SALAS, Antonio

La Biblia ante el “más allá”. ¿Inmortalidad o resurrección?

Ed. Fax (Actualidad Bíblica. Brevior), Madrid 1973, 261 pp.

 

CONTENIDO

El autor, cuyas obras versan en gran parte sobre la desmitización, intenta en este libro presentar en forma “razonable”, al “hombre moderno”, la fe en la resurrección de la carne. Teniendo en el fondo el concepto de resurrección de Jesucristo mantenido por Léon-Dufour, elabora una reinterpretación de las tesis resurreccionistas (sic), planteadas antes con “error dualista”, y presentadas ahora a partir de la imagen de un supuesto “hombre bíblico”, que no esperaría resucitar, sino vivir siempre con una vida libre de las limitaciones que impone la materia.

Tiene un pensamiento básico que determina el contenido del libro: el concepto de resurrección debe ser entendido desde la antropología, y no ésta desde la fe en la resurrección.

El libro se compone de los siguientes capítulos: I Resurrección del hombre y revelación de Dios; II Sentido de la vida y sentido de la muerte; III Triunfo de la vida sobre la muerte; IV Jesús de Nazaret ante el más allá; V Resurrección y fe pascual; VI Hacia una dimensión nueva de la fe resurreccionista.

VALORACIÓN CIENTÍFICA

El libro carece de interés. De estilo literario confuso e impreciso, está lleno de contradicciones internas, desconoce la Teología tradicional y maltrata el pensamiento de los autores que cita.

Así define, por ejemplo, la resurrección: “El dogma resurreccionista garantiza al cristiano que, tras su muerte física, lejos de desintegrarse o volver a la nada, recibirá la vida nueva que le permitirá ser eternamente feliz” (p. 23). Y más adelante: “1. La resurrección participada por cada uno de los justos en el momento de morir recibe el nombre de vida ininterrumpida. 2. La vida ininterrumpida participada por la comunidad en el momento del fin recibe el nombre de resurrección” (p. 248).

He aquí cómo describe la doctrina de la Fe, que llama especulaciones de los teólogos: “Pero cuantas especulaciones esbozan los teólogos para cimentar sus postulados suelen anclarse en el dualismo helénico, que tanto eco ha hallado en la tradición cristiana. ¿Cómo explicar el destino del hombre en el más allá? Muy sencillo: después de la muerte, el alma del individuo sube al cielo para gozar de Dios, en espera del momento (=fin del mundo) en que de nuevo pueda unirse al cuerpo resucitado y vivir eternamente en el cielo. (Tal solución ha abierto las puertas a la tan aireada escatología intermedia). Tal solución supone que sólo el elemento corporal del hombre resucitará al fin de los tiempos. El alma, por el contrario, comienza a gozar de Dios a partir del momento mismo de la muerte. Esto constituye una clara dicotomía antropológica, en virtud de la cual viene a ser el elemento bueno del hombre, mientras el cuerpo es como la sede de todos los instintos malos. Lo que importa, pues, de verdad es asegurar la salvación del alma. ¿Y el cuerpo? Su destino inmediato es el sepulcro... Tal explicación encaja a la perfección con la tesis del dualismo filosófico, tan aireada en la historia del cristianismo. Pero el hombre de hoy piensa ya de forma muy distinta y se resiste por lo mismo a seguir aceptando las soluciones elaboradas en un sistema de pensar que le resulta extraño y anacrónico. La psicología moderna rechaza todos los condicionamientos de toda dicotomía antropológica” (p. 27).

Si el lector, molesto por la clara ironía con que es expuesta la doctrina de la Fe, espera encontrar alguna defensa del cuerpo humano por parte del autor, se equivoca. Salas afirma que el cuerpo no debe resucitar, ya que en el más allá no es necesaria la materia: “¿Qué sucederá entonces con la carne? Esta era sólo necesaria mientras el individuo estaba sujeto a las leyes de la materia. Por tanto, al hollar el umbral de un mundo regido por los postulados espirituales, la sarx (=basar-carne) no tiene ya razón de ser. ¿Cómo garantizar la identidad del individuo en ambas fases de su existencia? En virtud de su soma (=basar‑cuerpo). Este sigue siendo el mismo en el más allá. En tal caso, la vida futura - aunque nueva en su enfoque a causa del ruah - conserva idéntico principio de individuación=soma” (p. 206).

El autor, que en los puntos delicados - esperanza y muerte - sigue a Moltmann y Boros, concibe la muerte como liberación de la materia: “En tal caso, la muerte física se presenta como culminación de un complicado proceso liberador que se inicia con el momento de nacer. ¿De qué intenta liberarse el hombre? De su propia limitación. Y ésta le viene impuesta - dejando a un lado el peso del pecado - por su naturaleza humana, que se sabe tremendamente coartada mientras se desenvuelve en un mundo regido por leyes físico-naturales. ¿Qué papel juega entonces la muerte física? Libra al individuo de las leyes del mundo presente, con el cual logra sustraerse a su vez a todos sus condicionamientos. “Qué le impide en tal caso conseguir su plena realización? Nada en absoluto” (p. 253).

Salas condena la doctrina de la Fe como dualista - entendiendo que aprecia al alma y considera al cuerpo sede de los malos instintos - , y nos sorprende con la afirmación de que la muerte perfecciona por sí misma al hombre, precisamente porque le libera de la estrechez de su cuerpo. Una sola ventaja tiene el libro: poner de manifiesto el subyacente desprecio al cuerpo - en definitiva al plan creador - que parece manifestarse en quienes hablan de la volatilización del cuerpo de Cristo en el sepulcro y “reinterpretan” el concepto de resurrección.

VALORACIÓN DOCTRINAL

Sería prolijo enumerar los errores contenidos en este libro, a pesar de las constantes protestas de ortodoxia de su autor. Baste decir que se confunde inmortalidad con resurrección - se niega, por tanto, la resurrección - , se niega la escatología intermedia, no se habla en momento alguno de lo sobrenatural, etc.

Una cosa más debe añadirse: toda la exégesis realizada por Salas es fruto de una adhesión incondicional y acrítica al método de la historia de la redacción. Con este método y sus prejuicios, estima que el Señor en la discusión con los saduceos sobre la resurrección (Mc. 12, 18-27), no hablaría de la resurrección de la carne, sino de protección eterna del justo, además de considerar como más probable que el texto que ahora poseemos sea una reelaboración de los discípulos tras la experiencia de la resurrección de Jesús (cfr. pp. 132-134). También, después de poner en duda que Jesús profetizase su resurrección (Mc. 8, 31; 9, 31; 10, 33-34), se inclina a interpretar estos textos en el sentido de que el Señor hablaría no de resucitar tras la muerte, sino de que viviría siempre: “Se ve, pues, cómo la teología sinóptica, haciendo extensiva a la resurrección la expresión con que Jesús anunciara su muerte (Mc. 14, 41), no hizo sino explicitar todo el contenido soteriológico de tal anuncio. Si Jesús muriendo vence a la misma muerte ¿no supone tal triunfo la idea de una auténtica resurrección? Por supuesto. Obsérvese cómo en tales circunstancias - aunque parezca paradoja - resucita muriendo. Es decir, entre ambas realidades no parece existir diferenciación cronológica. Por consiguiente, ¿qué sería la resurrección de Jesucristo? Como un tránsito de este mundo (=signo de muerte) al mundo nuevo ( = signo de vida)” (pp. 138-139).

Como se ve, Salas ha tomado en toda su radicalidad la afirmación de que en la muerte se realiza el hombre. Por eso, confunde resurrección con inmortalidad y llama resurrección al momento de morir. El “mortem nostram moriendo destruxit et vitam resurgendo reparavit” es cambiado por esta otra fórmula: resucita muriendo.

En resumen, el contenido del libro es incompatible con la Fe cristiana.

L.F.M.S.

 

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