ENGELS, Friedrich

La condición de la clase obrera en Inglaterra

(Se cita por la edición italiana: La condizione della classe operaia in Inghilterra. La nuova sinistra, Edizioni Samonà e Savelli, Roma, 1972. Reprint —Prima edizione: Luigi Mongini Editore— Roma, 1899, XXI + 246 pp.)

 

CONTENIDO DE LA OBRA

En el Prefacio a la segunda edición alemana, en 1892, se afirma que, «en el bien como en el mal, la obra lleva el sello de la juventud del autor» (p. III). Tenía Engels, cuando la escribió, veinticuatro años, «y hoy —dice—, que soy tres veces más viejo, volviendo a ver este trabajo de juventud, encuentro que no debo avergonzarme de él de ningún modo» (ibid.).

Comienza indicando lo que va a ser la principal finalidad de la obra: el ataque al sistema capitalista. «El desarrollo de la producción capitalista (...) va poniendo de relieve el gran hecho principal: que la causa de la miseria de la clase trabajadora se debe buscar (...) en el mismo sistema capitalista» (p. V).

Explica cómo a medida que la producción capitalista va desarrollándose, a medida que va extendiéndose el mercado mundial, la táctica de los capitalistas va variando: antes, sus ganancias las obtenían por medio de pequeños hurtos, en perjuicio de los trabajadores; hoy día, se ve que no vale la pena perder tiempo en esas pequeñeces, pero el fin que se persigue es siempre el mismo: «la concentración del capital en manos de unos pocos y aplastar a la pequeña concurrencia (...) El trabajador vende al capitalista la fuerza de su trabajo por una determinada suma diaria. Después del trabajo de pocas horas, ha reproducido el valor de aquella suma. Pero su contrato de trabajo dice que debe prestar aún un ulterior número de horas para completar su jornada laboral. El valor que él produce en estas horas adicionales de trabajo excedente —plustrabajo— es el plusvalor, que nada cuesta al capitalista y que, no obstante, va a pasar a su bolsillo. Esta es la base del sistema que cada vez divide más a la sociedad (...) entre los propietarios de todos los medios de producción y subsistencia, de una parte, y, de otra, la enorme masa de asalariados, propietarios sólo de su fuerza de trabajo. Este resultado se debe (...) únicamente al mismo sistema» (p. VI).

Continúa diciendo que las condiciones que él señaló en 1844 para Inglaterra, se reproducen a la letra hoy día —1892— en Francia, Alemania y, sobre todo, en Estados Unidos, y que, por esa razón, no se ha visto en la necesidad de actualizar su obra.

Afirma, no obstante, que «el punto de vista teórico general del libro cuando lo escribí en 1845, no corresponde a mi actual punto de vista en el aspecto filosófico, económico y político, pues entonces no existía aún el moderno socialismo internacional que, casi exclusivamente por los trabajos de Marx, se ha elevado a ciencia. Mi obra representa sólo una de las fases de su desarrollo embrionario, y como el embrión humano en sus primerísimos grados de desarrollo reproduce las branquias de nuestros predecesores los peces, así este libro anuncia las trazas del origen del moderno socialismo de un predecesor suyo: la filosofía clásica alemana. Así se da gran importancia, sobre todo al final, a la afirmación de que el comunismo es, no una simple doctrina de partido de la clase trabajadora, sino una teoría cuyo objetivo final es la liberación de toda la ciencia, incluidos los capitalistas, de las condiciones oprimentes del presente. Esto es justo en sentido abstracto, pero en la práctica es más dañoso que inútil» (p. VII).

Explica el porqué de esta última afirmación diciendo que la clase propietaria no siente ninguna necesidad de liberación y, además, se opone a la liberación de la clase trabajadora. «Hay gentes, hoy día, que predican a los trabajadores un socialismo elevado sobre todos los contrastes y las luchas de clase. Pero tales individuos o son novicios que tienen aún mucho que aprender, o son los peores enemigos de los trabajadores; son lobos con piel de oveja» (p. VIII). Se insinúa ya lo que durante el resto del libro afirmará de un modo abierto y repetido: que la lucha contra el sistema capitalista solo puede llevarse a cabo con la revolución violenta.

Apunta que el período entre las crisis de la economía inglesa, que en el texto fijaba para cada cinco años, se ha visto que, en realidad, es de diez años. Por lo demás, dice que no ha querido quitar las predicciones que hacía sobre la inminente revolución social en Inglaterra, pues la condición crítica de la industria inglesa, especialmente por la competencia americana, ha comenzado ya.

Recoge en este Prefacio un artículo publicado en Commonweal, de Londres, el 1 de marzo de 1885, en el que resume la situación por la que ha ido atravesando la industria inglesa desde 1845: ampliación de mercados, mejoras de una pequeña parte aventajada de la clase trabajadora y miseria de la masa restante, sucesivas crisis decenales, hasta llegar a 1877 en que Inglaterra deja de ser el centro mundial de producción: «El monopolio industrial de Inglaterra es el punto cardinal del sistema existente en la sociedad inglesa: la teoría del libre cambio suponía que Inglaterra debía llegar a ser el único gran centro industrial de un mundo agrícola, pero los hechos han desmentido completamente esta suposición» (p. XII). A consecuencia de esta disminución de la producción, añade, la desocupación y miseria entre la clase obrera crecerá de un modo inaudito, de manera que el socialismo —que en 1848 había desaparecido por la increíble expansión del comercio y la industria— volverá a renacer.

Sigue viendo, después de citar ese artículo aparecido en 1885, que, efectivamente, vuelve a haber socialismo en Inglaterra, y no un socialismo aguado, sino una organización de la gran masa de obreros no técnicos, un «Nuevo Unionismo», esencialmente diverso de las viejas uniones de obreros técnicos. Las nuevas no creen en la eternidad del viejo sistema del salario, que las viejas tenían como definitivo. Sigue diciendo que, hoy día, el movimiento obrero inglés ha vuelto a dar un nuevo gran paso hacia adelante: se ha formado un partido obrero, para oponerse a los dos partidos oficiales, conservadores y liberales. Está aún en formación, afirma, pero va obteniendo ya resultados tangibles: «La superstición por el gran partido liberal que había dominado durante cuarenta años a los trabajadores ingleses ha desaparecido (...) y el movimiento obrero continental hará el resto» (p. XV).

Se dirige a continuación a la clase trabajadora de Gran Bretaña, dedicándole la obra de 1845. Se presenta como un defensor de su causa y le asegura que no encontrarán ningún tipo de apoyo de parte de la clase media, pues el interés de ésta es diametralmente opuesto al de ellos, aunque se esfuercen en decir lo contrario: «la clase media no piensa en realidad más que en enriquecerse con vuestro trabajo y abandonaros al hambre en cuanto no puedan por más tiempo seguir sacando provecho de este comercio de carne humana» (p. XVIII).

Concluye esta arenga asegurándoles que tendrán éxito en su lucha.

Sigue después el Prefacio a la primera edición de 1845, en la que afirma: «la condición social de la clase trabajadora es el terreno positivo y el punto de partida de todos los movimientos sociales contemporáneos, ya que marca el más desarrollado y visible culmen de nuestra persistente miseria social. Ella ha producido por vía directa el comunismo de los obreros franceses y alemanes, e, indirectamente, el fourierismo y el socialismo inglés, como el comunismo de la culta burguesía alemana. Por eso, el conocimiento de las condiciones del proletariado es una necesidad indispensable para dar a las teorías socialistas, por una parte, y, por otra, a los juicios sobre su legitimidad, una base estable» (p. XIX).

Afirma que este conocimiento es también muy importante para los alemanes, pues hasta ahora el socialismo y comunismo alemanes han surgido por una vía teórica: «No hemos llegado al comunismo sino a través de la disolución de la especulación hegeliana, realizada por obra de Feuerbach. Pero las verdaderas condiciones de vida del proletariado nos son desconocidas (...)» (p. XX). Afirma que, en líneas generales, las condiciones del proletariado alemán tienen, básicamente, el mismo orden social. De todas formas, es de gran importancia —para enjuiciar con exactitud el marxismo— no olvidar esa explícita declaración de su origen, netamente especulativo.

El índice del libro, que se seguirá para exponer su contenido, es el siguiente:

Prefacio de Engels a la edición alemana de 1892.

A la clase trabajadora de Gran Bretaña

Prefacio de Engels a la edición de 1845

Introducción

El proletariado industrial

Las grandes ciudades

La competencia

La inmigración irlandesa

Resultados

Las distintas ramas del trabajo. Los obreros industriales en el significado más restringido

Las otra ramas del trabajo

El movimiento obrero

El proletariado de las minas

El proletariado agrícola

La posición de la burguesía frente al proletariado

Bibliografía

Indice analítico

 

Introducción (pp. 1-15)

«La historia de la clase obrera inglesa comienza con la última mitad del siglo pasado, con el descubrimiento de la máquina de vapor y de las máquinas para trabajar el algodón. Estos descubrimientos dieron, como es sabido, el impulso a una revolución industrial, a una revolución que transformó simultáneamente toda la sociedad burguesa (...) El principal producto de esa revolución es el proletariado» (p. 1).

Pasa seguidamente a hacer una breve historia de la situación de la vida familiar tal como se había desarrollado hasta ese momento. Explica cómo el trabajo se realiza en casa del obrero, a quien ayudaban su mujer e hijos; vivían generalmente en el campo, en las cercanías de la ciudad, y podían vivir bien, pues no había competencia —el único mercado era el del pueblo— que ejerciese presión sobre el salario del trabajo. Podían ahorrar algo y arrendar un pequeño terreno para trabajarlo en las horas de ocio: «no era (el obrero) un proletariado (...) tenía un domicilio y ocupaba en la sociedad un escalón más alto que el obrero inglés actual» (p. 2).

A continuación describe a grandes rasgos la idílica situación en que se hallaban. Afirma incluso que los grandes propietarios de terreno «eran gente respetable y buenos padres de familia: vivían moralmente, porque no tenían ningún motivo para ser inmorales» (ibid.). Hace entonces una serie de afirmaciones despectivas hacia ese género de vida que llevaban los trabajadores, calificándola de vida vegetal: «no pensaban, se divertían con ejercicios corporales (...), sin pretensiones hacia las clases elevadas de la sociedad (...) se sentían satisfechos en su tranquila vida vegetal (...) No eran hombres, sino simples máquinas de trabajo al servicio de pocos aristócratas que hasta ahora habían guiado la historia» (p. 3).

Continúa explicando que, con la progresiva introducción de las máquinas en el trabajo, cambió la situación de vida de los trabajadores, quienes comenzaron a dedicarse totalmente al trabajo de tejer, «no tenían propiedad alguna (...) y, con esto, llegaron a ser proletarios» (p. 4) Simultáneamente, el trabajo a máquina fue suplantando al trabajo a mano: «Los capitalistas (...) se encontraron en la situación de disminuir el número de obreros» (p. 5).

Este desarrollo, añade, no ha afectado solamente al sector de la industria textil, sino que se ha transmitido a todas las ramas de la actividad industrial y a la agricultura, pues los grandes terratenientes emplearon el capital en la mejora del suelo, utilizando instrumentos más perfeccionados e introduciendo métodos de variación de cultivos; construyendo carreteras y ferrocarriles; haciendo navegables los ríos e incrementando la construcción de barcos de vapor, etc.

Concluye esta breve historia haciendo un resumen de estas primeras páginas: desarrollo de la industria; necesidad de trabajadores; aumento momentáneo de salarios; emigrantes del campo a la ciudad; aumento de la población, debido a la clase proletaria; muchedumbre de irlandeses que emigraron a Inglaterra; aparición de las grandes ciudades industriales y mercantiles y, por último, la transformación de la clase media trabajadora en clase proletaria y de los grandes comerciantes en fabricantes.

«Apareció el proletariado por primera vez como una clase real, una clase fija de la población, mientras que hasta ahora había sido sólo un paso hacia la burguesía. Ahora, quien nacía trabajador, no tenía ninguna posibilidad de cambiar en toda su vida. Sólo ahora el proletariado estuvo por primera vez en condiciones de moverse independientemente» (p. 13). No obstante, esta masa trabajadora va tomando conciencia de su fuerza, aunque la clase inglesa media no quiera reconocerlo.

Esta idea —la de la clase media ajena al problema—, Engels la repetirá muchas veces a lo largo del libro. Con ella, tiene vía libre para postular la revolución violenta, y afirma: «La clase media inglesa, y en particular la fabricante, que se enriquece directamente de la miseria de los trabajadores, nada sabe de esta miseria (...), no quiere confesar que los trabajadores son pobres porque ellos, las clases propietarias e industriales, tienen la responsabilidad moral de esta miseria (...) se sienten fuertes (...) e ignoran que el terreno se está excavando bajo sus pies, y que cualquier día puede hundirse, con la seguridad con la que se cumple una ley mecánica o matemática (...) De esto deriva el profundo rencor de toda la clase trabajadora contra los ricos, por los cuales son explotados sistemáticamente y abandonados a su suerte; un odio que, dentro de no mucho tiempo —se puede calcular—, debe explotar en una revolución, frente a la cual la Revolución francesa y el año 1794 serán un juego de niños» (p. 15).

El proletariado industrial (pp. 15-17)

Pasa ahora a señalar las diversas categorías del proletariado, en dependencia del esbozo histórico que ha hecho en la  Introducción: primero, los trabajadores industriales, que se ocupan de la elaboración de la materia prima; a continuación, los trabajadores de las minas de carbón y metal; en tercer lugar la agricultura y, por último, Irlanda. Son los primeros, los trabajadores industriales, el alma del movimiento obrero, porque son los más conscientes de sus intereses; las restantes ramas se van uniendo a ellos a medida que la revolución industrial va atacando su oficio. Por esta razón, tratará primero lo que tienen en común todos para, después, ver lo que tiene cada grupo de propio.

Afirma sin más que «así como la pequeña industria creó la clase media, la grande industria creó la clase trabajadora y puso en el trono a los pocos predestinados de la clase media, pero sólo para arruinarlos después con mayor seguridad. Entre tanto, es un hecho innegable y fácilmente explicable que la numerosa pequeña clase media del buen tiempo antiguo, ha sido destruida por la industria, y dividida, por una parte en ricos capitalistas y, por otra, en pobres trabajadores» (p. 16). Dice que es «innegable y fácilmente explicable», pero ni explica por qué lo es, ni si realmente lo es; eso no parece preocuparle, dando a esa afirmación un carácter de postulado indiscutible.

Después de afirmar que «en la industria, el hombre, el trabajador, viene sólo considerado como una parte del capital a quien el fabricante en compensación —puesto que el trabajador se le ofrece para que le explote— concede intereses bajo el nombre de salario» (ibid.), describe sumariamente cómo se han ido formando las grandes ciudades alrededor de los grandes establecimientos industriales. Pero como la inmensa mayoría de estas ciudades están formadas por proletarios, pasa a examinar cómo viven éstos y qué influencia ejercita sobre ellos la ciudad.

Las grandes ciudades (pp. 17-59)

Tras una brevísima descripción de la ciudad de Londres, señala una serie de características que son comunes a todas las ciudades de las que habla en el capítulo. Como primer rasgo afirma la brutal indiferencia que se observa de unos con otros: «este egoísmo mezquino, que es el principio fundamental de nuestra sociedad actual, no aparece en ningún lugar tan vergonzosamente al descubierto, tan consciente, como en la muchedumbre de la gran ciudad (p. 18).

De esto se deriva que la guerra social, la guerra de todos contra todos, está aquí abiertamente declarada: cada uno explota al otro y «mientras los pocos poderosos, los capitalistas, atraen todo hacia sí, a los muchos débiles apenas les queda para vivir» (p. 19). Y como en esta guerra social, añade, el capital es el arma con la que se lucha, es evidente que todas las desventajas recaen sobre los pobres. En estas grandes ciudades, el hambre es causa directa e indirecta de muchísimas muertes y «los obreros ingleses llaman a esto un homicidio social y acusan a la sociedad entera de cometer este delito» (ibid.).

Describe a grandes rasgos la situación de inseguridad laboral en la que se encuentran los trabajadores, sometidos constantemente «al capricho de quien les da trabajo» y, en el mejor de los casos, «si es tan afortunado de encontrar trabajo, si la burguesía le concede la gracia de permitirle que la enriquezca, recibirá un salario que le permitirá apenas tener el alma unida al cuerpo» (ibid.).

Hace a continuación, y durante bastantes páginas, una descripción de las casas en las que viven los obreros y, con gran lujo de detalles, señala el estado de miseria física y moral en que se encuentran las familias que viven en esas casas. No quiere afirmar que todos los trabajadores londinenses vivan en una tal miseria, pero sostiene que «miles de familias pobres y diligentes, mucho más pobres y honorables que todos los ricos de Londres, se encuentran en esta posición indigna de hombres y que cada proletariado, sin excepción, sin culpa suya y a pesar de todas las privaciones, puede venir afectado por esa misma suerte» (p. 24).

Después de hablar de Londres, pasa a tratar de Dublín, Edimburgo, Liverpool, Bristol, Birmingham, Glasgow, etc. Para todas ellas sirve la descripción de Londres. Se detiene después sobre Manchester, que considera como el tipo clásico de la moderna ciudad industrial. Afirma que «debían desarrollar aquí, en el modo más completo y genuino, las consecuencias de la moderna industria para la clase obrera, y el proletariado debía manifestarse en su más completa clasicidad (...) y como consecuencia, los intentos del proletariado por sublevarse ante esta degradante situación, debían —a la par— venir empujados al más alto grado y adquirir conciencia del modo más claro» (p 33).

Es de notar cómo va apareciendo, una y otra vez, la tesis que Engels pretende grabar en la mente de los lectores: la burguesía, por el mero hecho de serlo, va contra el proletariado y éste, a su vez, debe declarar necesariamente la guerra a la burguesía. Por lo demás, la descripción que hace de los barrios obreros y de las casas que éstos habitan, no difiere para nada de la hecha para las otras ciudades. Y la culpa de todo esto, afirma, la tiene la industria: «sólo la industria ha hecho ocupar esas casas inhabitables a los obreros que ahora habitan en ellas (...) sólo la industria permite a los propietarios de estos establos alquilarlos a alto precio como habitaciones, explotar la miseria de los obreros, sepultar la salud de miles de personas para que así se enriquezcan los propietarios (...) sólo la industria ha hecho esto: ella no habría podido vivir sin estos obreros, sin su miseria y esclavitud» (p. 42).

Terminado lo referente a las casas, pasa a hablar de cómo visten y se alimentan los obreros. Respecto a la ropa que usan, dice que es completamente insuficiente y, entre los obreros, los peor vestidos son los irlandeses. Respecto a la alimentación, afirma que «los obreros compran lo que es demasiado malo para la clase propietaria» (p. 53).

Concluye haciendo un resumen de lo expuesto en este apartado, reafirmando que el obrero puede pasar —y generalmente pasa— desde una condición de vida más o menos soportable —para un obrero, claro está— hasta la miseria más absoluta o incluso al hambre. No puede decirse, concluye, que a una determinada fracción de los trabajadores le vaya bien y a otra mal. Cualquier pretensión de indicar una cierta estabilidad es imposible: «a cada obrero en particular puede sucederle que recorra toda la graduación, desde un confort relativamente soportable, hasta la miseria extrema e incluso el hambre» (p. 59).

Pasa ahora a tratar de las causas de esta situación.

La competencia (pp. 59-70)

Comienza recordando lo que dijo en el prefacio: «la competencia, al comienzo del movimiento industrial, creó el proletariado» (p. 59). Quiere ahora considerar cómo esa competencia ha seguido actuando sobre ese proletariado ya existente y, en primer lugar, explicar las con­secuencias de la competencia de cada uno de los trabajadores entre sí.

Hace una afirmación general: «la competencia es la expresión más completa de la guerra dominante de todos contra todos en la moderna sociedad burguesa» (ibid.). Esta guerra, continúa Engels, no existe sólo entre las diversas clases de la sociedad, sino entre cada uno de los individuos de estas clases: «los trabajadores se hacen competencia entre ellos; los burgueses hacen otro tanto; los tejedores mecánicos compiten contra los tejedores manuales; el tejedor desocupado o mal pagado, contra el ocupado o mejor pagado, tratando de suplantarlo. Pero esta competencia de unos trabajadores contra otros es para ellos el lado más triste de su actual condición, el arma más aguda contra el proletariado en manos de la burguesía» (ibid.). Añade que de ahí se derivan los esfuerzos de los trabajadores para suprimir esta competencia con las asociaciones, y el furor de la burguesía contra esas asociaciones.

Vuelve a recordar el principio de que la burguesía oprime al proletariado, y que el proletariado no puede vivir por sí mismo ni un solo día, puesto que todos los medios de subsistencia están en manos de la burguesía, y el Estado —afirma— protege con su fuerza ese monopolio. Así, el proletario es, legalmente y de hecho, esclavo de la burguesía, que puede disponer de la vida y de la muerte del proletario» (p. 60). La burguesía da al obrero los medios para que sobreviva, pero por un equivalente, su trabajo, dando incluso la apariencia de que se trata de un contrato libre: «bonito equivalente cuyo importe depende sólo de la voluntad de la burguesía (...) bonita libertad, donde al proletario no le queda otra solución que suscribir las condiciones que le pone la burguesía, bajo pena de morir de hambre y de frío (...)» (ibid.). Y si alguno, continúa, elige morir de hambre, no es problema para la burguesía: encontrará más proletarios que no estén tan locos como para elegir esa muerte.

Pasa a considerar la competencia de los proletarios entre sí, visto que es imposible que todos elijan morir de hambre antes que trabajar para la burguesía. Afirma que «esta competencia de los trabajadores entre sí tiene sólo una barrera: ninguno querrá trabajar por menos de lo que le es necesario para su existencia» (ibid.), pero explica que esta barrera es relativa, pues las necesidades de unos y otros no son las mismas y esto se pone de relieve, sobre todo, cuando entran en competencia los trabajadores irlandeses: «el inglés, que es un poco más civilizado, tiene más necesidades que el irlandés, que va andrajoso, come patatas y duerme en pocilgas» (ibid.). El resultado de esta competencia de los irlandeses es que el salario baja aún más.

Aunque el salario de los obreros industriales sea algo más elevado que el de los restantes, ese salario no le permite educar a sus hijos —dice— para algo más que trabajadores, y cuando las familias trabajan «la burguesía aprovecha para bajar el salario aún más, ocupando y explotando a mujeres y niños» (p. 61). El obrero, en cualquier caso, está indefenso, pues si el salario baja no tendrá más remedio que conformarse con él, si no quiere morir de hambre, y si al final de la competencia hay más trabajadores de los que la burguesía estima útil ocupar, los que sobran deberán morir de hambre.

«El mínimum de salario viene establecido por la competencia de unos burgueses con otros» (p. 61) y lo explica diciendo que el burgués engrosa su capital mediante el comercio y la industria: para ambas cosas necesita de trabajadores, pero los necesita «como se necesita de un artículo de comercio, o de una bestia de carga: para enriquecerse» (ibid.); si crece la demanda, continúa, se ocupan más trabajadores, disminuye la competencia entre éstos y aparece la competencia entre los burgueses, con lo que éstos deben subir un poco el salario. Concluye entonces: «el trabajador es, legalmente y de hecho, esclavo de la burguesía, tan esclavo que viene vendido como una mercancía; que, como una mercancía, sube y baja de precio. Si crece la necesidad de trabajadores, éstos suben de precio; si cae, cae con ella el precio de los trabajadores» (p. 62).

Cita la teoría de la población de Malthus y dice que, en parte, tiene razón cuando habla de la esclavitud actual, pero que, a diferencia de la antigua, el obrero no es esclavo de un solo propietario, sino de toda la clase propietaria.

Engels manifiesta su acuerdo con Adam Smith en que «la demanda de los trabajadores, semejante a la de cualquier otro artículo, regula la producción de los trabajadores, la cantidad de hombres engendrados; acelera esta producción si va lentamente, la frena si crece muy rápida (ibid.). Sigue explicando que la producción no se hace con el fin de satisfacer las necesidades inmediatas, sino exclusivamente para ganar dinero; es ésta la causa de que con frecuencia se produzcan estancamientos en el mercado: éste se satura por la producción desordenada; al cesar la demanda de producción, cesa la demanda de obreros y aparece la población superflua y, con ella, aparecen la miseria y el hambre entre los obreros. Por eso, la causa hay que buscarla «en la naturaleza de la industria, en la competencia y en las crisis comerciales que derivan de esa naturaleza» (p. 64).

Parece que Engels considera efectivamente «superflua» esa población, quejándose de que «se haya producido»; el bajo aprecio de la dignidad de la persona, que parece compartir con Malthus. Esto lleva a preferir que haya X hombres para X bienes que X + Y hombres para X bienes, cuando no se consiga que haya X + Y bienes. Esto, en efecto, es coherente si se parte de la reducción del hombre a un átomo de la materia en devenir.

Concluye que son los obreros quienes deben pagar esta situación: se sigue que, en cualquier tiempo, exceptuados los períodos de más alto florecimiento, la industria inglesa debe tener una reserva de obreros desocupados para, en los meses de mayor vitalidad, poder producir la masa de mercancías solicitadas (cfr. p. 67).

La inmigración irlandesa (pp. 70-74)

Pasa ahora a tratar otra «causa que opera continuamente oprimiéndo­les (a los trabajadores) cada vez más profundamente» (p. 70).

Comienza afirmando que el rápido desarrollo de la industria inglesa no habría podido llevarse a cabo sin la reserva de la población irlandesa, que emigró. Como resultado de las promesas de trabajo en Inglaterra. En pocas líneas les aplica desdeñosos calificativos, haciendo referencia a esa competencia que los trabajadores irlandeses hacen a los ingleses y las conclusiones que, según él, se derivan para el salario: «los irlandeses han encontrado lo que es el mínimum de las necesidades de la vida y lo enseñan a los obreros ingleses» (p. 72).

Describe la situación de vida de los irlandeses en las grandes ciudades industriales, y acaba esa descripción diciendo que, como deben tener algo de qué gozar y la sociedad les ha excluido todo goce, se dedican a beber.

La competencia de los trabajadores irlandeses se extiende, además, a todas las ramas del trabajo que requieren poca especialización, que son casi todas, trabajos que dependen más de la fuerza que de la habilidad.

Resultados (pp. 74-105)

Quiere ahora sacar las conclusiones de lo hasta aquí expuesto. Antes hace una precisión —en una nota a la edición de 1892— de lo que entiende por sociedad: «aquella clase que actualmente posee el dominio social y político y, con esto, al mismo tiempo, la responsabilidad por la condición de aquella otra clase que no tiene ningún poder. En Inglaterra, esta clase dominante es, como en todos los demás países civiles, la burguesía» (p. 74).

Va a probar, dice, «que la sociedad en Inglaterra cumple cada día, cada minuto, lo que, en los diarios obreros ingleses, se llama con pleno derecho asesinato social» (p. 75). Probará después que, además, se trata de un asesinato premeditado, pues «la sociedad sabe lo nocivo que es tal estado para la salud y la vida de los trabajadores y no hace nada para mejorar esa situación» (ibid.).

A continuación, durante bastantes páginas, vuelve a pasar revista a lo tratado en los apartados anteriores, recordando cómo esas condiciones de vida influyen en la salud de los trabajadores. Afirmaciones del tipo: «una clase que vive en las condiciones descritas anteriormente (...) no puede estar sana y llegar a la vejez» (ibid.), son frecuentes. Así se favorecen continuas epidemias, debilitamientos físicos progresivos y muertes prematuras; enfermedades debidas a la pobreza, a la deficiente alimentación y a la imposibilidad para la clase trabajadora de encontrar médicos capaces en caso de enfermedad.

Otra de las causas del debilitamiento físico es la embriaguez: presenta esto como una consecuencia a la que los obreros deben llegar de un modo necesario, como un medio «para olvidar en la embriaguez, por un par de horas, la miseria y la opresión de la vida» (p. 81).

«Estas enfermedades son la necesaria consecuencia del actual abandono y de la actual opresión de la clase obrera» (p. 85). Habla del índice de mortandad de los niños de los obreros y afirma que es tan elevado debido a que sus padres deben dejarlos solos para ir al trabajo: «estos niños (...) son simplemente las víctimas de nuestro desorden social y de la clase propietaria, interesada en el mantenimiento de ese desorden» (p. 86).

Es sintomático que, al presentar esta situación —que en algunos casos sería sin duda real— Engels no pretende buscar una solución que mejore ese estado de cosas. Lo que pretende —como afirmó en otros escritos— es acentuar ese estado, crear una conciencia psicológica de explotación que se haga subjetivamente intolerable y facilite el estallido de la «contradicción dialéctica»: la rebelión violenta contra el orden social. Así no es de sorprender que afirme: «mientras la burguesía sea tal burguesía, encerrada en los prejuicios burgueses, no tendrá fuerza para poner remedio a esta terrible situación» (ibid.).

Concluye entonces: «basándome en los citados testimonios oficiales y no oficiales, que la burguesía debe conocer, yo la acuso de asesinato social (...) La burguesía inglesa tiene sólo la elección o de continuar reinando con la incontrastable acusación de asesinato sobre sus espaldas, o de abdicar en favor de la clase obrera. Hasta ahora, ha elegido la primera posición» (ibid.).

Pasa luego a tratar de la condición intelectual de los obreros: «la burguesía les da sólo la instrucción que a ella le interesa y, ciertamente, no es gran cosa» (p. 87). Describe el tipo de escuelas existentes, pésimas y con maestros completamente incapaces. Presenta esta situación como directa e inevitablemente querida por la burguesía: «no puede ser de otro modo: la burguesía tiene poco que esperar, pero mucho que temer de la educación de los obreros» (ibid.).

Siguen unos cuantos párrafos dedicados a criticar «el fanatismo de las sectas religiosas» y las escuelas que éstas poseen, en las que, según él, «la memoria de los niños viene confundida con dogmas incomprensibles y peticiones teológicas; el odio de secta y la beatería fanática vienen despertadas lo antes posible y, como consecuencia, se olvida la educación sensata, intelectual y moral» (p. 88). Cabría preguntarse cuál es, para Engels, esa «educación sensata, intelectual y moral». Afirma que los obreros protestan con esta educación, pero no consiguen nada, pues «el Ministerio es el obediente servidor de la burguesía y ésta se divide en sectas sin número (...), y estas sectas hasta hoy se disputan el dominio y, entre tanto, la clase obrera se queda sin instrucción» (ibid.).

Si hasta ahora no había quedado suficientemente claro lo que Engels pretende afirmar con estas palabras, su intención se delimita mejor en los párrafos siguientes, donde hace continuas referencias desdeñosas a propósito de que la educación recibida por los jóvenes esté unida a la formación religiosa: «estos niños que, de los cuatro a los cinco años, han sido atormentados con dogmas religiosos, al final acaban sabiendo lo que sabían antes (...) Afortunadamente, las condiciones en que vive la clase obrera son tales que dan una educación práctica que no sólo sustituye el obstáculo escolástico, sino que hace incluso inocua la confusa concepción religiosa anexa a las escuelas y pone a los obreros a la cabeza del movimiento nacional de Inglaterra. La miseria enseña a rezar y más aún, a pensar y a obrar» (p. 89).

Pasa ahora a hablar de la enseñanza que Engels califica de moral unida en todas las escuelas inglesas a la religiosa, y cuyas consecuencias no son mejores: «Los simples principios que regulan para los hombres las relaciones del hombre con el hombre, principios que por la condición social —por la guerra de todos contra todos— caen en la más horrible confusión, deben quedar oscuros al obrero no instruido, si son mezclados con principios religiosos incomprensibles y si le son presentados en la forma religiosa de un mandamiento arbitrario e infundado» (p. 90). Sigue afirmando que la burguesía inglesa está tan estúpidamente limitada en su egoísmo, que no se preocupa de enseñar la moral actual a los obreros, una moral que ella misma se ha plasmado en su particular interés y para su defensa particular» (ibid.).

Con estas pocas palabras, Engels ha mostrado, por contraste, una idea importante: efectivamente, si Dios no existe, los mandamientos son «arbitrarios e infundados» y toda la moral, no sólo la sobrenatural, sino incluso la natural, cae por su base, le falta el fundamento. Todo lo que Engels dice a partir de este momento es plenamente coherente con su planteamiento. Así afirma que a los obreros no les quedan más que dos soluciones: o volverse bestias que se someten al yugo de la burguesía, o seguir siendo hombres, «y sólo pueden serlo mientras sientan la cólera, el odio más vivo y la rebelión contra la burguesía que mantiene el poder» (ibid.). «La única atención que se tiene con los obreros es la ley que se les aplica en cuanto ofenden a la burguesía» (ibid.).

En este mismo sentido, sigue afirmando que «el modo en que vive el obrero y todo lo que le rodea, le empuja a la inmoralidad» (p. 91). ¿Qué razón hay —se pregunta— para que el obrero no robe?; y responde: «Va muy bien y suena muy agradable a los oídos del burgués cuando se oye hablar de la santidad de la propiedad, pero para quien no tiene ninguna propiedad, cesa por sí tal santidad de la propiedad. El dinero es el Dios de este mundo. El burgués quita el dinero al proletario y le hace un ateo práctico. No hay por qué maravillarse entonces si el proletario salvaguarda su ateísmo y no respeta la santidad y la fuerza del dios terrestre (...) y cuanto más crece la pobreza del proletario (...) más crece su desprecio contra todo orden social» (p. 91).

Después de haber indicado que esa miseria es una de las causas que influyen en la condición de la clase obrera, dice que otra causa es la inseguridad de su posición, ese «no tener nada fuera de sus manos, el consumir hoy lo que ganó ayer: (...) esto pone al proletario en la más inhumana y subversiva condición que el hombre pueda imaginar (...) No puede hacerse una propiedad por un cierto tiempo, y si pudiese, dejaría de ser obrero y otro ocuparía su lugar» (p. 92). Concluye, una vez más, que la única solución digna que cabe al obrero es rebelarse contra la burguesía, contra «la clase que lo explota sin ninguna contemplación» (ibid.).

«Otra de las fuentes de la desmoralización de los trabajadores es la condena al trabajo. Si la libre actividad productiva es la satisfacción más alta que conocemos, el trabajo obligatorio es el tormento más duro y envilecedor» (p. 94). Dice, sin más, que si el trabajador tiene aún sentir humano, el trabajo debe ser para él un tormento, «porque siente la violencia y la falta de finalidad que tiene para él ese trabajo (ibid.). Vuelve a añadir la coletilla de que el obrero, o se somete y se embrutece, «o resiste con el fin de luchar por su humanidad mientras pueda, y esto puede hacerlo sólo luchando contra la burguesía» (ibid.).

Después de haber hablado de los tres males más importantes que, según Engels, afligen a la clase obrera —la pobreza, la inseguridad de su posición y el trabajo obligatorio—, habla de otros que, aun no siendo los principales, influyen. Uno de ellos es la centralización de la población existente en las grandes ciudades. Añade que esto tiene también consecuencias favorables, pues la gran ciudad «arrastra hacia adelante todavía más rápidamente el desarrollo de los obreros. Estos comienzan a sentirse una clase en su conjunto y se dan cuenta de que, aunque individualmente sean débiles, unidos son una fuerza (...) Son las grandes ciudades la hoguera del movimiento obrero; en ellas, los obreros han comenzado por primera vez a reflexionar sobre su condición y a combatirla; en ellas aparece el contraste entre la burguesía y el proletariado; de ellas han salido las uniones obreras, el Cartismo y el socialismo» (p. 96).

Sigue insistiendo en que han sido las grandes ciudades las que han hecho que la clase obrera tomara conciencia de su situación: «cuando estaban en vigor las condiciones de vida patriarcal que escondían en modo hipócrita la esclavitud de los obreros, el obrero estaba muerto intelectualmente, era totalmente ignorante de su particular interés, era un simple individuo privado (...), las grandes ciudades han destrozado los últimos vestigios de las relaciones patriarcales entre los obreros y sus patronos (...) En cuanto el obrero se alejó de su patrono, comprendió que era, en su pensamiento y en sus sentimientos, el esclavo de la burguesía» (p. 97).

Es de notar cómo en este párrafo se pone de manifiesto de un modo muy claro el pensamiento de Engels. Antes hacía notar cómo todos los males que afligen al obrero son causados por el desarrollo de la industria, «que transformó al obrero en proletario» (cfr. pp. 6 y 10 de esta Recensión) y que antes de la aparición de la industria los obreros vivían bien; no había competencias entre ellos; podían ahorrar algo; no eran proletarios; no «estaban condenados al trabajo»; podían tener una pequeña propiedad privada, etc. (cfr. p. 6 de esta Recensión). Ahora viene a decir que, en realidad, los obreros estaban antes tan mal como ahora, sólo que no se daban cuenta de ello porque «vivían vida vegetal» y «estaban muertos intelectualmente».

En realidad, la lucha de clases que Engels propugna no se presenta como conclusión deducida de las condiciones de vida del obrero: la idea de la lucha de clases es previa, y resulta de la aplicación de la dialéctica hegeliana al devenir social materialista.

El resultado es «que la clase obrera inglesa ha llegado a ser un pueblo distinto de la burguesía inglesa (...), los obreros hablan otra lengua, tienen otras ideas y nociones, otras costumbres y otros principios morales, otra religión y otra política que la burguesía. Son dos pueblos completamente diversos» (p. 98).

Hace a continuación una crítica de la religión, afirmando que ésta es una forma más del egoísmo de la clase burguesa: «el obrero está protegido por su imperfecta cultura contra los prejuicios religiosos: él no entiende nada de eso, no se atormenta por esos prejuicios, no conoce el fanatismo que tiene prisionera a la burguesía y, si tiene un poco de religión, ésta es sólo nominal, nunca teórica: vive, en la práctica, sólo para este mundo y busca hacerse ciudadano de él» (p. 99). Y añade que la masa obrera tiene en todas partes una completa indiferencia hacia la religión: a los obreros con creencias religiosas Engels los cataloga de medio burgueses.

Es precisamente esa falta de instrucción religiosa lo que «contribuye a preservar a los obreros —más simples y más libres que el burgués— de principios fijos y opiniones hechas. El burgués está inmerso en los prejuicios de su clase que le fueron inculcados desde su juventud hasta las orejas: no hay nada que hacer con él; es esencialmente —aunque sea en forma liberal— conservador y su interés está unido a lo que existe: es insensible a cualquier movimiento. El burgués deja de estar a la cabeza del desarrollo histórico: los obreros, antes de derecho, después de hecho, ocupan su puesto» (p. 100).

Terminando este apartado, vuelve a insistir en que la desmoralización que se observa en los obreros, «la pasión del beber, la irregularidad del comercio sexual, la rudeza, la falta de respeto a la propiedad» (p. 100), es la consecuencia inevitable, «la necesidad salvaje de la condición de una clase que se abandona a sí misma, sin poseer el medio de hacer el adecuado uso de su libertad» (p. 101). Afirma que es el orden social el culpable de todo esto: «el descuido de los deberes familiares y de los hijos (...) es producido por la organización actual de la sociedad (...), el desprecio por el orden social se muestra, en su forma más clara, en la delincuencia (...) El obrero, por el brutal y brutalizante tratamiento de la burguesía, llega a ser, de hecho, algo sin voluntad (...) sometido a la misma necesidad de las leyes de la naturaleza: para él cesa, en un cierto momento, toda libertad» (p. 103).

Concluye insistiendo de nuevo en que la guerra social ha explotado completamente, y que «la hostilidad poco a poco se divide en dos grandes campos que marchan el uno contra el otro: la burguesía de una parte y el proletariado de otra. Pero la burguesía, en cuanto que es tal burguesía, no puede —desde su punto de vista— darse cuenta de los hechos y sopesar las consecuencias: (...) prejuicios de clase y opiniones fijas en la cabeza se lo impiden (...) y una mañana, la clase propietaria se sorprenderá ante cosas que, por su sabiduría, no ha soñado jamás» (p. 105).

Las diversas ramas del trabajo. Los obreros industriales en el significado más restringido (pp. 105-149)

Define a los obreros industriales como «aquellos que están sometidos a las leyes de la fábrica (...) es la clase más odiada de la burguesía entre toda la clase obrera inglesa: los obreros que la componen (...) están a la cabeza del movimiento obrero, como sus patronos, los fabricantes (...) están a la cabeza de la agitación burguesa» (p. 106).

Describe a continuación cómo las mejoras que van introduciéndose en las máquinas empeoran la situación de los obreros, por crecer el número de los desocupados: «en un sistema social ordinario, tales mejoras serían agradables; en un sistema de guerra de todos contra todos, individuos aislados se apoderan de la ventaja y quitan a los demás el medio para vivir» (ibid.).

Esas palabras de Engels —sistema social ordinario— parecen una simple concesión a la galería; pretender entenderlas de otro modo, implicaría una estabilidad en la sociedad y, para Engels, esa estabilidad es imposible.

«Las máquinas han hecho sentir a los obreros la necesidad de una reforma social en la que las máquinas no trabajarían ya en contra, sino a favor de los obreros» (p. 110).

Durante bastantes páginas se dedica a explicar cómo los hombres van siendo poco a poco sustituidos en las fábricas por las mujeres y niños, entre otras cosas, porque «a las mujeres y niños se les paga menos que a los hombres» (p. 111). La consecuencia que saca es que, «por esto, se hace necesaria la transformación del orden social existente puesto que, como es forzado, tiene para los obreros las consecuencias más ruinosas» (p. 113).

Pasa a describir las consecuencias de este trabajo en las fábricas de las mujeres y niños, diciendo que la familia se deshace, pues las madres no pueden cuidar a sus hijos y éstos acaban siéndoles indiferentes: «estas condiciones que degradan a los dos sexos y, con ellos, a la humanidad, son la última consecuencia de nuestra altamente alabada civilización (...) O debemos desesperar de la humanidad, de su querer y de su progresar (...) o debemos concluir que la sociedad humana ha creado su felicidad por un camino falso» (p. 116). No queda claro por qué Engels habla aquí de la disolución de la familia como un mal, si se tiene en cuenta lo que afirma en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (Cfr. la Recensión correspondiente).

A continuación describe las consecuencias que ese trabajo tiene para las mismas mujeres y para los mismos niños que «eran, como es natural, verdaderos esclavos de sus patronos, siendo tratados por ellos sin ninguna compasión y bárbaramente» (p. 118). Sigue explicando las enfermedades y deformaciones que ese trabajo causa a las mujeres y niños, porque los fabricantes les obligan a trabajar de pie durante muchísimas horas. Después de explicar prolijamente el sinfín de enfermedades y muertes prematuras que son consecuencia de ese trabajo, pregunta: «¿No se debe sentir indignación y rencor contra una clase que se pavonea con el amor y devoción a la humanidad, mientras no piensa más que en llenar sus bolsillos à tout prix?» (p. 133).

Recoge ahora «lo que dice la burguesía» a todo esto, afirmando que sus testimonios encierran «las más grandes mentiras» (p. 134). Habla de las sucesivas leyes que fueron aprobándose, referentes a la abolición del trabajo nocturno y a la disminución del número de horas de trabajo. Dice que esas leyes eran sistemáticamente burladas por los fabricantes; los obreros intentaban que se aprobase la «ley de las diez horas» (p. 134), una ley que prohibiese a todos los jóvenes por debajo de los dieciocho años trabajar más de diez horas diarias, encontrando gran oposición de parte de los fabricantes, «quienes pidieron encuestas oficiales, porque sabían que en el gobierno estaban los whigs, verdaderos burgueses, con los cuales estaban en buenas relaciones y cuyos principios eran opuestos a la limitación de la industria» (p. 135).

Habla de los falseamientos de estas encuestas oficiales, cuyo resultado fue una ley en 1834, absolutamente insuficiente, y que sólo ha servido para que los fabricantes tengan «más razón aparente de mostrar vanidosamente su falsa humanidad» (p. 137).

Continúa diciendo que los obreros siguen presionando por la ley de las diez horas y profetiza que «no hay ninguna duda de que, en un tiempo brevísimo, la ley de las diez horas llegará a ser una realidad (...) Los obreros pueden lo que quieren (...) Los argumentos económico-nacionales que los fabricantes señalan en contra (...), no prueban más que la grandeza industrial de Inglaterra puede mantenerse sólo por el bárbaro tratamiento a los obreros» (p. 140).

Vuelve a ampliar lo que dijo con referencia a la condena al trabajo (Cfr. p. 16 de esta Recensión), explicando que el obrero tiene que hacer siempre el mismo trabajo monótono, en la misma máquina que no se para nunca; éste es el mejor modo de embrutecer «el espíritu del obrero (...) y si los obreros industriales no sólo han salvado su inteligencia, sino que se han cultivado más que los otros y se han hecho vivos, ha sido posible sólo por la rebelión contra su destino y contra la burguesía: la única cosa que podían pensar y sentir, aun trabajando» (p. 141); «y si tal indignación contra la burguesía no ha sido el sentimiento general de los obreros, se ha debido a la consecuencia necesaria de la pasión del beber y a todo lo que comúnmente se llama demoralización» (ibid.).

Ante las arbitrariedades de los fabricantes, que «crean el reglamento de la fábrica como más les agrada, cambian y añaden a su códice lo que les da la gana» (p. 142), no queda al obrero la solución de acudir a los tribunales, «pues éstos se mofan del obrero, ya que el juez de paz es otro burgués» (ibid.). Pone ejemplos de las añagazas que utilizan los fabricantes para engañar a los obreros y disminuirles el salario: adelantando o retrasando relojes, poniéndoles penas en dinero «con el fin de aumentar su ganancia con los céntimos robados a los proletarios privados de todo» (p. 143). Todos estos datos los toma de un tal Leach, de quien afirma: «conozco a Leach como un hombre digno de fe e incapaz de decir una mentira» (p. 144).

A continuación habla de otros dos tipos de instituciones que usan los fabricantes y que «contribuyen a reducir al obrero bajo el poder del fabricante» (p. 144). Son el truck system y el cottages system. El primero consiste en que los fabricantes pagan a los obreros en bonos para que con ellos compren en los establecimientos que esos mismos fabricantes poseen. Dice que, aunque la ley de 1831 prohibió este sistema, sigue aplicándose con mucha frecuencia. El segundo sistema consiste en obligar a los obreros a vivir en casas que pertenecen a los fabricantes: éstos fijan el precio como quieren y, además, los obreros «son obligados por sus patronos a pagar el alquiler, tanto si viven allí como si no viven» (p. 146).

Afirma que todo esto lo ha dicho «sin prejuicio de partido» (ibid.).

Termina este apartado volviendo a comparar los proletarios a los siervos de la gleba: para éstos, la esclavitud era abierta, mientras que para los proletarios es hipócrita. Pero hay algo que los diferencia: «se reconoce al menos el derecho a la libertad (...) al menos, el principio de la libertad está fijo, y los opresores ya temen que este principio se realice» (p. 148).

Las otras ramas del trabajo (pp. 149-169)

En este apartado no necesita detenerse mucho, pues «cuanto he dicho hasta ahora en general sobre el proletariado industrial y, en particular, sobre el sistema de las fábricas, encuentra aquí su parcial o total aplicación» (p. 149). Y añade que «las cuatro ramas del trabajo a las que se extiende la ley sobre las fábricas se relacionan con la fabricación de telas para vestidos» (ibid.).

Comienza con la fabricación de encajes y los trabajadores que se dedican a ello. Toda la descripción de la miseria que ponía en los trabajadores de la industria, sus enfermedades, etc., puede aplicarse aquí. Habla luego de lo referente al estampado de las telas, trabajo del que afirma: «ningún otro trabajo ha oprimido tanto a los obreros como éste» (p. 154).

Después pasa a hablar de la fabricación de objetos de metal, en el que señala una característica propia, pues «se conserva algo del carácter artesanal: pequeños maestros subsisten todavía y trabajan con sus aprendices en el taller o en casa» (p. 158). Esta situación tampoco es buena, ni para unos ni para otros, pues «por la tendencia centralizadora del capital que les oprime, por uno que se enriquece, diez se arruinan (...) Estos pequeños maestros no son verdaderos proletarios, puesto que viven en parte, del trabajo de los aprendices y no venden sólo trabajo sino producto confeccionado. Tampoco son verdaderos burgue­ses, puesto que viven principalmente de su propio trabajo. Esta carac­terística es dañosa (...) puesto que estos obreros muy raramente se han unido del todo y con franqueza al movimiento obrero inglés» (p. 159).

Cita otros tipos de trabajos, y concluye este repaso diciendo: «allí donde se aplican las máquinas, se destruye el último vestigio de independencia del obrero (...) con las máquinas surgen los negocios y, con ellos, caen los obreros en manos del gran capitalista. La centralización de la propiedad marcha adelante incensantemente, la división de la sociedad en grandes capitalistas y obreros pobres se hace cada día más áspera» (p. 166).

Todo lo explica Engels en función de la satisfacción de necesidades materiales: el hombre es, para él, como una máquina más, que obra según una ley física perfectamente determinada.

El movimiento obrero (pp. 169-192)

Comienza afirmando que, después de todo lo que ha dicho, nadie dudará del esfuerzo que han de poner los obreros por salir de la situación en la que se encuentran; «esto no pueden hacerlo sin luchar contra el interés de la burguesía, en cuanto que ese interés consiste en la explotación de los obreros» (p. 169). A renglón seguido deja ver cómo no es posible luchar contra la burguesía sin luchar contra las fuerzas en que ésta se apoya: «la burguesía defiende su interés con todas las fuerzas que tiene a su disposición, la propiedad y la fuerza del Estado que tiene en su poder» (ibid.).

Hace una crítica a la cultura intelectual inglesa, causante del egoísmo que domina a la burguesía, a «la cultura intelectual que desarrolla tan notablemente la posición egoísta de la burguesía inglesa, que hace del egoísmo su pasión principal y ha concentrado toda la fuerza del sentimiento sobre el dinero» (p. 170). Y enlazando con lo que decía a propósito de la falta de cultura que tienen los obreros, concluye que éstos están libres de ese sentimiento que atenaza, según él, a la burguesía: «la nacionalidad inglesa se ha destruido en el obrero» (ibid.).

Justifica esa lucha de los proletarios contra los propietarios diciendo que «la más violenta hostilidad de los obreros contra la burguesía y sus siervos, es sólo la expresión franca y abierta de lo que la burguesía hace a los obreros furtiva y maliciosamente» (ibid.).

Sigue una breve historia de las fases por las que ha ido atravesando esta lucha de los obreros contra los patronos. La primera fase fue el delito individual: «el obrero vivía en la necesidad y en la miseria, y veía que otra gente estaba mejor que él. Su mente no alcanzaba a entender por qué él, que no obstante hacía más por la sociedad que un rico comodón, debía sufrir tales condiciones. La miseria vencía su natural respecto a la libertad y robaba» (ibid.). Pronto se dieron cuenta los obreros que esto no servía para nada, «pues toda la fuerza de la sociedad se lanzaba sobre cada individuo aislado y lo aplastaba con violencia despiadada» (p. 171).

Siguió —afirma— la opinión de los obreros a la introducción de las máquinas, demoliendo fábricas y destrozando máquinas, pero también comprendieron los obreros que este sistema era poco eficaz, «pues se dirigían sólo contra un aspecto particular del actual estado de cosas» (ibid.).

Un paso adelante supuso «una ley (...) aprobada en 1824 (...) por la que los obreros obtuvieron el derecho de libre asociación, que hasta entonces correspondía sólo a la aristocracia y a la burguesía» (ibid.). Hasta ahora, había habido asociaciones secretas de obreros, pero, por su mismo secreto, eran poco eficaces. Con esta ley, se extendieron muy rápidamente las uniones de obreros, las trade unions, «con el claro fin de proteger a los obreros contra la tiranía y el abandono de la burguesía. Sus fines eran fijar el salario y, en masse, pactar como potencia contra los patronos, regular el salario en relación con el provecho del patrón, elevarlo según la oportunidad y sostenerlo igualmente alto en cada rama del trabajo» (p. 172).

Explica cómo funcionan esas trade unions, promoviendo huelgas, etc., para oponerse a las pretensiones de los propietarios, pero dice que estas uniones no son del todo eficaces, como tampoco las huelgas parciales que declaran, «puesto que hay obreros que están fuera de la asociación o que se dejan separar de ella por el burgués para obtener una ventaja momentánea. Particularmente en las huelgas parciales, el fabricante puede reclutar fácilmente estas ovejas roñosas —knobsticks— y hacer así infructuosos los esfuerzos de los obreros unidos» (p. 173).

Engels pretende la sustitución de la ley de la oferta y la demanda, que rige el trabajo y regula el salario, y para conseguir este fin, estas asociaciones no tienen suficiente poder: «es natural que todos estos esfuerzos no puedan cambiar la ley económica de que el salario se determine mediante la relación entre la oferta y la demanda en los mercados de trabajo. Por tanto, estas uniones son impotentes contra todas las grandes causas que empujan a esta relación» (ibid.). Pero aun así, estas asociaciones son importantes, así como también las huelgas que patrocinan, pues «son el primer intento por parte de los obreros de anular la competencia» (p. 175). Primero, la competencia entre los mismos obreros: «el salario depende simplemente de la relación entre la oferta y la demanda, de la condición fortuita del mercado, porque los obreros hasta ahora se han dejado tratar como una cosa que se compra y se vende. Decidan no dejarse comprar ni vender, declaren cuál es efectivamente el valor del trabajo como hombres que poseen —además de la fuerza del trabajo— la voluntad, y habrá terminado la actual economía nacional y las leyes del salario» (p. 175).

Cuando se suprima la competencia entre los obreros, se suprimirá también la competencia entre los fabricantes: «ven mejor que los burgueses, que también la competencia entre éstos —mientras ocasiona las crisis comerciales— oprime a los obreros, y que también ésta hay que hacerla desaparecer» (ibid.). Las huelgas «prueban cómo la guerra social haya estallado ya en Inglaterra (...), son las primeras escaramuzas de las posiciones de avanzada; no deciden nada, pero son la prueba más segura de que se acerca la batalla decisiva entre la burguesía y el proletariado. Son las escuelas de guerra de los obreros en las cuales se preparan a la gran lucha que no se puede ya evitar» (p. 179).

Pasa a hacer una crítica de la ley diciendo que, «ciertamente, la ley es sagrada para el burgués, puesto que es obra personal suya, puesto que ha sido hecha con su consentimiento para su protección y ventaja (...) Puesto que el burgués inglés se encuentra en la ley como en su dios, por esto es para él sagrada; por esto tiene para ella el bastón del agente de policía, que es un bastón, una fuerza maravillosa para hacer callar. Pero esto no es así para el obrero» (p. 182). El obrero «si puede, no la tiene en cuenta: los obreros no respetan la ley, sino que, simplemente, hacen valer su fuerza, cuando no la tienen para cambiarla; así, es naturalísimo que quieran, en lugar de la ley burguesa, la ley proletaria. Esta ley es la Carta del pueblo la cual, en la forma, es puramente política y pide una base democrática para la Cámara baja» (p. 182).

Así, da un  paso más en la lucha de los obreros contra los patronos: «el Cartismo es la forma compacta de oposición contra la burguesía (...) En el Cartismo está toda la clase obrera, la cual se levanta contra la burguesía y, ante todo, asalta la fuerza política de la misma, la muralla legal de la que está rodeada» (ibid.). Comienza entonces a explicar cómo surgió el Cartismo, «cómo se ha ido consolidando cada vez más como partido obrero frente a la burguesía» (ibid.), los seis puntos que constituyen la Carta del pueblo y lo que, verdaderamente, se propone esa Carta: «estos seis puntos (...), aunque tengan una apariencia inocente, son suficientes para hacer añicos la constitución inglesa, junto a la Reina y a la Cámara alta: el así llamado elemento monárquico y aristocrático de la constitución se puede mantener sólo porque la burguesía tiene un interés en su mantenimiento aparente: la monarquía y la aristocracia tienen sólo una existencia aparente» (p. 183).

Queda esbozada en estos últimos párrafos la concepción de Engels sobre la democracia. En el fondo, la idea de democracia es incompatible con la doctrina marxista. Supondría ideas de justicia, etc., que, en el marxismo, no tienen ninguna cabida por la negación de su fundamento último, Dios. (Cfr. Introducción General).

En los principios del Cartismo, la burguesía quiso aprovecharse del partido de los obreros y empujó a éstos a la huelga, en 1842, porque la burguesía quería conseguir con la ayuda del partido obrero la supresión de la ley del impuesto sobre la importación de grano, pero los obreros comprendieron que estaban siendo engañados: «los obreros habían sido empujados a la huelga sin quererlo ellos (...), sin que los obreros tuviesen un fin determinado (...); por esta razón naufragó la insurrección. Si hubiese habido desde el principio una revolución obrera hecha con un plan, habría obtenido sus frutos» (p. 186). No obstante, esta situación fue provechosa, «pues originó la completa separación del proletariado y la burguesía (...) Desde este momento, el Cartismo fue una cosa netamente obrera, libre de todos los elementos burgueses» (p. 187).

Lo que las trade unions no podían hacer, suprimir la competencia, puede hacerlo el Cartismo: «la libre competencia ha ocasionado demasiados dolores a los obreros (...): sus representantes son sus enemigos declarados. El obrero tiene sólo que esperar ventajas de la completa liberación de la competencia (...) Esta es la cuestión en la cual el proletariado se separa de la burguesía, el Cartismo del radicalismo, y esto una inteligencia burguesa no puede entenderlo, porque no puede entender al proletariado» (p. 188). Explica a continuación que el Cartismo no es algo político más que en la forma: «el Cartismo es sustancialmente social por su naturaleza. Los seis puntos (...), para el proletariado son sólo el medio. La lucha política es nuestro medio; la felicidad social, nuestro fin (...) No hay un hombre exclusivamente político entre los cartistas» (p. 188).

Sin embargo, el socialismo de los obreros está aún poco desarrollado, pero «el acercamiento al socialismo no puede faltar (...), y la próxima crisis (...), por la miseria que ocasionará, empujará a los obreros cada vez más hacia la lucha social en lugar de a la lucha política» (p. 189).

Comienza ahora a tratar del socialismo inglés y de las influencias que tiene en la clase obrera. «El socialismo proviene de Owen, un fabricante» (ibid.), y no ha comprendido la causa del contraste entre la burguesía y el proletariado: «son pacíficos y dóciles, reconocen las condiciones existentes como justas (...), no reconocen ningún desarrollo histórico, quieren cambiar la nación en Estado comunista, sin seguir la política hasta el final, donde ella misma se anula. Comprenden por qué razón el obrero está exacerbado contra la burguesía, pero consideran esa irritación —que es el único medio para llevar a los obreros hacia adelante— como infructuosa y predican un medio más infructuoso aún para las condiciones inglesas presentes: filantropía y amor general. Reconocen sólo el desarrollo psicológico, el desarrollo del hombre abstracto, que está fuera de cualquier relación con el pasado cuando, no obstante, todo el mundo depende del pasado y, con él, cada hombre» (p. 189).

Hay que purificar este socialismo —para que llegue a ser un bien común de la clase obrera—, haciéndolo retroceder hasta el Cartismo, y desarrollando así el verdadero socialismo proletario.

Hace una referencia a las influencias del socialismo sobre la religión: «el socialismo es la expresión más concisa de la irreligiosidad dominante entre los obreros, expresión tan concisa, que los obreros sin conciencia —sólo irreligiosos en la práctica— frecuentemente se retraen del terror ante su aspereza. Pero aun aquí la miseria empuja a los obreros a renunciar a una creencia de la cual cada vez comprenden mejor que sirve sólo para hacerles débiles y resignados a su destino, obedientes y fieles ante la clase que les explota» (p. 190).

El movimiento obrero está ahora dividido en cartistas y socialistas y se trata de que ambos, impulsado el carácter socialista auténtico del primero y purificado el segundo, se unan. «La fusión del socialismo y el Cartismo, la reproducción del comunismo francés al modo inglés, está próxima y ya ha comenzado en parte: (...) la clase obrera inglesa será entonces la dominadora de Inglaterra» (p. 190).

Mientras tanto, estas dos secciones, cartistas y socialistas, en parte unidas y en parte divididas, están fundando escuelas y salas de lectura para elevar la condición intelectual de la clase obrera: «viene dada aquí a los niños una verdadera educación proletaria, libre de cualquier influencia burguesa, y en las salas de lectura hay sólo o casi sólo, libros y periódicos proletarios» (p. 191), en contraposición a la educación que imparte la burguesía, «dócil, maleable, sierva y dirigida hacia la política y la religión dominante, de modo que, para el obrero, es una continua predicación de pacífica obediencia y pasividad: de resignación a su destino» (ibid.).

Termina este apartado diciendo que «los socialistas han hecho muchísimo por la educación del proletariado: han traducido a los materialistas franceses, Helvetius, Holbach, Diderot, etc. (...) Sólo entre los proletarios circulan la Vida de Jesús, de Strauss, y la Propiedad, de Proudhon. Shelley, el genial poeta, y Byron, con su fuego sensual y sus amargas sátiras sobre la sociedad actual, tienen el mayor número de lectores entre los obreros: los burgueses poseen sólo ediciones mutiladas —family editions que protegen como se debe la hipócrita moral actual. Los dos grandes filósofos prácticos de los últimos tiempos, Bentham y Godwin, son, principalmente el último, casi exclusiva propiedad del proletariado» (p. 192).

El proletariado de las minas (pp. 192-207)

La situación que presenta del trabajo de los obreros en las minas no difiere en nada de lo que exponía al tratar del trabajo industrial: elevado número de horas de trabajo, enfermedades que padecen los mineros, etc. Peligros a los que están expuestos, y toda esta situación la adeuda a la burguesía. Son constantes frases del tipo: «la sed de ganancias de los propietarios de las minas, que omiten la instalación de pozos para la ventilación, es el culpable de estas enfermedades» (p. 198); «las minas de carbón son el teatro de una cantidad horrible de desgracias que suceden indirectamente por causa del egoísmo burgués» (p. 199).

Describe también que se da el truck system y el cottages-system, aparte de los engaños que los fabricantes hacen a los mineros, usando pesas decimales falsas, etc. «Y para hacer completa la esclavitud de estos obreros siervos, casi todos los jueces de paz de los distritos carboníferos son ellos mismos dueños de minas o amigos suyos» (p. 202).

Pero, poco a poco, los mineros comenzaron a rebelarse contra esta situación: «comenzaron a formar asociaciones y, de cuando en cuando, a abandonar el trabajo. En las zonas más civilizadas se unieron con alma y cuerpo a los cartistas» (p. 202). Va explicando detenidamente la huelga general que se produjo en los condados de Northumberland y Durham el 31-III-1844, con motivo de la renovación de los contratos de trabajo que expiraban esa fecha. Cómo la Unión pudo asegurar al principio un pequeño sueldo semanal a cada familia; cómo los obreros fueron resistiendo, incluso cuando —en virtud del cottages system— los fabricantes los desalojaron de sus domicilios, hasta que, al final, los propietarios recurrieron a hacer venir de Irlanda y Gales —«donde no existía aún movimiento obrero» (p. 205)— trabajadores para las minas, y «de este modo se reprodujo la competencia de los obreros entre sí y desapareció la fuerza de los disidentes» (ibid.).

Concluye diciendo que este hecho fue muy positivo, pues «se libraron así de la muerte intelectual en la que yacían; han terminado de dormir, se han hecho vigilantes por su interés y se han unido al movi­miento de la civilización, pero especialmente al movimiento obrero» (p. 206). Dentro de muy poco, desaparecerá la distinción que había entre los trabajadores de la industria y los mineros, porque éstos se pondrán al lado de aquéllos. «Poco a poco se excava el terreno bajo los pies de la burguesía y esto durará hasta que se hunda todo su edificio político y social, junto a la base sobre la que éste se apoya» (p. 207).

Y, una vez más, afirma que la burguesía es incapaz de entender estas cosas, y permanece indiferente o, a lo más, intentando disuadir a los obreros de que tomen parte en el movimiento. «Cuando la clase propietaria está afectada por una tal insensatez, cuando se deja deslumbrar por una ventaja momentánea porque no tiene capacidad para ver los signos evidentes del tiempo, desaparecen todas las esperanzas de una solución pacífica de la cuestión social en Inglaterra. Sólo queda, como único posible camino de salida, una revolución violenta que, ciertamente, no faltará» (p. 207).

El proletariado agrícola (pp. 208-220)

Comienza recordando lo que explicó en la Introducción: «cómo los pequeños agricultores fueron expulsados de la tierra por la preponderante competencia de la economía a gran escala:  (...) se les obligó a abandonar su economía y a servir como campesinos de los grandes propietarios» (p. 202). Y también cómo la industria, al frenar su crecimiento, no pudo absorber «la excedencia de la población que trabajaba en los distritos agrícolas (...) y trajo como consecuencia la miseria, también en este sector de la producción» (ibid.).

Pasa a explicar la reacción de esta gente: «los obreros de las minas y de las industrias abandonaron pronto el primer grado de oposición contra el orden social, la rebelión directa mediante el delito; los campesinos continúan aún hoy con este primer grado. Su modo preferido de guerra social es el incendio» (p. 212).

Si ha comparado ahora los campesinos a los obreros industriales, extiende la comparación y la establece entre los propietarios y los fabricantes: «los propietarios son aquí tan estúpidos y obstinados, tan ciegos para todo lo que no sea embolsarse dinero, como los fabricantes y los burgueses en los distritos industriales» (p. 213). No es de extrañar, entonces, que la conclusión que ahora saca, sea la misma que ya estableció: «el solo progreso posible es la revolución radical del orden social (...) mientras los propietarios se hacen liberales, esto es, burgueses convencidos, los asalariados se hacen cartistas y socialistas necesariamente: esto es, proletarios conscientes. De una cosa nace la otra. Y ya ahora, entre los proletarios agrícolas comienza a hacerse valer un nuevo movimiento (...) El movimiento de la clase obrera penetra también en los distritos agrícolas abandonados, inmóviles, intelectualmente muertos, y pondrá sus bases —por la miseria reinante— con rapidez, seguridad y vivacidad como en los distritos industriales» (p. 214).

Aprovecha, como de pasada, para hacer una nueva crítica a la religión: «la condición de esta gente, su miseria, su odio a la Iglesia, su sometimiento externo a ella, su íntima irritación contra los repartidores de milagros de la Iglesia, son la regla general en los distritos agrícolas de Inglaterra y sólo lo contrario es una excepción» (p. 215). Como puede observarse, más que hacer una crítica a la Iglesia —más bien a la Iglesia anglicana—, lo que hace es expresar su oposición. No tiene por eso inconveniente en presentar tan claramente ese a priori suyo, sin molestarse siquiera de pretender probarlo, aunque sea con el mismo tipo de pruebas que ha ido utilizando hasta ahora para otros aspectos de la vida de los obreros.

Al hablar de la situación agrícola en Irlanda, afirma que la miseria es allí aún mayor, a causa de la parcelación del terreno, aunque en realidad la causa remota no es ésa: «las causas de tal miseria están en el orden social existente, especialmente en la competencia, la cual se presenta simplemente en otra forma, en el parcelamiento del terreno» (p. 217). Por eso, continúa un poco más adelante, «la miseria es consecuencia necesaria de las condiciones sociales presentes y, fuera de esta causa, pueden buscarse sólo causas para el tipo y modo en que se presenta la miseria, pero no para la miseria misma» (p. 218).

Por eso dice que los irlandeses están equivocados cuando se dedican en primer lugar a luchar contra los opresores ingleses, pretendiendo conseguir su autonomía: «es claro que la miseria no puede desaparecer con ninguna autonomía: con ella, sólo puede probarse que las causas de la miseria irlandesa, que parecían residir fuera, deben buscarse en casa (...) Hasta ahora ni el socialismo ni el cartismo han tenido un éxito especial en Irlanda» (p. 219).

La posición de la burguesía frente al proletariado (pp. 220-238)

Comienza haciendo una precisión: «Cuando hablo aquí de la burguesía, pretendo hablar también de la aristocracia, puesto que ésta es sólo privilegiada frente a la burguesía, pero no frente al proletariado (...) Ante el privilegio de la propiedad, desaparecen todos los otros privilegios» (p. 220).

Hace una crítica general de la burguesía diciendo que, para ella, lo único que existe es el dinero: «puesto que no aspira a otra cosa más que a ganar dinero, no conoce felicidad alguna fuera de la fácil ganancia; ningún dolor excepto la pérdida del dinero. En esta avidez y en esta sed de ganancias no es posible que quede limpia ninguna idea humana» (p. 220).

De ahí que, continúa Engels, «al burgués inglés le es indiferente si sus obreros sufren o no el hambre mientras él gane dinero (...) la relación existente entre fabricante y obrero no es humana, sino simplemente económica: el fabricante es el capital; el obrero el trabajo (...); no puede concebir el estar ante los obreros con otra relación fuera de la de compra y venta; no ve en los obreros hombres, sino manos; no conoce otra relación entre hombre y hombre fuera del simple pago» (p. 221).

«No se crea que el inglés instruido muestre abiertamente este egoísmo. Por el contrario, lo cubre de la más baja hipocresía» (ibid.), y explica que esta hipocresía consiste en que fundan institutos de beneficencia «para poder ejercitar —después de haber chupado hasta la última gota de sangre del obrero— sus pruritos de vanidosa y farisaica beneficencia y mostrarse ante el mundo como bienhechores de la humanidad» (ibid.).

La burguesía hace esa beneficencia por interés: «hace un negocio con los pobres y dice: 'si yo gasto tanto a fines de caridad, me compro el derecho a no ser molestado ulteriormente. Así os obligo a permanecer en vuestras guaridas oscuras y a no lesionar mis delicados nervios con la presencia de vuestra miseria' (...) ¡Esta es la beneficencia de un burgués cristiano!» (p. 222).

Hasta ahora, ha ido tratando de la explotación que cada burgués hace al proletario; ahora pasa a mostrar cómo la burguesía, en su conjunto, se sirve del Estado para hacer lo mismo: «pasemos ahora a las relaciones en las cuales la burguesía como partido, como Poder de Estado, se presenta de frente al proletariado. Es manifiesto que toda la legislación mira a proteger a los propietarios contra los que no poseen nada; las leyes son necesarias porque hay quien no posee nada (...) la hostilidad contra el proletariado está tan en el fondo de la ley que los jueces, especialmente los de paz —los cuales son burgueses—, encuentran sin duda este significado de hostilidad en la ley» (p. 224).

Habla de la discriminación que esos jueces de paz hacen al aplicar la justicia y dice que es lógico que sea así: «no había por qué esperarse algo diferente; por una parte, esos dogberries interpretan la ley según el sentido que yace en ella y, por otra, son burgueses que, antes que nada, ven en el interés de su clase la base del verdadero orden social. Y como los jueces de paz, se comportan los policías (...) La clase propietaria combate en el Parlamento (...) para subyugar cada vez más al proletariado» (p. 225). Como se ve, está aquí operante la concepción del Estado como órgano de opresión de una clase sobre otra (Cfr. Introducción General, alienación política y crítica del Estado).

Aplica esta idea a una ley concreta: la ley de los pobres; «la más abierta declaración de guerra de la burguesía contra el proletariado es la teoría malthusiana de la población, y la nueva ley de los pobres se deriva de ella» (p. 226). Resume en pocas palabras la teoría de Malthus y ve cómo las consecuencias de esa ley son aplicadas gustosamente por la burguesía: «no se trata de alimentar la población excedente, sino de alimentarla de un modo u otro (...) Esta teoría es ahora la preferida de todos los genuinos burgueses de Inglaterra (...) se sigue simplemente que la población superflua debe comprender su propia inutilidad y dejarse, de buen grado, morir de hambre» (p. 227).

Explica que la antigua ley se basaba en el principio de que los pobres tenían derecho a recibir ayuda, pero que eso a la burguesía le parecía demasiado lujo y formó la nueva ley de 1834, hecha —dice— por «comisarios malthusianos». Sigue explicando que esa nueva ley suprimió todas las ayudas en dinero y víveres y que la única ayuda fue el refugio en las casas de trabajo que se hicieron construir por todas partes y a las que califica de «Bastillas de la ley de los pobres». A propósito de la naturaleza de esa ley afirma: «el tratamiento que la nueva ley prescribe a la letra, está en contradicción con todo el significado de la ley misma (...) En la práctica se aplica, en el tratamiento de los pobres, el espíritu y no la letra de la ley» (p. 230).

Unas páginas más adelante vuelve a insistir —después de dar algunos ejemplos concretos— en que «la burguesía ha expresado en esta ley tan claramente su opinión sobre sus deberes frente al proletariado, que puede ser comprendida aun por los más estúpidos (...) Pero esta nueva ley ha contribuido en modo esencial a la aceleración del movimiento obrero y, especialmente, a la difusión del Cartismo en los distritos agrícolas» (p. 233).

Vuelve de nuevo a generalizar diciendo que esta medida no proviene sólo de una parte de la burguesía, sino que goza del aplauso de toda esa clase y, en nota a pie de página, afirma que, «para prevenir todas las malas interpretaciones y las consiguientes objeciones, quiero hacer notar que he hablado de la burguesía como de una clase y las cosas alegadas con relación a los individuos singulares me sirven sólo como prueba del modo de pensar y tratar de la clase. No me he mezclado en las distinciones entre las diversas secciones y partidos de la burguesía, que tienen sólo un significado histórico y teórico» (p. 234).

Las últimas páginas del libro son una constante arenga a la revolución violenta que hay que desencadenar contra la burguesía: «la guerra de los pobres contra los ricos será la más sangrienta que ha existido; y aun la conversión de una parte de la burguesía hacia el partido de los proletarios, aunque hubiese una reforma general de la burguesía, sería inútil (...) Estas son todas las conclusiones que pueden deducirse con la más grande precisión, conclusiones cuyos presupuestos se apoyan sobre hechos indiscutibles: de una parte, el desarrollo histórico y, de otra, la naturaleza humana (...) la revolución debe venir y es ya demasiado tarde para llegar a una solución pacífica del conflicto» (pp. 236 y 237).

Explica que esta revolución puede ser más benigna de lo que él prevé, pero que esto dependerá del desarrollo del proletariado: «en la medida en que el proletariado acoja en sí elementos socialistas y comunistas, la revolución disminuirá en sangre, venganza y furor. El comunismo se basa, según su principio, sobre la discordia entre la burguesía y el proletariado: la reconoce para el presente sólo en su desarrollo histórico, pero no la justifica para el porvenir: el comunismo quiere suprimir tal discordia. Reconoce, mientras perdura el conflicto —como una necesidad—, la irritación del proletariado contra sus opresores (...), pero sobrepasa esta irritación puesto que el comunismo es una cuestión de humanidad, no sólo una cuestión obrera (...) Si fuese posible organizar todo el proletariado de un modo comunista antes de que comience la lucha, todo iría en el modo más pacífico, pero esto no es posible: es demasiado tarde» (p. 237).

Es de esperar —continúa— que, hasta que empiece la guerra, vaya difundiéndose en el proletariado la conciencia de la cuestión social y que, con la ayuda de los acontecimientos, «el partido comunista será capaz con el tiempo de dominar el elemento brutal de la revolución (...) y la experiencia de los franceses no será inútil» (p. 237).

Termina diciendo: «pero yo sigo creyendo: la guerra de los pobres contra los ricos, que ahora se combate de un modo aislado e indirecto, se hará general en toda Inglaterra. Es demasiado tarde para una solución pacífica» (p. 238).

VALORACIÓN TÉCNICA Y METODOLÓGICA

Esta obra no es, al menos en la forma, un escrito especulativo. Como el mismo Engels dice, el objetivo de la obra es dar a conocer —«sin prejuicio de partido» (p. 146)­— «las verdaderas condiciones de vida del proletariado» (p. 20). Y esto, subordinado a otro objetivo posterior: «dar a las teorías socialistas por una parte y, por otra, a los juicios sobre su legitimidad, una base estable» (p. 19).

Parece como si a Engels le preocupara el origen teórico y especulativo del socialismo y comunismo y quisiera comprobar que la realidad responde a la teoría: «no hemos llegado al comunismo sino a través de la disolución de la especulación hegeliana, realizada por obra de Feuerbach. Pero las condiciones de vida del proletariado nos son desconocidas» (p. 19).

Objetivo, pues, fundamentalmente práctico, como esas palabras parecen sugerir. Sin embargo, después de una lectura atenta, se observa que Engels no ha conseguido alcanzar del todo ese objetivo. Desde luego, situaciones de miseria como las que Engels describe —no entramos ahora en si la descripción de esa miseria es adecuada o exagerada— las ha habido y las hay aún en algunos lugares. Prescindiendo de eso, es importante notar que Engels no deduce el socialismo —revolución, etc.— a partir de la situación angustiosa de los trabajadores ingleses, sino que aplica a esa situación un esquema teórico, que da por supuesto y que en esta obra no se preocupa de fundamentar.

Este esquema teórico es el comunismo al que se llega —como él mismo afirma— desde Hegel y Feuerbach; después, en función de esa teoría, se describe la realidad —y sobre todo se procura— haciéndola ajustarse a la teoría.

En esta línea, no deja de sorprender, por ejemplo, que se esfuerza en afirmar que todos los males que sufre la sociedad son debidos a la aparición de la industria; que «el principal producto de esa revolución es el proletariado» (de la revolución industrial) (p. 1). Parece entonces que, en rigor —apoyados incluso en las palabras de Engels (cfr. p. 6 de esta Recensión)—, podría afirmarse que la situación de los trabajadores anterior a la aparición de la industria sería mejor. Sorprenden entonces las palabras de Engels, pues afirma que antes también estaban mal, sólo que no se daban cuenta: «no pensaban, se divertían con ejercicios corporales (...) sin pretensiones hacia las clases elevadas de la sociedad (...) se sentían satisfechos en su tranquila vida vegetal (...)» (p. 3).

Es significativo que Engels se dedique a criticar esa «vida vegetal» —caracterizada por ejercicios corporales, deportes, etc.— como algo que impide darse cuenta —concienciarse, dirían algunos hoy— de la miseria en que estaban inmersas esas personas.

En realidad, Engels no pretende simplemente dar a conocer la condición de vida de la clase proletaria —tendremos oportunidad a continuación de profundizar en esta idea—, sino de aplicar su esquema teórico —el comunismo— a la sociedad existente. La conclusión no puede ser más que una: la deformación de la realidad.

Esto se pone de relieve de modo evidente al hablar de las clases: no es algo que obtenga de la experiencia, sino una teoría que aplica a la realidad, forzándola, para diseccionarla en burguesía-proletariado. Este a priori depende directamente de la dialéctica y se explicita en lo que —de modo más técnico— Marx llamará su teoría del valor —plusvalor, valor de uso, valor de cambio, etc.— según la cual necesariamente el obrero se empobrece cada vez más cuanta mayor riqueza produce. He aquí unas palabras de Marx al respecto: «El obrero pone su vida en el objeto y, desde entonces, su vida ya no le pertenece, es del objeto. El producto de su trabajo no es del propio obrero. El despojamiento del obrero en provecho de su producto significa no sólo que su trabajo pasa a ser un objeto y cobra una existencia externa, sino que significa igualmente que su trabajo se queda fuera de él, independiente de él, extraño a él y que el trabajo pasa a ser frente al obrero una fuerza autónoma. Esto quiere decir que la vida prestada por el obrero al objeto pasa a erguirse frente a su autor como una fuerza enemiga y extraña (...) Cuantos más objetos produce el obrero, menos puede poseer y tanto más cae bajo el dominio de su producto, que es el capital» (Marx, Manuscritos de 1844). Pero esto se ha demostrado históricamente falso y no olvidemos que «la verificación histórica, práctica» es el criterio supremo de «verdad» para el marxismo (Cfr. Recensión a la obra de Marx, Tesis sobre Feuerbach).

Frases del tipo: «Apareció el proletariado por primera vez como una clase real, una clase fija de la población (...) Ahora, quien nacía trabajador, no tenía ninguna posibilidad de cambiar en toda su vida. Sólo ahora el proletariado estuvo por primera vez en condiciones de moverse independientemente» (p. 13), no sólo no reflejan la realidad, sino que la misma realidad se ha encargado de desmentirlas. Es un hecho de experiencia fácilmente comprobable en todos los países ver que, por ejemplo, el acceso de los hijos de los obreros a los estudios universitarios es cada vez mayor.

Engels, por el contrario, pretende sacarnos de la realidad y llevarnos a un mundo hecho de prejuicios y abstracciones, como la idea de clase que estamos comentando y que le lleva a afirmar «que la clase obrera inglesa ha llegado a ser un pueblo distinto de la burguesía inglesa (...) los obreros hablan otra lengua, tienen otras ideas y nociones, otras costumbres y otros principios morales, otra religión y otra política que la burguesía. Son dos pueblos completamente diversos» (p. 98).

Engels no se limita a dar una simple descripción de los hechos, sino que predice «científicamente» lo que saldrá de ahí: revolución, socialismo, comunismo, etc. y afirma que «la condición social de la clase trabajadora es el terreno positivo y el punto de partida de todos los movimientos sociales contemporáneos ya que marca el más desarrollado y visible culmen de nuestra persistente miseria social. Ella ha producido en vía directa el comunismo de los obreros franceses y alemanes e, indirectamente, el fourierismo y el socialismo inglés como el comunismo de la culta burguesía alemana» (p. XIX).

Es el mismo tipo de razonamiento que aplica a la religión (cfr. p. 18 de esta Recensión): afirma que la irreligiosidad es consecuencia positiva de la miseria sin considerar siquiera la posibilidad de otras causas. Es de notar que en el mismo Engels, la irreligiosidad —ateísmo— no ha sido fruto de la miseria.

Con estas razones no sorprende tampoco que, al citar afirmaciones de un cartista, diga que esa persona es «un hombre digno de fe e incapaz de decir una mentira» (p. 144), mientras que si se trata de datos oficiales de fuentes liberales o conservadoras afirma que —por ser burgueses— están incapacitados para decir la verdad: «son las más grandes mentiras» (p. 134); se dedican a falsear las encuestas (cfr. p. 135), etc.

Esta obra, como puede verse por el resumen dado de su contenido, se sitúa plenamente entre la literatura marxista dirigida a conmover a los ingenuos, por su aparente reivindicación de justicia —tendremos oportunidad de volver sobre este tema— y a provocar el odio de los obreros hacia los patronos, burgueses, etc. Por eso, aunque su contenido explícitamente filosófico es escaso, están operantes con coherencia las bases teóricas más nucleares del marxismo.

No pueden escapar a un lector atento una serie de binomios contradictorios que Engels parece conciliar a base de evitarlos. Es particularmente notable el referente a determinismo-libertad. ¿Cómo se compagina una cosa con otra? Por una parte habla explícitamente del determinismo de las leyes sociales y económicas: «ignoran —los burgueses— que el terreno se excava bajo sus pies y que cualquier día puede hundirse, con la seguridad con la que se cumple una ley mecánica o matemática» (p. 15); «el desarrollo industrial de la nación se mueve infaliblemente (...) hacia una crisis» (p. 166); «sólo queda, como único posible camino de salida, una revolución violenta que, ciertamente, no faltará» (p. 207); «mientras los propietarios se hacen liberales (...), los asalariados se hacen cartistas y socialistas necesariamente» (p. 214). Por otra, habla también —o al menos así lo parece— de libertad. ¿Cómo puede entenderse esto? ¿Es una «identidad dialéctica» entre necesidad y libertad? (Cfr. Introducción General y Recesión a Lenin, El Estado y la Revolución).

En realidad, observando más atentamente los pasajes en que habla de la libertad, vemos que este concepto no se asemeja en nada al concepto de libertad humana, basado en que el hombre tiene un alma espiritual. Así, por ejemplo, afirma: «sólo pueden serlo —hombres— mientras sientan la cólera, el odio más vivo y la rebelión contra la burguesía que mantiene el poder» (p. 90). Traducido, vendría a decir que la única libertad que tiene el hombre es la de luchar violentamente; «cuando estaban en vigor las condiciones de vida patriarcal que escondían en modo hipócrita la esclavitud de los obreros, el obrero estaba muerto intelectualmente, era totalmente ignorante de su particular interés, era un simple individuo privado (...)» (p. 97). Lo que parece que Engels rechaza es que existan «individuos privados», capaces de pensar y actuar de modo distinto al que Engels piensa y, en concreto, que no se unan al movimiento obrero. Así, cuando habla de la industria de objetos de metal, dice que «se conserva algo del carácter artesanal: pequeños maestros subsisten todavía y trabajan con sus aprendices en el taller o en casa (...) Esta característica es dañosa (...), puesto que estos obreros muy raramente se han unido del todo y con franqueza al movimiento obrero inglés» (p. 159).

Hay otros textos aún más significativos: «El obrero llega a ser, de hecho, algo sin voluntad (...), sometido a la misma necesidad de las leyes de la naturaleza: para él cesa, en un cierto momento, toda libertad» (p. 103). Y, más adelante, «éstas son las conclusiones que pueden deducirse con la más grande precisión, conclusiones cuyos presupuestos se apoyan sobre hechos indiscutibles: de una parte, el desarrollo histórico, y, de otra, la naturaleza humana» (p. 237): esa «libertad» de la que Engels escribe no es la libertad de la persona.

En resumen, del contenido de la obra pueden verse también otros pasajes en este mismo sentido.

Contrapone en otras ocasiones la «libre actividad productiva», al «trabajador obligatorio», a la «condena al trabajo» (Cfr. p. 16 de esta Recensión).

¿En qué consiste esa «libre actividad productiva» que es «la satisfacción más alta que conocemos»? (p. 94). Esta falla no la ha resuelto ni Engels ni nadie, a menos que —como decíamos hace un momento— se niegue completamente la libertad de la persona humana.

VALORACIÓN DE FONDO

A. La doctrina de Engels y la fraternidad cristiana.

«A menudo se repite que el marxismo es una herejía cristiana, y se quieren buscar sus precedentes en la historia de los movimientos heréticos. Si hereje es aquel que escoge, no veo qué ha escogido Marx del Cristianismo» (A. Del Noce, Recensión a Marx, Tesis sobre Fuerbach). Favorecido por el estado actual de confusión doctrinal, alguno podría pensar que, en el fondo, la aspiración más radical del marxismo coincida con la fraternidad cristiana.

No es objeto de estas líneas hacer una exposición exhaustiva de este problema, entre otras razones porque existe literatura abundante al respecto. Parece oportuno, no obstante, recoger algunas afirmaciones de Engels y comprobar su radical oposición con la letra y espíritu del Evangelio, de la misma palabra de Jesucristo, de Dios. He aquí unos cuantos ejemplos:

Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos (Mt V, 43).

«Sólo pueden serlo —ser hombres— mientras sientan la cólera, el odio más vivo y la rebelión contra la burguesía que mantiene el poder» (p. 90).

(Criticando a los socialistas ingleses —utópicos, según Engels—, afirma):

«Comprenden por qué razón el obrero está exacerbado contra la burguesía, pero consideran esa situación —que es el único medio para llevar a los obreros hacia adelante— como infructuosa, y predican un medio más infructuoso aún para las condiciones inglesas presentes: filantropía y amor general» (p. 189).

No volváis mal por mal; procurad el bien a los ojos de todos los hombres. A ser posible, y cuanto de vosotros depende, tened paz con todos. No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios, pues escrito está: a mí la venganza, yo haré justicia, dice el Señor (...) No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien (Rom XII, 17-20).

«¿No se debe sentir indignación y rencor contra una clase que se pavonea con el amor y devoción a la humanidad, mientras no piensa más que en llenar sus bolsillos à tout prix?» (p. 133).

«La más violenta hostilidad de los obreros contra la burguesía y sus siervos, es sólo la expresión franca y abierta de lo que la burguesía hace a los obreros furtiva y maliciosamente» (p. 170).

Ni de balde comimos el pan de nadie, sino que con afán y fatiga trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros (...) El que no quiere trabajar que no coma. Porque hemos oído que algunos viven entre vosotros desordenadamente, sin hacer nada, sólo ocupados en curiosearlo todo. A estos tales les recomendamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que, trabajando sosegadamente, coman su pan (I Thess III, 8, 10 y 11).

«Otra de las fuentes de la desmoralización de los trabajadores es la condena al trabajo (...) El trabajo obligatorio es el tormento más duro y envilecedor» (p. 94).

Quien se dice estar en la luz y odia a su hermano, permanece en tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz (...) El que odia a su hermano está en tinieblas y en ellas camina y no sabe dónde va porque las tinieblas han oscurecido sus ojos (I Io II, 9-11).

Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a nuestro prójimo. El que no ama, permanece en la muerte. Todo el que odia a su hermano es homicida (I Io III, 14-15).

«Si los obreros intelectuales no sólo han salvado su inteligencia, sino que se han cultivado más que los otros y se han hecho vivos, ha sido posible sólo por la rebelión contra su destino y contra la burguesía: la única cosa que podían pensar y sentir, aun trabajando» (p. 141).

(Como se ve, lo que para el Cristianismo es causa de muerte —el odio—, para Engels es condición de vida).

¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio del alma? (Mt XVI, 26).

¿No sabéis que el amor del mundo es enemigo de Dios? Quien pretende ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios (Iac IV, 4).

«Vive en la práctica —el obrero— sólo para este mundo y busca hacerse ciudadano de él» (p. 99).

Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura (Lc XII, 31).

«La felicidad social (entendida materialmente: goce de bienes materiales; seguridad de ese goce, etc.) es nuestro fin» (p. 188).

No es preciso seguir dando ejemplos: la absoluta incondicionalidad de las afirmaciones de Engels con la letra y el espíritu del Cristianismo es patente.

B. La competencia.

«La competencia —afirma Engels— es la expresión más completa de la guerra dominante de todos contra todos en la moderna sociedad burguesa» (p. 59). «La libre competencia ha ocasionado demasiados dolores a los obreros (...) El obrero tiene sólo que esperar ventajas de la completa liberación de la competencia» (p. 188).

Es interesante notar que los objetivos que mueven a Engels a afirmar la liberación de la competencia no son de justicia distributiva —distribución justa de los bienes materiales—: las ideas de justicia no tienen ningún sentido para Marx y Engels (cfr. Introducción General). Les mueven exclusivamente exigencias dialécticas. Engels no explica cómo puede lograrse esta completa eliminación de la competencia, máxime afirmando explícitamente que no todos los hombres son iguales: «El inglés, que es un poco más civilizado, tiene más necesidades que el irlandés, que va andrajoso, come patatas y duerme en pocilgas» (p. 60).

Sin embargo, por exigencias de la dialéctica, Engels no tiene más remedio que postular la completa homogeneidad —no sólo igualdad— del género humano, pues aceptar alguna heterogeneidad sería aceptar una composición que implicaría —y esto es interesante no olvidarlo— dos cosas:

a) Que el hombre no es para el hombre la esencia suprema, en contra del principio constituyente del ateísmo positivo. En definitiva, y en último análisis, sería admitir un punto de referencia absoluto: Dios.

b) Reconocer en cada hombre algo que le diferencia radicalmente de las cosas materiales: su espíritu, su personalidad espiritual, que es el fundamento más hondo de la posibilidad —de la realidad— de que los hombres no sean piezas idénticas y despersonalizadas dentro de un conjunto.

Ambas cosas, la existencia de Dios y la espiritualidad —y por tanto inmortalidad— del alma humana son a priori negados por Engels en virtud del ateísmo inicial y del materialismo teórico de Feuerbach.

No aceptando entonces la existencia de Dios ni la inmortalidad del alma humana, tiene razón Engels:

1. Cuando afirma que el egoísmo mezquino y la brutal indiferencia son los principios fundamentales de nuestra sociedad actual (cfr. p. 9 de esta Recensión). Es lógico: si los hombres no son más que animales, estalla la ley de la selva, la ley del más fuerte: Cuando se arranca del corazón de los hombres la idea misma de Dios, los hombres se ven impulsados necesariamente a la moral feroz de una salvaje barbarie (Pío XI, Enc. Divini Redemptoris, 29-III-1937: AAS 29 (1937) 65-106).

2. Cuando dirige las más duras críticas (cfr. p. 34 de esta Recensión) a la beneficencia cristiana dirigida a aliviar —por caridad: amor positivo, no dialéctico— unas miserias concretas —las únicas reales— de personas humanas concretas. Esto a Engels no le interesa: sólo le interesa la totalidad por motivos teóricos derivados de la negación radical de Dios.

Es cierto que para algunas personas la beneficencia se ha convertido en algo simplemente externo y superficial, o incluso intencionado: para tranquilizar la propia conciencia. Pero las auténticas obras de misericordia jamás podrán perder el hondo sentido humano y sobrenatural que tienen, aunque algunos, o muchos, pretendan desvirtuar ese sentido y su necesidad para alcanzar la vida eterna: Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia (Mt V, 7); Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: venid, benditos de mi Padre, a poseer el Reino que os está preparado desde la creación del mundo; porque tuve hambre y me disteis le comer; tuve sed y me disteis de beber (Mt XXV, 34 y ss.).

Por el contrario, respecto a la miseria real e histórica concreta, el marxismo quiere exasperar el dolor: «Hay que hacer más angustiosa la opresión real añadiendo la conciencia de esa opresión. Hay que hacer la afrenta más sensible haciéndola pública» (K. Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, en «Karl Marx Fruhe Schriften», Erster Band, Cotta Verlag, Stuttgart, 1962, p.490).

3. Cuando se empeña en afirmar que la burguesía, necesariamente, está incapacitada para resolver, o intentar mejorar, la situación económica de los trabajadores: «Mientras la burguesía sea tal burguesía, encerrada en los prejuicios burgueses, no tendrá fuerza para poner remedio a esta terrible situación» (p. 86). «Aun la conversión de una parte de la burguesía hacia el partido de los proletarios, aunque hubiese una reforma total de la burguesía, sería inútil» (p. 236).

La única solución entonces —afirma Engels— es la revolución violenta. En efecto, si a priori se acepta que la burguesía, en su progreso, va depauperando al proletariado y, a la vez, haciéndolo numéricamente más poderoso, la revolución del proletariado es inevitable, como negación dialéctica de su negación (cfr. Introducción General).

No cabe concebir, según el pensamiento marxista, la posibilidad de mejorar la situación por un método que no sea la destrucción violenta de todo el orden social.

4. Cuando dirige los ataques más furibundos y las ironías más amargas contra la religión: «La memoria de los niños viene confundida con dogmas incomprensibles y distinciones teológicas» (p. 88); «Estos niños que, de los cuatro a los cinco años, han sido atormentados con dogmas religiosos, al final acaban sabiendo lo que sabían antes» (p. 89); «La condición de esta gente, su miseria, su odio a la Iglesia, su sometimiento externo a ella, su íntima irritación contra los repartidores de milagros de la Iglesia, son la regla general en los distritos agrícolas y sólo lo contrario es una excepción» (p. 215); «la miseria empuja a los obreros a renunciar a una creencia de la cual cada vez comprenden mejor que sirve sólo para hacerles débiles y resignados a su destino, obedientes y fieles ante la clase que les explota» (p. 190).

Si, con Engels, se afirma que Dios no existe, toda religión cae por su base y queda el camino abierto a todo tipo de desmanes. La miseria engendra ateísmo, dice Engels. Lo que engendra ateísmo es el deseo de bienes materiales como fin último. Ciertamente, este riesgo lo tiene quien está en la miseria. Pero otro tanto sucede con la burguesía: en la medida en que se pone como último fin el enriquecerse, se aleja uno de Dios. El socialismo y el comunismo nacieron, no entre los obreros, sino entre los intelectuales burgueses, como afirma Lenin: «La teoría socialista surgió como consecuencia de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por representantes cultos de la clase propietaria, por los intelectuales» (Lenin, ¿Qué hacer?, Utechim S. V., Oxford, 1963, p. 375).

Las palabras del Señor son tajantes a este respecto: No podéis servir a Dios y a las riquezas (Lc XVI, 13).

5. Cuando, a toda costa, quiere destrozar el Estado, cualquiera que sea, y las leyes que ese Estado dicte: «La única atención que se tiene con los obreros es la ley que se les aplica en cuanto ofenden a la burguesía» (p. 90); «Ciertamente, la ley es sagrada para el burgués, puesto que es obra personal suya, puesto que ha sido hecha con su consentimiento para su protección y ventaja (...) Puesto que el burgués inglés se encuentra en la ley como en su dios, por esto es para él sagrada; por esto tiene para ella el bastón del agente de policía que es su bastón, una fuerza maravillosa para hacer callar. Pero esto no es así para el obrero (...) Si puede —el obrero—, no la tiene en cuenta: los obreros no respetan la ley, sino que, simplemente, hacen valer su fuerza, cuando no la tienen para cambiarla; así, es naturalísimo que quieran, en lugar de la ley burguesa, la ley proletaria. Esta ley es la Carta del Pueblo, la cual, en la forma, es puramente política y pide una base democrática para la Cámara baja» (p. 182).     

Varias consideraciones surgen inmediatas ante estas palabras. La primera que, negando la existencia de Dios, no hay más remedio que negar también toda autoridad, que procede de Dios: Cada uno se somete a las autoridades que están sobre nosotros; porque no hay autoridad que no venga de Dios y las que existen han sido constituidas por Dios. De este modo, quien resista a la autoridad se opone al orden divino; y los que se oponen atraerán sobre sí la condenación (Rom XIII, 1-2).

¿En qué se funda entonces la autoridad de los países sometidos a un régimen marxista? Desde el mismo año de la revolución bolchevique, la historia del partido comunista soviético transcurre paralelamente a la de una interminable lista de represiones. Hasta que Kruschev informó al XX Congreso del Partido Comunista Soviético, se contaba con una información casi oficial de que el régimen de terror había comenzado en 1934, cobrando su período álgido en el bienio comprendido entre 1937-1938. Estudios recientes —cfr. Vinicio Araldi, U.R.S.S.: Medio siglo de represión, Unión Ed. Madrid, 1973— demuestran que fue el mismo Lenin quien comprendió que, para que la revolución no fracasara, se necesita una nueva Ojrana —la implacable policía secreta de los zares—, creándose el misterioso organismo que el mundo entero conoció bajo el nombre de Cheka. A partir de ese momento, comenzaron los métodos de represión con las torturas más crueles.

Engels da descripciones de miseria, opresión, etc., hasta la saciedad. Pero ¿cómo habría que describir la situación de miseria —también material— de grandes masas de población en Rusia después de casi sesenta años de marxismo? Y lo dicho para Rusia sirve para todos los países comunistas. Pero más allá de esa consideración «económica» habría que describir, por ejemplo, la situación de los deportados en los campos de trabajo forzado, minas, etc., de Siberia, o las deportaciones masivas de los países bálticos: «explotación» auténtica, y sin salario alguno —ni poco ni mucho— y, además, impuesta como pena política, ideológica, o como se quiera llamar.

Es claro que al marxismo esa miseria real, concreta, de unos hombres determinados, no le conmueve lo más mínimo. Incluso ven con toda frialdad la «necesidad» de asesinar «clases enteras», como puede leerse en abundantes textos de la literatura marxista, ya desde Marx, Lenin, etc., como hace un momento se señalaba. ¿Y qué decir de la historia posterior?: ¿de las «purgas stalinianas»?, ¿de la represión en Berlín, en Varsovia, en Budapest, en Praga (...)?

Un pueblo que necesita alambradas, muros y cadenas para mantener su orden y su seguridad interior, es un pueblo que carece de esa seguridad interior. Este es el secreto del cómo y del por qué se mantuvo el comunismo en Rusia y países satélites.

Teóricamente es el resultado de llevar inexorablemente hasta sus últimas consecuencias una concepción radicalmente materialista, atea, negadora de toda moral, de la persona, del espíritu, que reduce al hombre a un devenir físico, homogéneo, determinista, etc.

Prácticamente, se trata de hacerse con el poder: el Partido se arroga la función de «conciencia» del proletariado, y el pueblo permanece ajeno. Si no, ¿cómo se explica el ínfimo porcentaje de inscritos al Partido en Rusia, después de casi sesenta años de marxismo? Y eso a pesar de todas las ventajas prácticas que allí implica.

Resulta entonces que los hombres formados por Marx-Engels son aún más duros, despóticos y crueles que los «abominables burgueses». O sea que, ni teórica ni prácticamente le importa nada al marxismo el dolor o la privación completa de los desposeídos. No podía ser de otro modo: radicalizando el apartamiento de Dios —como han hecho— es evidente que se radicaliza igualmente el desamor por los demás hombres: es la crítica a la «canción de amor» de Feuerbach (cfr. Introducción General).

C. ¿Qué se propone en el fondo el comunismo?

Nadie puede poner en duda que, de hecho, había —y hay en algunos sitios— una burguesía para la que verdaderamente «su dios es el dinero» (cfr. p. 16 de esta Recensión). Pero lo que Engels propone a cambio es —en sustancia— exactamente lo mismo: el bienestar material al que el dinero del capitalista se dirige.

Los marxistas critican el dinero porque es expresión del capital: el dinero, de hecho, se convierte en capital que es, según ellos, trabajo obrero coagulado, pero no renuncian al fin último de la burguesía, a lo que ésta quiere conseguir con el dinero: el goce completo y seguro de los bienes materiales, sin limitación alguna.

En el fondo, lo que Engels critica es que la burguesía haya alcanzado el fin, pero ella sola, y quiere extenderlo a todos, no ciertamente por justicia, sino por necesidad, como se indicó más arriba. En definitiva, la burguesía y el comunismo —el proletariado al que se impone el comunismo— son hijos de la misma madre: de la degeneración de buena parte de la cultura occidental que ha ido en los últimos siglos renegando de Dios y, en consecuencia, de la vida futura: la consecuencia lógica es la aplicación del «comamos y bebamos, que mañana moriremos» (cfr. 1Cor XV, 32).

Es sintomático que Engels se alegre de que a los proletarios se les dé la «cultura» de Holbach, Diderot, Strauss, Proudhon, etc. (cfr. p. 29 de esta Recensión): materialistas, sensistas, aunque no sean marxistas. Vienen a la mente las palabras de San Pablo a los romanos: Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir que los lleva a cometer torpezas y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad, llenos de envidia, dados al homicidio, a contiendas, a engaños, a malignidad, chismosos o calumniadores, abominadores de Dios, ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados. Los cuales, conociendo la sentencia de Dios que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen (Rom I, 28-32).

La incitación a la concupiscencia incondicionada de los bienes materiales y al odio de quien obstaculiza de algún modo ese goce, no es componible en modo alguno con la fe cristiana: con el amor a Dios sobre todas las cosas y a los demás —y a sí mismo— por Dios y para Dios. Por tanto, el marxismo no sólo predica medios malos —odio, revolución, etc.—, sino que busca un fin peor: reducir el hombre a un átomo impersonal de relaciones necesidad-producción-satisfacción en un orden no sólo terreno, sino exclusivamente material. Pero la ley natural y el autor de la ley natural no pueden ser conculcados impunemente; el comunismo no ha podido ni podrá lograr su intento ni siquiera en el campo puramente económico (Pío XI, Enc. Divini Redemptoris, 29-III-1937: AAS 29 (1937) 65-106).

D. Un posible equívoco.

A lo largo del libro hay diversas acusaciones a que el cristianismo no se ha ocupado verdaderamente de resolver la miseria de los obreros, amparándose en una hipócrita beneficencia. Este punto sigue siendo importante en la actual infiltración marxista entre cristianos. Se dice, como algo evidente, que «la Iglesia ha perdido la credibilidad para las masas obreras».

Hay aquí un gravísimo equívoco, del que el marxismo se vale hábilmente: la Iglesia no se ha ocupado de la «liberación del proletariado» en plan político —revolución, etc.—, por varios motivos. Primero, porque la Iglesia no ha tenido ni tiene ni podrá jamás tener fines distintos de los que su Fundador le ha puesto: Díjole uno de la muchedumbre: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. El le respondió: pero hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? (Lc XII, 13-14).

Además, porque eso es un bien secundario, muy relativo, que no puede pagarse al precio del pecado —odio, violencia, etc.—. Esto, ciertamente, sólo es inteligible si se sabe y se cree que este mundo no es lo único ni lo definitivo: No tenemos aquí ciudad permanente, sino que esperamos la futura (Hebr XIII, 14). De ahí que, cuando esta realidad deja de estar operante en una civilización cristiana, la tentación marxista se haga fuerte: tan fuerte como la tentación de la indiferencia burguesa, el afán de dinero, etc.

El Cristianismo, en oposición radical al marxismo, debe fomentar que nadie tenga su Dios en el vientre: ni los burgueses, ni los obreros. Para eso, coherentemente con el mandato de Cristo, predica la paciencia, el amor a los enemigos, la esperanza de la vida eterna, etc., a los pobres y a los ricos les predica también las exigencias de la justicia y de la caridad, porque si no, se condenarán. Lo que no se puede hacer —sería un mal, en primer lugar para los proletarios— es predicar la rebelión, el odio y la violencia. Sólo puede hacer una acusación de este tipo a la Iglesia quien ha perdido la verdadera Fe.

Los enemigos de la Iglesia, aunque obligados a reconocer la superior sabiduría de la doctrina católica, acusan, sin embargo, a la Iglesia de no haber sabido obrar de acuerdo con sus principios, y por esto afirman que hay que buscar otros caminos. Toda la historia del Cristianismo demuestra la falsedad y la injusticia de esta acusación. Porque, limitando nuestra breve exposición a algún hecho histórico característico, ha sido el Cristianismo el primero en proclamar, en una forma y con una amplitud y firmeza hasta entonces desconocidas, la verdadera y universal fraternidad de todos los hombres, de cualquier condición y estirpe, contribuyendo así poderosamente a la abolición eficaz de la esclavitud, no con revoluciones sangrientas, sino por la fuerza intrínseca de su doctrina, que a la soberbia patricia romana hacía ver en su esclava una hermana en Cristo (Pío XI, ibid.).

E. Conclusión.

Por último, ¿qué ha pasado desde que Engels escribió este libro? La verificación histórica —único criterio de «verdad» para el marxismo— ha sido, en realidad, un completo mentís.

Raymond Aron, en su libro La lutte de classes. Nouvelles leçons sur les sociétés industrielles (Gallimard, París, 1964), obra que se caracteriza no tanto por su antimarxismo como por su antisovietismo, viene a corroborar la idea de Del Noce: el mundo occidental como espíritu burgués destilado al estado puro precisamente por el marxismo: una sociedad postmarxista. Aron viene a decir —equivocadamente— que Marx parte de unos problemas reales y de una clave filosófica de interpretación acertada, donde lo económico es la sustancia misma de lo real —social—, aunque comete algunos errores técnicos, como la tesis de la depauperación progresiva e inevitable en el sistema capitalista. Pero que el marxismo —sobre todo con Lenin y su establecimiento del Partido, etc.— se desvía de esa justa intención económica para convertirse simplemente en un elemento de lucha por el poder político, con lo que se llena internamente —en su realización práctica en Rusia y países satélites— de contradicciones.

Por ejemplo, que Rusia sea ahora precisamente el único país que responde perfectamente al estado capitalista en su último estadio, tal como lo preveía Marx: la acumulación de todo el capital y la propiedad en unas pocas manos, la reducción de todo el salario al mínimo vital, el crecimiento gigantesco de la masa proletaria, etc., la concentración en las manos de aquellos pocos «capitalistas» del poder económico-político-ideológico, etc.

De este modo, sobre una base común —«todos somos esencialmente burgueses»— el mundo se divide ahora en tres bloques: el capitalista democrático y progresista, el capitalista despótico soviético —que de hecho tiende a convertirse en el primero y realiza de algún modo sus mismos objetivos: bienestar material y una cierta igualdad— y el capitalismo de los países subdesarrollados —de tipo conservador, aristocrático, etc.—, que es precisamente lo único que hoy permite al marxismo mantenerse en pie, en cuanto que allí pretenden imponer la revolución violenta y la consiguiente dictadura del proletariado. Aron parece recomendar a esos países que pasen al estadio superior directamente —como Gran Bretaña, Alemania, Francia, Estados Unidos, países escandinavos, etc.—, sin pasar por la etapa comunista soviética que, de suyo, no es necesaria y que incluso es económicamente menos eficaz.

«Pour les pays les plus avancés dans la carrière industrielle, la versión actuelle du marxisme révolutionnaire a un côte quelque peu anachronique. La perspective d'une lutte à mort entre les classes séduit sensiblement moins l'ouvrier américain que le prolétaire authentiquement misérable des pays sous-développés. Pour les pays occidentaux, dans lesquels le progrès économique continue, l'idéologie du combat décisif entre les classes appartient au passé» (ibid. p. 359).

Es significativo que R. Aron, que se declara ateo, haga —incluso desde un punto de vista puramente económico, material— una crítica tan rotunda al ilusorio «paraíso marxista».

Y les propuso una parábola diciendo: «EI campo de cierto hombre rico llevó gran cosecha. Y deliberaba y decía para sí: ¿qué haré, porque no tengo ya dónde llevar mis frutos? Y dijo: 'Voy a hacer esto: derribaré mis graneros y edificaré mayores. Allí reuniré el trigo y todos mis bienes. Y diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes guardados para muchos años. Descansa, come, bebe y alégrate.' Pero Dios le dijo: 'Necio, esta noche te reclamaré tu alma. Y las cosas que has preparado, ¿para quién serán?' Así es el que atesora para sí y no se enriquece en Dios» (Lc XII, 16-21).

P.B.M.

 

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