx y Proudhon: éste escribió La filosofía de la miseria, y Marx le respondió al año siguiente con La miseria de la filosofía. Por esta época se produjo su entrada en la Liga de los Comunistas, a la que cambió el lema de «Todos los hombres son hermanos» por el conocido «Proletarios del mundo uníos». Pronto se hizo con el poder y ese mismo año, a petición del II Congreso de la Liga, Marx y Engels escribieron el Manifiesto del partido comunista, publicado por primera vez en 1848.

Durante ese año tuvieron lugar una serie de revoluciones en Alemania, y Marx pudo volver a su país. Entró como redactor jefe de la Neue Rheinische Zeitung y colaboró en el movimiento comunista de Colonia hasta que, tras el fracaso de este movimiento, fue otra vez expulsado y tuvo que establecerse —ya de modo definitivo— en Inglaterra. De esta época fueron los artículos que, en 1895, Engels recogió en La lucha de clases en Francia y los que forman El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

En 1849 Marx se establece definitivamente en Londres. Durante esta época sufrió apuros económicos, puestos de manifiesto en sus cartas a Engels. Para conseguir algún dinero, publicó durante estos años una serie de artículos periodísticos para el «New York Tribune». En 1859 aparece Para la crítica de la economía política.

En 1864 comienza un nuevo período de la vida de Marx, centrado especialmente en sus luchas contra las desviaciones de la «ortodoxia socialista» que él propugnaba. En ese año participó en la formación de la «I Asociación Internacional de Trabajadores» (más conocida como «I Internacional»), de la que sería miembro hasta 1876. Como directivo de la I Internacional, Marx dedicó todos sus afanes a luchar contra los seguidores de Proudhon en Francia, los de Lassalle en Alemania y los anarquistas encabezados por Bakunin.

En 1867 aparece el primer libro de El Capital.

Tres años después estallaría la guerra franco-prusiana. Marx, al principio, adoptó una postura en favor de los prusianos, pues su victoria «sería a la vez la victoria de nuestra teoría respecto a la de Proudhon» (Carta a Engels, del 20-VII-1870). Pero más tarde cambió su postura y se unió a la Comuna, de París, a la que consideró como «un heraldo glorioso de la nueva sociedad» (La guerra civil en Francia).

En el Congreso de La Haya, de 1872, Marx consiguió que Bakunin fuera expulsado de la Internacional, y también que la sede de la asociación se trasladara a New York, con la excusa de que así se evitaría la infiltración de proudhonistas y bakuninistas: en New York la Internacional tuvo una vida lánguida hasta que por fin desapareció.

A partir de 1873, Marx se retiró prácticamente de la vida pública, dedicándose casi por completo a El Capital. Durante la última década de su vida y ante el fracaso de las experiencias revolucionarias en Francia, Alemania e Inglaterra, parece ser que comenzó a considerar a Rusia como un lugar propicio para la implantación del socialismo. El 14 de marzo de 1883, Karl Marx moría en Londres.

3) Friedrich Engels.

Engels nació el 28-XI-1820, en Barmen (Westfalia), en una familia burguesa de industriales. Hasta hace poco tiempo se tenía la idea de que Marx hubiese «educado» a Engels para el socialismo, pero la publicación de sus escritos juveniles (vid. Marx-Engels Gesamtausgabe, MECA, I, Abt., Bd. II: F. Engels Werke und Schriften bis Anfang 1844) ha mostrado un Engels que padeció por su cuenta la crisis operada en Alemania, en la primera década después de la muerte de Hegel, y que en el momento de su encuentro con Marx llevaba ya algunos años de andar por el mismo camino.

Engels sufrió el influjo de Hegel a través de las enseñanzas de Strauss, Bauer y Feuerbach. Sus primeros escritos filosóficos están dedicados a la especulación teológica: «La convicción religiosa es un asunto del corazón, y se relaciona con el dogma sólo en la medida en que éste contrasta o no con los sentimientos...» (Carta a Graeber, 12-VII-1839, loc. cit. p. 530 s.). Pero muy pronto se dejó sentir el influjo de Strauss, y se dejó llevar por el irracionalismo religioso: «La religión es un asunto  del corazón, y el que tiene corazón puede ser piadoso; pero si por el contrario su piedad tiene su raíz en el intelecto, ese no tiene religión» (Carta a F. Graeber, 27-VII-1839, loc. cit. p. 531s.). Pese a la deformidad de su concepción —típicamente luterana—, no cabe duda de que durante este período, Engels se muestra muy diverso de Marx que —como ya hemos dicho— nunca tuvo alguna preocupación religiosa.

La lectura de la Entmythologisierung, de Strauss, le convirtió a la «izquierda hegeliana», y Engels pasó decididamente a mostrar el ateísmo del sistema hegeliano.

Durante el bienio 1841-42, aparte de sus controversias con Schelling por su intento de conciliar fe y razón y por el abandono de su primitivo panteísmo, Engels se hizo comunista. A finales de 1842 fue a Manchester a trabajar en una hacienda paterna y se produjo su primer contacto con el mundo laboral. Publica el ensayo Situación en Inglaterra, en el que todavía aparecen los problemas religiosos; pero quizá el trabajo más significativo de este período es su crítica al libro Past and Present, de Th. Carlyle, en la que ya aparece una crítica positiva a la religión. La religión —dice Engels— es en su esencia un vaciarse del hombre, y hay que acabar con ella para poder restituir al hombre los valores que ha perdido por su causa (cfr. Die Lage Engels, MEGA, I, 2, p. 427). También pertenece a esta época su Esbozo de una crítica de la economía política.

A partir de 1843 comenzó su amistad y colaboración con Marx. El primer fruto de esta unión fue un artículo en los «Anales Franco-Alemanes», al que seguirían en años sucesivos La Sagrada Familia, La ideología alemana, etc.

En 1844 comenzó a trabajar en su obra La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra, que terminó en el año 1849. A petición de los comunistas redactó los Principios del comunismo, antes de que a él y a Marx se les encargara la redacción del Manifiesto.

Después del fracaso de la revolución de 1848, publicó La campaña constitucional en Alemania, La guerra de los campesinos en Alemania y Revolución y contrarrevolución en Alemania. En 1850 Engels volvió a la fábrica paterna de Manchester, y desde allí continuó su colaboración con Marx, principalmente en la redacción de los artículos políticos de la época 1851-1870 para el «New York Tribune». Cuando Marx se retiró de la vida pública —hacia 1873—, Engels asumió todo el peso en la difusión y defensa del marxismo contra los ataques de revisionistas y anarquistas: de los años 1876-77 son sus polémicas contra el socialista E. Dühring, recogidas en su obra Anti-Dühring (de la que Marx redactó un capítulo), que encontró una fuerte oposición en los «reaccionarios» Bernstein, Most, Wahlteich, etc. A causa de estas polémicas había tenido que interrumpir sus trabajos sobre la «dialéctica de la naturaleza»; y los tuvo que volver a interrumpir a la muerte de Marx, para dedicarse a poner en orden las notas y manuscritos dejados por su amigo.

En 1885 publicó el II libro de El Capital, y en 1894 —once años después de morir Marx— publicó el libro III. Durante este período prácticamente fue éste el único trabajo que desarrolló, aparte del apoyo propagandístico que dedicó a los diversos partidos comunistas europeos (especialmente al ruso). En 1895 murió, y por deseo suyo fue incinerado.

4) Adversarios de Marx y Engels: socialismo de Estado y anarquismo.

El máximo exponente del «socialismo de Estado» fue F. Lassalle. La diferencia fundamental con el marxismo consistía en la táctica propugnada para lograr el establecimiento de la sociedad socialista: Lassalle negaba la necesidad de la revolución, y encomendaba al Estado el establecimiento del socialismo. Con este fin, quiso crear un partido político obrero para —con la ayuda del Estado— lograr la transformación de los trabajadores en patronos: así surgió la «Asociación de Trabajadores» que sería el primer embrión del partido social-demócrata alemán.

El programa de Lassalle se podría resumir diciendo que la historia de la Humanidad no sería otra cosa que una larga lucha por la conquista de la libertad sobre la Naturaleza, las opresiones de todo tipo (especialmente la religiosa), la miseria, la ignorancia, la pobreza y la debilidad que rodean al hombre. Para conseguir la victoria en esta lucha es indispensable la unión de los trabajadores, y esta unión la crea el Estado, pues sólo él es capaz de conseguir el «desarrollo de la Humanidad hacia la libertad».

Lassalle murió en 1864 y sus doctrinas no gozaron de mucha estima entre los ortodoxos; así en el Congreso de Erfurt (1891) fue «condenado». De todos modos, a través de su discípulo Wagner, influyó en gran medida en el partido laborista inglés.

En el IV Congreso de la I Internacional (Basilea 1869) aparecieron dos tendencias principales: los marxistas y los anarquistas que exigían la inmediata destrucción del Estado. Después de cuatro años de continuas disputas, en el Congreso de La Haya, de 1872, los anarquistas, encabezados por Bakunin, rompieron definitivamente con los marxistas.

Bakunin había nacido en Torjov, cerca de Moscú, en 1814, en el seno de una familia acomodada. Su padre esperaba de él que se dedicara a la burocracia, pero a los veintiún años escapaba de Moscú y comenzaba su vida de anarquista errante por Europa.

Hacia 1840 llega a Berlín y allí entra en contacto con los exponentes de la «izquierda hegeliana», especialmente con Max Stirner[2], que influyó decisivamente en su concepción del socialismo. En 1848 tomó parte en la revolución de Dresde, fue hecho prisionero y entregado al gobierno zarista que lo desterró a Siberia. En 1860 consigue huir y, a través de Japón y Estados Unidos, vuelve a Europa donde participa en los intentos de revolución de Rusia, Polonia e Italia. En 1867 participa en el I Congreso de la «Liga de la Paz» sufriendo un desencanto ante el «pacifismo» de Victor Hugo, Garibaldi, etc., de tal modo que al año siguiente fundó la «Alianza de la Democracia Socialista» que se anexionó a la I Internacional. Sus disputas con Marx podrían resumirse con una frase de Bakunin: «Marx me llamó un idealista sentimental, y tenía razón; yo le llamé un hombre vanidoso, pérfido y pícaro, y yo también tenía razón». Así, después del Congreso de La Haya, Bakunin fundó la «Federación Jurasiana», que fue la cuna de casi todos los anarquistas de finales del siglo XIX.

Sus obras principales son Dios y el Estado, Cartas a un francés, El catecismo revolucionario, Los principios de la revolución y el Cartolario social-político. Bakunin murió en Berna, en 1876.

El lema del anarquismo fue: «ni Dios, ni amo, no obedeciendo cada uno más que a su propia voluntad» (Grave, La société future, París, 1895). Para Bakunin, el Estado es «la suma de las negaciones de la libertad del individuo» y la sociedad la causa de todos los crímenes que se cometen. Por tanto, sería necesario la inmediata destrucción de la sociedad capitalista, para poder establecer la «nueva sociedad» en la que no habrá ninguna autoridad y que será naturalmente buena, porque estará fundada en la libertad de los individuos que —al igual que en la concepción rousseauniana— también son buenos por naturaleza.

«La revolución la comprendemos como el desencadenamiento de lo que se llaman hoy malas pasiones, y la destrucción de lo que en el mismo lenguaje se denomina orden social... El bandido es un héroe, un defensor, un salvador del pueblo... Es preciso destruir lo existente sin distinción y ciegamente, con este único pensamiento: lo más posible, y lo más rápidamente posible. Veneno, puñal, lazo... La Revolución santifica todo en este orden de medios. El campo es libre» (Bakunin, Sozial-politischer Briefwechsel, pp. 335, 353 y 361).

d) El socialismo después de Marx.

Muy pronto surgieron las escisiones entre los seguidores de Marx, a lo cual también contribuyó la oscuridad en que Marx dejó muchas cuestiones de sus teorías. En general, se puede decir que surgieron dos tendencias: una la del marxismo «ortodoxo», de carácter revolucionario; y otra de carácter más conservador, posibilista y reformista, conocida con el nombre de «revisionismo». La primera tendencia estuvo representada en Alemania por Most y Hasselman, en Italia por Ferri y Labriola, y en Francia por Guesde y Lafargue (que pronto abandonaron la «ortodoxia»). Entre los representantes de la segunda tendencia estuvieron Bebel en Alemania; Malón, Renard, Fournière, Jaurés, Sorel y Millerand en Francia; Bisolati y Turati (y también Benito Mussolini) en Italia.

Sin ninguna duda, la figura más importante del «marxismo revisionista» fue Bernstein, mientras que el líder indiscutido del «marxismo ortodoxo» fue Lenin.

Eduard Bernstein nació en 1850 en Berlín. Era hijo de un empleado de los ferrocarriles alemanes, y comenzó a trabajar como empleado de banca, para después hacerse periodista, escritor y político: ingresó muy joven en el partido socialista alemán, siendo uno de los delegados en el Congreso de Gotha de 1875. Es el autor que más ha influido en la línea ideológica de la social democracia alemana. Sus obras principales son Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie, Zur Theorie und Geschichte des Marxismus y Der Revisionismus in der Sozialdemokratie.

Bernstein parte del principio de que «la elaboración y desarrollo ulteriores de la doctrina marxista debe comenzar con la crítica de la misma». Los elementos más importantes de su «crítica» al marxismo son: la no conformidad con la necesidad de la revolución para lograr el establecimiento del socialismo; la negación de la teoría marxista de la progresiva acumulación del capital en manos de unos pocos capitalistas; y la negación de la progresiva miseria del proletariado en base a la comprobación del progresivo aumento de la clase media.

Vladimir Ilitch Ulianov (Lenin) nació el 10-IV-1870 en Simbirsk (hoy Ulianovsk, en honor suyo). Era hijo de un inspector de enseñanza y su madre pertenecía a la pequeña nobleza rural alemana. Tuvo cinco hermanos, el mayor de los cuales fue ejecutado en 1887 por su participación en el atentado contra el zar Alejandro II. Comenzó a asistir a la facultad de derecho de la universidad de Kazan, de la que fue expulsado por sus actividades revolucionarias. En los alrededores de 1890 se dedica al estudio intenso de El Capital y a las actividades del círculo clandestino que había formado en Samara. En 1891 obtuvo el título de abogado en la universidad de San Petersburgo.

En 1893 se unió a un círculo de jóvenes teóricos marxistas compuesto por Struve, Tugan-Baranovskii, Potresov, etc., que deseaban publicar legalmente literatura política marxista: muy pronto Lenin se convertiría en líder de ese grupo. Al año siguiente formó la «Unión de combate de San Petersburgo para la libertad de la clase obrera», como centro intelectual (en 1897, pese a su oposición, también entraron a formar parte representantes de la clase obrera, y Lenin escribió la Protesta contra un escrito titulado el Credo, que defendía ideas revisionistas semejantes a las de Bernstein). En 1895 hizo un viaje a Suiza a conocer a Plekhanov y publica la revista «La causa de los trabajadores». Ese mismo año es detenido, y en prisión comienza a escribir Desarrollo del capitalismo en Rusia. En 1897 es deportado a Siberia.

En 1900 terminó su destierro y comenzó el exilio. Funda dos publicaciones: «Amanecer» e «Iskra» que no gozaron de buena acogida. En 1902 publica ¿Qué hacer?, y al año siguiente consiguió la victoria frente a los «mencheviques» en el congreso del partido celebrado en Londres. En 1904 publica Un paso hacia adelante, dos hacia atrás, y en 1905, al estallar la revolución, vuelve a Rusia, pero tiene que huir de nuevo ante el fracaso del movimiento. En 1909 escribe Materialismo y empirio-criticismo, y hasta 1917 permanecerá por diversos países europeos, publicando El imperialismo, última fase del capitalismo (1916). Al estallar la revolución de 1917 vuelve a Rusia y se opone al gobierno de Kerenski bajo el grito: «todo el poder a los soviets»: en octubre de ese año, Lenin es el jefe del Consejo de Comisarios del Pueblo, y comienza la colectivización del país: para esta época ya ha escrito El Estado y la revolución y ha derrocado el gobierno de Kerenski. Poco a poco consigue la preeminencia de los bolcheviques en el consejo de los soviets (al principio eran minorías) y cuando lo consigue da un «golpe de estado», terminando con los demás partidos marxistas que formaban parte de ese consejo. En 1920, ya como jefe absoluto de la URSS, escribe La enfermedad infantil del comunismo, el izquierdismo, contra los que afirmaban que la revolución había supuesto en realidad la dictadura del partido y no la del proletariado. Lenin murió el 21-I-1924, después de crear una nueva «ortodoxia» dentro del marxismo: el marxismo-leninismo, que se había de convertir en la regla única para juzgar los posteriores desarrollos de las teorías marxistas.

A la muerte de Lenin comenzó una verdadera guerra por el poder que, como es sabido, tuvo como vencedor a Stalin. Iosif Visarrionovic Stalin nació en 1879 en Gori. Su padre era zapatero y envió a su hijo a estudiar a la escuela eclesiástica de su pueblo. A los quince años, Stalin ingresó en el seminario cismático griego de Tiflis: en esta ciudad se produjeron sus primeros contactos con el socialismo y sus primeras actividades revolucionarias, sobresaliendo por su capacidad de ejecución, motivo que más tarde le valdría el aprecio de Lenin, que veía en él un enérgico ejecutor de sus planes. Estuvo varias veces deportado en Siberia, y en 1917 tomó parte activa en la Revolución. A partir de esta fecha comenzó su escalada política, para ir ocupando puestos cada vez más importantes en el interior del partido bolchevique.

A la muerte de Lenin era secretario del Politburó. Para conseguir el poder, el primer paso fue conseguir la expulsión de Trotsky y de los partidarios de la «revolución permanente», acusándoles de «desviacionismo de izquierda». A continuación consiguió acusar de «desviacionismo de derecha» a los que le habían apoyado en la expulsión de Trotsky: en 1936, con la nueva Constitución de la URSS, obtuvo el poder absoluto y proclamó la realización del socialismo, primera etapa del comunismo.

La época de Stalin fue una época de terror —que en realidad ya había comenzado con Lenin—: durante la colectivización forzada de 1932-34 murieron millones de personas (3 millones según el comisario del pueblo Petrovskii, 5 millones según cálculos «prudentes» del órgano menchevique «Socialisticeskii Vestnik», según Bilitzkii —jefe de la G. P. U.— murieron sólo en Ucrania 8 millones, etc.); durante los años del exterminio de la oposición fueron fusilados más de un millón de personas; de entre los colaboradores de Stalin entre 1937 y 1938 fueron «eliminados» 5 de los 7 presidentes del Comité ejecutivo central, 9 de los 11 ministros centrales de la URSS, 43 de los 53 secretarios de las organizaciones centrales del Partido; el 90 por 100 de los jefes de partidos comunistas extranjeros que vivían en Moscú, el 54 por 100 de los generales del ejército, la mayor parte del estado mayor de la G. P. U., etc. Basta decir que de los 22 miembros del Comité Central del Partido que protagonizaron la Revolución de 1917, sólo sobrevivió a las depuraciones Alexandra Kollontai. Además, los condenados a trabajos forzados alcanzaron cifras inimaginables: algunos autores calculan que sólo durante el bienio 1932-34 fueron deportados a Siberia unos 12 millones de personas (cfr. D. Dallin y B. Nikolaevskii, Forced Labor in Soviet Russia).

3. La Iglesia ante el socialismo.

En esta breve exposición de las principales corrientes socialistas se puede observar que hay algunos puntos que son comunes a casi todos los autores: en primer lugar el ateísmo radical, puesto como verdadero punto de partida necesario para poder construir la «nueva sociedad» que preconizan; además, la concepción de la natural bondad del hombre que achaca todos los males a la sociedad, negando la libertad y responsabilidad personales en las acciones de los individuos; y, por último, la negación de todo el derecho natural: familia, matrimonio, propiedad privada, etc.

También es un punto común a casi todos los pensadores socialistas —de las tendencias más variadas—, ver en la Iglesia el mayor enemigo para llevar a cabo sus propósitos. Sus ataques a la religión y a la Iglesia se han producido sistemáticamente en toda la historia del socialismo. Basten unos ejemplos: en el I Congreso Socialista se afirmó que «la religión será libre, como cosa privada» (lo cual es ya una negación del Cristianismo): esta fórmula se quiso suprimir en el Congreso de La Haya, pero se mantuvo —a propuesta de Liebneckt— «para embaucar a los gañanes y confundir a los campesinos». En 1893, Bebel —representante del marxismo revisionista— afirmaba que «la democracia social tiene un solo adversario, y éste es el catolicismo». El diputado Seguit, socialdemócrata de Baviera, dirigiéndose al diputado Heim, del Centro Católico, le decía: «vosotros sois nuestros más peligrosos adversarios, y la última prueba decisiva se dará entre vosotros y nosotros». Se podrían multiplicar los ejemplos. Los ataques a la religión son una constante en los pensadores socialistas.

El Magisterio de la Iglesia, viendo en estas doctrinas —y más especialmente todavía en el marxismo, que es radicalización de todas ellas— el cúmulo de todos los errores, ha sido constante en su condena, afirmando que «existe una diferencia tan grande entre su perversa dogmática y la purísima doctrina de Jesucristo que no la hay ni puede haberla mayor» (León XIII, Enc. Quod apostolici muneris, Leonis XIII P. M. Acta, Roma, 1891, ss. pp. 175-176). Así, Pío IX afirmaba que el socialismo es el «nefasto enemigo número uno del derecho natural» (Enc. Qui pluribus, Pius IX P. M. Acta, 1854 ss. 1, p. 9), y constituye «un sistema horrendo y catastrófico, opuesto como ningún otro a la razón y al derecho natural» (Enc. Quibus quantisque, P. A. 1, p. 172), que lleva inexorablemente a «la subversión integral del orden de las realidades humanas» (Enc. Nostis et nobiscum, P. A. 1, p. 204).

El Magisterio de la Iglesia vio siempre el verdadero fin que perseguían estos sistemas, y que se puede resumir con la conocida frase de Feuerbach, recogida por Marx: «la crítica de la religión tiene su término en la doctrina según la cual el hombre es para el hombre el ser supremo» (Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, cit. por Marx en Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel). Así, León XIII decía que este sistema «llega a tal grado de malicia en el pensamiento de muchos, que nada admite por encima del hombre, busca exclusivamente los bienes corpóreos y externos y pone la felicidad humana en la adquisición y goce de estos bienes» (Enc. Graves de Communi, L. A. 21, p. 6). Y este antropocentrismo radical que excluye lo divino es el núcleo del que se deriva el resto de la doctrina socialista: «de aquí su pretensión de que el poder esté en manos de la plebe, para que, suprimidas las clases sociales y nivelados los ciudadanos, se abra paso también a la igualdad de los bienes entre todos. Como consecuencia, deberá suprimirse el derecho de propiedad... » (ibíd.).

A la muerte de Marx, el socialismo se dividió en dos bloques principales: el marxismo «ortodoxo» y el «revisionista», Pío XI advertía esta división en 1931, y condenaba ambos tipos de socialismo: «El socialismo que entonces (se refiere al pontificado de León XIII) podía considerarse, en efecto, como único, y propugnaba unos principios doctrinales definidos y un cuerpo compacto, se fraccionó después principalmente en dos bloques de ordinario opuestos y aun en la más enconada enemistad, pero de modo que ninguno de esos dos bloques renunciaría al fundamento anticristiano propio del socialismo» (Enc. Quadragesimo anno, MS: 23 (1931), p. 212).

Por tanto: 1) Los principios fundamentales últimos del socialismo —y Pío XI se está refiriendo más especialmente al socialismo no comunista— siguen siendo incompatibles con la doctrina católica. «Pero, ¿qué decir si, en lo referente a la lucha de clases y a la propiedad privada, el socialismo se suaviza y enmienda hasta el punto de que, en cuanto a eso, ya nada haya de reprensible en él? (...): como doctrina, como hecho histórico o como «acción social», el socialismo, si sigue siendo verdadero socialismo, aun después de haber cedido a la verdad y a la justicia en esos puntos indicados, es incompatible con los dogmas de la Iglesia Católica, puesto que concibe la sociedad de una manera sumamente opuesta a la verdad cristiana» (ibíd., p. 215). 2) La causa de esta incompatibilidad reside en el inmanentismo absoluto del sistema socialista, que niega toda trascendencia. Después de decir que el fin último del hombre, que es por naturaleza un ser social, es dar gloria a Dios, Pío XI afirma que «el socialismo, en cambio, ignorante y despreocupado en absoluto de este sublime fin, tanto del hombre como de la sociedad, pretende que la sociedad humana ha sido instituida exclusivamente para el bien terreno» (ibíd., p. 215). 3) Como conclusión, hay que decir que un católico no puede ser socialista, porque «socialismo religioso, socialismo cristiano son expresiones que implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista» (ibíd., p. 216). Esta misma doctrina fue recogida por Juan XXIII (cfr. Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), pp. 408 ss.), que calificó de insensatez máxima «el intento de establecer un orden temporal, sólido y provechoso (...) prescindiendo de Dios» (ibíd., pp. 452-453).

El Concilio Vaticano II, aunque sin citarlo, se refiere directamente y condena el ateísmo marxista, como se puede deducir (basta tener en cuenta el Informe Ilitchev sobre la religión y la propaganda atea del Congreso del Partido Comunista de la URSS de 1964, para ver la alusión de los Padres Conciliares) de la declaración de que «los defensores de esta doctrina, cuando logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en el campo de la educación de los jóvenes» (Const. Gaudium et spes, n. 20). «Es conocido que a la hora de presentar el esquema de la Constitución para su discusión, un grupo de Padres propuso que se volviera a condenar explícitamente el ateísmo marxista; pero esta propuesta no fue aceptada, especialmente porque los Padres de las naciones con régimen comunista temían que esa condena empujara a aquellos gobiernos a privarles, por represalia, aun de los pocos residuos de libertad concedidos» (C. Fabro, L'uomo e il rischio di Dio, Studium, Roma, 1967, p. 72, nota).

Por su parte, Pablo VI ha afirmado que «el cristiano que quiere vivir su fe en una acción política, concebida como servicio, tampoco puede adherirse a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepción del hombre. No le es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de la violencia, y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva» (Epist. Octogesima adveniens). Recientemente Pablo VI ha condenado expresamente estas teorías —y otras derivadas o estrechamente unidas a ellas—, calificándolas como «la tentación más grave de nuestro tiempo»: «Ciertamente conocéis las expresiones fieramente concretas y desgraciadamente totalitarias, a las que ha llegado esta aberración del pensamiento moderno, cuando afirma con agresiva virulencia que 'el hombre es el ser supremo para el hombre' (Marx), que la antropología debe sustituir a la teología (Feuerbach), que hay que situar a la humanidad en el lugar del Ser supremo (Comte), que 'Dios ha muerto' para el hombre moderno (W. Hamilton, etc.). La religión ya no tiene razón de ser para estos profetas del materialismo, del positivismo, del fenomenismo social» (Alocución, 17-VII-74, «L'Osservatore Romano», 18-VII-74, p. 1).

D.E. y M.H.

 

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[1] Expondremos un breve resumen de las teorías de aquellos autores de los que no hay recensión. Para las doctrinas de los autores más importantes (Marx, Engels, Lenin, ...) remitimos a las Recensiones correspondientes.

[2] Max STIRNER (1806-1856) pertenece a la izquierda hegeliana antropológica, en la línea de NIETZCHE: transfiere la pseudo-trascendencia del Absoluto hegeliano al Superhombre o Singular. ENGELS declaraba a MARX que prefería el ateísmo de STIRNER derivado del egoísmo, al de FEUERBACH que parte de Dios para llegar al hombre (Carta, 19-XI-1844, cfr. Briefwechsel zwischen Marx und Engels, MEGA, III, 1, p. 7).

En su obra  El Unico (1844), STIRNER afirmaba que las ideas de Dios, Iglesia, Estado, Humanidad, ..., no son más que fantasmas que limitan el yo individual. Sólo existen los individuos, cuya única ley es la fuerza: el que la tiene, tiene también el derecho a tomar lo que desee de los demás. Afirma que la sociedad debe ser sustituida por la Unión de los egoístas, en la que sólo se buscará la satisfacción de las necesidades personales e individuales, bajo el lema: «No reconozco ni respeto nada en los demás sólo quiero servirme de ellos» .