LUBAC, Henri DE

Méditation sur l'Église Aubier, Paris 1953, 285 pp. (Traducción castellana, de la 2ª edición francesa: “Meditación sobre la Iglesia”, Desclée de Brouwer, Bilbao 1958).

 

CONTENIDO DE LA OBRA

El libro no pretende ser un estudio científico, ni un tratado De Ecclesia, sino más bien, como afirma su autor en el prólogo, una meditación a la luz de la fe sobre algunos aspectos del misterio de la Iglesia (cfr. p. 7). Siguiendo el índice, su contenido es, a grandes rasgos, el siguiente:

Cap. I: La Iglesia es un Misterio (pp. 11-46).

En este capítulo, tras hacer algunas consideraciones sobre la necesidad, alcance y riesgo de una reflexión sobre la Tradición, el autor considera la mención sobre la Iglesia que se hace en el Símbolo de los Apóstoles.

Se detiene De Lubac en la distinción gramatical existente, al menos en la mayoría de las versiones latinas del Símbolo, entre el credere in Deum y el credere Ecclesiam. Apoyándose en abundantes testimonios patrísticos y de la crítica moderna sobre ese símbolo, deduce que esa distinción no es algo meramente gramatical, sino que por el contrario, es expresión de la diferencia que existe —respecto al acto de fe— entre la Iglesia y el mismo Dios[1].

La Iglesia es un misterio, no un misterio entre otros, sino el misterio que encierra en sí todos los misterios salvíficos: “Así vemos que la Iglesia no sólo es la primera entre las obras del Espíritu santificador, sino que comprende, condiciona y absorbe a todas las otras. Todo el proceso de la salud se realiza en ella. A decir verdad se identifica con ella” (p. 41). Este misterio, que es la Iglesia —y que al reflexionar sobre él nunca podremos llegar a abarcar del todo (cfr. pp. 23-24)— tiene un perfil luminoso —ella es santa, es el “estandarte levantado en medio de las naciones”, etc.—, pero “tiene también un aspecto o perfil oscuro innegable” (p. 43). Ese misterio se presenta a la vista de los hombres como una extraña mezcla de luces y sombras: junto a su carácter divino se encuentra su carácter humano; o mejor, su luminosidad divina se nos manifiesta a través de la opacidad de lo humano. Sin embargo, ella es siempre “el testimonio permanente de Cristo. Ella es la Mensajera del Dios vivo. Ella es la presencia urgente, la presencia importuna de este Dios entre nosotros” (p. 46).

Cap. II: Las dimensiones del Misterio (pp. 47-79).

En este segundo capítulo, De Lubac se detiene a considerar la dimensión temporal y la dimensión eterna de la Iglesia. El autor —apoyado en abundantes testimonios— habla de una preexistencia de la Iglesia antes de la Encarnación, después viene el tiempo actual o propiamente de la Iglesia, y por último la plena realización del Reino de los Cielos. En consecuencia, puede decirse que la Iglesia pasa, pero no en sí, sino en su figura actual. El primer paso —del Israel según la carne al Israel según el espíritu— no es otra cosa que el paso del Antiguo al Nuevo Testamento. El siguiente paso, el definitivo, será de este Israel espiritual (la Iglesia histórica) a la plenitud del Reino de los Cielos. Sin embargo, ese estado definitivo ya lo posee en su sustancia, aunque ahora sólo esté en germen: “aunque peregrina sobre la tierra, está sin embargo fundada en los cielos” (p. 63).

Y esta doble dimensión —temporal y eterna— o, lo que es lo mismo, el carácter escatológico de la Iglesia, marca toda la vida cristiana. De Lubac dedica unas páginas a exponer algunas consecuencias de esa dimensión escatológica: no sobrevalorar lo que pasará con la actual figura de la Iglesia, aunque sea esencial a su estadio actual: por ejemplo, la organización jerárquica (cfr. pp. 68-73); el uso de los sacramentos (cfr. pp. 73-74); etc. “La santa Iglesia tiene dos vidas: la una en el tiempo, la otra en la eternidad. No debemos separar estas dos vidas. No miremos a la Ecclesia deorsum como si fuera extraña a la Ecclesia sursum. Sepamos reconocer siempre la continuidad de la única Iglesia a través de la sucesiva diversidad de sus estados” (p. 74).

Cap. III: Los dos aspectos de la Iglesia una (pp. 81-121).

Se estudia aquí —aunque no de modo sistemático— el doble aspecto de la Iglesia: visible e invisible, divino y humano, etc. Comienza De Lubac considerando el aspecto visible y social, haciendo hincapié en que este aspecto es esencial a la Iglesia, ya que sus elementos fundamentales son de institución divina. Pero ese mismo carácter presenta de hecho, por la debilidad humana sobre la que se asienta, aspectos negativos. Eso que se manifiesta como negativo en la Iglesia, si bien es verdad que puede ser un obstáculo, sin embargo sirve, por contraste, para que ante el creyente se destaque mejor lo que es divino.

Seguidamente el autor expone una breve panorámica de cómo los tratados clásicos sobre la Iglesia solían —en general— insistir en su constitución visible y jerárquica. Ya en el siglo pasado se inicia el despertar de la llamada “eclesiología mística” (Möhler, Franzelin, Scheeben, etc.). Sin embargo, sigue la exposición de De Lubac, se comienza a recalcar bien el aspecto místico, pero no se explica su unidad con la estructura jerárquica, que también es de la esencia de la Iglesia. Sólo más tarde, especialmente con la Encíclica Mystici Corporis, se llegará a una exposición del misterio de la Iglesia en que ambos aspectos aparecen en su indisoluble unidad.

Antes y también después de la Mystici Corporis, se ha intentado concretar esos dos aspectos haciendo la distinción entre Iglesia visible e invisible, jerárquica y mística, etc., para luego volver a unir lo separado. Este modo de afrontar el misterio es sin duda válido, pero de ordinario produce una dualidad excesiva, pues puede perderse de vista con frecuencia que esos aspectos no se dan nunca separados, sino que uno se da siempre a través del otro: no existe una Iglesia invisible y una visible (ni siquiera una parte visible y otra invisible), sino que lo invisible se hace presente encarnado en lo visible. Por eso, el autor aboga, como centro de una reflexión sobre la Iglesia, por una síntesis eclesiológica diversa atendiendo incluso al origen de los términos, la Iglesia tiene en efecto dos aspectos, pero no separables: es convocatio y congregatio (p. 100). La síntesis de esos dos elementos, que ya no se presentan como dos elementos, sino como dos aspectos de la misma realidad, hace ver a la Iglesia en su misterio de santificadora y santificada (sancta-sancti); como convocadora (por la fuerza del Espíritu) y a la vez como convocada (congregada). De ahí que, según De Lubac, la expresión Pueblo de Dios es sin duda acertada, pero sólo expresa uno de los dos aspectos (el de congregatio), no siendo por tanto apta para edificar sobre ella una reflexión integral sobre la Iglesia (cfr. p. 102). Con la síntesis apuntada, sin embargo se pueden contemplar mejor otras aparentes dicotomías del misterio de la Iglesia: la Iglesia es un seno maternal y es una fraternidad; enseña y es enseñada; santifica y es santificada. Respecto a este último punto, De Lubac se detiene en considerar cómo el pecado existente en los miembros de la Iglesia no impide que ella sea en sí misma siempre santa (cfr. pp. 107-115).

Para finalizar este capítulo, el autor se detiene en un breve pero denso análisis de la expresión Cuerpo de Cristo para designar a la Iglesia, analizando también el sentido de la inclusión en ella del término “místico”. De ese estudio, De Lubac concluye que esa expresión (Cuerpo de Cristo) “si no constituye una definición propiamente dicha, al menos nos proporciona una imagen analógica privilegiada para conducirnos a un concepto cabal de la naturaleza de la Iglesia” (p. 120). Y el término “místico”, aunque no es de San Pablo, sirve para condensar acertadamente su pensamiento. “Por eso podemos decir, sirviéndonos de las mismas palabras de la encíclica Mystici Corporis que para definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo —que es la Iglesia santa, católica, apostólica, romana— nada hay más noble, nada más excelente, nada más divino que aquella frase con que se la llama “el Cuerpo místico de Cristo” ” (pp. 120-121).

Cap. IV: El corazón de la Iglesia (pp. 123-156).

Después de volver brevemente sobre el significado del término “místico” aplicado al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, este capítulo se centra en el “corazón de la Iglesia”, es decir en la Eucaristía.

En primer lugar, se detiene De Lubac en una reflexión sobre el sacerdocio común de los fieles y su distinción respecto al sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden. Ambos sacerdocios pertenecen a lo que es central en la Iglesia: la Eucaristía, ya que ambos se ordenan principalmente a ella; no se ordenan más o menos, sino de modo distinto.

Después se detiene el autor a considerar el sacerdocio ministerial en sí mismo, y de ahí pasa a considerar la triple función de la jerarquía de la Iglesia: gobierno, enseñanza y santificación, para cuyo cumplimiento esa jerarquía dispone del triple poder: jurisdicción, magisterio y orden.

Entre la Iglesia y la Eucaristía puede establecerse una mutua relación de causalidad: La Iglesia hace la Eucaristía; la Eucaristía hace la Iglesia.

Al describir esa primera realidad (la Iglesia hace la Eucaristía), De Lubac expone diversas consideraciones de lo que compete al sacerdote y lo que compete a los fieles en ese hacer de la Iglesia. Muestra cómo el ministro sagrado actúa en nombre de la asamblea exclusivamente en aquellas oraciones y ofrecimientos en los que en nombre de todos se dirige a Dios, mientras que en la confección del sacramento (realización sacramental del sacrificio) no actúa en nombre de nadie sino in Persona Christi (cfr. pp. 137-139). Igualmente destaca el autor que el valor del sacrificio eucarístico depende de que lo hace Cristo, por lo que igual valor tiene la misa a la que asiste una gran asamblea que la que celebra el monje en el desierto (cfr. p. 147).

La Eucaristía hace la Iglesia. Aquí considera el autor la unidad de la Iglesia como efecto de la Eucaristía. Esa unidad vendría a ser la res sacramenti (el Cuerpo y la Sangre de Cristo sería la res et sacramentum). Ahora bien, esa unidad de la Iglesia, ese hacerse de la Iglesia como efecto (res) de la Eucaristía, no puede de ningún modo desligarse de la unión personal de cada cristiano con Cristo, pues esa unidad (ese hacerse Iglesia, congregatio communio) no es horizontal, sino que es convergencia en Cristo: “Cada uno, uniéndose a El (Cristo), se encuentra por eso mismo unido a todos los que como él, Le reciben” (p. 149).

Cap. V: La Iglesia en medio del mundo (p. 157-195).

En este capítulo se reflexiona sobre algunas consecuencias del hecho de que la Iglesia sea una sociedad visible. Según el autor, de ese hecho “se sigue siempre una tensión” entre las dos pertenencias del cristiano: a la Iglesia y al mundo (Sociedad, Estado...); igualmente, por ese hecho se plantea —según De Lubac— una “tensión dialéctica” entre unidad y libertad; etc.

Por último, y con bastante extensión, trata del —para él— necesario conflicto entre la Iglesia (que es esencialmente espiritual) y el Estado que, de hecho, es eminentemente material (si no materialista). A propósito de estos temas, se considera la función de la Iglesia respecto al progreso material de la sociedad, distinguiendo el hacerse del Reino de Dios del progreso material del mundo: ambas cosas, si bien pueden ir unidas (cosa ciertamente deseable), son esencialmente distintas, hasta el punto que, de hecho, “un paraíso social puede ser un infierno espiritual” (p. 193).

Cap. VI: El sacramento de Jesucristo (pp. 197-228).

“La Iglesia es un misterio, lo cual equivale a decir que es también un sacramento. Además de ser la depositaria total de los sacramentos cristianos, ella misma es el gran sacramento que contiene y vivifica a todos los demás. Ella es en el mundo el sacramento de Jesucristo, de igual manera que el mismo Jesucristo es para nosotros, en su humanidad, el sacramento de Dios” (p.197).

De este enunciado general, De Lubac deduce algunas características de la Iglesia. En primer lugar, su carácter de sacramento hace que no debamos detenernos en ella, sino que debamos ir —por medio de ella—a Dios. Sin embargo, ese carácter no significa que la Iglesia sea un estadio histórico que se deba superar, ya que el tiempo de la Iglesia es el tiempo definitivo de la historia. No es ciertamente nuestro último fin, pero sí es un medio necesario para él, hasta el punto de que si, en una hipótesis absurda, “el mundo perdiese a la Iglesia, perdería la Redención” (p. 198).

Por su mismo carácter de sacramento —de realidad que nos lleva a otra realidad superior—, lo que importa no es su gloria externa, sino su eficacia interior, el ser sacramento de Jesucristo. Y este sacramento, aunque por las abundantísimas faltas personales de los hombres se haga a veces como opaco, en sí siempre será perfecto, ya que “los hombres pueden faltar al Espíritu Santo; pero el Espíritu Santo nunca faltará a la Iglesia” (p. 228).

Cap. VII: Ecclesia Mater (pp. 229-269).

Después de tratar brevemente de la Iglesia como Comunión, De Lubac se extiende mucho en describir el vir ecclesiasticus, al hombre de la Iglesia, al hombre consciente de pertenecer a la Comunión católica. En realidad toda esa descripción se refiere más propiamente al teólogo católico, en cuanto tal, y no propiamente al fiel cristiano en general. Se describe la actitud del vir ecclesiasticus ante la Sagrada Escritura, ante la Tradición, ante las aportaciones del mundo moderno, ante las asociaciones que surgen en el interno de la Iglesia, etc.

A continuación habla el autor de la obediencia, teniendo en cuenta que “La Iglesia es una comunidad, pero para ser esta comunidad, ella es ante todo una jerarquía” (p. 255), de modo que “por la voz humana que enseña y ordena, cada uno escucha, aun hoy día, la voz de su Señor” (p. 257). Inmediatamente después se trata de modo particular sobre la figura del Papado, destacando el Primado del obispo de Roma, y su carácter de especialísimo depositario de la infalibilidad de la Iglesia.

Termina el capítulo, a modo de conclusión de todo lo anterior, con unas reflexiones sobre la Iglesia como Madre de los vivientes.

Cap. VIII: Nuestras tentaciones respecto de la Iglesia (pp. 271-304)

“¡Cuántas tentaciones nos asaltan respecto de esta Madre, a la que solamente deberíamos limitarnos a amar!” (p. 271). Esas tentaciones unas veces son violentas y manifiestas, pero las hay también veladas, y por eso mismo, más insidiosas. Hay tentaciones comunes a todas las épocas y otras más propias de nuestro tiempo.

De Lubac describe diversas tentaciones intentando mostrar cuál debe ser la actitud auténticamente cristiana ante ellas. Las dos primeras se refieren a dos extremos opuestos: el “conservadurismo” y el “desasimiento de la tradición”. A propósito de estos temas, el autor hace especial hincapié en la necesidad de la fidelidad personal, y en la necesaria desconfianza en el propio juicio (cfr. p. 275). Otra tentación es la tentación crítica. Es cierto que cabe y en ocasiones debe darse una crítica de aquello que en la Iglesia no vaya bien: “sería equivocada la pretensión de impedir por principio toda expresión pública de esta crítica” (p. 277) (a continuación se citan los ejemplos de crítica hecha por San Jerónimo al papa San Dámaso, por San Bernardo contra los malos pastores, por Santa Catalina de Siena...), pero “todo católico debe ser cauto para que no se explote contra la Iglesia lo que él querría expresar con la única intención de servirla mejor” (p. 279); es necesaria una “delicadeza filial” (p. 279). Y, en cualquier caso, lo que nunca deberá hacerse es una crítica destructiva, “mirar a la Iglesia como por fuera, para juzgarla” (p. 280). Tampoco puede ser esa crítica excusa para no aceptar los errores personales: “Comprenderemos que cierta especie de autocrítica, completamente orientada hacia fuera, pudiera no ser otra cosa que una rebusca de alibi, que no conduce sino a hacernos esquivar el examen de conciencia” (p. 282).

Una tentación, especialmente actual, es la de pensar en la ineficacia de la labor de la Iglesia, que puede llevar a un desmedido afán de correr detrás del mundo, exponiéndonos “a juzgar todas las cosas según unos criterios superficialmente modernos” (p. 285). “Cuando se trata de la Iglesia, no debemos juzgar de avance y de retroceso, de éxito y de fracaso como juzgamos de las cosas que son puramente temporales. El bien sobrenatural del que ella es la artesana en este mundo llega a su última y completa realización en lo invisible. Y se cosecha en lo eterno” (p. 288).

Por último, De Lubac se detiene a reflexionar sobre lo que él considera la más grave de “nuestras tentaciones acerca de la Iglesia”. Es la tentación de aquellos que, “distinguiéndose como los que saben de la masa de los que creen, tienen la pretensión de conocerla (a la Iglesia) mejor que ella a sí misma” (p. 294). Es la tentación de los sabios de poner “su intuición por encima de su fe” (p. 294)... “Con sus aparentes sublimidades, los pensamientos del hombre superior no le sirven de otra cosa que de espejo en el que se admira a sí mismo y que le aprisionan en la vanidad” (p. 299). Sólo la gracia divina puede hacer el milagro de que el sabio, siendo humilde, comprenda estas cosas (cfr. p. 300).

Cap. IX: La Iglesia y la Virgen María (pp. 305-369).

Después de hacer notar que no es casual que las mismas objeciones que la Reforma protestante hace a la doctrina católica sobre la Iglesia, las haga también a la doctrina católica sobre la Virgen María, De Lubac dedica bastantes páginas a considerar cómo María es tipo de la Iglesia, pues “contiene eminentemente todas las gracias y perfecciones de la Iglesia” (p. 331). Considera también el autor, utilizando muchos testimonios de la patrística y posteriores, la maternidad de María respecto a la Iglesia. Especial atención —y extensión— dedica a la reflexión sobre lo que podría llamarse paralelismo entre María, la Iglesia y cada alma, aunque naturalmente deben guardarse las adecuadas distancias y distinciones, para no llevar el pensamiento tradicional por las vías de una teología nada segura. A propósito de la exégesis espiritual del Cantar de los Cantares, aplicado a la Virgen María, de la que hace una breve pero densa historia, De Lubac se detiene sobre la validez de la exégesis espiritual y mística, fundamentada en la unidad de la Sagrada Escritura y en la analogía de la fe.

VALORACIÓN CIENTÍFICA

El libro, como dice su autor, no pretende ser un estudio científico. Sin embargo, no se trata tampoco de una obra de divulgación, pues casi siempre se desarrolla en un nivel que presupone un conocimiento teológico de los temas abordados. En general, la lectura es agradable por el estilo fluido y ágil. Son abundantísimas las citas patrísticas y de la teología medieval, que más que pretender fundamentar las afirmaciones del autor (de hecho no se analizan científicamente), se dirigen a “poner al lector en contacto más directo con los grandes lugares comunes de la Tradición, de la que solamente quisiéramos ser un eco” (p. 7).

En ocasiones esta obra tiene valor científico (aunque no se haya pretendido), las más de las veces se trata de un ensayo de alta divulgación, y otras muchas adopta un estilo exhortativo (incluso con matices poéticos de cierta belleza) propio de un libro de lectura espiritual .

El valor principal del libro no es, pues, la originalidad, sino el de una exposición clara y con riqueza de matices y sugerencias. Más concretamente, De Lubac ha logrado una buena descripción de la inseparable unidad de los elementos humanos y divinos en la Iglesia; es sugestivo —si no original— el modo de tratar de las relaciones Iglesia-Eucaristía; etc. Quizá lo que merece especial atención, también por tener cierta originalidad, es el modo de exponer la síntesis: Iglesia=convocatio et congregatio (cfr. p. 100).

Los capítulos VII y VIII, dedicados principalmente a describir la actitud del vir ecclesiasticus y nuestras tentaciones acerca de la Iglesia (cfr. Contenido de la obra), aun siendo casi exclusivamente descriptivos, tienen el valor de la serenidad, tanto en la exposición como en los juicios, y la disposición siempre presente de fidelidad a la Iglesia tal como de hecho es.

El capítulo último es desigual: contiene reflexiones piadosas y también de notable erudición, aunque quizá sea poco lineal y un tanto fragmentario, debido a una excesiva abundancia de citas, que hacen la lectura dificultosa.

Junto a estos y otros valores, el libro no está exento de puntos menos claros, tratados a veces con una visión un tanto parcial, e incluso con cierta arbitrariedad. Por ejemplo, para resaltar el aspecto escatológico de la Iglesia, De Lubac recurre a un planteamiento poco realista: el de afirmar que perdiéndose de vista esa realidad escatológica, muchos piensan que todo lo que ahora, en su etapa histórica, es esencial a la Iglesia, lo es igualmente a la Iglesia en sí misma, incluso en el estadio definitivo del Reino de los Cielos: jerarquía, sacramentos... Aparte de que no parece que “muchos” hayan pensado eso, y menos a nivel teológico, ese planteamiento (que parece más bien dialéctico) corre el riesgo de llevar a una devaluación de esos elementos esenciales de la Iglesia, más que ayudar a entender su justa dimensión escatológica (cfr. p. 69).

Todo el capítulo V (“La Iglesia en medio del mundo”) no parece bien planteado. Aun destacando con fuerza y claridad la esencial diferencia entre el progreso del mundo y el hacerse del Reino de Dios en él, y señalando también cómo el cristiano debe empeñarse en la construcción de la ciudad terrena, De Lubac plantea todo el tema en clave de necesaria tensión entre las dos pertenencias del cristiano: a la Iglesia y al mundo. Esto ya es en sí muy discutible, y recuerda muy de cerca teorías erróneas, si se da como una cuestión de iure. Pero además De Lubac no indica soluciones concretas para superar esa tensión; falta también, en el fondo, una comprensión de la verdadera condición del cristiano seglar en medio del mundo.

Es de señalar que, por ser anterior al Vaticano II, el libro está anticuado en algunos puntos: por ejemplo, en lo referente a la jurisdicción de los obispos y su relación con la jurisdicción del Papa (cfr. p. 142, nota 87).

También en relación con la época en que fue escrito, hay que decir que algunas ambigüedades podían favorecer desarrollos menos correctos.

VALORACIÓN DOCTRINAL

En este libro no se contiene nada opuesto al Magisterio de la Iglesia. Se expresan con claridad y precisión muchos puntos de doctrina de especial actualidad ahora (a 17 años de la primera edición del libro), cuando numerosos errores deforman la eclesiología. Entre esos puntos pueden citarse, a modo de ejemplo, los siguientes:

a) carácter esencial del aspecto social y jurídico de la Iglesia: “Una Iglesia invisible es lo mismo que la negación de toda Iglesia: sin la jerarquía que la une, la organiza y la guía, no se puede hablar de Iglesia” (p. 85).

b) santidad de la Iglesia y pecado en sus miembros: “La Iglesia en sí misma no tiene pecado, pero en sus miembros nunca está sin pecadores” (p. 112); “Los hombres pueden faltar al Espíritu Santo; pero el Espíritu Santo nunca faltará a la Iglesia. Ella será siempre el Sacramento de Jesucristo, tanto por su testimonio como por sus poderes inamisibles. Siempre nos Lo hará presente en verdad” (p. 228);

c) distinción entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles; lo que compete al sacerdote y a la asamblea en la celebración de la Eucaristía; valor de las llamadas “misas privadas”; la unidad de la Iglesia (como efecto de la Eucaristía) consecuencia de la unión personal de cada alma con Cristo; etc.: cfr. Contenido de la obra;

d) distinción entre progreso social del mundo y el hacerse del Reino de Cristo en la tierra: “un paraíso social puede ser un infierno espiritual” (p. 193) (aunque aquí debe notarse la equivocidad de expresión, y un incorrecto materialismo en la concepción de lo “social”); cfr. p. 288 (cita recogida en Contenido de la obra);

e) necesidad de la obediencia en la Iglesia: en primer lugar en el orden de la fe (cfr. p. 249 y ss.), y también en lo referente al gobierno: “Pero, en toda ocasión, sea que el hombre que manda en nombre de Dios tenga razón o esté equivocado, esté ciego o sea clarividente, lo mismo si sus intenciones son puras o embrolladas, tenga o no en su interior afán por la justicia, desde el mismo momento en que este hombre está investido de legítima autoridad y no obliga a nada malo, sabe (el cristiano) que siempre obrará mal si le desobedece” (p. 253); “No hay sofisma, ni apariencia de bien, ni convencimiento de poseer la razón que pueda velar a sus ojos el resplandor de las dos palabras con las que San Pablo propone a nuestra imitación a Cristo: factus obediens. No hay cosa que pueda hacerle olvidar que la salvación del género humano se realizó por un acto de abandono total, que el Autor de esta salud, aunque es Hijo, aprendió por sus propios sufrimientos lo que es la obediencia y que sólo por El, sólo con El y sólo en El es como nosotros podemos a un tiempo ser salvos y salvadores” (pp. 254 y ss.);

f) por último, cabe señalar también la claridad con que el autor escribe sobre la Virgen (cfr. cap. IX, especialmente pp. 323-336).

Junto al tono general de claridad y precisión doctrinal, no faltan afirmaciones —esparcidas por todo el libro— que sin ser erróneas, requieren sin embargo una adecuada formación teológica para entenderse correctamente. Por ejemplo, el empleo del término sacramento con significados diversos, aunque análogos (cfr. p. 213, en que se habla de sacramento como signo eficaz pero aplicado a la Iglesia como sacramento de Cristo); la utilización de expresiones destinadas quizá a producir impacto, aunque luego se aclare su justo sentido, por ejemplo: “La Iglesia constituye un obstáculo para el incrédulo que no es atraído todavía por el Padre” (p. 43); etc.

Al tratar de las “dimensiones” del misterio de la Iglesia, y establecer como tres etapas: Israel según la carne, Iglesia en el tiempo, Reino de los Cielos, podría dar la impresión de que entre esos tres estadios exista una continuidad no sólo histórica, sino también esencial, lo cual no es cierto respecto a los dos primeros, al menos no lo es en el mismo grado que respecto a los dos últimos (cfr. pp. 54 y ss.).

Aunque De Lubac trata, en general, con claridad sobre el carácter sacrificial de la Eucaristía, en ocasiones podría parecer algo oscurecido (cfr. pp. 151-153), aunque en realidad está implícito y presupuesto (en ocasiones también afirmado con claridad, pero tratando otras cuestiones, por ejemplo la función del sacerdote y de los fieles en la Misa).

Otro punto en el que hubiera sido de desear una mayor claridad, es el relativo al Extra Ecclesiam nemo salvatur, pues aunque se toca muy de pasada, podría entenderse como relativo sólo a quienes se separan o salen de la Iglesia (cfr. p. 206).

Por último cabe señalar también que algunos temas, aun siendo tratados con cierta ponderación, hubieran exigido más precisión y en sí mismos requieren en el lector una suficiente formación (especialmente, todo lo relativo a “nuestras tentaciones respecto de la Iglesia”, y también lo referente a la “tensión” temporal-espiritual, Iglesia-Estado, cristiano-ciudadano, etc.).

Salvo algunas referencias muy de pasada (cfr. pp. 162-163; 229-231), en este libro no influyen de modo determinantes las ideas filosóficas del autor, que le llevaron a serias equivocaciones en lo referente a las relaciones natural-sobrenatural, y más recientemente a un cierto subjetivismo en la valoración moral del ateísmo.

F.O.B.

 

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[1] Esta idea la ha desarrollado el mismo De Lubac , con mucho mas detalle, en su libro La Foi Chrètienne. Essai sur la structure du Symbole des Apôtres, Aubier Paris 1969. Cfr. RECESIÓN a esa obra.