ECO, Umberto

Il pendolo di Foucault

Bompiani, Milano 1988, 518 pp.

CONTENIDO

23 de junio de 1984: el protagonista Pim Casaubon se encuentra en el "Conservatoire des Arts et Métiers" de París. Está a la expectativa de algo, de alguien, de un evento inaudito. Se esconde y espera que salgan todos los turistas y se cierre el museo. Asiste a una ceremonia satánica que termina con el ahorcamiento, en el péndulo de Foucault allí conservado, de su amigo Jacopo Belbo. Logra huir a la casa de campo de Belbo. Desde este momento, inicia la evocación de las etapas que le han conducido hasta aquel lugar. Se convierte en el narrador de una larguísima reviviscencia de los sucesos que recuerda.

Retorna a 1970: Pim Casaubon, Jacopo Belbo y Diotallevi (de quien no se da nunca el nombre) son tres redactores de una casa editorial que con un nombre publica libros de cultura, y con otro se enriquece imprimiendo obras de poco valor de los APS ("Autori a Proprie Spesse": autores que corren con sus gastos). A través de un cierto coronel Ardenti, los tres llegan a conocer un antiguo documento a partir del cual se podría deducir que los templarios se habrían ido dando cita en el transcurso de los siglos para madurar un plan que conduciría a la conquista del mundo. Este Plan habría pasado de los templarios a los rosa-cruces, a los masones, a los jesuitas, a los iluministas, a Hitler, utilizando un sistema numérico que habría sido descifrado en los distintos siglos y lugares.

Poco a poco, estos personajes se dejan fascinar por el proyecto del Plan y piensan que el antiguo pergamino que les ha dejado Ardenti —que ha desaparecido— podría llevarles al gran descubrimiento, si logran interpretar la información de aquel documento. Son creídos por los "diabólicos", es decir, por los APS, que son gente estrafalaria, maníacos del protagonismo, charlatanes de feria, ocultistas baratos o sofisticados herméticos, como Agliè que se hace pasar por la reencarnación del conde de San Germano, y fascina además a Lorenza Pellegrini, de quien Belbo está enamorado.

Casaubon, Belbo y Diotallevi se entregan a una frenética carrera a través de los siglos, por interminables senderos que los conducen a las localidades más impensadas. Entran en escena casi todos los protagonistas de la historia medieval y moderna; se presenta una atmósfera embriagante de ocultismo, enigmas, magia, gnosis, demoniología, masonería; se analizan los diez sefirot (manifestaciones de Dios mediante los cuales ha sido creado el mundo); se buscan analogías, relaciones, indicios; se asiste a un rito druídico, a prácticas de brujería, a una umbanda (rito ancestral) en Rio de Janeiro.

En la danza de suposiciones y de deducciones, de vueltas y de ecos, la realidad se confunde con el sueño, la historia con la leyenda, las personas con los fantasmas, la razón con la sugestión. Y se acaba por ser prisionero de un juego maligno. Casaubon debe confesar: "Así, me ha sucedido como a un etnólogo maligno que durante años haya estudiado el canibalismo y, por desafiar la cerrazón de los blancos, cuenta a todos que la carne humana tiene un delicado sabor. Hasta que alguno, ansioso de verdad, no quiera probarlo en él. Y mientras es devorado trozo a trozo no sabe ya quien tiene razón y casi espera que el rito sea bueno, para justificar al menos la propia muerte. Así la otra noche debí creer que el Plan era verdadero; de otro modo, en los dos últimos años, hubiera sido el arquitecto omnipotente de una pesadilla maligna. Mejor que la pesadilla fuera realidad, si una cosa es verdadera es verdadera, y tú no tienes nada que ver" (p. 135).

A los tres sucede lo mismo. La sugestión del inexistente Plan los ha inducido a cambiar el juego con la realidad; se han ensimismado con los procesos mentales de los "iluminados"; lo han reconstruido todo en todos sus particulares detalles, siguiendo sus delirios combinatorios. "Tal vez el complot existe realmente —acaba por creer Diotallevi— y la historia no es más que el resultado de esta batalla por reconstruir un mensaje perdido" (p. 311). Cuando creen haber atrapado el secreto, el juego se les va de las manos y se transforma en sentencia de muerte.

La formulación del Plan es la siguiente: el péndulo con el cual Foucault demostró la rotación terrestre, y que desde 1855 se encuentra en el "Conservatoire des Arts et Métiers" de París, sería capaz de determinar sobre un misterioso mapa el Umbilicus Mundi, esto es, el punto exacto en el que se cruzan y desde el que se pueden dominar las corrientes telúricas, el Polo Místico  que coincide con el Corazón de la Tierra: el que identifique este punto será el dueño, el rey del mundo. Belbo hace creer a Agliè que ha visto, memorizado y destruido aquel mapa, por otro lado bastante simple. Agliè le tiende una trampa para hacer que le confíe el secreto, y a Belbo no le queda otra opción que acercarse al Conservatorio donde se ha reunido un aquelarre diabólico. Entonces Belbo, al negarse a confesar un secreto que no existe, viene ahorcado en el Péndulo, precisamente cuando ya se había recuperado de la embriaguez ocultista y combinatoria.

También Lorenza Pellegrini es asesinada sacrificalmente bajo la mirada de Casaubon, escondido en el periscopio y después en la base de la estatua de la Libertad del Conservatorio. Diotallevi, sin embargo, muere de cáncer. El pergamino de Ardenti, en realidad, era una nota de lavandería.

Los personajes

Aunque el narrador es Casaubon, el protagonista de la novela es Jacopo Belbo, oscuro redactor de la casa editorial; un filólogo, un intelectual frustrado y escéptico, piamontés como Pavese a quien se parece en algunos rasgos; su "depresivo libertinismo intelectual ocultaba una desesperada búsqueda del absoluto" (p. 51). Un hombre que ha crecido al margen de la vida, enamorado de Lorenza Pellegrini —que lo hace desesperarse—, aplica su cultura a engañar a los APS con quienes ejecuta una especie de venganza y revancha por la propia impotencia creativa. El, que no ha escrito jamás un libro —por exceso de autocrítica, por timidez—, mortifica, publicándolos, a aquellos autores sin valor pero que se creen unos genios. Y con un fondo de villanía, pues en las grandes ocasiones, como en la revolución del 68, en el último momento siempre se ha echado atrás. Es él quien acaba por creer en el Plan por él mismo inventado:

"Humillado en su capacidad de crear (y durante toda la vida había usado los deseos frustrados y las páginas jamás escritas, unos como metáforas de los otros y viceversa, todo bajo la bandera de aquella presuntuosa, impalpable villanía), ahora se estaba dando cuenta de que construyendo el Plan en realidad había creado. Se estaba enamorando de su Golem y en esto encontraba un motivo de consuelo. La vida —la suya y la de la humanidad— como arte, y a falta de arte, el arte como mentira. Le monde est fait pour aboutir à un livre (faux). Pero ahora trataba de creer en este libro falso pues, lo había incluso escrito, si el complot hubiera existido, él ya no habría sido vil, derrotado e indolente" (p. 417).

Cuando no hay arte —el sentido, la razón—, uno se refugia en sus sucedáneos —el plan, el complot— hasta arrastrar la realidad y pisotear el sentido común. Así se va al encuentro de la muerte, y el realismo de fondo que filtra la novela lo conducirá a morir —con un sobresalto de dignidad y de consciencia— víctima del implacable mecanismo que había contribuido a poner en marcha.

Diotallevi (en italiano este nombre quiere decir "Dios te críe"), colega de Belbo, es un medio hebreo, devoto estudioso de la Cábala y de la Torá, agnóstico pero fascinado por el misterio divino; es otra inteligencia al servicio de la futilidad. También será castigado por la misma realidad: el cáncer que lo devora es la pena del Talión por su afectación intelectual, por haber jugado demasiado con la Palabra. Y de esto es consciente: "Hemos pecado contra la Palabra —confía a Belbo—, aquella que ha creado y mantiene en pie el mundo"; "Para manipular las letras del Libro se requiere gran piedad, y nosotros no la hemos tenido. Todo libro es un entretejido del nombre de Dios, y nosotros hemos hecho anagramas con todos los libros de la historia, sin rezar"; "Estoy experimentando en mi cuerpo aquello que hemos tomado a broma en el Plan"; "Al fin he entendido todo sobre mi cuerpo. Lo estudio día a día, sé lo que le sucede, pero no puedo intervenir, las células ya no obedecen. Muero porque he convencido a mis células que no hay una regla, y de cada tejido se puede hacer lo que se quiera" (pp. 445-447). Como se ve, son afirmaciones que contrastan con el nominalismo que ha embebido El nombre de la rosa, la anterior novela del autor.

En Pim Casaubon probablemente se refleja una parte de Umberto Eco, aunque se pueden encontrar trazas autobiográficas también en los otros personajes. La aventura de Casaubon inicia con la tesis sobre los Templarios, que lo pone en contacto con Belbo. Apenas interviene en las agitaciones del 68, y se refugia en Brasil para no tener disgustos con la policía después de la desaparición del coronel Ardenti (aquel que había descubierto el presunto documento de los Templarios que era el origen del Plan). En este nuevo país surge una pasión por Amparo, bellísima guerrillera que lo abandona cuando descubre que, a pesar de su marxismo, no se había liberado de la cultura ancestral que la ligaba a los ritos oscuros de la Pomba. Este joven sin esperanza toma la vida con curiosidad, sigue los avatares de sus amigos y participa en ellos, pero siempre de espectador, atento a la salida de emergencia. Al regresar del Brasil —y metido de nuevo en el asunto del Plan— se une con Lía, de quien tiene un hijo, aceptando de ella unas exquisitas lecciones de realismo. Es ella la que glorifica el cuerpo, el amor y la procreación, a lo largo de un capítulo (pp. 286 ss.). Lía está incondicionalmente dispuesta a aceptar la criatura que nacerá ("Debemos estar preparados para acogerla también con dos cabezas", p. 346); es para Casaubon el ligamen con la tierra, el antídoto a los devaneos del Plan. Ella es la que interpretará el famoso documento de los Templarios como una banal lista de lavandería (pp. 418 ss.).

VALORACIÓN LITERARIA

En el texto hay una profusa erudición: ocultismo, exoterismo, cábala, gnosis, filosofía, religión, historia de los Templarios, de la Rosa-Cruz, de los masones, de los Sabios de Sión...; una montaña de citas, una legión de personajes. Más que de erudición se trata quizá de una parodia de la erudición, o tal vez de una voluntaria ambigüedad: asombrar a los más simples y juguetear con los demás.

El libro ha sido considerado por algún crítico como la obra de un "gran bufón", donde se dan cita la vitalidad, la vulgaridad, la falta de ideas, el gusto de reír delante del espejo de la propia imagen grotesca, la ausencia de toda fe, el horror al vacío, la capacidad de asimilar y digerir todas las cosas que pasan ante su vista, la superficialidad total, el don de la dilatación y de la deformación, el deseo loco de poseer todas las cosas cultas —libros, anécdota, cuadros, citas— y de almacenarlas en el propio computer.

En lo que los críticos están generalmente de acuerdo es afirmar que el libro carece de estilo, falta una unidad de inspiración; es frío, sabe a collage, denota artificiosidad. Si hay algunas páginas sinceras e inspiradas (aquellas donde hay una escritura "cotidiana"), están sumergidas y dispersas en un largo y pesado sucederse de desviaciones, de citas, de historias que se entrecruzan, y forma una masa narrativa viscosa, ininteligible y patológica.

Pero si esto es verdad, se podría plantear el porqué se ha vendido tanto el libro. El hecho es que Eco es ya un fenómeno que va más allá de la simple literatura; se ha convertido en un objeto de consumo de una sociedad de masas. La rapidez del éxito de ventas, a pesar de los numerosos ataques de los críticos, hace pensar en motivos externos al libro y a sus cualidades: no ha habido tiempo suficiente para un éxito y una difusión "merecida". Es un fenómeno más bien debido a la moda que a la literatura.

Haciendo una caracterización "televisiva" de esta novela-objeto se podría decir que El péndulo de Foucault no es una novela, es un serial televisivo. En el libro hay espacios ya previstos para los "descansos" publicitarios: cada uno de los 120 subcapítulos en que se dividen los 10 capítulos es precedido por un epígrafe frecuentemente erudito (una frase sacada de libros existentes o inventados), que casi nunca tiene que ver con el texto al que precede; más aún, a veces el subcapítulo reemprende el hilo exactamente donde había sido dejado en el subcapítulo anterior, y el epígrafe simplemente interrumpe la lectura en lo mejor del diálogo, algo así como los anuncios de la televisión. Y a esto añadimos que, desgraciadamente, aquí tampoco falta algún toque de inmoralidad en las descripciones.

El libro, en cuanto libro, resulta tedioso y untuoso. Con sus fanfarronadas y titubeos sobre las censurables costumbres atribuidas a los Templarios; con el paréntesis sexual —narrado con tono entre jactancioso y divertido— de Casaubon y Amparo en Brasil (se podía haber prescindido de esta parte, pues el principio es meramente introductorio, y el libro no empieza, en realidad, hasta la página 197); y con ese universo pequeño-burgués al que remite al lector cuando desaparece la erudición pirotécnica y se pretende volver a la pura narración.

El péndulo de Foucault utiliza el mismo lenguaje que los periódicos estudiantiles de antaño, con la técnica de la condensación y con fastidiosos desaliños: "Un muerto era un muerto era un muerto era un muerto" (p. 259); "Siempre ambicioso nuestro Casaubon. Tenga en cuenta que allí deberá resolver el problema insondable de la Unidad y la Multiplicidad. Mejor ir adelante con calma. Véase en primer lugar el mecanismo de la lavadora" (p. 302). La lectura se hace complicada por la estructura narrativa, farragosa hasta extremos insoportables, arremolinada en una vuelta atrás interminable. En definitiva, es un péndulo demasiado estudiado y alambicado. Una trama compuesta por demasiadas historietas, y ninguna verdadera literatura.

VALORACIÓN DOCTRINAL

a) El Síndrome de la Sospecha

¿Qué ideas quiere transmitir esta novela de Eco? En primer lugar, ésta: el hombre, no sabiendo resignarse a vivir entre las realidades concretas, naturales y simples, se afana por descubrir significados recónditos, planos misteriosos, maquinaciones perversas. No logra soportar el horror vacui que lo aflige; entonces se dedica a buscar puntos de apoyo y, si no los encuentra, los crea, más satisfecho de una invención cerebral que de una realidad simple. Sucede de tal modo que acaba persiguiendo fantasmas y permanece prisionero de su ilusión. "De tal modo pierde aquella luz intelectual que nos hace distinguir lo similar de lo idéntico, la metáfora de las cosas, aquella cualidad misteriosa y fulgurante y bellísima por la cual estamos en grado de decir que uno cualquiera se ha bestializado pero no pensamos de hecho que le hayan crecido pelos y colmillos, y sin embargo el enfermo piensa "bestializado" e inmediatamente ve a alguien que ladra o gruñe o se arrastra o vuela" (p. 367).

Eco ha declarado su finalidad en una entrevista: "Hay una enfermedad que se ha apoderado de la cultura y de la política de nuestra época. Por este motivo he escrito El péndulo: para denunciarla. Es una "enfermedad de la interpretación" que ha influido en todo: la teología, la política, la vida sicológica. Su nombre es Síndrome de la Sospecha. Su instrumento es la Dietrología: detrás de un hecho se esconde otro más complejo, y todavía otro, y así hasta el infinito. La vida es interpretada como un eterno complot. Más aún, una cadena de complots (...). Ni siquiera Dios basta para explicar el origen del universo. También Él está involucrado por la sospecha: ¿verdaderamente estará solo? ¿Por qué nos ha creado?". "La gente está hambrienta de planes, si le ofreces uno se lanza sobre él como una manada de lobos. Tú inventas y ellos creen" (p. 480).

En esta actitud hay una cierta toma de posición contra las corrientes gnósticas de todo tiempo. El péndulo se puede también leer en clave periodística e irónica en relación con los "iluminados" y con los "iniciados", con los aficionados del espíritu hermético, del irracionalismo místico y del exoterismo. Para el autor esta obsesión por lo oculto es una constante de la historia. ¿Pero de qué depende?

"Pues del hecho —afirma Eco en la misma entrevista— que el primer verdadero misterio es la vida. La gente viene al mundo, no sabe cuál es su origen, no sabe donde acabará después de la muerte, vive dentro de una terrible incerteza. Habitualmente reacciona de dos modos: o dice "esperemos que todo termine bien" y se encoge de hombros; o se pregunta ¿de quién es la culpa de todo esto?, ¿quién me está fastidiando? Haga obsesivas estas preguntas y tendrá el Síndrome de la Sospecha, la eterna carcoma que roe nuestra salud mental".

La sospecha de la que habla Eco se difunde sobre todo después de las grandes crisis de las instituciones, de las "iglesias", de la certeza científica, de los modus vivendi. Incapaces de soportar la realidad tal como se presenta ante nuestra razón, esto es, privados del valor de la verdad, buscamos refugio en mundos exotéricos que nos regalan invenciones artificiosas y fantasías consoladoras.

b) El péndulo, metáfora de Dios

En la citada entrevista Eco afirma que el péndulo es una metáfora de Dios. Hay algunos episodios de la novela que a este respecto son reveladores. En el Conservatorio, Casaubon mira el péndulo y tiene la intuición del misterio de la inmovilidad absoluta, la del Punto Fijo: "El Péndulo me estaba diciendo que todo está en movimiento, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y toda emanación cósmica, desde los primeros eones a la materia más viscosa; sólo un punto permanecía estático, perno, eje, enganche ideal, dejando que el universo se mueva en torno a él. Y yo participaba ahora de aquella experiencia suprema, yo que también me movía con todo y con el todo, pero podía ver Aquello, el Inmóvil, la Roca, la Garantía, la oscuridad luminosísima que no está en un lugar, en un tiempo o en un espacio, no es alma ni cuerpo, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, sustancia, eternidad, no es ni tinieblas ni luz, no es error ni es verdad" (pp. 10-11).

El dios de Belbo-Eco es un punto inmóvil, puesto fuera del cosmos, del cual nada se puede comprender, nada decir, nada afirmar; no porque sea inaccesible por nosotros, sino porque en sí mismo es incomprensible e inconsistente. Puede ser la nada, el caos, el vacío, la imaginación, la oscuridad. "Nada podrá quitarme de la mente —afirma Belbo, antes de morir— que este mundo es el fruto de un dios tenebroso del que yo prolongo la sombra" (p. 415).

La posición teológica de Belbo-Eco parece un enmarañamiento mental que excluye la razón para coger el caos. En esto se disuelve todo: verdad, ética, finalidad; la vida se presenta como condena y vanidad, motivada por la imposibilidad de vivir sin este dios-caos. "La humanidad no soporta el pensamiento de que el mundo haya nacido por casualidad, por error, solo porque cuatro átomos sin criterio han colisionado en la autopista mojada. Entonces es necesario encontrar un complot cósmico, Dios, los ángeles o los diablos" (p. 233).

Los diez capítulos de la novela llevan los nombres de los diez sefirot, como  para indicar tanto la historia del cosmos como la de la vida humana: provenimos de un dios-caos y, después de una serie de insensatos sucesos, volvemos al dios-caos. Los sefirot constituyen una especie de prisión en la que se juega la aventura humana; Belbo, que pende como oscilante cadáver, dibuja y fija en su vagar "las diez etapas de la expiración exangüe y del detrito de lo divino en el mundo" (p. 473). Toda realidad se consuma en una tragicomedia y se disuelve en el "Polo Nada" (cfr. p. 189). Ninguna esperanza es legítima puesto que el horizonte está desprovisto de vías de aproximación; ninguna certeza puede confortarnos, pues sobre la nada y sobre el caos toda esperanza queda vanificada; ninguna salvación es hipotizable, pues la vida y la historia son "un enigma sangrante e insensato" (p. 247), sin ley y sin salida. Si existe Hod —sefirah del esplendor—, también existe Geburah —sefirah del mal y del miedo—.

c) Puntos fijos

Sin embargo, no todo es absolutamente ilusión. "Por frágil que sea el ser, por infinito y sin finalidad que sea nuestro interrogante del mundo, hay algo que tiene más sentido que el resto" (p. 494). A la apariencia y a la esclavitud, Eco opone algunos puntos fijos, o verdad. El primero lo ofrece Lía, la amante de Casaubon, la que ha desmantelado el Plan de los tres amigos mostrando que no era más que la nota de la lavandería. Al engendrar un niño, ha enseñado que no todo es apariencia, "que hay algo, y tiene la prueba, se llama Julio" (p. 493). Un hijo es una realidad que da sentido, justifica, completa, satisface. La verdadera sabiduría no es la de la gnosis, secreta y vana, sino la de la gente sencilla que sabe descubrir y gozar las cosas sanas y buenas que la vida ofrece a todos.

Con la aceptación de su muerte, Belbo afirma un segundo punto fijo, el más importante: "Ahora entiendo. La certeza de que no había nada que comprender, esto debería ser mi paz y mi triunfo" (p. 508). Las palabras son de Casaubon, que ha entendido el significado de la aceptación de la muerte de su amigo. "He comprendido. ¿No decían algunos que la salvación llega cuando se ha realizado la plenitud del conocimiento?" (p. 507); "Se entiende todo cuando no hay nada que entender" (Ibidem). La sola salvación consiste en el proceder en compañía del agnosticismo y del nihilismo, con el cortejo de la oscura confusión y del mutismo que les sigue. Nada se sabe, nada se espera, nada nos salva.

"Ahora sé cuál es la ley del Reino, del pobre, desesperado, andrajoso Malkut (sefirah que representa el reino terrestre) en donde se ha refugiado la sabiduría, yendo a ciegas para encontrar la propia lucidez perdida. La verdad de Malkut, la única verdad que brilla en la noche de los sefirot, es que la sabiduría se encuentra desnuda en Malkut, y descubre que el propio misterio está en el no ser, salvo por un momento, que es el último. Después recomienzan los Otros" (p. 508).

El párrafo, puesto al final de la novela, nos dice que sólo por un momento, cuando se es uno mismo, se logra atrapar la vida, pero para caer inmediatamente en la inconsistencia, que es ilusión y apariencia. Belbo ha disfrutado de este momento, cuando era un muchacho, en el momento de emitir un bocinazo de trompeta, sin comprender" (pp. 500-501), y antes de morir. Pero los hombres "son ciegos a la revelación", no saben resignarse a la verdad de que "Malkut es Malkut y basta". Y persiguen quimeras. "Pero ve tú a decírselo. No tienen fe" (p. 509). Quien cree en la nada, como Casaubon, se contenta con mirar la colina, aún esperando la muerte. "Es tan bonita..." (Ibidem).

d) Algunos resquicios

En la última página de la novela, hay un enunciado en alemán: Gott ist ein lautes Nichts, "Dios es un puro nada". El trasfondo de El péndulo de Foucault reflejan el eco de aquellas palabras. El dios-caos primordial de fray Guillermo y el dios-nada de Adso es el mismo que el venerado por Belbo y Casaubon. La cosa es ligeramente diversa para Diotallevi. Hemos citado ya sus palabras, pronunciadas antes de morir, en las que reconoce que la vida es un proyecto de Dios, y no es lícito manipularla según el propio gusto (pp. 446-447).

Sin embargo, también en Belbo y Casaubon se abre un pequeño resquicio a la inquietud religiosa. Casaubon habla del "escalofrío del infinito", de la "experiencia terrorífica que se advierte ante el encuentro con el Uno, el En-sof, el Indecible" (p. 11). Belbo advierte una "desesperada sed de absoluto" (p. 51). El Péndulo lo turba porque le promete el infinito, pero le deja a él la responsabilidad de encontrar el punto preciso al cual sujetarlo. "No sé, tal vez estamos siempre buscando el punto adecuado, quizá muy próximo a nosotros, pero no lo reconocemos, y para reconocerlo haría falta creer". Pero volverá rápidamente en sí, como herido por un pensamiento molesto: "Dediquémonos a hacer cosas serias..." (p. 191).

Hacia el final de la novela, Casaubon reflexiona sobre la manía de los gnósticos de buscar la salvación en un secreto inalcanzable, que "descubierto, no podría más que desilusionarnos". Se le presenta entonces la sustancia del misterio cristiano. "Sin embargo, acababa de llegar uno que se había declarado el hijo de Dios, el hijo de Dios que se hace carne y redime al mundo de los pecados. ¿Era un misterio sin importancia? Y prometía la salvación a todos, bastaba con amar al prójimo. ¿Era un secreto vulgar? Y dejaba como legado que cualquiera que pronunciase las palabras adecuadas en el momento preciso podía transformar un pedazo de pan y medio vaso de vino en la carne y en la sangre del hijo de Dios, y alimentarse de ellos. ¿Era un enigma que se debía echar fuera? E inducía a los padres de la Iglesia a conjeturar, y después a declarar, que Dios era Uno y Trino y que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo, pero no el Hijo del Padre y del Espíritu Santo. ¿Era una formulilla para los Ilicos? (...) ¿La revelación está toda aquí?" (p. 491).

Esta exposición simple del credo cristiano, podría hacer pensar en una cierta atracción ejercida por la fe cristiana, aunque se trata de una presencia insustancial, sin peso. Como cuando Casaubon expone el origen del cristianismo (cfr. p. 161), reduciéndolo a un medio para hacernos ver lo grotescas que pueden ser nuestras conjeturas cuando se rechaza la verdad (sin especificar qué es esa verdad).

e) Las preguntas

Ciertamente los problemas permanecen. Si Eco quiere denunciar el pulular de las sectas, el irracionalismo místico y misterioso, el renaciente gnosticismo y exoterismo, la demoniomanía, ¿en la lista se ha de incluir el cristianismo? Parece que sí, y esto no es una cuestión sin importancia.

Ante todo, no basta con denunciar las aberraciones; es necesario entender cómo se explica el hecho de que el hombre tenga esta exigencia tan profunda de colmar el vacío metafísico. Es demasiado cómodo limitarse a llamar en causa a la irracionalidad del sentimiento y la incapacidad humana de aceptar la nada.

Se ha hablado de un "realismo fundamental" de El Péndulo, contrapuesto al nominalismo radical de El nombre de la rosa: los personajes pagan en su impacto con la realidad las consecuencias de sus acciones, Diotallevi y Belbo, sobre todo. Pero se trata de un realismo absolutamente minimalista. Si en el fondo es una posición más "razonable" y mentalmente más "sana" que un nominalismo radical y sofisticadamente escéptico (recuérdese, por ejemplo, cuanto afirma el Chesterton de Ortodoxia), no puede sin duda constituir el horizonte último al que reducirse.

Eco propone una conciencia del límite, un contentarse con el dato —y disfrutar de él sólo por lo que ofrece—, una reducción del horizonte a lo inmediato, que es más próxima a la renuncia radical y a la limitación al concreto e inmediato propio del pensamiento débil, que no al sentido común y al realismo cristiano.

El nombre de la rosa era una novela nominalista y corrosiva de la visión cristiana de la vida. El péndulo de Foucault es una novela que tiende a un realismo incompatible con la fe. Esto no quiere decir que Eco haya cambiado, ni comporta un juicio ideológico sobre su "pensamiento": al igual que ha escrito una novela "nominalista" y una "novela realista", podría también escribirla de cualquier otro tipo, pues su pensamiento sólo existe como persecución y exhibición de una búsqueda que, en el fondo no desea encontrar nada: desemboca en una aceptación de la existencia tal como viene, justificada por un hedonismo sin grandes pretensiones.

Si existen modos distorsionados y patológicos de usar la inteligencia, de buscar "planes" inexistentes, hay también modos correctos y realistas de usar la razón y de buscar leyes, causas, conexiones, y las mismas "trazas" de Dios en el mundo. A la razón no se puede renunciar, salvo renunciando a la propia humanidad. Todo está en usarla bien, lo que sin duda no es cosa fácil, pero es posible. No se logrará entender todo, pero hay algo que se puede entender, intelligere, ya sobre esta tierra, y hasta el momento en el que la inteligencia encuentre su plena realización: en un acto que tendrá por objeto a Dios mismo.

 

                                                                                                                 C.C. (1989)

 

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