GRAMSCI, A.

La formaci—n de los intelectuales

Grijalbo, S. A. Colecci—n 70. Barcelona,1974.

 

Es hecho bien conocido que Gramsci nopublic— ningœn libro. Cartas, art’culos, colaboraciones y apuntes, escritos lamayor’a de ellos en la c‡rcel, constituyen la obra de Antonio Gramsci, quehabr’a de alcanzar gran difusi—n despuŽs de su muerte, ocurrida en 1937.

Segœn se advierte en la nota editorialdel presente volumen, con el t’tulo La formaci—n de los intelectuales se publica una selecci—n detextos de Antonio Gramsci tomados de su primer libro p—stumo, de la serie Cuadernosde la c‡rcel,que se empez— a publicar en 1948.

Pudiera parecer que con el t’tulo de Laformaci—n de los intelectuales se estudia el problema de la formaci—n de un nœcleoreducido, aunque influyente. Sin duda, de esto se trata, pero dada la condici—nde fil—sofos quea todos los hombres atribuye Gramsci, bien se puede pensar que en œltimainstancia en el pensamiento gramsciano hablar de la formaci—n de losintelectuales es tanto como hablar de la formaci—n del pueblo. ÇPlanteado elprincipio de que todos los hombres son fil—sofos (...), lo que no se puede esconcebir a ningœn hombre Ña no ser que patol—gicamente sea idiotaÑ que no seafil—sofo, que no piense y, precisamente, porque el pensar es propio de lanaturaleza del hombreÈ (pp. 88-89).[1]

Claro est‡ que existen los fil—sofostradicionales o tŽcnicos, que se distinguen del resto de los hombres. ÇElfil—sofo profesional o tŽcnico, no solamente piensa con mayor rigor de l—gica,con superior coherencia, con m‡s alto sentido de las reglas que los dem‡shombres, sino conoce toda la historia del pensamiento, se da cuenta de laevoluci—n alcanzada por Žl mismo hasta el momento y est‡ en condiciones deabordar los problemas en el punto en que se encuentran, luego de que sufrieronlas m‡ximas tentativas de soluci—n. Tiene, en el terreno del pensamiento, lamisma funci—n que, en los mœltiples campos cient’ficos, se asignan a losespecialistasÈ (p. 88).

A pesar de la distinci—n entre elfil—sofo profesional y el resto de los hombres, entre aquel y Žstos Çno existeÈdiferencia cualitativa, sino s—lo ÇcuantitativaÈ y, por otra parte, unos yotros est‡n llamados a integrarse en el Çhombre colectivoÈ, verdadero protagonistade la historia. ÇEl movimiento hist—rico no puede ser realizado m‡s que por elÇhombre colectivoÈ, que presupone el logro de una unidad cultural-social en lacual la multiplicaci—n de valores dispersos con heterogeneidad de fines, sesueldan en idŽntico objetivo sobre la base de una misma concepci—n del mundoÈ(p. 90).

En los textos que se acaban detranscribir aparece ya el equ’voco en que se mueve el pensamiento de Gramsci.Se puede aceptar sin dificultad ninguna, que todo hombre piensa precisamente porqueel pensar es propio de la naturaleza del hombre. A todo hombre le es propio elsentido comœn en Çel que una serie de juicios identifica la causa exacta,simple y a la mano, y no se deja desviar por extravagancias eincomprensibilidades metaf’sicas pseudo-profundas, pseudo-cient’ficas, etc.È(p. 89). Pero no hay que olvidar que, en otros lugares, Gramsci llama ÇsentidocomœnÈ a la Çnueva culturaÈ que ser‡ preciso inculcar en las masas, es decir,lo contrario del Çsentido comœnÈ como conocimiento espont‡neo que la metaf’sicaperfecciona, pero no suprime. Esto explica c—mo en otra ocasi—n escribe que Çlafilosof’a es la cr’tica y la superaci—n (...) del sentido comœnÈ (p. 64).Muestra el pensamiento como una realizaci—n ÇindividualÈ; mas, por otra parte,hablar de Çla naturaleza del hombreÈ es ponerse en riesgo de reconocer el valorde la metaf’sica. Un marxista, cuya base intelectual est‡ en el evolucionismohistoricista, no puede aceptar esa situaci—n. Llevar‡ el tema a la descripci—nsociol—gica y, como hemos visto, al arbitrario concepto de Çhombre colectivoÈ.Le sigue, a pesar de todo, hurgando el problema de la Çnaturaleza humanaÈ.Rechaza como sedimento Çteol—gicoÈ y Çmetaf’sicoÈ el considerar la naturalezahumana como principio de la unidad del gŽnero humano y la hace consistir m‡sbien en un resultado; la Çnaturaleza humanaÈ se forma en el Çcomplejo de lasrelaciones socialesÈ (p. 97). Ya tenemos aqu’ las ideas marxistas, que en elfondo hacen desaparecer al hombre: el Çhombre colectivoÈ y el Çcomplejo de lasrelaciones sociales È .

En medio de estas contradicciones, elinterŽs de Gramsci por la formaci—n de los intelectuales arranca del puestoclave que ocupan en la sociedad. ÇTodo grupo social que surge sobre la baseoriginal de una funci—n esencial en el mundo de la producci—n econ—mica,establece junto a Žl, org‡nicamente, uno o m‡s tipos de intelectuales que ledan homogeneidad no s—lo en el campo econ—mico sino tambiŽn en el social y enel pol’ticoÈ (p. 21). El Çintelectual org‡nicoÈ, en una de las expresionesutilizadas por Gramsci, emerge sobre el terreno a exigencias de una funci—nnecesaria en el campo de la producci—n econ—mica. ÇAs’, por ejemplo, elempresario capitalista crea consigo al tŽcnico de la industria, etc. A su vez,el obrero instituye al organizador sindical, al revolucionario profesional, ytambiŽn a organizadores de una nueva culturaÈ (p. 22, nota 1). Para Gramsci,los intelectuales no son independientes, aut—nomos. Con toda raz—n dice que Çencualquier trabajo f’sico aœn en el m‡s mec‡nico y descualificado, hay un m’nimode cualidad creadoraÈ (p. 25). Pero no se toma el trabajo de aclarar c—mo Çdelcomplejo general de las relaciones socialesÈ, a las que viene a unirse elÇsistema de relacionesÈ, propios de la actividad intelectual, surge Žsta, queprecisamente se caracteriza por trascender al puro quehacer material.

Por otra parte, Gramsci reprocha a losintelectuales burgueses, y se refiere en especial a los italianos, el que no sesientan Çligados al pueblo (...), sino que frente al pueblo son algo estancado,vac’o, sin apoyo aparente, es decir, son una casta y no algo articulado confunciones org‡nicas del mismo puebloÈ (p. 156).

El car‡cter m‡s bien deslavazado de losescritos de Gramsci, dificulta el intento de buscar el nexo entre las ideasexpuestas en un sitio e ideas expuestas en otro. Por otra parte, lascontradicciones del marxismo aparecen con mucha frecuencia, empezando por elconcepto mismo de hombre. En un lugar dice que Çes deseable crear un conceptoparticular de la vida y cr’ticamente, en conexi—n con el trabajo cerebral,elegir la esfera propia de actividad, participar vivamente en la historia delmundo, ser gu’as de s’ mismos y no aceptar ya pasiva e irreflexivamente laimpronta ajena a nuestra propia personalidadÈ (p. 62). Ese Çgu’a de s’ mismoÈ Ñfabbrodi se stesso,dice en otra ocasi—nÑ, est‡ en el horizonte marxista del hombre que no escreado, sino que se crea a s’ mismo por su trabajo.

En el plano meramente sociol—gico, Àc—moser Çgu’a de s’ mismoÈ y no aceptar pasiva e irreflexivamente la impronta ajenaa nuestra propia personalidad si Çsiempre se es hombre-masa u hombrecolectivoÈ? (p. 62, nota I). Esta es la contradicci—n en que constantemente se debateGramsci. Por una parte sue–a con la libertad, por otra, su marxismo radical leencierra en el desolador concepto del hombre colectivo. Dif’cilmente se puedehacer a un hombre protagonista de su vida si se le considera simplemente un resultado de determinados factoressociales.

La condici—n de principio se transfiereal partido como depositario de toda ciencia y de todo poder. ÇLa innovaci—n(necesaria para el mejoramiento de la sociedad), no puede llegar de las masasen sus primitivos estadios, sino por la gesti—n de una Žlite cuya concepci—n impl’cita de laactividad humana se ha convertido en cierto modo en conciencia real, coherentey sistem‡tica, en voluntad precisa y decididaÈ (p. 76). Pero, Àc—mo o por quŽcausa esa Žlite se convierte en conciencia real? La contestaci—n estaba ya dadade antemano en el reduccionismo pol’tico propio del marxismo al que se aferraconstantemente Gramsci. ÇEs de realzar la importancia de la elaboraci—n ydifusi—n de las concepciones del mundo que asumen los partidos pol’ticos en lavida contempor‡nea, por cuanto, esencialmente, crean la Žtica y la pol’ticaconforme a s’ mismos, es decir, ejercen casi de ÇexperimentadoresÈ hist—ricosde esas concepciones. Los partidos seleccionan en particular la masa que actœay la selecci—n sucede, conjuntamente en el campo pr‡ctico y en el te—rico enuna relaci—n entre teor’a y pr‡ctica, tanto m‡s estrecha cuanto la concepci—nes m‡s vital, radicalmente renovadora y antagonista del viejo modo de pensar.Esta es la raz—n que permite decir que los partidos son los creadores de la nuevaintelectualidad integral y cabal, el crisol de la unificaci—n de teor’a ypr‡ctica, entendida esa unidad como proceso hist—rico realÈ (pp. 75-76).

No hay duda, de que sobre todas laspreocupaciones intelectuales y filos—ficas de Gramsci, est‡ la supremac’a delpartido como principio unificador de teor’a y pr‡ctica, de individuo ycolectividad, de Žlite y masa. La raz—n de la supremac’a del partido se hallaen œltima instancia en que, para el marxismo gramsciano, toda la actividadhumana se resume en actividad pol’tica. ÇLa relaci—n entre filosof’a"superior" y sentido comœn est‡ asegurada por la pol’ticaÈ (p. 71).ÇLa filosof’a es pol’tica y (...) todo fil—sofo es, fundamentalmente, unpol’ticoÈ (p. 100). ÇY puesto que el obrar es siempre un obrar pol’tico, Àno sepuede afirmar que la filosof’a real de cada quien est‡ cabalmente contenida ensu pol’tica?È (p. 65).

Incluso, tal vez incurriendo en unaherej’a marxista, Gramsci coloca la pol’tica como una resoluci—n de todas lasactividades hist—ricas, tambiŽn de la econom’a: ÇLa consideraci—n de que todoslos miembros del partido pol’tico deben ser estimados como intelectuales, esalgo que quiz‡ se preste a motivo de burla y de rid’culo, pero, si sereflexiona, nada m‡s exacto que esta afirmaci—n. Podr‡ haber diferenciasgraduales y, sin embargo, lo importante no es el mayor o menor volumen de m‡s omenos alta graduaci—n en la composici—n del partido, sino su funci—n directivay organizativa, educativa, es decir, intelectual. Un comerciante no ingresa enel partido pol’tico para comerciar, ni un industrial para fabricar m‡s y amenor costo, o el campesino para aprender nuevos mŽtodos de cultivo de latierra (...). En el partido pol’tico, los componentes del gruposocial-econ—mico superan esta preocupaci—n del desarrollo hist—rico y setransforman en agentes de actividades generales de car‡cter nacional einternacionalÈ (pp. 35-36).

Es interesante la larga cita que se acabade transcribir porque en ella se encuentra claramente expresada, de una parte,la supremac’a del partido sobre cualquier otra instituci—n; y por otra, elquehacer intelectual y educativo del partido. Porque aqu’ est‡ todo el meollode la teor’a de Gramsci sobre la formaci—n del intelectual: todos somosintelectuales, en algœn sentido, en la medida en que todos participamos delsentido comœn o del buen sentido; pero es menester la actividad deintelectuales profesionales o tŽcnicos para convertir en conciencia real Ñen unÇnuevoÈ sentido comœn, materialista, hist—ricoÑ y en voluntad precisa y decididael buen sentido de la masa; el principio unificador y formativo radica enœltima instancia en el partido pol’tico. Con las ambigŸedades y contradiccionesdel marxismo y como consecuencia tambiŽn de las peculiares caracter’sticaspersonales del mismo Gramsci, Žste habla de Çautonom’a espiritualÈ, de Çlapropia libertadÈ..., de Çla vida interiorÈ, de tantas realidades que chocan conla visi—n materialista del hombre, pero a las que de hecho no se puedenrenunciar, para terminar diciendo que los hombres organizados Çen el partidocomunista (...), en el partido se han creado una nueva personalidad, hanadquirido sentimientos nuevos y conseguido los beneficios de una vida moral quepropende a convertirse en conciencia universal y objetivo para todos los hombresÈ(p. 45).

Sobre las bases ideol—gicas que se acabande mencionar, es decir, el intelectual o fil—sofo ÇprofesionalÈ emergiendo delpueblo y reobrando sobre Žl como conciencia cr’tica, el hombre individualdisuelto en el Çhombre colectivoÈ, autŽntico realizador del movimientohist—rico, reduciendo toda la actividad humana a actividad pol’tica, y poniendoel Partido Comunista como definidor, ‡rbitro y principio orientador de todaactividad, Gramsci desarrolla una teor’a de la escuela y de la educaci—n, paracuyo entendimiento se han de tener en cuenta las bases ideol—gicas que seacaban de mencionar, pero tambiŽn el ambiente de Italia en los a–os en queescrib’a, ambiente que estaba dominado por el fascismo en la pol’tica ypenetrado de la influencia de la Iglesia Cat—lica.

Cuando Gramsci empieza a hablar de laescuela adopta una de esas t’picas posturas perfectamente compatibles con lal—gica del marxismo que puede hoy negar lo que ayer afirmaba. Gramsci empez— ahablar de la escuela atacando la reforma llevada a cabo por Gentile, elfil—sofo idealista, ministro de Educaci—n en el fascismo italiano. Para atacarel fascismo defiende la escuela anterior, la escuela tradicional cuyoÇprincipio educativo sobre el que se basaban las escuelas primarias era el delconcepto del trabajo, el cual no puede realizarse con toda fuerza expansiva sinel conocimiento exacto y realista de las leyes de la naturaleza y sin un ordenlegal que regule la vida de los hombres entre s’, orden que debe ser respetadopor convencimiento espont‡neo y no œnicamente por imposici—n de la sociedad;respetado como reconocida necesidad Ñque en s’ indica libertadÑ y no comosimple coerci—nÈ (p. 124).

ÇLas escuelas primarias mostraban dosfundamentos para la formaci—n y educaci—n de los ni–os: las nocioneselementales de ciencias naturales y el inicio de los conocimientos de losderechos y deberes del ciudadanoÈ (p. 123).

Gramsci ataca la reforma Gentile por elestablecimiento de las escuelas privadas, por la reintroducci—n de la ense–anzareligiosa en la ense–anza primaria, por la ampliaci—n del estudio del lat’n yen general por la tendencia humanista, en el sentido cl‡sico, de que toda lareforma estaba imbuida. ÇEl distingo entre Òinstrucci—nÓ y Òeducaci—nÓ, fue unode los caballos de batalla de la pedagog’a idealista contra la tradicional, enel que la instrucci—n aparec’a pura y simplemente como obtenci—n de un volumendado de conocimientos, y la Çeducaci—nÈ se presentaba en cambio, como el logrodel mŽtodo, de la madurez y de una particular lucidez mental que permit’a eljuicio sobre los hombres y cosasÈ (p. 126, nota VII). Asistimos aqu’ a unacuriosa lucha entre dos ramas de un mismo tronco. El marxismo y el idealismofascista, hijos uno y otro de Hegel, han polarizado la actuaci—n pol’tica queen uno y otro extremo lleva subsumida la actuaci—n pedag—gica. Una de las ideasb‡sicas de Gramsci es justamente que el sentido comœn de la masa debe sertransformado en conciencia cr’tica, es decir Çuna particular lucidez mental que(permita) el juicio sobre hombres y cosasÈ. Mas como esto parec’a ser tambiŽnbandera de la educaci—n fascista, rechaza tal idea al hablar de la escuela y semuestra partidario de la instrucci—n como adquisici—n de conocimientos. Dealgœn modo parece que se mueve, Gramsci, en el concepto herbartiano de lainstrucci—n educativa. RefiriŽndose a la escuela media dice que Çel estudio ola mayor parte del estudio debe ser (o parecer a los disc’pulos) desinteresado,o sea, no tener objetivo pr‡ctico inmediato o demasiado inmediato. Debe serformativo y tambiŽn ÇinstructivoÈ, es decir, rico en conocimientos concretosÈ(p. 133). En estas palabras, Gramsci parece ser un defensor de la ense–anza quem‡s tarde iba a ser calificada por otro marxista, Freire, como ÇbancariaÈ, esdecir, mera acumulaci—n de conocimientos que para nada sirven, sino paraesclavizar al sujeto la cultura burguesa que le rodea y oprime.

TambiŽn por atacar al fascismo, Gramscidefiende la escuela tradicional en un campo tan querido por Žl como es lafilosof’a. La nueva organizaci—n de los estudios Çempobrece la ense–anza de lafilosof’a y pr‡cticamente rebaja su categor’a, no obstante que racionalmente elcurso se aparece bell’simo, de una belleza ut—pica. (La reforma Gentiletransform— la ense–anza de la filosof’a, imponiendo en los tres a–os de Liceoel estudio de todo el decurso de la historia de la filosof’a, y como puedeimaginarse, su ense–anza result— necesariamente superficial. En cambio, antesde la reforma Gentile, se estudiaba la filosof’a de forma descriptiva,analizando sus cuestiones fundamentales). La filosof’a descriptiva tradicional,reforzada por un curso de historia de la filosof’a y por la lectura de ciertonœmero de fil—sofos, parece ser lo m‡s indicado. La filosof’a descriptiva y dedefinici—n ser‡ una abstracci—n dogm‡tica al igual que la gram‡tica y lamatem‡tica, pero es una necesidad pedag—gica y did‡cticaÈ (pp. 135-136). Aqu’realmente Gramsci se pas—, con armas y bagajes, al enemigo con tal de atacar ala reforma Gentile. Porque nada m‡s acorde con el marxismo, cuya idea centralse halla en el materialismo dialŽctico, que conocer o estudiar la filosof’acomo historia, es decir, como evoluci—n y cambio y no de una manerasistem‡tica, como ven’a haciŽndose de modo tradicional. Pero ya lo hemos dichom‡s de una vez, contradicci—n m‡s o menos no importa en el pensamientomarxista. Gramsci se contradice tambiŽn a s’ mismo en esta ocasi—n, ya queantes hab’a expl’citamente escrito: ÇNo se puede separar la filosof’a de lahistoria de la filosof’a ni la cultura de la historia de la cultura. No esposible ser fil—sofo en la cabal acepci—n de su significado, sin poseer unconcepto de la vida cr’ticamente coherente y el conocimiento de suhistoricidadÈ (p. 63, nota II).

Al hilo de sus ataques al fascismo,expone Gramsci algunas ideas que ciertamente se podr’an compartir, si por historicidad el comunista italiano noentendiera la creaci—n del hombre por el hombre.

En primer lugar, la necesidad de esfuerzoen la educaci—n. ÇEl muchacho se esfuerza con b‡rbara, baralipton, se fatiga; y ciertamente, habr‡de buscar el fatigarse lo menos posible, pero tambiŽn es cierto que no podr‡dejar de fatigarse para aprender a obligarse a s’ mismo a privaciones ylimitaciones de movimiento f’sico, es decir, a someterse a un aprendizajepsicof’sico. Se precisa persuadir a mucha gente de que tambiŽn el estudio es unoficio, y muy fatigoso, con un aprendizaje especial Ñadem‡s del intelectualÑ,muscular y nervioso: es un proceso de adaptaci—n, un h‡bito adquirido con elesfuerzo, la molestia e incluso el sufrimiento. La participaci—n de las m‡samplias masas en la escuela media comporta la tendencia a relajar la disciplinaen el estudio, a demandar facilidades. Por a–adidura, muchos piensan que lasdificultades son artificiosas, porque est‡n habituados a considerar trabajo yfatiga s—lo en el trabajo manualÈ (pp. 136-137).

ÇTambiŽn se puede aceptar la necesidad deuna culturaÈ, de una Çcultura general, human’stica, formativa, que considerejustamente el desarrollo de la capacidad de obrar manualmente (tŽcnica,industrialmente) y el de la potencialidad del trabajo intelectualÈ (p. 141).Claro est‡ que junto a esta idea, f‡cilmente aceptable, en la que la llamadacultura general se ensamble con la capacidad de trabajo intelectual y manual,Gramsci pone la idea totalitaria de Çescuela œnicaÈ, que el comunismo recogi—de la tradici—n revolucionaria napole—nica.

Incluso en el problema del dogmatismo,que tan mala literatura tiene en los momentos actuales y que constantementeest‡ recibiendo cr’ticas, precisamente de los ambientes y produccionesmarxistas, Gramsci no duda en afirmar que Çen las escuelas elemental y media(...), es pr‡cticamente imprescindible cierto dogmatismo que s—lo puedeabsorberse y diluirse en el ciclo interno del curso escolarÈ (p. 135). Con estaafirmaci—n Gramsci niega uno de los puntos de apoyo en que aparentemente seapoya el pensamiento marxista, la necesidad de un continuo examen cr’tico de todo lo que se presente comoverdad, incluso el concepto mismo de verdad. Claro est‡ que no s—lo Gramsci,sino de hecho todo el sistema pedag—gico marxista empieza y termina en undogmatismo cerrado, el dogmatismo absoluto del partido.

ÇToda escuela unitaria es din‡mica(activa), si bien, en este terreno, es necesario establecer l’mites a laideolog’a libertaria y reivindicar con cierta energ’a el deber de lasgeneraciones adultas Ño sea, del EstadoÑ para conformar a las nuevasgeneraciones. Todav’a se est‡ en la fase rom‡ntica de la escuela din‡mica, faseen la que los elementos de lucha contra la escuela mecanicista y jesu’tica sehan dilatado morbosamente por razones de contraste y de polŽmica; se requiereentrar en la etapa Çcl‡sicaÈ, racional, y encontrar en los fines a conseguir lafuente natural para establecer mŽtodos y formasÈ (pp. 147-148).

Por mucho que, respondiendo alpensamiento marxista, habla Gramsci del Çhombre colectivoÈ no puede sustraerse,como en realidad nadie se sustrae, a dise–ar m‡s o menos n’tidamente el tipo dehombre que a travŽs de la educaci—n quiere formar. ÇSe plantea el problema demodificar la preparaci—n del personal tŽcnico-pol’tico completando su culturade acuerdo con los nuevos imperativos, formando nuevos tipos de funcionariosespecializados que, colegiadamente, integran la actividad deliberativa, latradicional imagen del ÇdirigenteÈ, pol’tico œnicamente preparado para tareasjur’dico-formales, es anacr—nica y un peligro para la vida estatal. Eldirigente debe tener el m’nimo de cultura tŽcnica general que le permita, si noÇestablecerÈ de por s’ las adecuadas soluciones requeridas, s’ saber valorarlas soluciones presentadas por los expertos y escoger, por tanto, loconveniente desde el punto de vista ÇsintŽticoÈ de la tŽcnica pol’ticaÈ (p.142). A poco que se mediten estas palabras se encuentra uno con la sorpresa deque el tipo de hombre que se quiere preparar es el dirigente. Curiosamente,este dirigente dise–ado por el fil—sofo marxista en nada difiere del ejecutivo,t’pico ejemplar del mundo capitalista. Tampoco en el mundo capitalista el quedice la œltima palabra es el especialista, sino aquŽl que tiene capacidad des’ntesis para escoger la soluci—n entre las opciones que le presenten losexpertos. Tal vez la œnica diferencia se halle en una paradoja: que mientras elfil—sofo marxista acentœa lo pol’tico en œltima instancia, el mundo capitalistase queda, aparentemente, en el terreno econ—mico y empresarial. Pero tambiŽnsabe todo el mundo que las grandes empresas terminan por ser fuentes de poderpol’tico.

En œltima instancia, la escuela es lomismo que los Institutos de alta cultura Çinstrumento de preparaci—n deintelectuales de diversas categor’asÈ (p. 28)... ÇEscuelas e Institutos de altacultura son semejantesÈ (p. 29). Unos y otros son instrumentos de lucha creandoÇintelectuales org‡nicos propiosÈ que sean capaces de asimilar su ideolog’a.Bien entendido que en la mente de Gramsci, como hemos visto, la ideolog’a lacrea el partido de donde resulta que la tan tra’da y llevada personalidad no esm‡s que un reflejo de la acci—n de factores externos al hombre mismo. Ens’ntesis, para Gramsci, la educaci—n no es, aunque a veces aparezca en suspalabras, formaci—n de la personalidad individual, que en el marxismo est‡vaciada de sentido, sino modificaci—n de las relaciones sociales. ÇSi la propiaindividualidad es el conjunto de estas relaciones (del trabajo y de la tŽcnicaprincipalmente) hacerse de personalidad, quiere decir adquirir conciencia deesas relaciones, y modificar la personalidad significa cambiar el conjunto deesas relacionesÈ (p. 94).

Una obsesi—n que aparece en los escritosde Gramsci es la acci—n de la Iglesia Cat—lica en tanto que instituci—nportadora de una doctrina y realizadora de una acci—n formativa de los hombres.Tras afirmar que Çla filosof’a es la cr’tica y la superaci—n de la religi—n ydel sentido comœnÈ (p. 64), utiliza la burda idea, tan comœn en quienespolemizan contra la religi—n, de que en la Iglesia hay como dos estratos, el delos intelectuales y el de los ÇsimplesÈ, entre los cuales hay una ruptura quela Iglesia no se propone superar elevando a los ÇsimplesÈ al nivel de losintelectuales, sino Çejerciendo una disciplina de hierro sobre losintelectuales para que no sobrepasen ciertos l’mites en la diferenciaci—n,haciŽndola catastr—fica e irreparableÈ (pp. 71-72). Algo as’ como si en laIglesia Cat—lica interesara la existencia de ciertos intelectuales, perorebajados a fin de que no se diferencien mucho de los tontos.

No importa que luego se contradiga cuandoal hablar de las exigencias del pueblo, pone de relieve, exagerando esta vez,las tintas por otro lado, el interŽs que la Iglesia tiene por la elevaci—n dela cultura popular. Estas son sus palabras: Çno conviene dejarse ilusionar porla discreta difusi—n de que gozan ciertos libros cat—licos (...), esos librosse regalan en numeros’simas ceremonias, se leen como castigo, por imposici—n,por desesperaci—nÈ (p. 158). Como se puede ver, en unas partes Gramsci presentaa la Iglesia atenazando a los intelectuales para que no se despeguen demasiado delpueblo y por otra, imponiendo al pueblo, hasta la desesperaci—n, el trabajo deleer.

La posici—n de la filosof’a de lapr‡ctica (es decir, la marxista) es la ant’tesis de la cat—lica. ÇAquella no seorienta a mantener a los ÇsimplesÈ en su primera filosof’a del sentido comœn,sino, por el contrario, a guiarlos hacia una concepci—n superior de la vidaÈ(pp. 72-73). A poco que estas palabras se mediten aparece el subconscientetraicionando a Gramsci, ya que atribuye a la filosof’a de la praxis lo que ha venidohaciendo la Iglesia Cat—lica a travŽs de los siglos. Basta recordar la inmensatarea civilizadora de la Iglesia a lo largo de la Historia y el enorme esfuerzoeducativo que ha realizado de generaci—n en generaci—n.

Al hablar del concepto del hombre, contoda tranquilidad, Gramsci afirma que Çtodos albergan la vaga intuici—n de quese equivocan haciendo del catolicismo la gu’a de su proceder, y esto es tancierto, que nadie, llam‡ndose cat—lico, se atiene a Žl en sus normas de vida.Un cat—lico integral, es decir, alguien que se sometiera a las reglas deconducta del catolicismo en todo acto de su vida, parecer’a un monstruo; de loque se desprende que lo m‡s perentorio es la cr’tica del mismo catolicismoÈ(pp. 92-93).

No parece exagerado pensar que estasœltimas palabras de Gramsci encierran, con el ataque a la Iglesia, el deseo deimitarla en sus rasgos formales. ÇLa insuficiencia de los intelectualescat—licos y el exigŸo Žxito de su literatura forman en los ’ndices m‡sexpresivos de la brecha profunda que existe entre religi—n y pueblo. Este sehalla en misŽrrimo estado de indiferencia y carencia de vigorosa vidaespiritual. La religi—n permanece en estado de superstici—n y no ha sidosustituida por una nueva moralidad laica y human’stica, debido a la incapacidadde los intelectuales laicosÈ (p. 159). Gramsci desea, en cambio, una Çreformaintelectual y moralÈ, a la vez anticristiana y antiliberal; est‡ convencido deque la acci—n culturaldel comunismo, al penetrar en las Çmasas cat—licasÈ llevar‡ a Žstas,finalmente, a Çdecapitar a DiosÈ.

La Çdecapitaci—n de DiosÈ y el Çsuicidiodel catolicismoÈ, en base a esa penetraci—n, es el objetivo prioritario deGramsci. No obstante, desde hace algœn tiempo se ha venido difundiendo la ideade que Gramsci se habr’a mostrado m‡s comprensivo con la religi—n que Marx oLenin, al haber reformado impl’citamente la doctrina marxista-leninista hastael punto de hacer posible una leal colaboraci—n entre cat—licos y comunistas.

Dos elementos se confunden en esta idea.Por un lado, la posibilidad del compromiso pr‡ctico, lo cual, siendo de ra’znetamente gramsciana, constituye sin embargo un desarrollo posterior de sut‡ctica. Por otro, la actitud de Gramsci frente a la religi—n, que en realidades de aversi—n total, y hasta se debe a–adir que es anterior a su comunismote—rico y pr‡ctico. De hecho, aunque sea posible Ñcomo algunos autoressostienenÑ hablar de dos Gramsci diferentes entre sus primeros escritos y susobras posteriores, su aprior’stica postura anticat—lica permanece rigurosamenteinmutada en los textos de las dos Žpocas.

La ÇmodernidadÈ, entendida como exclusi—ny exterminio de toda realidad transcendente, es la primera categor’a delpensamiento de Gramsci. Y esto no contradice el que, para Žl, la lucha contra lareligi—n deba evitar la persecuci—n. Es m‡s: ÇmŽritoÈ de Gramsci el haberdescubierto, yendo m‡s all‡ de Marx y Lenin, un modo diab—licamente m‡sperfecto de combatir la fe religiosa que la persecuci—n, por directa oindirecta que Žsta sea. Gramsci, en efecto, ha advertido que las persecucionesexternas refuerzan la fe, mientras que resulta m‡s eficaz minar a la Iglesiadesde dentro, por medio de una acci—n cultural que logre infiltrarse en su interior. Deaqu’ que en la misma l’nea, como t‡ctica de penetraci—n sea tambiŽn posible unentendimiento pr‡ctico con los cat—licos, pero sin renunciar jam‡s a losprincipios te—ricos, ni al objetivo de destruir la Iglesia, ni al fin de lahegemon’a comunista.

En este sentido, no ha habido mejor formade llevar a la pr‡ctica las teor’as de Gramsci que la de aquellos cat—licos quese han dejado influir por sus ideas. Imaginando que para adquirir una fepurificada es preciso pasar por el ate’smo, la triste experiencia de Žstos noha hecho m‡s que probar la consistencia de la t‡ctica gramsciana, porque elnœmero de los que partiendo de aquella tesis, han abandonado sucesivamente laIglesia Ño peor aœn, permaneciendo, han atacado su doctrina y su moralÑ, esampliamente superior al de los que han persistido fieles.

De la Iglesia, Gramsci quiere imitar esellegar con la misma doctrina a todos: intelectuales y simples. Pero estadoctrina, en el comunismo, es s—lo inmanente, atea, suprime la libertad; no espara la persona, sino para un Çhombre colectivoÈ que no es m‡s que Çel conjuntode relaciones socialesÈ. El intelectual formado segœn el pensamiento de Gramscitender‡ inexorablemente a atacar a la religi—n y, con ella, la libertad. Elprincipio de inmanencia tiende a formar un Çdios mortalÈ, que resulta siempretotalitario. Los intelectuales Çol‡nicosÈ de Gramsci organizan el ataque contrala religi—n y contra la libertad.

V.G.H.

 

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[1]La menci—n de las p‡ginas de lostextos literales se refiere, como es l—gico, al libro objeto de estecomentario. A veces la traducci—n parece poco correcta; a pesar de todo, setranscriben literalmente las citas como aparecen en el texto espa–ol.